1984-poster

Distopía es, según mi corto entendimiento, una sociedad perfectamente funcional con base en los antivalores ideales de nuestro imaginario colectivo. En otras palabras: sería esta comunidad que en lugar de realzar el respeto o tolerancia (por mencionar algunos) como nosotros creemos conocerlos; los retuerce de tal manera que su objetivo se vuelve a la inversa. El objetivo de la distopía es que el ciudadano no se dé cuenta de que vive en una sociedad autoritaria, invasiva y totalmente controladora. Un error sería decir que las reglas distópicas son un conjunto de barbaridades y terror para mantener subyugado al sujeto, pues este vive feliz, según nuestro entendimiento, bajo este esquema de gobierno.

Yo me considero un ávido lector de todo tipo de escritos, excepto autoayuda porque les tengo prejuicios; pero la ciencia ficción y la fantasía siempre han tenido un punto preferencial entre mis libros tanto escritos como leídos. Me atrevería yo a considerar a la distopía como parte de la ciencia ficción por sus características básicas futuristas. Hace poco, justamente, tuve el placer de leer “Nosotros” de Yevgueni Zamiatin, una de las obras fundamentales de las novelas distópicas, en ella, justamente, se basó George Orwell para “1984”. No he leído todo lo relacionado este género, obviamente, solamente los básicos; sin embargo, aquí viene el choque: son exasperantes por su terrible parecido a la realidad.

No se me malinterprete, sin embargo, querido lectófilo: las dos novelas mencionadas, “El mundo feliz” de Huxley, “Fahrenheit 451” de Bradbury, incluso “El ensayo sobre la lucidez” de Saramago; son novelas que he disfrutado enormemente y que más de una lectura les daré en su momento; pero como mencioné en algún otro escrito de éste blog (al final les dejo el enlace*), cuando acabas la lectura de placer, viene la confrontación o la comparación con la realidad, y es ahí cuando uno se da cuenta que la literatura va más allá de un simple gusto: resulta hasta reveladora de nuestro andar y nuestra existencia.

La crisis viene en que cuando nos percatamos, y esto no requiere un análisis a profundidad de nuestra miserable existencia: resulta hasta más oportuno el mundo narrado en estos terribles textos que nuestra sociedad propia.

Y es que hay que aclarar: al suponer que la utopía es una sociedad “perfecta” o, mejor dicho, menos perfectible por su avanzado estado evolutivo tanto en ciencias, arte y humanidades, en la que se realzan los valores ideales; no quiere decir que en la distopía no haya felicidad, no hayan valores, y todo se vea sumido en un caos. La situación con las antiutopías es que esos mismos valores se ven, desde nuestro punto de vista, corrompidos hacia lo negativo. Claro que, al leer estos textos, uno se da cuenta que para ellos, nosotros seríamos la antiutopía, y nosotros, suponiendo que nuestra sociedad aspira al ideal utópico, estaríamos en un estado caótico y negativo.

No quiero entrar en relativismos, yo sí creo que una distopía es aquella sociedad autoritaria ya descrita en un inicio; y creo también que nuestra búsqueda utópica, aunque inalcanzable aparentemente, es la más loable. En otras palabras: los mundos de los libros mencionados, por ejemplo, sí están como para volarse los sesos.

Pero ¿quién no se quiere volar los sesos en nuestra sociedad pseudoutópica? Es decir, vivimos en el caos, en la incertidumbre política, en la crisis económica, en el estrés generacional. Estamos en un estado constante en que cada generación de ciudadanos que nace es más estúpida que la generación anterior, según esa misma generación anterior. Se rehúsan a darse cuenta que solamente se repiten patrones. Ahí está la herida abierta: los patrones que se cumplen en cada prole no son más que los que ya se han vivido, y no solamente en la generación inmediatamente anterior, sino desde años y años en el pasado, y así siempre estamos buscando pero nunca alcanzamos.

En los libros, así como en nuestra sociedad, a pesar de tener sus ideales, siempre hay algo que mueve al personaje, algo contrario; lo cual, de entrada, ya nos da la idea de que tanto en distopías como en utopías va a haber problemas. Sin embargo, lo que hay que recalcar principalmente es que, en las distopías, nadie se da cuenta que viven en un estado negativo (así llamémoslo para evitar problemas) y, cuando se dan cuenta, lo niegan y reniegan y así dan más poder al autoritarismo de su sociedad, porque sin ese poder que les diga qué hacer, no se sienten capaces de nada. Y así vivimos, al menos la mayoría, hoy en día, independientemente del país donde radiquemos; y eso que creemos estar aspirando a un ideal positivo.

Para concluir, pido perdón por mi punto pesimista, sin embargo, así son las cosas. Poco se puede argumentar ante una sociedad que cada vez se ve más pervertida y cuyos intereses se van diluyendo en cuestiones innecesarias (ya he dicho algo también sobre esta barbaridad del lenguaje inclusivo). Como tal mi única propuesta sería la de agarrar un libro y armarse. Curiosa similitud, y es que en las distopías es muy común el factor de que el libro es satanizado, maldito, censurable; con nosotros no es así, pero sí es un acto elitista, excesivamente caro y con un aura de aburrimiento total. Claro que, si se quiere, se le pueden encontrar tres patas al gato, desde cualquier perspectiva cualquier otra cosa es siempre parecida, tanto como las distopías y nuestra sociedad, tanto como los Millennial y los Baby Boomers, tanto como el que se enajena leyendo y el que se enajena jugando videojuegos, tanto como el Gran Hermano de Orwell y nuestra alianza Google-redes-sociales, tanto como el especialista que no puede ver más allá de sus respetables estudios y el que con su experiencia sabe que no es posible cambiar nada más.

*https://literafilia.wordpress.com/2017/12/16/leer-no-sirve-de-nada/