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Este pequeño texto no es parte de la novela, el siguiente capítulo será subido la semana entrante. Sin embargo, luego de una plática sobre la existencia de dios, tuve un sueño, en el que me inspiré para este texto. El noventa por ciento es réplica fiel de mi sueño. Espero sea de su agrado. Seguimos leyéndonos.

 

La diablo de Atolonilco

–Es que las imágenes y adornos de este tipo, abren puertas y portales al infierno. Y diablos y demonios pueden salir de ahí.

–¿De las imágenes?

–No, de los portales.

–Y eso lo dijo dios… supongo.

–Pues lo dijo tu tía.

–¿Y a ella se lo dijo dios?

–Pues se lo dijeron en el curso de la iglesia al que va.

–O sea que la iglesia dice que los íconos son salidas del infierno para el diablo.

–¿Íconos?

–Los adornos, pues.

–¡Ah!, sí, sí, eso dijo.

–Entonces, si es así, la iglesia está llena de entradas de diablos.

–No, no, esos son diferentes.

–¿Por qué? Son adornos.

–Son santos, son de la iglesia. Por eso.

Fue esta la conversación que tuve en mi casa, la de mis padres, que me llevó a ser un converso, de volverme del salvajismo del ateísmo a las manos redentoras de nuestro salvador. Gracias a Dios. Y es que nadie, y repito: nadie ha sentido tanto miedo como yo aquella vez. No de la plática, obviamente, porque esta era un debate simplemente; sino de lo que sucedió después. No había explicación lógica ni racional, y ni siquiera apareció en periódicos ni medios de comunicación, incluso siendo este el evento que pudo haber marcado pauta en las creencias de todo el mundo. No es locura, pues ésta no es más que una etapa antes de la conversión, que resulta en la salvación de nuestras almas, muy necesaria. Y les diré por qué, ya que si dejase esto a la deriva, se perpetuaría la ignorancia y el destino de la mayoría sería el de las cruentas llamas del infierno que arden eternamente gracias a nuestros pecados. Ellos son la yesca, y nosotros la llama. Queda de sobra decir que lo que a continuación estoy por decir es verídico en toda su extensión sin embargo, lo digo para no dejar lugar a dudas que promuevan un ateísmo ridículo y sin sentido en su totalidad.

Pues bien, fue cuando teníamos esta conversación en la comida, mi madre y yo principalmente, aunque mi padre estaba presente también; cuando el teléfono sonó, desde Atolonilco, pues era mi hermano, y él estaba allá, ganándose la vida. Nos dijo que la virgen de allá concedía milagros a quien se postrase ante ella y le pidiera su favor. En ese momento, como si de un botón de encendido y apagado se tratara; mi  madre decidió por todos que iríamos. Y así se hizo. Yo me molesté al principio, pues se comprenderá, que quien blasfemaba ignominiosamente era yo, y por nada del mundo quería ir a ver una estatua, una imagen, de una mujer que era virgen luego de mantener el sucio pecado de la carne para dar a luz a un presunto salvador que solamente se dejó morir en lugar de mostrar su poder como hijo de dios. Yo no creía en eso. No creía en dios. Sin embargo, y es por eso que algo de paz queda en mi alma inconsciente, que no negaba la existencia del superior ser, o lo que fuera. No creía, solamente, y una gran diferencia hay entre afirmar su inexistencia a la de declarar no creer en él. Para mí era como un político: existen, están ahí, pero no por eso creemos en ellos. Y fue este viaje del horror el que me llevó a cambiar totalmente mi perspectiva de la vida, en especial: la de las fuerzas que no conocemos pues su comprensión está totalmente fuera de la mente mortal y, que por eso, no nos percatamos tampoco que no nos son ni perjudiciales ni bondadosas, sino que son, solamente. Son bastas, eternas y omnipresentes.

Fue un viaje en auto de casi ocho horas para llegar a ver la imagen santa. Mi hermano, como he dicho, laboraba ahí. Yo sabía que él estaba destinado a los negocios, era capaz de generar ganancias de lo que cualquiera de nosotros, sin aptitudes para eso, no sería nada más que basura. Una pérdida de tiempo. Sin embargo, incluso para mi hermano, el negocio se me hacía un poco sucio. Yo había leído alguna vez, pues el pecado egoísta del creerse todo, de saberlo todo y por eso, estúpidamente, desafiar al gran dios que nos rige, que en torno a lo de milagros santos se trata, había formas de llevar a cabo fechorías de las más innombrables. Obviamente, leía pues siempre he sido una persona de pocos amigos que prefiere quedarse en casa en soledad. Siempre me han parecido fatigosas las relaciones sociales, de cualquier tipo que sean. Entonces, retomando el hilo: había informádome que había formas de llevar a cabo fenómenos fácilmente explicados por la ciencia, que parecieran milagrosos y fuera de lo común. No hace falta más que un canal, una figura, y agua. La temperatura ascendente que el sol diera, por ejemplo, provocaría lágrimas en la figura, una ilusión engañosa de llanto humano, en una figura, por sobre todo, inanimada. Y obvio, me imagino, formas mucho más efectivas de lograr milagros que no serían nada más que meras trampas para generar falsos creyentes.

–Pero si hasta se le apareció el diablo.

–¿En serio?

–Sí. Dijo tu tía que no podía encender la veladora que tenía que prender, y que hacía mucho frío, y que cuando trató de abrir una puerta, se la jalaron.

–¿En serio?

–Sí, en serio, te digo que sí. En su curso le dijeron que cosas así pasarían.

–¿Y qué hizo ella?

–Se puso a rezar y que poco a poco se le fue quitando el miedo. Que el diablo se fue.

–Mejor que tengan cuidado. Están jugando con energías desconocidas.

Por fin llegamos al lugar. Atolonilco era un pueblo paralizado en el tiempo, con gente que vestía telas vivarachas y pieles en sus botas tan curtidas como su piel morena abrasada por el calor del sol. Sombreros de paja y aún cabalgaban en sus animales mansos y de ojos tristes y bajos, niños jugando en la calles y creando tradiciones, perpetuando canicas, gallinitas ciegas y sonrisas genuinas dibujadas y brillantes como una estrella polar fija. Atolonilco era todos los pueblos de México, y ninguno también. El olor era natural, adobado y picante, aunque con algo de ternura. El sol era dorado, pasivo y amoroso. El cielo despejado brillaba en un azul ojo claro y distante que apuntaba tan lejos en su mirada locuaz que el infinito parecía una meta cercana y acabada, ya superada. Y la fila de autos: tremenda. Dejamos el auto estacionado a las afueras del pueblo, y los viene-viene nos aseguraron que estaría super bien si pagábamos el módico precio de cincuenta pesos. Mejor pagar a adelantar el daño material. Aún tuvimos que caminar dos horas para llegar al lugar, aunque no resultó esto en desagrado, incluso para mí: un ermitaño hecho y derecho. Las calles estaban adoquinadas, las plazuelas circulares cantaban con sus fuentes armoniosas, y las paredes eran artesanías cuyo precio sería el de la vida. Así de únicas eran. Una muchedumbre se expandía a lo largo de las calles con su punto central en la virgen, y vimos todo tipo de negocio florecer. Digamos que la concentración iba creciendo conforme nos acercáramos al centro, a la virgen, y esto sería no otra cosa más que una enorme neurona funcional. Claro, si se viera desde el aire. Como mi hermano era el que organizaba esto, no tendríamos que formarnos y esperar: con base en empujones, jalones y arrimones; llegamos a la salvación. Gracias a dios. El negocio, sin embargo, era simple, muy a pesar de la atolondrada cantidad de gente: tú pedías tu favor a la virgen y el cura, junto con otros y mi hermano, decidirían tu penitencia. La mínima era la de ir a rezar y dar diezmo a tres de las siete iglesias, y dependiendo de tu favor, crecería el cambio de favor. Simple: de tres a siete iglesias dependía que la santidad te otorgara su favor. Supongo que mi hermano recibiría sus regalías, que viendo la cantidad de gente, no serían, para nada, pocas en su existencia.

Y aquí otra sorpresa: la virgen de Atolonilco no era lo que yo me esperaba. Brillaba reluciente y orgullosa con la viveza del diamante, y gustaba con el tono del oro, era una enorme artesanía de, calculo a ojo pelado, tres metros, arrodillada y con las manos en oración, con el eterno gesto cálido y amoroso de redención de la madre original, de la virgen eterna. Dorada, toda bañada en oro, toda benévola, toda hermosa. Yo, no creyente, me sentí pasmado ante la violenta generosidad y cariño que ella emanaba. Por momentos estuve a punto de volverme creyente ahí, pero luego vi a la gente arremolinada, y me invadió el coraje de saber que era usada para obtener una ganancia muy material a pesar de la promesa inmaterial buscada. Había un gran operativo de seguridad. Mi madre fue ayudada a entrar en la fila. Nadie se dio cuenta del hecho, parecían embotados viendo a la bellísima virgen. Cuando ella, mi madre, oraba, mi hermano me dijo:

–¿Vas a orarle o qué?

–Vengo con nuestra madre.

–Por eso.

–Me refiero a la que te parió.

–¿No pedirás, pues?

–No, no quiero generarte ganancia.

–Pues eres inteligente: iba a mandarte a las siete iglesias.

–¡No me digas! ¿También decides eso?

–No, pero podría influir en los que así lo deciden…

–Como sea, ese pequeño pecado podría ser perdonado ante los ojos del salvador, digo, si ya le ganaste el paraíso a tantísima gente…

–No seas aguafiestas, hermano: disfruta la vida, que para eso es.

–Si la vida fuera para disfrutarse, no moriríamos. Morimos justo por eso: para descansar de esta.

–No, morimos para ir a una mejor aún.

–No tiene sentido eso.

Regresó mi madre llorando de la emoción.

–Podía sentir su aliento, respirar sobre mí, era cálido y oloroso a flores. Era hermoso.

Claro, pensé, una silenciosa bomba de aire y de esos aromatizantes sólidos que ponen en los baños públicos. Asco todo: asco. Mi hermano abrazó a mi madre y yo vi, por fin. Me causó escalofríos pero no le di tanta importancia, más bien curiosidad: la diablo de Atolonilco. Famosa por ser, según, la hija de Satán en la Tierra, porque si dios tenía hijos hombres, el diablo los tenía mujeres. Reconocida también, entre la gente, por viajar en bolas de fuego, raptar niños recién nacidos para succionarles la sangre y llevar a cabo rituales demoníacos para dañar a quien se quisiera dañar, claro: pagando con tu alma al más grande señor de las tinieblas. Era andrajosa y su jorondo estaba roto y lleno de agujeros, su cabello ralo y sucio apenas se veía, canoso, lo arrastraba pues llegaba hasta el suelo, y su cráneo lleno de zonas calvas, su piel era como si le hubieran restregado una piedra pómez, luego un carbón, y hubieran dejado cicatrizar todo; una especie de negro adoquinado como el suelo. No alcanzaba a ver sus ojos, pero decían que eran rojos como el amanecer de quien no quiere saber que, una vez más, vive. Su nariz estaba jalada hacia el suelo en un gancho de ave de rapiña, y su delgadez transgresora te hacía creer en milagros, pues sería imposible que alguien así pudiese mantenerse de pie. Yo ya había escuchado de ella. Y al ver la distracción de la seguridad, ella fue al frente, a la plataforma, y se acercó a la estatua. Todos, al verla, guardaron silencio, y nade se atrevió a acercarse. Ella era una leyenda como el coco, como los extraterrestres: todos hablaban de ella, todos la habían visto, pero nunca se había mostrado ante tantos. Nadie lo había confirmado por su propia cuenta, todo había sido a través de la amiga del papá del hermano de la hija de la cuñada de la novia. Besó la estatua luego de palpar sus manos en ella. Burlonamente me dije que por fin, las fuerzas del bien y el mal se enfrentarían.

Terrible error el mío. ¡Oh, dios, te pido perdón una vez más, y lleva mi alma a tu regazo, y ahí déjame ser tu hijo para la eternidad!

Entonces, luego de que la diablo posara sus manos en la estatua, dio la media vuelta hacia la gente que la aguardaba con los mismos ojos que el perro haría ante el amo que levanta la mano en terrible golpe pronto. El silencio se podía tocar con las manos, y respirar como el agua, así ahogaba, así de terrible era. Tomé, instintivamente, a mi madre de la mano. La diablo alzó sus manos al cielo. Un crujir cimbró todos los corazones y hasta los pilares de la eternidad, así como al raciocinio humano.

–No mames –dije–, sí es el diablo.

La cabeza de la virgen cayó en un estruendo metálico y rodó, tumbó a algunas personas hasta quedar con la mirada al cielo y lágrimas de sangre saliendo de sus desorbitados ojos, su expresión de paz ahora era de un desasosiego terrible, la misma expresión que debió haber hecho al ver a su hijo siendo clavado en la cruz. Mi madre estaba en shock. La diablo comenzó a cantar, lanzaba unos alaridos, chillidos terribles propios de un animal que sufre un dolor terrible, una sonata bestial que a todos nos hizo tener piel de gallina, e incluso algunos se orinaron. Yo casi lo hice. Sabía que gente entrenaba sus cuerdas bocales para llegar a generar sonidos imposibles, pero esta guturalidad era totalmente demoníaca.

–¡Vámonos! ¡Vámonos ya, corre, corre, corre!

Jalé a mi madre al mismo tiempo que mi padre salió de su transe y nos siguió. La gente chillaba y se atropellaba. Mi madre no podía salir de su encantamiento. Tropezó pero evité que se callera. La habrían pisado hasta la muerte.

–¿Me caí?

–¡No, no… Pero sigue corriendo!

Yo quería llegar a la calle donde dejamos el auto, pero la marea de gente nos guio a una calle paralela, de subida, y era cosa de llegar y luego torcer el rumbo a donde debía de ser. Corriendo íbamos entre las calles pueblerinas, subíamos y subíamos, y vimos el cielo azul oscurecerse en un tono de sangre, y nubes densas y pesadas aún más acentuadas en un rojo vivo y latente. Vi, con gran pesar, cómo todas las flores de las macetas, los árboles y las frutas en éstos, marchitarse, secarse,  algunos hasta caían en estruendos secos. Estábamos transpirando sangre, y hasta los edificios sudaban el vital líquido de las venas. Y el chillido de la diablo agudo y penetrante, desquiciante, como si nos gritara al oído a todos y cada uno de nosotros. Nos pesaba tanto caminar, sentíamos que nos hundíamos en fangos de muerte. Pero no. Me antepuse, y corrimos. Corrimos como verdaderos insanos mentales. Como si una presa hubiese roto, neblina comenzó a correr entre las calles. Cuando la vi, me imaginé una ola de maremoto. Temí que nos tumbara, así de densa era. Pero no. Cuando nos cubrió, éramos ciegos, una ceguera blanca invadió nuestros ojos. Apenas sentía la mano de mi madre en la mano y la de mi padre en mi hombro. No lo soportaba, lloraba como recién nacido. Olía la neblina a putrefacción y muerte, como olería un féretro un par de meses después de ser enterrado con su respectivo cuerpo inerte. Era sofocante, como estar al vacío para conservar la pureza de la porquería. El silencio ahora era ensordecedor. De repente podíamos escuchar pasos furtivos ahogados, llantos atemorizados y demás señas de vida que quería morir.

Llanto. Miedo. Ceguera.

Debía llegar al auto.

Me antepuse a mi miedo paralizante, tomé las llaves y soné la alarma. A lo lejos estaba el sonido, que en un estado normal, sería molesto, ahora era de salvación. Graciosa la perspectiva que toman las cosas de vez en cuando. Tanteando las paredes, luego de asegurar a mi madre con mi padre, tomé la delantera. Caí tres veces, sangraba a parte del sudor que a todos nos cubría, y avancé, avancé como haría el escalador que quedó bajo toneladas de nieve en una avalancha, si es que se pudiera mover. Nunca nos soltamos. Nos dábamos valor. Sabíamos que si nos dejábamos ir, sería nuestro fin. Así de simple. Así de sencillo. Nuestra vida dependía de ello.

Por fin la alarma era ensordecedora, y encontramos las apenas titilantes luces laterales, amarillas, divinas, lindas como un amanecer acalorado. Entramos. Curiosamente, la neblina no entró al auto, como si no tuviera permiso. Lo encendí. Las luces proyectaban apenas unos metros al frente. Visibilidad casi nula. Salí del estacionamiento no sin chochar al auto delantero y trasero. Ya en la calle, me detuve en seco, paralizado, sudando, tragándome mi sangre, temblando, sin respirar. Mi madre lanzó un chillido y mi padre gritó:

–¡Arranca! ¡Arróllala! ¡Atropéllala, chingada madre!

La diablo de Atolonilco estaba justo al frente. Eso parecía, su silueta coja, sus ojos que sí eran rojos y negros, y su cabello hasta el suelo. Su chillido. Su maldito chillido. Mis tímpanos explotarían, quedaría sordo para siempre. Un silbido inundó mi cabeza, mi mente se vació. Temí por mi vida. La bruja, que parecía tener una retorcida sonrisa de mierda en su rostro, comenzó a avanzar. Cojeaba. Grité llorando. Pisé el acelerador tanto que pensé que lo rompería. El chillido de la diablo sonó, por momentos, como el rugido del diablo a través de la garganta de un león.

Pasé sobre ella.

Salimos de la neblina.

No me detuve hasta llegar a casa. Me percaté ahí que, en efecto, estaba orinado. Y los adornos de la casa, todos, sudaban sangre también.

Desde ese día, mi expresión favorita y necesaria para mantenerme con vida, es la de la paz iluminada en los rostros de los santos. Todos me arropan y acurrucan, todos me acarician y me dan paz. Y todas la noches, todas, al dormir, escucho su chillido, y veo su bamboleante caminar. Temo por mi vida. Muero y resucito todas las mañanas. Ahora es ella la que me visita.

Siempre me visita la diablo de Atolonilco.