Aquí, en mi México querido, rajarse es echarse para atrás, es un acto de cobardía en el momento menos indicado, es no hacer lo que uno debería cuando era necesario.

frodo-sam

Como quien dice, me la jugué hace un par de semanas en una clase en la que a mis alumnos les leí un fragmento de una novela de mi querido Michel Houellebecq; y es que, si no lo conocen, digamos que es marginal y transgresor. Muy transgresor. Luego de una interpretación del texto, la plática se fue al análisis de por qué vemos lo que vemos, por qué parecemos taparnos los ojos en lugar de afrontar la realidad; y de ahí salió también que no nos conocemos plenamente a nosotros mismos, y por eso no podemos ver lo que es la realidad en realidad (perdónenme la redundancia). Luego, una alumna dijo: “Entonces, profe, ¿cómo podemos hacerle para conocernos a nosotros mismos?” Y no lo pensé pues, abusando de mi humildad, ya lo había escrito alguna vez, así que le contesté algo así como: “Pues yo diría que a través de tus amigos, no de cualquiera, sino de alguien de verdad cercano a ti, porque sólo a través de alguien más podemos confirmar lo que creíamos de nosotros”.

Ahora, ¿cuáles son las cualidades de un amigo de verdad? Bueno, una lista que se alargaría hasta el fin del mundo; además, es algo que vendrá en capítulos posteriores de la novela que con gusto les comparto, así que no profundizaré en ese tema; empero, una amiga me dio la idea, porque ella es así hacia mí y yo hacia ella: una de las principales características del amigo es la lealtad.

Hagamos, pues, un breve ejercicio para descubrirnos qué es la lealtad y por qué es necesaria. Es un cliché, o a para allá va, eso de que solamente una persona que de verdad te quiere estará contigo en las buenas y en las malas. Pero para las buenas no es difícil, quién no gusta de compartir un tiempo agradable con alguien que nos hace sentir ese florecimiento en el pecho, que nos hace sonreír solamente por plantarnos su fea cara, que nos vuelve cariñosos y abrazables. Y no es cuestión solamente de parejas amantes, sino de amigos también. La verdadera lealtad se pone a prueba en los peores momentos personales, si no, no se podría llamar virtud (adoptaré la concepción general de virtud, no soy filósofo para profundizar en semejantes temas).

La lealtad radica en tener el valor de estar junto a alguien justo cuando esa persona se siente totalmente distinta a lo que generalmente es, cuando esos pilares de la personalidad tiemblan y pareciera desmoronarse todo a su alrededor en un cataclismo de puras malas rachas. ¿Quién no ha pasado por esas crisis existenciales ya sea fruto de un buen libro, una buena charla, o sólo porque así pareciera predisponernos el destino? Sin embargo, no satanicemos los malos momentos pues solamente a través de ellos podemos referirnos y apreciar sus opuestos, o sea: los buenos momentos. Yo tengo la firme convicción, como pesimista, que la felicidad es momentos de ignorancia en un eterno sufrimiento y dolor, pues la vida es eso: pesares.

Justo sobre eso acabo de leer en Tomas Mann (qué cosa más difícil): el delirio que causa la cercanía a la muerte, este estado ilusorio de la realidad es optimista, pues nos convencemos de que saldremos de esa situación desastrosa, mientras tanto, el pesimismo radica en estar sanos y saludables y poder darnos cuenta de que no todo es tan agradable como parece. Eso según el alemán, y según mi corto entendimiento. Ahora, la vida es eso: un continuo salto, ir y venir, superar los problemas que se van presentando. Sin embargo, es cuestión de qué palabras usar: digamos entonces que el deseo es esa necesidad de algo y que todos aspiramos a la plena satisfacción del mismo, ¿y qué pasa cuando lo satisfacemos? Otro deseo toma su lugar. Entonces, estamos en una carencia constante. ¿Cuándo dejamos de sentir? Cuando morimos.

Y aquí abro un paréntesis: si usted conoce a alguien sin ningún problema, que ya tiene todo dilucidado y que actúa con una seguridad rimbombante: aléjese, no deje que lo contagie de su muerte andante.

Así, pues, la lealtad es mucho más constante de lo que parecía al inicio de estas líneas, pues dijimos que no es difícil estar con alguien en los buenos ratos; pero si consideramos que los buenos ratos son la satisfacción de ese deseo, entonces, en realidad, el estar con alguien en realidad radica en un constante tedio de lucha entre poder hacer algo que nos agrade o compartir el tiempo de no agrado de la otra persona. Pero no sólo de nosotros hacia los demás, sino de los demás hacia nosotros también. Entonces, todos estamos junto a los demás, en su mayoría de tiempo, en malas rachas. Que lo ocultemos con sonrisas hipócritas, es diferente.

La lealtad se reduce a una simple pregunta, una de dos palaras que sirven para cuestionar incluso el poder divino o del destino, según la creencia de cada quien.

Entonces así se desarrolla: Hola, ¿cómo estás?, Bien, bien… ¿En serio?

Es justamente esa última pregunta la que demuestra la lealtad: ¿En serio? Y es que, ¿quién está bien todo el tiempo? No seríamos humanos, seríamos robots. El compañerismo es seguir la plática y decir que qué bueno que todo esté bien, vamos a beber o a jugar. No, no siempre estamos bien, y cuando estamos bien no necesitamos de nadie más. Cuando estamos con alguien es porque necesitamos de esa persona. Todos necesitamos de quién sostenernos y, consecuentemente, somos el pilar, el sostén de alguien más; y eso es lo que se debe realzar, comprender, sobre lo que se debe educar: todos necesitamos a alguien, y alguien nos necesita. La soledad es de uno, pero la vida de todos, y la vida se conforma de muchas soledades.

Una persona es más que suficiente, no necesitamos cambiar el mundo (al menos desde esta perspectiva, porque en otros sentidos es urgente cambiarlo), lo que de verdad necesitamos es cambiar el mundo de otra persona a través de la lealtad, a través de preguntar luego de su respuesta socialmente aceptada “¿En serio?”. Creo que es ahí donde yo hago un llamado, y solamente en dos personas puedo pensar, a parte de mi familia, claro; y yo a ellos les digo: No te me rajes porque, mañana, yo no te me rajo. A rajarme, prefiero la muerte.