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Michel Houellebecq es uno de los autores, en mi caso, de más reciente descubrimiento, con el cual solamente tengo un problema: al recomendar a este escritor francés (que lo hago todo el tiempo) no sé cómo pronunciar su apellido. Fuera de eso: es una de las más grandes y gozosamente culpables revelaciones de todas.

Cuando comencé a leerlo, la palabra pastiche me vino a la mente. Pastiche, según la RAE, es definido como “Imitación o plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista y combinarlos, de forma que den la impresión de ser una creación independiente.” Sin embargo, no le quito ningún mérito, ni el más necio podría hacerlo: la forma literaria de Houellebecq es demoledora, un plato exquisito que se saborea entre percepciones opuestas: sabes que está mal pero no lo puedes dejar, sabes que no deberías pero no puedes vencer la tentación. Digamos que es algo así como un pecado: disfrutas cada una de sus letras, y lo mejor es que, al final, no hay ninguna clase de remordimiento ni de malestar. Al contrario: quieres más. Nunca hay suficiente de Houellebecq, que tiene tanto que es imposible separarle una de sus partes sin trastocar su infame y dolorosamente realista teoría.

El francés tiene algunos libros de poemas con los que no me he metido (no es personal: simplemente no tengo la capacidad de abstracción para la poesía en general) y su novelas, en las que nos concentraremos.

Una muestra de esplendidez, al menos a mi parecer, en la literatura, es cuando los escritores logran hacer una mezcla de la necesaria ficción para desarrollar un relato, y una crítica siempre presente. No es, la crítica, una característica fundamental de la literatura, pero sí enriquecedora. En lo personal, con pocos autores me he topado que logren conjuntar la belleza, la ficción y la crítica de forma que no parezcan divididos, que no se pueda trazar una línea entre dónde está lo que no es “cierto” y lo que “sí” es. En “Cien años de soledad”, por ejemplo, fue hasta tiempo después que yo me enteré de que la matanza bananera (se vale llorar) fue cierta; cómo olvidar la precariedad de la vida con Rulfo y la pobre Serpentina arrastrada por el río; también está Saramago con sus eventualidades perturbadoras; y podríamos finalizar con Eco con sus conspiraciones de Schrödinger: reales y falsas al mismo tiempo. Houellebecq toma parte honorífica entre ellos sin duda alguna: lo lees y te lo crees cierto, te preguntas por qué no lo viste en las noticias, por qué no lo dijeron las televisoras. Lo lees y es tan real que tú eres el personaje en un mundo de fantasía.

Ahora, por mencionar alguna que otra particularidad, y en líneas muy generales: en “Las partículas elementales” recuerdo mucho este personaje espiando adolescentes desnudos. Y se dirá: “bueno, pues qué asco, ¿por qué leer algo así?” Y yo diría: ¿por qué no? A fin de cuentas, la realidad es mucho más grotesca que la narrativa de un pervertido. Claro, en eso no se enfoca esta novela, y en mi caso, al final, les aseguro que pensé que estaba leyendo un libro de historia, me confundí tanto entre lo que yo vivo y lo que leía que no supe separarlo. Y fue delicioso.

El segundo que leí fue “Ampliación del campo de batalla” (yo recomendaría comenzar a leer a Houellebecq con éste, si es que no han tenido el placer de hacerlo) y estuve ante un existencialismo vulgar y cruento, una especie de cáncer que iba creciendo y creciendo, un Meursault llevado mucho más allá de su última consecuencia. Y fue perturbadoramente delicioso.

Y para acabar, el más reciente que he leído, “Plataforma”, que he de admitir, pues también tengo pendiente “Sumisión”; fue mucho mejor de lo que esperaba. Obviamente, me llamaba más la atención el segundo, pero hice un acto de violencia y leí el primero, y me quedé impresionado ante el seguimiento de su teoría social-religiosa-de-negocios. Parece algo sacado de otro mundo, una realidad inculta fruto de algún malviaje mental: pero al final te das cuenta que no es así, que es la copia más fiel de la sociedad. Y fue locuazmente descorazonador.

Michel Houellebecq maneja su propia teoría, podría ser usado como libro en estudios, y no como ejemplo de: sino como una hipótesis en la cual basarse para explicar la realidad. Siempre lleva consigo una metáfora lacrimógena. No puedes dejar de reír de tan ridiculizante, ríes hasta llorar, pero no es un libro con la comicidad tipo película estúpida de Hollywood: te causa pena y dolor, y la única forma de no dejarse conquistar por el mismo es riéndote. Es una especie de fotografía en tercera dimensión de la miseria humana, una fotografía donde puedes sumergirte, vivirlo, sentirlo y nunca salir,  ya que cuando dejas de leer, no estás seguro de si saliste de la ilusión, o si de verdad habrá sido ilusorio.  Desarrolla la estrechez del pensamiento humano de tal forma la muerte resulta la voluptuosidad más vitalmente necesaria de todas (relativamente hablando: hasta la muerte, en sus novelas, lo tiene todo de patética).

Hablé de pastiche, que no se piense que fue un comentario sin finalidad. Al inicio me pareció Houellebecq un pastiche: una mezcla extrema del absurdismo de Albert Camus, una sexualidad imaginaria y extremista tipo Bukowski o incluso Sade, un cinismo como de Cioran y algo pesimista tipo Schopenhauer. Pero no es así, definitivamente no es una mezcla irrisoria, no es una copia de otros. No. Michel Houellebecq es un parteaguas en la literatura actual, es justamente la literatura incómoda que necesitamos inmensamente hoy en día.

Si usted se pone incómodo fácilmente, lea a Houellebecq, si no, también léalo, si no quiere leer: con más razón hágalo. Es sumamente memorable, y se queda marcada su literatura en la piel, con forma de llagas y cicatrices, cicatrices que nunca sanan y siempre sangran.