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Entre los lectores empedernidos, aquellos que gozamos de ir a las librerías y pasarnos un buen rato ahí viendo y ojeando libros para ver qué llevar o no, siempre hemos tenido el lujo de que, al menos una vez, tomamos uno que nos interesa al momento. Por alguna razón la portada, el nombre, la contraportada; algo, a pesar de no conocer ya sea del tema o al autor mismo, lo tomamos. Eso me pasó con el último libro que leí, “La felicidad paradójica” de Gilles Lipovetsky.

Es del género ensayo, hace una genuina y muy bien informada y holística explicación sobre la sociedad actual, a la que Lipovetsky denomina de la tercera fase, el capitalismo de tercera fase. En palabras muy vacuas, las mías, la primera fase se identifica por ser aquella en la que al consumidor se le condiciona a ya no buscar el producto y su utilidad como tal, sino a buscar la marca, pues la marca es sinónimo de calidad. La segunda fase es aquella en la que el consumidor busca obtener un producto para hacerse notar en la sociedad, como si este fuera a darle status quo. Y la última es aquella (la nuestra), la del hedonismo, la sociedad del deseo, la del hiperconsumidor; que lo hace para satisfacerse a sí mismo dejando de lado a la sociedad misma.

Hace un recorrido entre varias cuestiones que atañen al ser humano actual como, por ejemplo, el deporte (que ya es “válido” el consumo de sustancias para incrementar nuestras habilidades y condición físicas), el sexo (que a pesar de la liberación sexual, pareciera dársele importancia a las relaciones de pareja, no a una sexualidad abierta y disparatada) sobre el homo consumericus (aquel que transforma el acto de comprar en un acto divertido, como ir al cine o a pasear con los amigos), una diferenciación entre los mitos antiguos y actuales (Dionisio y las fiestas, Némesis y su destrucción, Superman y Superwoman como objetivos de vida).

Es un análisis, como ya me mencionado, un muy completo análisis desde el punto de vista sociológico con sus matices básicos de mercadotecnia, publicidad e histórico. Apenas lo conozco y ya lo respeto, y no me pondría nunca a nivel del señor Lipovetsky, pero sí me pregunto qué tendría que decir sobre las relaciones entre generaciones y las de la amistad en la sociedad del hiperconsumo actual.

Tomando en cuenta lo leído, yo considero que la relación entre generaciones (baby boomers, millennials, Igen) se vuelven problemáticas por una simple razón: buscamos culpar a alguien más. Y eso pasa no por confrontarnos a una escases de información y medios para lograr solucionar los problemas actuales (vivimos en la época del internet, por favor, sólo hay que saber buscar), sino porque, como Gilles plantea, vivimos para nosotros mismos, encapsulados en nuestra propia existencia delimitada a buscar incansablemente y sin lograrlo, la felicidad. Porque a pesar de así parecerlo, no encontramos la felicidad en los productos. Entonces, nos enfrascamos en nuestro papel y es ahí que la problemática viene. Y eso sin considerar el contexto en el que cada generación se desarrolla, lo que me parece más lamentable.

Con el otro punto me explayaré un poco más, y es que yo considero la amistad uno de los pilares fundamentales de cualquier ser humano, obviamente mi análisis va definido por mi personalidad y mis vivencias, así como por lo leído en el libro. No pongo palabras en la boca del autor, sólo retomo un poco de lo que entendí de su teoría para desarrollar mis puntos. No se piense que él lo dijo ni mucho menos que lo desarrolló. Esto ya va por mi cuenta. No tiene por qué ser así para todos, y dudo que sea así, pero algo en común habremos de encontrar, mi buen Lectófilo.

Tomando en cuenta la hiperindividualidad en la que nos vemos forzados a vivir, en la que sin cuartel debemos desarrollarnos y que, sin que queramos, nos vemos inmersos; las relaciones de amistad se ven permeadas por este punto. Pareciera que nosotros mismos transformamos justamente aquellas cualidades humanas en un producto más, y no porque la publicidad, la mercadotecnia y los medios de comunicación así nos obliguen. Como Lipovetsky muy bien lo remarca, y hay que hacer hincapié en eso: nosotros tenemos la última palabra, y tampoco hay que tirarnos al drama, es un estadio del que podemos salir o que podemos hacer evolucionar. No obstante, la problemática radica en que, al volver incluso las relaciones de pareja y las cualidades que podemos encontrar en alguien más, no más que un producto, porque buscamos obtener lo que obtendríamos de un producto mercantilizado; entonces esta paradoja aplica aquí también.

He hecho una novela de amistad, y en todos mis escritos esta cualidad siempre está presente. La idealizo, y tal vez eso es gracias a mi búsqueda mercantilizada individualista: por eso me topo con la barrera, con que la amistad está permeada también de infelicidad por el mismo hecho de ser un camino para buscar la misma felicidad. Entonces, esta necesidad de estar con alguien, de platicar, de verse, de volverse uno a través del otro no tiene más que un objetivo egoísta, individual, el de yo mismo sentirme bien conmigo mismo; y como nada en la vida es eterno, pero la búsqueda de la felicidad sí, y cuando no está esa felicidad (¿aparente?) de la amistad, entonces se vuelve un peso que cargar y es cuando viene el malestar en la globalización (sí, como Joseph Stiglitz lo dijo, pero aquí digamos que lo aterrizamos al ser individual en lugar del macromercado).

Como sea, no es más que una muy pequeña y superficial opinión.

En conclusión, el hiperconsumismo nos afecta en todos y cada uno de las características de nuestra existencia, incluso cuando no somos solamente, como seres humanos, producto. Nos volvemos producto gracias a que así nos lo permitimos, nos dejamos, y nos volvemos factor importante para volver producto todo lo que nos rodea, ya sea físico y… digamos etéreo. Es un gran libro este de Gilles Lipovetsky, muy sencillo de leer, pero no por eso menos lúcido. Es una puerta para leer más de él, en mi caso, y sobre todo para comprender el mundo que nos rodea desde una perspectiva escalofriantemente realista.