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Este pequeño texto lo quería hacer desde hace unas semanas, pero primero vino Houellebecq y la pequeña crítica que hice de él, y pues hay que organizar las prioridades; es que ese escritor francés es genial. Y ese mapa de niño de primaria es mío, yo lo hice (sí, pueden reír), y es la novela en la que trabajo en la actualidad. En fin, sin más innecesarios preámbulos, aquí vamos: ¿por qué escribir o morir?

Cuando era chico soñaba con el espacio, me fascinaba todo lo relacionado a lo desconocido. Me enamoraban las estrellas y los planetas inhabitables pero posibles. Ahí comenzó mi maldición, porque ahí comencé a imaginar, ¿y qué es la imaginación sino una posibilidad alterna? Quería ser astrónomo. Quería calcular la infinidad de la oscuridad. Necesitaba saber que había más allá del telón oscuro. Esta sensación de búsqueda curiosa ha definido mi vida y nunca he abandonado. Además, me considero sumamente introspectivo. Dando clase no se me notará, pero en la vida real, soy callado como una planta. La soledad me parece un lujo, el único que quiero conservar para siempre. Tiempo en soledad, curiosidad, imaginación; todo listo, pero aún faltaba algo. Llegaron las películas del Señor de los Anillos, esas de Peter Jackson, y eso fue la gota que derramó el vaso.

Mi gusto se volvió necesidad, y hasta necedad, una cosa ligeramente dañina: si no lo sacaba, me haría daño. Me di cuenta que la única forma de que saliera sería la de escribir, así que eso me volví: escritor.

Es algo irónico el querer dedicarse a algo que te produce placer pero que al mismo tiempo es un dolor de cabeza. Si dedicara el mismo tiempo que dedico a escribir a capacitarme, por ejemplo, en alguna disciplina para trabajar en alguna empresa; ya ganaría una fuerte suma de dinero mensualmente, de eso estoy seguro. Mi camino a mediano plazo se dirigirá ahí, a trabajar en el sector privado. Me dedico ahora, con el mismo gusto, tal vez, del de escribir, a ser profesor. Si juntamos docencia con literatura tenemos como resultado limitaciones, dificultades, y sobre todo la eterna cuestión de “podría estar haciendo algo de provecho”.

Pero es que, y esta es mi excusa: no se decide, se nace. Cuando uno tiene una vocación, no importa la que sea, vive para ésta. No hay de otra. Habríamos de imaginarnos: si ya estoy amargado, si no escribiera, si no leyera, sería mi propio anciano odioso de la vida. Y no paso de los treinta años. Sin embargo, no todo es cuestión interna, sino también externa. La dificultad de que una editorial te publique vuelve a la negatividad algo casi inherente. Claro, yo me considero pesimista en todo sentido schopenhauriano de la palabra; aún así, incluso uno pesimista, necesita sus descansos. Y los rechazos no son lo peor. Lo peor es cuando ves lo que publican: libros de youtubers, de mujeres urgidas de un hombre, historias de amor melosas y repetitivas. Me comparo y digo “No mames, si no puedo escribir ni como ellos para que me publiquen, sí estoy muy, muy mal.”

Entonces la vida me dio la desgraciada experiencia de las editoriales de autopublicación: una buena oportunidad, pensé. Recapacité: una buena oportunidad para darse, a uno mismo, una patada ahí donde no da el sol. Son desdeñables y me parecen un cáncer. Resulta que, aparte de escribir, uno debe pagar, ser editor, productor, diseñador, mercadólogo, agente, payaso, chinche y lamebotas. Como si escribir fuera lo más fácil del mundo.

Lo mejor es esa gente que viene y te dice “Pero si escribes muy bien”, y no han leído nada tuyo. Nada. Acá entre nos: sólo un par de personas se han tomado la molestia de leerme (por eso es que también decidí abrir este blog). Y siempre les pregunto todo, a ellos, que ni conozco en persona. Irónicamente ridículo que los haya conocido por redes sociales y me dediquen más tiempo que algunos otros individuos que se consideraban mis amigos pero se dedicaban solamente a recordarme que estoy desperdiciando mi tiempo por dedicarlo a volverlo letras. O a no leerme.

Qué bonito, al menos para mí: convertir el tiempo en letras.

Es que no saben lo que es tener un mundo en la cabeza. No esos malviajes que nos hacemos, esas chaquetas mentales en las que imaginamos nuestra realidad, lo que hubiera sido, y nos embotamos ahí. Yo no hago eso, no me pasa en exceso. En mi cabeza hay gente, eventos, sucesos, ruidos, lenguas, palabras, comentarios, pláticas, desgracias y maravillas, virtudes, egos, faramallas. Curioso que todo lo imagino en inglés y lo escribo en español. Pero grita, grita que quiere salir, que debe salir, y si no lo hace, me amenaza con volverme loco. Con aislarme más. Con matarme. Uno que no hace lo que debe hacer, se muere. Yo, sinceramente, ya me habría matado de no ser por las letras. Una confesión que me causa algo de vergüenza. Pero va en serio, sí que tuve mi etapa de pensar en suicidio. No obstante, me salvaron las letras, esas que leí y esas que escribí. No puedo dejarlo. Me están pidiendo que me suicide al decirme que deje de escribir.

Leer no es perder el tiempo. Escribir no es perder el tiempo. Muy estúpida la gente que eso piensa; y para los que nos dedicamos a escribir, leer es incluso trabajo. Cuando leo trabajo. Y es un trabajo digno, uno difícil, uno incesante, uno que nunca acaba (y aprovecho para decir que la docencia radica ahí también). No tienen idea la dicha de uno al ver treinta libros pendientes. Y siempre hay libros pendientes. Nuevos libros esperando. Es la diferencia entre la gente y los libros: ellos platican y te escuchan. No te obligan a escuchar solamente. No son irreales ni aparentan. Y lo mejor: te dejan ser.

De repente hablo de lo que escribo y, me ha tocado: hacen la misma cara que aburrimiento desdeñable de siempre. Como si ese gesto fuera una máscara que venden al por mayor. Y le diré algo a usted: si conoce a alguien que se quiere dedicar a escribir, si lo estima en lo más mínimo, aunque no sea un experto literato, crítico, ni nada: léalo. No sea idiota, no mate a alguien más solamente por no hacer lo que a usted le gustaría que hiciera. Cuando uno se quiere dedicar a las letras y alguien ofrece su tiempo para ver nuestra creación, de verdad, se vuelve nuestro héroe. Nuestro objeto de respeto y amor. Sea un héroe, no un imbécil.

En fin. Escribo porque no hay de otra, es mi forma de ser rebelde. Es mi forma de ser yo. Cuestión de gustos personales, y estaré perdiendo el tiempo, sí es cierto, pero nunca caeré en la infamia de menospreciar a alguien más solamente porque no hace lo que yo. Escribir es mi infierno, sí, pero no tienen idea de cómo disfruto estas llamas etéreas.