Este es el primer capítulo de mi novela publicada, es de terror y es muy amena y corta de leer. Espero les guste y ansioso espero sus comentarios al respecto. Bienvenidos a La Casa.

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La vida es como una película: si el final es feliz, algo falta pero no sabemos qué es; y si es triste, falta que sea un final feliz. La vida corre como filme de película, las vidas pasan como las líneas en la carretera, así de rápido, así como se acaba una, comienza otra; y muy pocas llegan a ser continuas, una vida que marque la de miles, una que cambie el curso del camino. No todas las vidas, sin embargo, se ven influenciadas solo por vidas, porque en el camino no hay líneas únicamente: también hay espacios muertos, espacios sin línea ni luz ni color, carreteras perdidas en el salvajismo de la ciencia, carreteras que no llevan a ningún lugar porque fueron construidas por nadie, no fueron construidas ni siquiera. Esas son las… ¿vidas? que preocupan más, esas carreteras que nadie quiso, que tememos, que respetamos; porque son carreteras desconocidas que preferimos llenar de conceptos vagos y sin sentido preciso, sin sentido alguno. Una carretera fantasma, una carretera inexistente; eso no existe, eso no puede ser, Dios es la razón y respuesta, causa y consecuencia. Así fue, así es y así será: Dios ayer, Dios hoy y Dios mañana. Pero incluso Dios se olvida de algunas cosas, de la misma manera que el rico olvida la necesidad; Dios se olvida del mortal porque prefiere mantenerse a solas en su trono.

Y así de fugaz es la mirada de una cámara, un montón de colores reflejados en las superficies de los objetos, ese es el color, lo que el objeto no absorbe de la luz: lo que sobra, el restante, lo que nadie quiere. La vida llega a ser así: parpadeante como el reflejo en la superficie negra.

–Ya se adelantaron mucho… ¿No se supone que el salón de fiestas ya estaría por aquí?

–Pues ni idea… ¿Qué no tienes el croquis? A lo mejor nos podemos orientar si le damos una ojeada.

–¿Teníamos dos? Pensé que el único lo tenía nuestro papá.

–Sí, somos muchos en la familia como para darnos tantas invitaciones en un solo sobre. Ha de estar en la guantera, le dije a Diego que la pusiera ahí… ¿O fue a ti, Germán?

–Fue a él, a mí no me dijiste nada. –Contesta el preadolescente Germán, gemelo de Diego. Gemelos físicamente, porque como todos los demás, su forma de pensar es muy distinta: mientras uno quiere ser escritor, el otro quiere estudiar física. Sin embargo, siempre han tenido esta unión; como hermanos pelean y se insultan, aunque siempre unidos, siempre sabe uno lo que piensa el otro, sabe cuándo llegó a la casa sin siquiera esperar a que toque el timbre, saben  cuándo el otro está satisfecho, enojado, triste; incluso con quién. Es como si la bolsa que los vio nacer estuviera ahora en una especie de hilo que se une en sus ombligos, luego va al corazón y al cerebro: piensan y sienten el uno por el otro…

–¿Qué no se supone que el salón de fiestas estaría por aquí? Creo que ya hemos avanzado bastante y no hemos visto nada… además, esa casa…esa de ahí ni siquiera estaba en el croquis. Esteban, creo que deberíamos esperar a nuestros hijos.

–Tranquila, no van a poner todo en el croquis; sería mucho poner las rocas y los perros atropellados. Además, Julio sabe manejar muy bien, mejor que yo… creo. Sigamos, el salón no ha de estar muy lejos.

–No sé por qué habrán decidido hacer la fiesta tan lejos, es decir, dentro de la ciudad hubiera estado perfecto. Venir a un pueblo lejano… y ni forma de decirles que no, se ofenderían.

–No creo, Valeria, nuestra familia es demasiado unida a la suya como para una tontería como una fiesta nos cause pedos.

–¡El niño, Esteban!

–Ay, ha de decir cosas peores.

–Pero el dinero, Esteban, se vienen tiempos muy difíciles y no podemos estar haciendo este tipo de gastos.

–Una vez al año, no hace daño –comenta el conductor al mismo tiempo que observa, con sus barbas negras y ojos azules, por el retrovisor, a su hijo, Diego–. ¿Y ahora tú?, vienes muy callado. ¿Por qué no te quisiste ir con tus hermanos?

–No sé.

El escritor ha hablado.

–Vaya, que eres un hombre de muchas palabras. Niño, pues.

–No soy un niño.

–Perdone, su majestad.

Diego sonríe al igual que su madre. Ambos tienen la misma sonrisa, aunque él tiene el mentón un poco pronunciado y la profundidad de los ojos de su padre, aunque el color de los de ella. Los gemelos fueron la mezcla perfecta de ambos padres.

–¿Cuánto falta? Se supone que el salón de fiestas estaba cerca del pueblillo este… y ya nos tardamos un bueeeeen.

–Según yo, falta poco. No te desesperes hijo… duerme si quieres, la noche va a ser larga– le dice su madre comprensivamente. Diego atiende a lo que le dicen: cierra los ojos y se deja ir en un océano de oscuridad y descanso que rápidamente se convierte en una visión: de observar colores que danzan en la oscuridad, morados brillantes, amarillos como las estrellas, algunos rojos como rosas silvestres, incluso azules titilantes; pasa a ver a su hermana, quien parece estar aterrada en sus brazos, en los brazos de su hermano de doce años. Todo es confuso y borroso, no entiende lo que pasa, es como un sueño que no quiere ser soñado, como si algo más tratara de bloquearlo; sin embargo el amor es mucho más grande y logra entablar la conexión. Eva llora sin control y él casi quiere hacerlo, la desesperación es tal que siente que quiere gritar y lanzarse fuera del auto como si eso fuera  a solucionar el problema, como si llorar fuera la solución. Afuera no ve nada, las ventanas se han empañado de repente, hay una neblina lúgubre que cubre la carretera serpenteante y más allá de unos cuantos metros resulta imposible divisar alguna figura o desfiguro. Se siente cansado, atiborrado de marañas en la cabeza, y un miedo que no puede ser descrito…

–¡Qué fue eso, Julio! ¿La viste? ¡Dime que sí, dime que no estoy loca!, había una mujer en la carretera. ¡Era mamá, Julio! Nuestra madre vestida de blanco. ¿La viste? ¡Dime que la viste!

– ¡Julia, por el amor de Dios! Ya asustaste a Eva. ¡Tranquila! ¡Eva, niña, tranquila, no pasa nada! Estamos bien, estaremos bien, no pasa nada.

No es cierto y él lo sabe. Diego transpira, observa a su alrededor; extrañamente sabe que la neblina salió de la nada, surgió como surge el conocimiento, de esas veces que conocemos a alguien y al escuchar su nombre ya lo sospechábamos. Esa neblina es densa como si apretáramos los ojos: es pesada, fría y maligna, te hace sentir intranquilo. Es como si algo la provocara, como si ese algo quisiera hacerte sentir así, pues ese algo se alimenta de los sentimientos negativos de uno mismo, del miedo, del horror. Diego se pregunta cómo es posible que esté ahí con sus hermanos cuando en realidad va con su padre y su madre.

–Pudo haber sido cualquier cosa, ¿okey?, hay mucha neblina, pudimos haber imaginado la forma, alguna figura, no hay por qué asustarse. Pasaremos, llegaremos al salón de fiestas y ahí nos tranquilizaremos. Estaremos bien, tranquilícense, hagan como Germán: no pasa nada.

“Yo no soy Germán” piensa Diego, quiso haberlo dicho, hablar con su hermano mayor pero su voz está ahogada en un nudo irrompible, siente sus propias lágrimas corriendo en sus mejillas, sabe que sus ojos están rojos, porque siempre se le inyectan de sangre cuando bosteza o cuando llora; no como a Germán, por nada se le irritan los ojos. Abraza fuertemente a su hermanita, quien tiembla desesperadamente.

–Julio… Julio… ¿Ya mero llegamos? –Por fin logra hablar: su voz tiembla, sube y baja como montaña rusa, sube y baja como un juego de niños.

–Sí, Germán, no te preocupes. ¿Cómo está Eva?, ¿está bien?

–Sí…

Se enjuga las lágrimas con su mano. Escucha el leve llanto de la niña. Un grito desgarrador invade el auto: Julia se destroza la garganta en una nota casi inalcanzable, ni María Callas hubiera logrado hazaña como esa. Germán también grita, no tan alto, pero sí lo hace. Eva ahoga su llanto en el pecho de su hermano.

–¡Dios mío! –Grita Julio. Inconfundible, sin lugar a dudas, más claro que el agua que bebemos, más obvia que el diez y la felicitación en el examen: una mujer con un parecido casi mortal al de su madre; Valeria está de pie en la carretera, a un lado, observando con una mirada congelada, con unos ojos vidriosos, el cabello ralo y seco como un trapeador en desuso, vestida de un blanco impecable pero con lágrimas de sangre corriendo por sus pómulos estirados y ahogados en una delgadez cadavérica. Diego cierra los ojos por un momento pues siente que esa cosa lo ve pasar, lo observa desde el más allá, desde la muerte prematura y la obsesión, la puta obsesión. Julia llora sin control. Julio acelera. Los llantos se conjuntan en un solo pesar.

– ¡Era Valeria!

– ¡No, mujer! ¡No era nuestra madre! ¡Nuestra madre está con nuestro padre y con Diego, ellos están en el otro auto! ¡Ahora cierra el puto hocico!

Julio es así, se exaspera con facilidad ante la presión y no dice groserías con el afán de ofender, simplemente lo hace para sacar eso que siente muy dentro.

–¡Era la misma mujer, Julio! ¿Estamos dando vueltas en círculos o qué?

–No, vamos recto.

La velocidad del auto aumenta. Diego llora sin control.

–Germán, tranquilo hermanito. Eva, ¡Eva!, no pasa nada. Estamos bien, estaremos bien.

Un grito aún más alto destruye los tímpanos de los otros tres que van en el auto. Un rechinido seco y el humo de las llantas quemándose contra el pavimento invaden la atmósfera con un olor de quemazón. La mujer ahora está en medio de la carretera y Julio, por tratar de no golpearla, frena violentamente y gira a la derecha. Hay un poste de cemento, una casa con la puerta abierta y neblina saliendo de la misma. El metal se achicharra en un abrir y cerrar de ojos, los vidrios se estrellan y rompen de la misma manera que las estrellas en el cielo. Un estruendo casi de relámpago cubre el ambiente junto con la neblina. Germán y Eva salen volando hacia el parabrisas, lo rompen: mientras Eva vuela por los aires y cae contra el suelo frío que parece acolchonado por la neblina; Germán se rompe como muñeco de trapo contra el poste. Los dos mayores tampoco sobreviven al impacto. La sangre vuela de la misma manera que la paloma mensajera…

Diego despierta sobresaltado, sudando frío, asustado y llorando. Palpa su cuerpo, se toca el rostro: vive, respira. Sintió el golpe, sintió cómo destruía el parabrisas y luego su rostro contra el poste, un golpe seco, huesos rotos; pero el miedo, nada comparado con el miedo. La Casa daba miedo, la neblina, la luz. Vidrios en su rostro, sus ojos explotaron, su nariz se cayó y su columna vertebral se hizo un diminuto sándwich. Casi cae del asiento del auto. Siente como esas veces que nos vamos quedando dormidos y caemos de la cama a una velocidad inhumana. Su respiración está entrecortada, no puede jalar aire, se retuerce pues el dolor intenso no es propio. Jala una bocanada de aire y siente el frío de su cuerpo, el sudor, su ropa mojada, su melena pegada al cuero cabelludo y el auto detenido, pero no destrozado. Busca a todos lados a sus padres, pues a pesar de ir creciendo, aun entrando a la adolescencia necesitamos de esos seres que nos dan todo. No están. Unas luces de colores invaden el lugar, se reflejan a través de los cristales templados; el frío es penetrante. Diego, todavía llorando, observa a todos lados: el tránsito es lento como una procesión. Así avanzan los autos: cada uno con una cruz, las rodillas deshechas, los motores silenciosos y la neblina amamantando el dolor y el silencio. Se mueve contra su propia voluntad, el sonido comienza a esclarecerse pues el grito de su hermana de verdad fue ensordecedor. Luces azules y rojas son las que vienen y van, de las bocinas sale una melodía que él conoce, una de las favoritas de su hermano y que él siempre odió. “¡Oh! Soledad, dime si algún día habrá…”. Con dolor en su cuerpo y sabiendo que no debería conocer lo que está a punto de ver, como si el ser le dijera y señalara que sólo hay dolor en el conocimiento de la situación; observa la razón del tránsito. Un auto deshecho contra un poste. Diego nunca imaginó que fuera posible que un auto se doblara de tal manera que ahora la cajuela estuviera donde el motor; un auto de color conocido, ese auto que Julio tanto le presumió cuando por fin logró comprar y que él le hacía tanta burla. “Tu carcacha, Julio”. Ambulancias y policías, dos figuras en la banqueta hincadas sobre el suelo, una abrazando a la otra, una llorando en el hombro de la otra, ambas desahogándose, ambas sufriendo, ambas sin corazón ya. Conocidas figuras. Su corazón se empequeñece, sus ojos se irritan, las lágrimas vuelven a salir y la nariz se le tapa, la música deja de sonar, su cabeza se llena de un humo negro que no le deja pensar, su cuerpo tiembla y su boca se tuerce en un arco. Baja del auto sin querer bajar, succiona el aire que puede por la nariz, llora, tiembla. Siente que desfallece pero aguanta, camina, tiene que ver esto, tiene que… y la ve doblada de forma inhumana, con un brazo roto y una fractura expuesta en la cintura, con la mirada perdida y el vestido blanco bañado en sangre coagulada y ennegrecida, con el cabello enmarañado y su carita aún reluciente. Observa a Eva que no respira. Él siente lo mismo, siente que deja de respirar. Sus dos hermanos mayores ahora yacen en una tumba metálica, llenos de astillas y sin vitalidad ya. Él mismo con el rostro deformado y el cuerpo tan roto como el licuado de las mañanas, tan deshecho e irreconocible: él ya no es él; Germán ya no lo va a molestar ni a decir lo que piensa, ya no tiene a su otro yo, ya no son equipo. Diego comienza a llorar más fuerte, desesperado se deja caer al suelo y se queda en posición fetal aferrado aún a la vida, con un pesar tan fuerte que no se compara con los golpes que recibe en taekwondo, ni siquiera esa vez que le rompieron la nariz. Llora, grita, se desahoga, se duele, el suplicio resulta demoníaco; y es ese desgarro que siente por dentro el que llama la atención de sus padres que corren hacia él en un mar de lágrimas, siente cómo lo levanta su padre y lo abraza; luego su madre también y ahí se quedan, ahí lloran, ahí sufren ahora. Y La Casa, La Casa los observa.

Tumbas, cuatro tumbas. El cielo aún brilla azul allá arriba, a donde los sueños van a perecer. Tumbas de madera. “No una, no dos, ni tres: cuatro, cuatro malditas tumbas” piensa Diego. ¿Qué le vamos a hacer? Si ya muertos no pueden regresar, no son Jesús para resucitar al tercer día, y aun así sólo despertarían a morir una vez más encerrados varios metros bajo tierra, sin aire ni agua, en la oscuridad total. Pero no lo necesitan, ya no porque murieron, murieron de la misma forma que el sueño cumplido muere, porque cuando se cumple deja de ser sueño; así murieron: en el alba, en el ya mero, justo cuando apenas corría la sangre vieja en sus cuerpos nuevos. Y ahora quién lo va a molestar, quién les dará el beso de buenas noches siempre con una sonrisa en el rostro angelical y de dientes chuecos. Todos están ahí: desde la tía Rosita que no tiene nada de “ita” porque es más un mastodonte, el tío Juan que siempre se jactó de jugar bien a las cartas aunque siempre perdía, la tía Clara que es más negra la ceniza del cigarro extinguido, esos que el tío Bernardo siempre se echa para apagar sus pulmones en un vicio estúpido y sin sentido. Lo único bueno es que esto no es como las películas donde siempre hay una lluvia casi torrencial en el entierro, todos de negro con sus paraguas descoloridos, todos más muertos que los cadáveres que pronto se unirán a la tierra. Pero qué más se puede sentir cuando un ser querido se va para regresar de otra forma que no sabremos que es él. Siempre oscuro aunque el sol aún brille y la luna sea una pequeña estampa perdida en la cajuela del auto. Ya la familia se redujo y con ello su vitalidad. Algo susurra en la mente de Diego, aún niño, le susurra de la misma forma que el pervertido invita un dulce a cambio de un favor: ¿por qué no fui yo? Germán era el vivaracho aquí, el activo, el popula, el que siempre sonreía; incluso cuando lloraba parecía sonreír. Cinta negra ya, cuando en el mismo tiempo Diego apenas pudo ser azul. Y ella, la escritora, la periodista, la que siempre tecleaba a altas horas de la noche y siempre tenía algo que decir a sus padres; esa mujer que ya estaba casi comprometida. Mujer. Y él, deportista siempre, sano y saludable como la lechuga pero fuerte como el vodka; de aquí para allá, animando y corriendo, nunca cansado, siempre en el juego. Y al final Eva, la niña que de todo se reía y que tenía un juego muy simple con toda su familia: preguntar al aire y contestar con golpes, uno para sí, dos para no, tres para que fueras con ella. Solía despertarse en las noches, con miedo, y golpeaba todo lo que encontraba hasta que llegaran con ella; le funcionaba muy bien, más que nada con su madre. Ahora el niño entre los adultos,  primos y familiares; pero solo, ahora solo.

¿Y Dios? Bueno, Dios es la respuesta a lo que sucedió.