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Cuando todavía iba en la primaria, creo, mi familia era asidua de ir a rentar películas en aquellos Blockbuster donde además de rentar películas, había videojuegos, dulcería, juguetes y tal vez podías rentarle el alma al diablo. Era una tienda donde podías encontrarlo todo. Una de esas veces, mis padres rentaron El Exorcista. Salieron en la noche y mis hermanos y yo vimos una de las películas más terroríficas a las que nos habíamos enfrentado. Y es que el miedo radicaba, además del momento de ver la película, en el recuerdo. Todavía compartía habitación con mi hermano menor, ninguno podía dormir, y él dijo “Sergio, ¿estás dormido?” mi maravillosa respuesta fue “No”, “Y si nos vamos a ver otra película”, “Bueno, vamos”. Ninguno se movió. El dio la estocada final al temor que sentíamos al decir “Es que qué tal si la niña del exorcista está esperándonos en la puerta”.

Y así me la imaginé: la poseída desgraciada vomitada con su gesto transfigurado monstruosamente sonriéndonos desde la puerta abierta con una luz de fondo lo suficientemente fantasmagórica como para hacer que a cualquiera se le cayeran los pantalones. Los tres: mi hermana, mi hermano y yo nos fuimos a ver Los Increíbles.

Eso era temer. No la película animada: la niña que volteaba la cabeza y le pedía a Jesús que se la… bueno, ya saben de lo que hablo.

De cierta manera, doy gracias a mis padres por habernos mostrado esas maravillas del cine, en ese tiempo que aún no leía como loco desesperado; pues nos enseñaron lo que era el buen cine de terror. Las buenas películas no solamente juegan contigo al momento de ver las escenas en cuestión, con sus bandas sonoras lúgubres y actuaciones soberbias: el miedo radica también en el recuerdo. Lo que te hacen imaginar al tener las luces apagadas o al tener que subir a la planta alta estando todo en oscuridad. El buen miedo es ese que sientes ya al enfrentarte a tu vida real, en el momento presente, ya fuera del tiempo de ver la filmación o de leer el libro o cuento. Es cierto que al vivir esas nuevas experiencias (porque, no olvidemos: el cerebro procesa el arte como una vivencia más) sentimos que nos hacemos del baño: pero el temor por perder la vida es cuando no estás viendo o leyendo una u otra historia.

Los ejemplos a dar, en mi caso, son variados: miremos detalladamente el Resplandor de Kubrick, y a parte de la inmejorable actuación (en ese papel) de Nickolson: la concatenación de eventos es de un miedo ensordecedor. Cuando leí el Gato Negro del buen Poe, cuando estaba a solas, podía escuchar los maullidos del felino del demonio, e incluso una que otra vez era el corazón delator el que me quería evidenciar a mí ante la policía. Otro ejemplo: de Lovecraft tengo muy grabada en mi memoria esa historia de la casa-mansión a la que llega nuestro desgraciado protagonista, bajo amenaza de no abrir una habitación en específico, cosa que desobedece y luego de algunos rastros de una criatura innombrable, terribles sucesos se desencadenan en el lugar. En especial tengo aquella llamada de teléfono que él mantiene en la que a través del auricular escucha la violencia causada por esa criatura come carne. O qué tal la película de la estatua y el libro de piedra, esa escena donde, a oscuras, el gesto del niño se ve reflejado en el espejo (no pude ver espejos en un buen tiempo, y no sólo por mi cara horrenda); también el terrible ulular del viento que tiene miedo, el sexto sentido y su repentino cambio de trama, magistral, obvio es; o los vivos que no están vivos de Los Otros.

Son algunas de mis referencias a lo que me produce miedo.

Hoy en día, sin embargo, creo que ese toque, esa chispa, se ha desvanecido. Obviamente, no olvidemos que hay muchos tipos de miedo, pues están el psicológico, o el de los asesinos seriales, o el causado por las atrocidades de la guerra. Yo hablo de aquél causado por los fenómenos paranormales, en específico los fantasmas (aunque también está esa película medio actuada medio real con Milla Jovovich sobre los alienígenas que también me quitó la respiración de vez en cuando). Ya no hay películas de terror como aquellas. Todo radica en estos screamers donde de repente se suelta una carita fea y un sonido que retumba en toda la sala del cine. Hay una extraña afición a la violencia, la sangre, juegos mentales para gente embrutecida. Ya no está esa tranquilidad antes de la tormenta. Ya no hay esos silencios sepulcrales como de tumba. Nos olvidamos que no es necesario tener efectos de sonido ensordecedores. Para muestra: qué tal esa escena donde Jack Torrance llega a la habitación 237 y ve a esta esbelta mujer que se vuelve una anciana que ríe. Su risa aún la tengo grabada, y seguirá así para toda la eternidad.

Sin fijarnos en que si son adaptaciones de libros, o libros, o lo que sea. Ya no se hace un miedo que se respire, sino solamente se explota el morbo, un morbo, valga la redundancia, vulgar y sin sentido. Cliché: se están perdiendo los valores. Preferible, al menos en mi caso, ver mil veces esas películas que no me dejaron dormir en el pasado, a ver las nuevas producciones que ni una historia definida tienen, son como un pastiche de eventos sin sentido que salen de la manga de un momento a otro. No hay construcción de una historia, no se hilvanan las ideas: solamente se sacan monstruos, gritos guturales, y avances de cine que cubren la película en su burda totalidad.

Y lo que odio aún más que el terror burdo de hoy son las personas que dicen “Pero se ven bien chafas los efectos del Exorcista”, “Me aburrió el Resplandor porque todo pasa muy lentamente”. Es que no tienen en mente el año en que fueron hechas, y que fueron (son) obras maestras sin igual. A lo mejor no hay suficientes tetas, sangre y viejas encueradas a su gusto. Sí, ya sé que repetí eso, pero es que ya “la calidad” del cine actual se reduce a tetas, tetas, y más tetas.

Ésto más que nada porque me siento algo nostálgico: de entre todos los momentos familiares que tenemos como rito en mi caso particular, uno de los más importantes eran (y aún son) ese de ir a ver una película de terror, todos juntos, y al final, burlarnos de nuestras caras, decir por qué sí estuvo rebuena la peli, qué escenas fueron las más sorprendentes, y de repente uno que otro “Sí, no mames, estuvo buenísimo eso”. Un escalofrío compartido, pues.

La última que nos dio una grata sorpresa fue El Conjuro. Sin embargo, de las cosas más simples como esa estatua traslúcida del diablo en el Exorcista, son las que extraño casi con devoción religiosa. Esa y al trastocado Jack Torrance, que justo antes de su legendario “This is Jonny!” tiene su “I´m home, darling” justo después de destruir a hachazos la primera puerta para entrar a la habitación. Y respecto a esta última frase, termino con una expresión de mi querido hermano: una risita nerviosa y luego “Es que, no mames, está reloco ese güey”.