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Érase una vez un político mexicano que dijo tras bambalinas: “si no te calmas, te parto la madre”; cosa que bien se hizo pública como “el respeto al derecho ajeno, es la paz”. Supongo yo que deformaron tanto las palabras del señor para poder poner su frase en los libros de texto gratuitos de la primaria, pero no aseguro nada, aún no he checado Wikipedia para poder confirmar mi más que acertada teoría.

Dejando cuestiones históricas de lado, hay algo que me hizo rememorar esa frase, y es que a la gente le encanta decirle a los demás cómo comportarse, qué hacer, para qué y por qué, como si cada uno tuviera la verdad única sobre todas las cosas. El problema es este: si cada uno de nosotros tuviera la verdad única, todos seríamos Dios, y no los veo arruinándole la vida a sus plebeyos y creaciones atormentadas.

Sin embargo, juguemos a ser filósofos, y subrayo juguemos porque ni de chiste me acerco a la capacidad de poder crear teoría; y definamos al respeto como dejar hacer lo que a los demás se les dé la regalada gana sin que eso afecte lo que yo quiero hacer, porque se me da la regalada gana. Suena a libertad, pero es respeto, y la diferencia radica en que dije que esa era la definición de respeto y no de libertad. O, bueno, para los más quisquillosos, agreguemos algo más a la definición de respeto: hacer y dejar hacer sin que por eso en nuestra libertad individual, esa donde podemos actuar plenamente, nos afecte ni de la más mínima manera, siempre y cuando el otro no afecte la libertad de terceros. O sea que si uno quiere tirarse de un puente, no nos tiene por qué hacer sufrir, siempre y cuando el occiso no genere tránsito, pues si el suicida lo hace, entorpece nuestro camino a casa, entonces afecta la libertad de terceros, y así es como ya no estamos obligados a respetar.

Y el problema también radica en que es eso: luce como una obligación en lugar de que sea un paso que damos, aunque sea tambaleante. Aquí tengo un par de vivencias para ejemplificar lo que es una falta de respeto:

Una vez estaba escribiendo en el café, pues ese es mi ritual: primero con café y luego con cerveza, ya en mi casa. Cuando regresé a mi hogar para comenzar a llenarme del elixir dorado, El Dorado; alguien llegó a interrumpirme y a contarme todos sus problemas. No es raro que la gente me pida consejo, pero no hay que abusar. Además, el problema no radica ahí: esta persona iba a ir a un antro y me invitó, y yo dije que prefería quedarme pues estaba escribiendo. Entonces vino un sermón sobre por qué debía yo salir más seguido y divertirme bonito de la vida, sobre que tengo que hablar con más gente porque eso es lo que la gente normal hace, y que sólo Gollum se queda en su cueva en lugar de usar el anillo para ver mujercitas deliciosas.

El otro día también estaba yo en un lapso de recuperación literaria e invité a un amigo a mi casa a platicar, luego de un largo año de ausencia tanto de su parte y de la mía. La cuestión se volvió personal. Mi amigo tiene una vida buena: tiene pareja, gana lo suficiente en su trabajo para permitirse ciertos lujos, y digamos que no la tiene fácil, pero puede lidiar con sus problemas. Yo, en cambio, sigo soltero, y como algunos sabrán: mi filosofía a la vida es indiferente y pesimista. Me encantan esos chistes y bromas que tanto abundan en internet, porque son eso: bromas. De ahí vino un sermón de por qué debía dejar de ser pesimista, que mi punto de vista sobre la vida era triste y desamparado, que debía buscar pareja porque a mi edad eso es lo que la gente normal hace, tener hijos y un mejor trabajo, porque es de sobremanera sabido que la docencia no es un trabajo tan digno.

Y para terminar, el menor de los acontecimientos: estaba con otro amigo que es fanático del deporte, una de esas promesas jóvenes. Le gustan los autos, el futbol y los videojuegos; y respecto al deporte, se desarrolla más en esa área pues ese es el tipo de inteligencia que sobresale en él. Me preguntó, pues, algo relacionado a los carros, no sé qué marca de lujo que la verdad no me interesa porque en la vida tendré algo por el estilo; y al decirle que no sabía, ligeramente alebrestado me contestó: ¡Ash!, tú sólo sabes de libros.

Hay una clasificación muy básica: introvertidos y extrovertidos. Yo me considero de los primeros, y cumplo mi papel cabalmente. No es que no quiera hablar con la gente: es que me agota, y no el hecho de estar con alguien más, sino porque mi naturaleza es la de la soledad; es como pedirle a alguien que en su vida nunca ha hecho ejercicio, que corra un maratón… mejor no, no vaya a ser que se nos muera. Tampoco es que me guste la depresión: es una cuestión incurable con la que se tiene que aprender a lidiar. Mucho menos es que no me interesen otras cosas que no sean libros, pero estos te permiten la libertad que la gente no: leyendo aprendes a respetar.

Dejemos a las personas ser quienes son, dejemos de molestarnos porque la gente no hace lo que queremos. Yo hace años me rendí a tratar de hacer que mis cercanos lean, y ni siquiera a mí, sino a los que verdaderamente saben escribir. Tampoco me molesta que no se queden en sus casas y, en su lugar, salgan a fiestas cada tercer día, comprendo que ellos prefieran eso. Mucho menos me molesta que hagan deporte, no tomen, no fumen, tengan mil amigos en su celular y en la vida real… si no me molestan, yo no me molesto. Hay que aprender que la gente no hace lo que nosotros queremos, y eso está bien, es lo que le da diversidad a la vida. Aprendamos que hay gente diferente a nosotros, y justo por eso hay que alegrarnos por ellos. Dejemos ser, dejemos hacer, dejemos pasar como la mano invisible de Adam Smith, pero buena onda.

El título de este escrito viene por mi hermano, cuyo uno de sus mejores amigos es homosexual, y siempre se ofenden diciéndose así, entre los dos: “¡Órale, estúpida!”, “¿Ves cómo eres estúpida?” ¡Que ya, estúpida!”. Qué bonito y qué curioso que se respeten incluso llamándose así. Qué curioso que haya gente que no puede aceptar que a uno le guste la soledad porque a ellos les da pavor escucharse a sí mismos.