Me congratulo al poder presentar este escrito, el primero de muchos, espero ferviertemente, en coautoría con Luis Alberto, mi amigo. Es el relato que más sangre, lágrimas y dolores tiene por parte de ambos. Asimismo, es un regalo que nos hacemos mutuamente. Una advertencia debo hacer: cada palabra y evento, cada situación; todos son reales. Si usted duda y cree que alguna de las calamidades aquí descritas es ficticia, déjeme decirle que TODO fue real. Para nuestra desgracia al momento, para nuestra felicidad ahora que encontramos en quien apoyarnos.

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Tal vez si yo no fuera así, no nos habríamos perdido, pero no es raro en mí: todo lo hago mal. Siempre meto la pata. Esa es mi mayor habilidad y mi mayor maldición. No quiero, no es mi intención; pero siempre es el mismo resultado: el de la estupidez. Pura causalidad es que Luis también tenga casa de campaña, ya que si nos llega la noche, tendremos donde dormir protegidos del clima que se puede tornar inclemente.

–Todo acto del hombre, Sergio, tiene algo de egoísta. Todos tendemos al egoísmo, es lo que nos hace humanos; sin embargo, eso no quiere decir que seamos malos, pues sin saber nuestro objetivo para con nosotros, ¿cómo ayudaríamos a los demás? Fíjate: Jesús, tú que eres creyente, se autoproclamaba el hijo de Dios. Conocía su finalidad, la suya propia. La de él. Eso es individualista, egoísta; pero lo hizo con la finalidad de ayudar a los demás. Cumplió la tarea que sólo a él le correspondía.

Seguimos caminando. Él va al frente y yo me le pego por el temor de perderme. Ya no estamos con el resto del grupo. No me quiero quedar solo.

–Yo únicamente quiero ayudar a la gente, Luis, y la gente no comprende. Yo quiero… quiero que ellos a su vez ayuden a alguien más, y así… no sé… cambiar.

Estoy al borde de las lágrimas pero también el cansancio me sienta bien: me desahogo con el esfuerzo. No sé si Luis se da cuenta, camina mirando al frente.

–No puedes ayudar a todos. Enfócate en un par de personas. Tu energía la desgastas en todos. Te desgastas. Sergio: ¿a ti quién te ayuda?

Guardo silencio.

Caminamos. Las hojas otoñales de colores amarillentos crujen bajo nuestros pies, es el único ruido ahora, y árboles, árboles por todos lados. No sé si él está enojado conmigo, estamos en esta situación por mí. Estamos perdidos. No pude aguantarme, tenía que ir al baño, y él se ofreció a esperarme. Cuando regresé, tratamos de alcanzar al grupo y ya no estaba. Al menos me perdí con él. No estoy solo.

No estamos solos.

Veo movimiento entre dos árboles, una rama que se desliza, pero no pudo balancearse sola, y es que hay que saber: en el bosque hay animales, muchos, Pudo haber sido un animal. Es obvio que las cosas se muevan. Todo se mueve. Hasta nosotros. Creo que lo terrorífico sería que no se movieran las cosas. Creo que lo terrorífico sería lo inexplicable. Por suerte él decidió tomar la batuta, aunque no sé si sea muy bueno ubicándose, hasta donde lo conozco, no lo es; pero me quita ese peso de encima, y eso es algo que le agradezco: una preocupación menos. Pero no sé, hay algo en el ambiente, un algo que no se puede palpar que me incomoda, y creo que a Luis también, si no, no estaría tan silencioso, siempre está gastando bromas. A veces pienso que es su método de defensa, pero quien sabe. Parece fuerte, que su vida es como él quiere. No obstante, siento que algo está mal, un presentimiento, algo se aproxima, algo hace que me sienta más pequeño de lo que soy. Conforme avanzamos, así como el sol se desliza; ese pesar crece, crece como lo hace la marea, como lo hace el adolescente. Como me pasó a mí con mis rodillas, pues crecí tan rápido que ahora tengo problemas. Esperamos encontrar a alguien pero la falta de luz nos dificultará todo en muy poco tiempo. Y el silencio aumenta, y esa es la guarida del malestar. Y todo por mi culpa, de no haber sido por mí y porque todo lo hago mal, no estaríamos en esta situación. Maldita sea mi propia estupidez.

Entonces Luis rompe el silencio:

–Allá hay un pequeño claro, checo –me dice–, creo que deberíamos dormir ahí. A ver si mañana tenemos más suerte, que también ellos nos busquen. No será tan malo –se da la media vuelta–, será como una pijamada.

Nos sonreímos mutuamente, casi cual cómplices. Pero también es un esfuerzo, cargamos algo, un pesar que viene desde fuera, pero no queremos demostrarlo. Si uno cae, el otro también lo hará. No queremos incomodar al otro, no queremos hacerlo sentir mal.

Instalamos la casa de campaña y los ruidos de los pajarillos suenan casi a la lejanía. Las sombras se vuelven juguetonas entre las copas de los árboles, y un muy ligero viento sopla como revelando la respiración de la tierra, del planeta. Y árboles, árboles por doquier. Veo, creo ver, otro movimiento, y me pongo ligeramente nervioso, pero luego Luis pone su mano en mi escuálido hombro y dice:

–Listo. Esperemos a que pase la noche. Promete ser clara. Eso es bueno.

Por un momento clava la mirada en algún lado. Escucho algo caer al suelo, entre el bosque. Luis entrecierra los ojos, mueve su mano a su cinturón, donde tiene su cuchillo; abre los ojos casi con miedo; pero luego regresa la mirada hacia mí y sonríe, para tranquilizarse, pero puedo notar el aumento en su ritmo respiratorio. Algo vio, o algo me oculta. No volteo a ver. Me quedo mejor con que su gesto me dice que todo saldrá bien.

Comemos algo de la comida enlatada que teníamos y luego nos acostamos en el suelo para ver al cielo, en silencio, que no es incómodo, pues los silencios no tienen que serlo; y apenas me doy cuenta.

–Es hermoso –le digo a Luis.

–Sí que lo es, Chequito –me contesta.

Admiramos la oscuridad iluminada, un esplendor distinto a lo acostumbrado: parece el gesto pecoso de la niña que me gusta. Es lo que me gusta, me encanta: lo común de la vida. Como en las pinturas. El cielo rociado graciosamente de esferas de fuego titilantes y comunes; pero beatíficas para quien se atreve a verlas, hermosas al ojo humano que se atreve a desnudarlas, silenciarlas, plantarles cara. A veces siento que caigo para arriba, pero no es violenta la caída, es más como una caricia de mi madre: suave, tenue. De repente imagino que no son estrellas, sino sueños y reproches. Me siento ahora ensimismado. Me digo que estaríamos mejor con los demás, con el grupo; Luis estaría con sus amigos, alguien de su edad, no un alfeñique como yo. ¿Qué tendría de interesante estar con alguien como yo, que todo lo hace mal? Estamos perdidos. Silencio. Soy un estúpido. Hojas romperse. Me sobresalto.

–Shh, tranquilo, morro, soy yo.

Luis se ha reincorporado, él ha hecho el ruido. Me tranquilizo. Las sombras danzan. Hago lo mismo que él. Entonces Luis agrega:

–Tengo que ir al baño.

Lo noto algo nervioso y me contagio del nervio. Un escalofrío recorre y eriza mi cabello chino y desaliñado. Él observa el bosque, no se nota muy seguro.

–Pero… –no acabo la frase.

–¿Qué pasó? –me pregunta mirándome comprensivamente.

–Y… ¿y si te pierdes?

–Muy fácil: vas y me salvas. Es tu deber de hermanito.

Nos sonreímos. No soy su hermano, ni siquiera tengo alguna clase de parentesco con él. En realidad él fue mi maestro, y me gana por once años, pero se le dio por llamarme así; creo que por una pérdida que él tuvo. No me ha dicho bien eso. Es reservado.

–Haremos esto –dice luego de ver la preocupación plasmada en mi rostro. Saca un lazo enrollado que usamos para nudos, redes y demás–: Esto será nuestro hilo de oro de Ariadna.

–¿De quién?

–En la mitología, cuando Teseo fue a matar el minotauro de Creta, Ariadna le dio el hilo para que él pudiera entrar en el laberinto sin perderse.

No sé si dice la verdad. Una vez me comentó que no importara lo que dijeras, aunque fuera la estupidez más grande; que si lo haces con seguridad, todos te creerán que es cierto. Y tiene razón. Pero él no me miente. Sé que es verdad.

Me agarra del pie pero yo rápido se lo quito porque le gusta desabrocharme las agujetas de mis tenis a modo de juego. Lanza una risotada.

–¡Calmado!, ja, ja, ja; esta vez no te haré lo de siempre.

Confío. Retoma mi pie y amarra el lazo.

–Lo tienes que mantener tenso. Te daré cuerda para que te puedas mover aquí alrededor, pero tienes que mantenerlo tenso. Tú serás mi pilar, mi camino de vuelta, ¿okey? Estoy unido a ti. Si te desamarras, no podré regresar. Además, si tú ves que está tensa la cuerda, quiere decir que yo estoy bien.

Enreda unas cuantas vueltas del lazo en su mano.

–Está bien, Luis.

Me sonríe y enmaraña mi cabello, se levanta y camina a los lindes del claro en el que estamos.

–Vale, pues, greñas necias. Ahorita regreso.

Detiene su paso, observa el bosque oscuro con el entrecejo arrugado, como quien quiere decir algo y lo olvida, de hecho voltea a mí, pero se guarda lo que iba a decir. Se palpa. El cuchillo. Da la media vuelta lentamente y se adentra en la oscuridad del bosque.

Lentamente las pisadas suyas dejan de sonar, paulatinamente, asimismo su silueta desaparece en el bosque, y la cuerda tensa. Me da seguridad. El viento susurra, como si los árboles nos advirtieran de algo. Me pongo algo nervioso. El follaje danza el ritmo de la naturaleza. Escucho el crepitar de una hoja, una, como si no quisiera ser rota, como de alguien o algo que quiere mantener mucho silencio. Volteo a un lado, de donde creo que viene el sonido, pero nada. Nada. El lazo tenso. Ahora el cielo no es hermoso: parece la boca del diablo, y los árboles sus dientes. Y, entonces, todo se vuelve inexplicable, tentadoramente grotesco. Algo crepita. Mi respiración se detiene y mi corazón se acelera. Sudo. Volteo a todos lados. Árboles y más árboles. Ramas desnudas… y una se mueve, como si se percatara que volteo a ella y se quisiera esconder. Siento que el bosque se cierra sobre mí para matarme, atacarme, dañarme. Crujir. Crepitar. Algo camina, algo ligero se acerca. Puede ser Luis, pero no creo que me hiciera una broma así. El lazo tenso. Respiro aceleradamente, tiemblo, mis dientes castañean. El crepitar acechante se acerca. Suelto un gemidito con la boca cerrada. Entonces me sobresalto al escuchar algo que cae en algún lado, muy cerca del claro. Me repliego rápidamente a la casa de campaña como si ésta me fuera a proteger como lo haría la sábana al niño miedoso en su habitación. Pinche Luis, ¿por qué me hace esto? Y es que necesito una explicación, pues si no, se volverá una locura de terror. Es lo malo de confiar en la gente: siempre acaban apuñalándote por la espalda.

Sólo veo sombras de árboles a través de la ligera tela de la casa de campaña, tela impermeable.

Y siento que mi corazón da un vuelco, un silbido retumba en mis oídos, ese del terror. La cuerda ha caído. Ya no está tensa. El lazo no está tenso. Ya no tiene tensión. Quiero gritar, llamar a Luis, pero la voz no me sale, no puedo, se me ha cerrado la garganta en un nudo irrompible, esos imposibles que me enseñaron en los cursos. No puedo pensar. Busco, lo más silenciosamente posible, entre las cosas, siento el mango del machete. Lo saco de su funda. Lo tomo con ambas manos. Volteo aceleradamente a todos lados. Algo se acerca. La mortecina luz de la luna alumbra a mi rededor. Luis no quiso hacer fogata como si… ahora que lo pienso: como si no quisiera que nos vieran. Todo lo veo a la perfección alrededor de la casa de campaña. Sombras, sombras; árboles, árboles. Un susurro… no del viento. No puede ser el viento, si lo fuera, no me pondría tan nervioso. ¿Dónde estás, pinche Luis? El coraje es tanto que tiemblo pero, de repente, me petrifico. Algo se acerca, como caminando en cuatro patas. Cada músculo de mi lánguido cuerpo se vuelve roca, se solidifica. No respiro. Apenas y puedo observar, quiero morirme. Las lágrimas heladas recorren mi rostro que está torcido en un paroxismo de terror. Siento mi mente explotar, mi cabeza hacer implosión. No lo puedo creer. ¿Por qué a mí, a mí, ahora, yo?

Se ve, lo veo, la sombra humanoide caminando en cuatro patas, una cabeza que parece demasiado pesada para ese cuerpo que es puro hueso, pero que algo de músculo ha de tener para poder moverse. Muy alto, pero en cuatro patas. Imposible que un ser humano sea así. Es tan delgado, mucho más que yo. No tiene sentido. ¿Qué es eso? ¡Qué mierda es eso! Está en la comida, cuchichea, observa, y come, lo escucho, pero no tiene ese sonido sordo del contacto sólido con la piel, no parece piel, el sonido es metálico, es metal contra metal. Me quiero morir, quiero vomitar. No dejo de llorar ni de sudar ni de temblar ni nada. Se levanta. Es humanoide, con alargadísimas patas delgadas como el infierno, con brazos que llegan hasta sus rodillas, en una posición ligeramente encorvada. La oscuridad, los colmillos. Eso es el colmillo del diablo. Camina en dos patas. Se acerca a la casa de campaña y se queda ahí. Me observa. Es una pesadilla estremecedora. ¿Me observa? ¿Podrá ver mi sombra reducida a través de la tela como yo lo veo de vuelta? Puede estar de espaldas, pero mi terror me obliga a pensar que soy yo lo que ve. Me va a comer, me va a dañar. Me voy a morir de la forma más impensable. Es una criatura que ni en las peores pesadillas se podrá ver porque es real, es cien por ciento real. Es real e inexplicable. Ahí radica el verdadero terror: en que no hay ficción ya, solamente realidad.

Pongo el machete en frente, con ambas manos lo levanto. Si salta hacia mí al menos le cortaré algo. Algo.

Un grito me sobresalta y tiro el machete.

IIIIAAAAAAAARRRGGGGGG

Una roca cae cerca de la cosa, y se va caminando de ahí, lejos. Pasos rápidos y pesados se acercan. A través de la casa de campaña veo que es Luis, él gritó. Abre el cierre y mete la mitad de su cuerpo, con el cuchillo en mano. Está sudado, empapado de sudor, pálido como la muerte estaría, con su cabello lacio y escaso enmarañado, preocupado, con la misma expresión de terror que yo tengo en el rostro.

Por fin me muevo y salto a él, y él me abraza, y yo a él, lo aprieto contra mí. Y él a mí.

–¡Sergio, Sergio, Sergio!, ¿estás bien?, ¿Estás bien, pequeño?

Lloro.

–El lazo, se rompió. Pensé que estabas perdido.

–¡Nunca! No, estoy contigo, no me voy a ir. No te voy a dejar solo.

Lo volteo a ver y veo en sus ojos bien entornados que él tampoco sabe lo que hay afuera. Lanza miradas furtivas y vigilantes. Tiene la boca bien abierta al igual que yo. El cabello apelmazado, y veo su asimetría de la oreja mocha que no tiene. Pálido, terror, terror genuino. Me dice:

–No es uno… no es uno solamente.

Lanzo un chillido. Escuchamos algo atrás, no alcanzo a ver, él voltea, me empuja adentro, cierra y se echa conmigo. Yo me aferro con fuerza a él, y él me rodea con los brazos. Pego mi rostro a su pecho, no quiero mirar. Él tiene el cuchillo en la mano. Siento cómo tiembla al igual que yo.

–No me sueltes, ¿entendido? No me sueltes. Yo no lo haré. No te dejaré. Aquí estoy, yo te protegeré.

Suena demasiado seguro.

–Confía en mí, pequeño. Yo te protegeré.

No sé si me quiere convencer a mí o a él mismo.

Silencio. Crujir. Silencio. Frío. La noche se siembra y se planta. No cede, no se va. El miedo es cansado, es agotador. No podemos salir. No debemos. Algo nos dice que unidos nada nos pasará. No quiero ver. Estarán ahí. Cada vez que él se estremece me imagino a una de esas cosas alargadas ir de un lado al otro. Cada vez que él me aprieta a su pecho siento que una de esas cosas está a punto de lanzarse. ¿Correr? Nos comerán. Nos matarán. Que lo hagan de una vez, malditos adefesios. ¿Cómo explicar esto? No se puede. Es estúpido cómo el miedo no es tal hasta que uno se confronta con lo verdaderamente inexplicable, pero no lo juzgo: hasta Dios, verlo, sería igual de terrorífico. No podemos explicarlo, y es eso lo que nos cansa paulatinamente. Ya no puedo llorar. Me digno. Me volteo pero él no me deja ir, me tiene entrelazado con sus brazos, yo sigo con mi cabeza en su pecho, y sus brazos en mi tórax. Vemos arriba, donde estaría el cielo, y sólo nuestras miradas periféricas se tratan de engañar pretendiendo que eso que se mueve son ramas. No seres. Ramas. No criaturas. Ramas. Árboles.

La vista se me nubla de nuevo y lloro. Él me aprieta a su cuerpo.

–Está bien, está bien –me susurra–. Llora, es bueno. Ya pasará.

–Es mi culpa –digo entre sollozos.

–¿Qué?

–Es mi culpa, esto que nos pasa, no estaríamos aquí si no nos hubiéramos separado.

–No tienes la culpa de esto, Sergio –me dice contundentemente–. Si un hombre llevara droga en un avión, en un vuelo. ¿A quién deberían encerrar en prisión? ¿Al hombre o al piloto?

Sombras. Me sobresalto. Luis también.

–Al hombre.

–Tú eres el piloto. No tienes la culpa. Todo esto es totalmente ajeno a ti.

Silencio. Pasos furtivos. Una cabeza se asoma, y luego se retira. Nos sentimos observados.

–Pero es que…

Silencio. Pasos furtivos. Miradas. Cuerpos escuálidos. Terror.

–No es sobre lo de hoy… –me dice.

–Es que todo lo hago mal –le contesto.

–¿Qué es todo?

–Con la gente.

–¿Y por qué crees que es así?

–Porque quiero tratar de ayudarlos pero no funciona, siempre la cago.

–Para ayudar a alguien más, debes estar bien tú. Que te ayuden. Eres humano. También necesitas ayuda.

Nos sobresaltamos al escuchar algo caer al suelo.

–Quieres ayudar a todos –me dice–, ¿pero quién te ayuda a ti?

No contesto. Lloro. Me aferro a él.

–Creo que quieres ayudar a todos porque quieres que alguien te ayude, que te diga cómo estás, que profundice un poco más lejos de tus “bien, estoy bien”. No lo estás, Sergio, porque nadie te valora. Eso crees. ¿Alguien te ha preguntado cómo éstas?

Niego con la cabeza.

–Siento el mundo a mis hombros, Luis, siento que no puedo más. No quiero más despertares porque sé que se repetirá la historia una y otra vez. Esta puta vida golpea fuerte, me derrumba, y estoy con ella, la jalé al tirarme, nos estamos golpeando, quiero demostrarle que no será tan fácil. Pero ya no puedo.

Caminantes.

–No tengo a nadie –finalizo–, estoy solo…

–No, no lo estás. Estoy yo. Me tienes a mí… ¿Sabes? Hace no mucho me hicieron lo que tanto temes: me traicionaron. Era mi mejor amigo, según yo, porque le dije todo, me abrí completamente hacia él. Pero usó eso para destruirme. Obviamente, no lo podía perdonar. Yo tenía un amiguito, un año mayor que tú. Lo quería mucho. Mi mejor amigo, el de mi edad, me dijo que mi finalidad con el pequeño no era más que monstruosa. ¿Puedes creerlo? Me llamó lo peor, mi mejor amigo. Entonces ya no lo traté tanto, y me concentré con Fernando, mi otro amigo pequeño. Hasta que un día se fue, y ni siquiera tuvo la delicadeza de despedirse. Estaba solo, no quería vivir. Como tú. Hasta que volví a creer, volví a confiar. Tal vez no te darás cuenta, pero tú me ayudaste a volver a ver lo bonito de la vida. Tu amistad significa mucho para mí. Confía en mí, Sergio, déjame ser tu pilar. No seré tu novia, que tal vez es lo que quieres –sonrío, a pesar de todo, me hace sonreír–… pero sí puedo ser tu amigo. Déjame ser tu amigo. Da el salto a ciegas, y no dejaré que te pase lo que a mí me hicieron. Antes lo harán sobre mi cadáver.

–Pero no te mueras.

–¿Cómo?

–Muerto no podrías defenderme.

Me aprieta hacia él y yo me le aferro.

Ahora yo también entiendo su actuar, entiendo por qué él es así. Creo sufrimos lo mismo, exactamente lo mismo; la única diferencia es que yo hablaba con todos los que podía, y él con los menos posibles.

–Eres brillante, Sergio, sensible. La gente no valora eso, sin embargo, yo sí. Somos iguales en ese sentido. Podemos ayudarnos. De verdad que podemos. Tu madurez es demasiada para que te entiendan los de tu edad. Confía en mí. No estás solo. No quiero que hagas una estupidez, por favor: no la hagas. Tú di rana y yo salto. Tal vez nos tengamos que separar, pero siempre que me necesites iré contigo para lo que sea. No importa la distancia. Déjame ser tu pilar para que te sostengas, déjame ser tu lazo; así como tú ya eres el mío, aunque no te des cuenta. Gracias por ser tú, de verdad… te quiero mucho.

Y entre sombras y terror y el corazón de Luis en mi cabeza, me duermo.

No estamos solos.

Lo último que veo son múltiples cabezas de múltiples seres humanoides expectantes rodear la casa de campaña.

Al día siguiente nos encontraron. Nos fuimos del bosque. Nunca dijimos nada de lo que pasó, de lo que nos dijimos. Sería nuestra amistad, nada más que nuestro silencio compartido. Preferimos que esto se perdiera entre las hojas llenas de letras, entre hojas que pierden su sentido entre las letras que ellas mismas forman, entre las líneas blancas, entre la ignorancia de los demás, entre las hipocresías, perversiones, prejuicios y calamidades ajenos. El nuestro, nuestro horror, sería de nadie más. La soledad ya no estaría; en su lugar: la amistad. El uno al otro. Mi pilar, su pilar. Me protegerá y lo protegeré.

No estamos solos.

Aunque los demás de la excursión también quedarían con la duda: no comprenderían de todos modos. Nos encontraron dormidos, y el lazo amarrado a su brazo y a mi pie. No lo hicimos nosotros, no lo hicimos. El lazo estaba tenso. Y así se quedará ese lazo para siempre: tenso e irrompible como nuestra amistad.