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En las últimas semanas he estado afrontando algo a lo que ya no estaba acostumbrado, algo difícil pero que vuelve dichoso a uno cuando lo puede hacer: estoy volviendo a confiar.

Hace casi un mes regresé de un viaje, las olimpiadas de inglés en Inglaterra (como algunos sabrán, soy maestro de inglés). Digamos que fui como mentor y niñera, cosa medianamente difícil, pero muy gratificante. Mis alumnos, que eran once, participaron en los concursos (cantaron, actuaron, presentaron, hicieron una Ted talk y mucho más). Crecieron, practicaron su inglés y todos conocimos algunas partes del mitológico Londres, caminamos por las calles cosmopolitas, recorrimos la fascinante Praga y el bello, bellísimo, Salzburgo. Durante las noches, cuando podía, me salía a recorrer las ciudades por mi cuenta (las ventajas de ser adulto) e iba a bares y hasta me topé sorpresivamente con un cementerio (una cosa cómica cuando la recuerdo, pero sentí que se me caían los calzones al momento). Ahí, no en el cementerio, obviamente, sino en el viaje; nació una amistad. En detalles no profundizaré, ya lo he hecho.

La situación es la siguiente: me puse a pensar qué tan necesario es para nosotros en confiar en alguien. Esto, más que nada, porque perdí dos amistades que significaban mucho para mí, en un periodo de seis meses éstas fenecieron repentinamente. Yo, pues soy un dramático incansable, me sentí encerrado en mí: ya no volvería a confiar en nadie, pues si ellos, quienes eran dos personas que tenía en altísimo estima, hicieron lo que hicieron (con mi posible parte de culpa con uno de ellos) me convencí de que no valía la pena ya entablar relación con nadie más.

No es raro en mí, sin embargo: prefiero mil veces un buen libro o escribir a salir con gente, pero ese año que duró mi soledad forzada por mí mismo, llegué a extremos ridículos. Las únicas personas que frecuentaba eran los amigos de mi hermano (que le agradezco por invitarme a sus desmadres), pero siempre queda ese vacío, ¿saben?, ese vacío de hablar con alguien sobre todo. Me volví tan reservado como el demonio. No fue todo pérdida: escribí una trilogía (que creo es lo mejor que he hecho, y que sigo mandando a editoriales a probar suerte) y descubrí a un escritor que me hizo volver a reír con su irreverencia satírica de la vida y la muerte: Michel Houellebecq.

Ya me había acostumbrado, pues, a estar solo, a no tener una relación seria (obviamente tomando en cuenta mis problemas para socializar, que aunque no lo crean: habemos algunos que de verdad nos estresamos al estar con gente). No tenía nada de ninguna índole.

Hasta hace poco. Una situación repentina y sorpresiva, pero bienvenida. Primero con mi amigo, luego con una maestra con la que saldré consecuentemente.

Confiar, creo yo, es fundamental para el ser humano, independientemente de si eres extrovertido o introvertido; a fin de cuentas, los amigos, los verdaderos, se cuentan con los dedos de una mano. Yo tardo años en forjar eso, un amigo no es para mí un conocido: es esa persona a la que le puedes mostrar todas tus debilidades y lejos de burlarse, te ayuda a confrontarlas, a dejarlas de lado, te muestra que tus fortalezas son más de las que piensas. La confianza, entonces, creo que es el arma para volverte tú mejor persona. Por ahí lo había escrito: un amigo es un reflejo tuyo, te conoces a través de él, te reconoces, y si tu amigo te cree alguien interesante, ¿por qué no lo habrías de hacer tú contigo mismo?

Acabo de redescubrir la bondad de confiar, de no tener que aparentar una fortaleza que no tienes, esa de dejar de sonreír. Todos sonreímos, es una máscara socialmente necesaria para el correcto funcionamiento del grupo, pero a veces nos tenemos que jalar los labios con ganchos. Está bien que tengamos que sacrificar algo por el bien social, pero a veces nos sacrificamos tanto que olvidamos quién somos, por qué somos, por quién somos. Es solamente con esa persona en la que puedes confiar con quien puedes dejar de sonreír, e incluso haciéndolo, ella no huirá, no te dejará; al contrario: te abrazará para que eso pase, porque si la felicidad es momentánea, los momentos de crisis y dolor también deben serlo.

Creo fervientemente que sí es necesario confiar en alguien, creo que necesitamos a alguien más en quién sostenernos, y esto no es muestra de debilidad pues el acto de confiar es la cosa más difícil de todas, la más riesgosa y, sobretodo: la más personal. Leer es un acto de desnudez, es un acto de mostrarse y ser uno mismo sin estigmas, sin prejuicios, sin cargas; confiar, pues, es que otro te lea, y que tú te leas a través de aquél. La única gran revelación de la vida es aquella en la que uno se conoce tal y como es, y es mucho más fácil cuando se hace en conjunto con alguien más, y es sólo así como se logra alcanzar la verdadera felicidad. Todos tenemos nuestra forma de ser felices: algunos en fiestas rodeados de mil personas, otros, donde me incluyo, en la soledad de un libro, un café y un cigarro; pero todos, todos necesitamos la felicidad que es otorgada por el acto de confiar.

Así, pues, me siento ligeramente optimista, eso y a pesar de que mi amigo y yo tenemos el pesimismo bien arraigado, y eso me parece genial; pero aún más curioso que ambos, pesimistas, tratamos el bien del otro a través del acto de confiar, incluso cuando este cueste más que el mismo acto de sonreír cuando queremos llorar.

Somos buenos actuando, todos, pero somos mejores como amigos. Somos mejores (amigos) cuando confiamos.