list_640px

Lo leí por algún lado, y no recuerdo específicamente quién lo escribió, pero estoy casi seguro que fue Gabriel García Márquez (Gabo de mi corazón) el que dijo que la única profesión que se vuelve más difícil conforme uno adquiere experiencia, a través del tiempo, es la del escritor. Una vocación así, más en los tiempos actuales, no solamente se ve en problemas por la gran calidad y diversidad de escritos a lo largo del globo terráqueo; sino que están aquellos maestros del pasado (recordemos que estamos sobre los hombros de gigantes); pues también está un sistema económico que busca poco más que las ventas efusivas de empobrecida calidad, la complejidad de darte a conocer, de enfrentar un gremio enfrascado y, la más importante a mi parecer: la que dice que leer es una obligación que da, pareciera, para la mayoría de los casos, nada más que flojera.

Uno que se dedica a escribir (hablo, obviamente, desde mi pobre y patética experiencia) tiene que buscar de sobremanera, excesivamente, hasta morir y sangrar; motivos para hacerlo, continuarlo, no darse por vencido. El problema principal, sin embargo, dejando poquito de lado los otros anteriormente mencionados (que son decisivos, por desgracia) está el de la inspiración. ¿Qué puede inspirar a uno a escribir algo que tiene casi toda la seguridad de quedarse en el desconocimiento? ¿De dónde tiene uno que llamar a su musa? ¿Debe esperarla? ¿Debe obligarla? ¿Debe transformarla? ¿Tiene que ser musa y no “muso”? Obviamente, este concepto de la musa es abstracto; a lo que quiero llegar es: ¿qué es lo que inspira a uno a escribir?

Entre las varias novelas que yo he escrito, diferentes cuestiones me han inspirado, momentos, emociones y, sobretodo, gente. Ésta que publico regularmente es mi segunda novela, “Los Elegidos”, basada enteramente en una amistad que tuve en la “vida real”. En ese momento me embargaba la emoción de saber que tenía a un amigo para toda la vida, pero llegó la vida misma y dijo “no, te equivocas”. Independientemente de eso; yo quería mostrar al mundo lo que era la amistad para mí, y salió ese escrito, que es de mis favoritos, y que ahora que lo estuve repasando y corrigiendo para que ustedes pudieran, espero yo, disfrutar de él, me recordó a varias vivencias hermosas, que en un contexto, (el actual) de haber perdido a ese, mi mejor amigo; de verdad, y más por la carga emocional que porque esté bien o mal escrito: me hizo llorar.

Entré a una etapa, digamos, depresiva-pesimista. Yo siempre me he jactado de ser fiel seguidor de la teoría pesimista, desde un punto de vista filosófico, en especial aquella de Schopenhauer. De ahí escribí una novela que llama “Miego”, una novela experimental y de miedo ligeramente psicológico que mezcla las historias de un joven que puede pasar a un mundo creado por su subconsciente a través de un espejo y modificar su propia realidad; y la de otro joven que tiene la vida que siempre soñó pero nada que le dé felicidad, y además puede ver los egos de la gente, monstruos que rigen sus vidas sin que ellos se den cuenta. Sus vidas terminan entrelazadas de forma, quiero creer yo, inevitable. No diré más pues cuando acabe de subir “Los Elegidos” a este blog, y de ustedes también, subiré esta novela que me gusta mucho.

Y ahora justamente acabé una trilogía de distopías, inspirado enteramente en Saramago. Y es que vi un comentario bastante ridículo de un sujeto, en redes sociales, que decía que no le gustaba Saramago pues escribía “de puras cosas muy imposibles y de animales”. Me molestó pues está bien que no te guste un escritor, pero no gritas al mundo que no haces más que leer libros vaqueros y que los comparas con una de las mentes más grandiosas de la historia. Y en esta serie distópica pongo todo lo que sucede en la vida real, pero de forma “muy imposible” para tomarle la palabra a ese chachalaca. No digo más porque ando probando suerte con esa mandándola a editoriales.

Claro, les comparto todo ésto porque estas novelas de las que hablo ya las tengo protegidas, mis derechos de autor están salvaguardados.

Y toda esta faramalla va a encaminada a una sola finalidad: escribir es un acto rebelde per se. Creo que se necesita un temple de acero al confrontarte contra un fracaso constante, pero que da frutos al momento de leerte a ti mismo (cosa importantísima) y decirte: “No recordaba esto que escribí” y que el sabor de boca sea mejor que el que te imaginaste. Si no te gustan ni a ti mismo tus escritos, entonces hay que cambiarlos.

La inspiración no es uno mismo, contra lo que escuché alguna vez: la inspiración viene de la búsqueda de la verdad a través de una imaginación encabritada al infinito y a la inmortalidad, la inspiración es una luz proveniente de abismos tan primigenios como los de Lovecraft, que se alimenta de todo lo que lees, pues el escritor tiene que ser el que más lee en esta sociedad; debe darse cuenta de las grandes variedades de narrativas, historias, personajes, tramas y formas de hacer algo con tan solo, al menos en español, nuestros 27 caracteres. Somos  capaces de hacer todas las historias posibles con un tan limitado número de símbolos, una vez más, en español: pero traducibles, con todo y sus altibajos, a otros distintos, pero transmitiendo la idea original.

La inspiración es más que una simple necedad de nosotros los escritores: es nuestra ancla a la vida, nuestra sangre en el cuerpo, nuestros sentidos elevados hasta llegar a la divinidad. Dios era el escritor original, y lo digo sin ser creyente en él (o ella, o eso), y sólo a través de la literatura y la inspiración, uno también puede ser Dios, uno que no caiga en los malos designios que mi maestro Saramago tanto le tacha de forma magistral.