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“No importa el dinero que tengas en el banco. No eres tu trabajo. No eres tu familia y no eres quien te dices que eres… No eres tus problemas… No eres tu edad…” Y podríamos seguir con la letanía pero, antes, preguntémonos: ¿Qué clase de autoayuda es esta? Bien podría ser modelo de una de esas sesiones que explotan la psicología de masas ya que siempre es más fácil sentir algo o decir algo si los demás así lo hacen. O bien podría ser un libro de esos ahuecados con títulos estentóreos como “Sea feliz sin dejar de ser imbécil”. Pero no, hoy no hablaremos de sesiones optimistas; las frases del inicio entrecomilladas son del “Club de la pelea”. Así es, hoy hablaremos de las monstruosidades maravillosas de Chuck Palahniuk.

A Chuck lo clasificaría entre aquellos escritores que he leído que tienen una forma satírica y brutal de ver la vida, es una visión deforme, totalmente extrema y vulgar, un terrorismo de la fealdad llevada al límite. Tiene parecido con algunos como Irvine Welsh, John Kennedy Toole incluso en cierta forma con Douglas Adams, aunque este último no es brutal. Adams es muy crítico, pero no tiene la crudeza de los mencionados (hablaré exclusivamente de él posteriormente). Sin embargo, con quien más lo relacionaría, en mi opinión personal, sería con Michel Houellebecq, de quien ya hemos hablado*. Sin embargo, hay una diferencia entre el francés y Palahniuk: Michel no se preocupa por la consecuencia, la remarca, la vida la muestra tal y como es: una verdadera  guarrada. Chuck Palahniuk al mostrar estos defectos, al mismo tiempo conlleva una especie de optimismo subliminal. Pareciera ser un animador que está harto de que sus chiquillos no funcionan y les dice la verdad, con todo y groserías, para que éstos reaccionen. Así es Chuck: te grita en la cara, te escupe, te patea y te pisa para que te des cuenta de tu error. Digamos que es un optimismo insolente, un ánimo impertinente. Totalmente incómodo.

Más que reconocida es su obra citada al inicio, que acabó en cuestión de tres meses, y fue llevada a la pantalla grande por David Fincher. Una adaptación soberbia con un ligero cambio al final, en la que se supo llevar el mensaje del libro a la cuestión audiovisual de forma efectiva. Sin embargo, no fue ese el que me obligó a escribir un pequeño homenaje a Chuck, sino el último que leí de él, una de sus obras menos conocidas: “Monstruos invisibles”.

Para no hacer el dichoso spoiler, sólo diré que es sobre una muchachita que queda deforme luego de un accidente y es ayudada por un transexual a encontrarse de nuevo por medio de la invisibilidad. No una literal, eso sería restar el gran renombre que Palahniuk se ha hecho, sino por medio de esconderse. Este libro, al igual que el del club, tiene un final bárbaro e inesperado. En mi opinión, mucho más chocante que el club de la pelea. La cuestión tal vez radica en que la lectura es diferente: rompe con la linealidad temporal en la narrativa, y no al estilo de los autores latinoamericanos, por ejemplo: es una verdadera revoltura de eventos pasados y presentes sin más aviso que el dado por la protagonista, pues está escrito en primera persona, y en un espacio que da entre párrafos. Prácticamente narra, de párrafo en párrafo, eventos presentes, anteriores y otros muy del pasado.

Además, está plagado de silogismos cuyas premisas no están dadas inmediatamente antes de la conclusión, pero que son seña de lo que pasa a lo largo de todo el libro, y es en esos silogismos donde radica su optimismo infernal. Para muestra: “… los padres son una especie de Dios. Claro que los quieres y te gusta que estén ahí, pero solo los ves cuando quieres algo” o “No hagas lo que quieres. Haz lo que no quieres. Haz lo que te han enseñado a no querer… Haz las cosas que te dan más miedo”, y qué tal “Tu nacimiento es un error que te pasas toda la vida tratando de enmendar”.

Palahniuk lleva a sus personajes, al menos de las novelas que he tenido el placer de leer, a extremos irremediablemente fantásticos pero con una base real tan prístina que resultan imposibles dos cosas: reír y sentir escalofríos. Se basa principalmente en una sociedad gringa (aunque no seamos exclusivistas: todas las sociedades son así) hipersexualizada. En sus novelas abundan los fluidos, los transexuales, travestis, placeres incontenibles. Es el hedonismo llevado a cuestiones prácticas pues resulta tan absurdo en la realidad que si él quisiera denotarlo tal y como es, mejor sería hacer un estudio social o apegado a normas científicas humanistas. Las comparaciones con lo que vivimos resultan no metafóricas ni mucho menos como hipérboles: son tan parecidas su ficción y nuestra realidad que, al igual que con Houellebecq, no queda más que carcajearse, pero al menos Palahniuk te da un abrazo, uno con asco, uno que resulta frío y casi forzado; pero, a final de cuentas, grotescamente motivador.

Igual de recomendable, con una ficción llevada un poco más allá pero no por eso menos aplicable, la saga que comienza con “Condenada” y sigue con “Maldita”, de esta jovencita rechoncha que se va al infierno pues en vida hizo un par de cosas indebidas, y conoce al diablo que resulta ser una especie de escritor omnisciente. Chuck Palahniuk, con su estilo, hace metaliteratura a nivel que lo hizo, por ejemplo, Saramago con su “Flor más grande del mundo”. Incluso otros textos como “Hermosa” o “Pigmeo” tienen esta temática sexual imperiosa, pero siempre con esta sátira, esta ironía, una especie de “mira, así vives, y no te das cuenta. Lo más triste es que no te gusta y lo aceptas. Dejas que te violen.”

De la literatura contemporánea, Palahniuk es uno de esos escritores proféticos, como el francés ya mencionado, pues tiene un estilo duro, no se anda con juegos y no se enfoca en un morbo sinsentido: puede llevar la literatura a un nuevo tipo de narrativas que, por más vulgares que parezcan ser en una lectura superficial, revelan las características más horrorosas del ser humano, justo aquellas que vuelven al hombre lo que es actualmente: un monstruo que quiere ser invisible para que no vean su deformidad, lo que es en realidad detrás de ese velo llamado moralidad. Chuck va más allá de la normatividad social y desnuda al hombre, nos muestra por qué todos somos monstruos invisibles, sí, pero también por qué somos monstruosidades maravillosas.

 

*https://lectofilia.com/2018/02/11/cinicamente-divertido/