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Lo bueno de la vida es que todo se arregla con un buen pensamiento, una bonita palabra, una imagen apócrifa de un famoso escritor, hombre de negocios, deidad religiosa, actor o actriz; con una bella frase que en su jodida vida dijo alguna vez. Porque ese es el secreto, sí, como el libro: uno atrae lo que piensa, manda mágicas vibraciones a través del universo y éste, como es un ente que piensa en una minúscula e insignificante parte de él todo el tiempo, pues le concede lo que quiere. Pero no es sólo deseando uno obtiene lo que quiere, porque desear algo sólo acarrea deseo: debe vivir la vida, y para eso, debe actuar como si ya fuera rico, así que vaya fuera y gástese todo el dinero que no tenga, compre todo lo que no necesite, endéudese hasta el cuello porque dios proveerá… bueno, el universo… bueno, usted entiende.

Debemos llevar la palabra a cuanta más gente podamos: todo depende de la forma en que veas las cosas, no por cómo son en realidad, porque todo conlleva un cambio en la persona, que bien usado resulta siempre positivo. Veamos esto con un ejemplo para que no se piense que esta es una palabrería insensata: si usted conoce a alguien que ha sufrido un terrible accidente y ha perdido la sensibilidad en las piernas, pues no es para tanto, porque al menos ya no se cansará de caminar. ¡Eureka! Como podemos ver, el poder de la vida radica en ver el lado bueno de la gente. Así que si ve a alguien sin piernas, invítelo a escalar una montaña, a fin de cuentas: ya no le pueden doler.

Los ejemplos del optimismo abundan en la historia, y sobre todo: su consecuencia que siempre dejará de qué hablar y servirá de ejemplo para futuras generaciones. Veamos el ejemplo de Jesús, hijo de Dios y de una mortal. Cualquiera que viviera en su condición se sentiría mal al nacer de una mortal y ser él mismo mortal pudiendo ser un Dios; pero él no se quedó con los brazos cruzados: los abrió en cruz y extendió una cruzada de amor y bondad que sólo le costó la vida, y lo más impresionante: ¡es que él buscaba morir! Eso le concedió una eterna existencia postmortem. Imagínese usted tener miles de millones de creyentes a sus pies que harán lo que usted predicó a través de sus enviados divinos, siguiéndolo como buen ejemplo, porque hasta las guerras en su nombre ocasionan que sus fieles seguidores se reencuentren con él en la eternidad, porque el optimismo permite nunca olvidar, porque nadie ha olvidado los preceptos divinos.

No es un trabajo fácil, más que nada por los tiempos en los que el pesimismo y negativismo imperan en la sociedad. Debemos erradicarlos y arrancarlos de raíz de nuestras vidas como la mala hierba. Nuestra misión es llevar sonrisas a todos los que podamos, sin importar si son blancos, negros o feos. La depresión se contagia, está plenamente comprobado por muchas investigaciones científicas, y es muy peligrosa: se contagia solamente a los que vivimos en sociedad. Debemos ir con esta gente deprimida y decirles llenos de energía: ¡Amigo, amiga, no estés triste! El poder de las palabras les quitará esa pesadumbre. Muy conocido el caso de una persona que se iba a suicidar y uno de estos optimistas activistas fue y le dijo: ¡amigo, no estés triste! Y sabemos qué pasó: se mató, sí, pero se mató feliz.

Nuestros contrarios siempre nos dicen que el optimismo es conformismo, pero eso no es cierto. Que el mundo esté lleno de plaga, guerras, intereses macroeconómicos y políticos desinteresados del bien común; no es motivo suficiente para vivir tristes todo el tiempo, queriendo cambiarlo todo porque, a fin de cuentas, si usted se encuentra bien, ¿por qué se habría de sentir triste y acongojado por los demás? Así como la depresión se contagia, contagiemos la alegría, la felicidad: demos una monedita al niño pobre de la calle, demos alcohol etílico al borrachito sin casa, demos paracetamol a la mujer abusada: siempre hay formas de llevar felicidad a todos sin siquiera mover un dedo.

Recordemos que el cambio está en uno mismo, el cambio sustancial no viene de fuera, viene de dentro, y si uno cambia para sí mismo y su pequeño círculo, obviamente cambiará para todos; así lo dice la teoría del caos, que si una mariposa bate las alas en un lado del mundo, podría ocasionar un huracán en el lado contrario del orbe en OBVIA consecuencia. Porque sí, es obvio que si yo hago el bien, las demás personas lo harán, porque nos encanta imitar. Así que sonriamos para que todos sonrían aunque sólo sea para ocultar su dolor, porque con algo se inicia, y por obligación debe ser así: no debemos dejar que los demás se den cuenta de nuestros problemas porque a nadie le importan. ¡Sonríe, amigo, sonríe pues la vida sólo da para más sonreír aunque no queramos!

Este no es un pensamiento superficial, no es un ignorar los problemas: es confrontarlos desde otra trinchera. En las guerras, siempre hay que encontrar el lado débil al enemigo, ¿y cuál es el lado débil del pesimismo, de la negatividad, del terrible existencialismo divulgado por complejos libros escritos por acomplejados autores? Pues no leerlos, y en cambio, sonreír, porque si el sol sale aunque sea una estrella mucho más pequeña que otras en el gran universo, ¿por qué no habríamos de nosotros brillar ante quienes están más desgraciados que nosotros, aunque sean muchos más?

Así que, amigo, amiga, te invito atentamente a dejar tus problemas en casa, encerrarlos en el armario, olvidarlos cuando estés con gente; y sonríe, te invito a sonreír aunque las inclemencias de la sociedad no lo permitan, aunque estas sean muchas y sobrecogedoras, aunque la vida no parezca tener sentido alguno, aunque las vejaciones de las instituciones sean superiores en fuerza; nada de ellas podrá con nosotros si sonreímos como monos ignorantes de su condición actual. Seamos monos enjaulados, sí, muertos de hambre, sí, vejados, torturados, amaestrados y sin sentido alguno hacia nuestra existencia; pero siempre sonriendo. No lloremos, disfrutemos de la enseñanza del dolor eterno de vivir.