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La verdad es que estuve a punto de no escribir este texto, mi humor es el más nefasto posible (sí, ya sé, sueno a único y diferente) pues acabo de confrontar otra derrota literaria. Bien podría poner en mi currículum que sigo intentándolo a pesar de no haber logrado nada ligeramente presumible. Estoy en esa situación a la que los maestros nos enfrentamos a cada rato: ¿Valdrá la pena?, ¿para qué seguir? Debería hacer algo más provechoso (ésta última frase relacionada totalmente al acto de escribir, porque la docencia es lo más provechoso del mundo a pesar de la poca estima que se le presta a la profesión de la docencia en general). Tengo dos artículos en espera: uno de Svetlana Alexiévich y otro se Douglas Adams; pero quiero leer un poco más de ambos para ofrecerles una vista más holística respecto a ellos, así que el presente texto no es de crítica literaria. Sin embargo, mi costumbre es ya la de intercalar un escrito de este tipo con los capítulos de mi novela “Los elegidos” que ya está por acabar, y justo acaba de suceder algo que le regresó la vitalidad con la que yo ya la releía: regresó mi mejor amigo.

Todos los personajes de mi novela son reales, a excepción de Valeria, la novia de Alejandro. Es irreal la relación que tiene con él en la novela, pues ella es mi rememoración de una chava de la que creo haberme enamorado en la preparatoria. Cosa graciosa: ella también se enamoraba de mujeres. Sin embargo, la desgracia nunca es barrera para la imaginación literaria. De hecho, ese personaje terciario, Lucía, también era inventada hasta que conocí a la verdadera Lucía, una amiga entrañable a la que quiero mucho, mucho; que me apoya verdaderamente en este camino de las letras. Se lo agradezco y sé que leerá esto, de mis pocas lectoras, alguien a quien estimo en demasía.

Ahora, lo que acaso viene es que mi novela, ésta, es una mera calca de mi vida en mis tiempos de maestro novato. Antes de volverme maestro, obviamente, conocí a Fernando (cuyo nombre sí es real, pero mi amigo tiene un nombre antes del de Fer) y fue una cosa cómica.

Yo salía a jugar futbol con algún vecino de mi calle, y en una de esas llegó ese niño al que yo le calculé unos 7 años (tenía diez) de edad y me dije, y perdón por la expresión “No mames, ¿a poco el morro va a jugar con nosotros?”. Con todo y sorpresas, como en la novela viene, resultó ser un pequeño amo del balón. Actualmente él juega en un equipo de tercera división, y es compañero de uno de mis primeros alumnos, exalumno ahora, de hace cuatro años. Así de pequeño es el mundo. Como sea, lo que continuó luego de eso fue que él iba a mi casa para sacarme a jugar. Una relación muy extraña también reflejada en la novela, con todo y sus bemoles, a fin de cuentas, me hice su maestro pues también le ayudé con cuestiones de la escuela; pero, sobre todo: me hice su amigo, uno verdaderamente querido.

No somos muy parecidos, de hecho le eché muchas ganas en su tiempo para que se metiera aunque fuera un poco al mundo de las letras. No le gusta estudiar y es tan inquieto como todo un salón de clases junto. Quien más o menos conozca lo que es estar frente a grupos, podrá saber a qué me refiero. Sin embargo, una cosa fue la que más me hizo quererlo como a un pequeño hermano, y es la que sigue: estábamos jugando con unos trillizos que ya no viven donde yo todavía lo hago. Por si no lo saben, yo no tengo una oreja, es una cuestión congénita, y nunca he tenido problemas con ello, al contrario, bromeo mucho con ese respecto; pero hay días en los que uno está más sensible, y ese era uno de ellos, justo en que los trillizos comenzaron a decirme cosas ofensivas a mi estado. Decidí irme de ahí. Entonces escucho que alguien se acerca corriendo, me llama, y me pide que no me vaya, que me regrese, y le dije mi molestia. Me dijo que él se encargaría. Así que regresamos y les pegó tan fuerte que dejaron de jugar con nosotros. En ese momento, así como él me protegió, yo decidí que lo protegería también.

Hace poco más de un año me dijo que regresaría a su tierra natal, Chihuahua, y yo le pedí que nos viéramos para despedirnos. No lo hicimos, y eso sí que me resultó doloroso. Incluso la misma novela me fue, de momentos, algo que no quería ni pensar. Cosa curiosa, graciosa si así se quiere, y ahora comprendo las palabras de Borges en alguna entrevista que he visto del Maestro: que su mejor amigo no lo había invitado a su boda pero eso no menguaba su amistad. Hace poco él regresó, y fui a verlo. Obvio es que ya no es un niño como antes, ya es un joven, y así como nos hablábamos, llevábamos, con esa confianza, ese cariño y ese bullying; todo eso sigue como si nada lo hubiera tocado, como si ese año no hubiera sido más que una noche de sueño. Yo me había dado la idea de que no lo volvería a ver, y ahora estamos juntos de nuevo. La amistad, no renace, pues no murió: simplemente se fortalece.

Si han leído la novela comprenderán un poco a qué me refiero, pues casi todas las pláticas hasta antes de la cuestión del fin del mundo, las que Alejandro y Fernando tienen, son reales. Sucedieron, tal vez con otras palabras, pero en su significado, eran así; y con gusto digo que son así. Resulta ser que tengo de nuevo a mi mejor amigo, y por momentos conozco qué es ser feliz.

No sé qué pensar, pues mi filosofía pesimista me ha acostumbrado a que cuando algo bueno sucede, algo peor siempre vendrá. Acabo de perder un concurso literario, uno más, y no le veo futuro a mi vida como literato y estoy pensando seriamente en dejarlo. No sé si pueda: las ideas se revuelven en mi cabeza, y no expresarlas me provoca un malestar mental y luego se vuelve físico. Así me ha pasado en mi experiencia. Sin embargo me quedo con una cosa, y es que es común decirle a la gente que cambien porque pensamos que, según nosotros, no es la mejor actitud que puedan tomar. Él nunca me ha pedido algo así, me acepta con todo y mis actitudes; y así yo a él. Lucía me apoya con todo y mis pesimismos, y yo así a ella. Eva, otra queridísima amiga, siempre está para ayudarme a escucharme, y así yo estoy para ella. La novedad está en que pensé que no lo vería de nuevo, y aquí está, y al menos me da más fuerza para seguir adelante, de no estancarme. Llevamos cinco años, que vengan más. Esa sí es amistad.