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El descubrimiento más agradable que más he gozado este año es, sin duda, la trilogía de cinco partes de Douglas Adams, y me justifico de esa manera pues a Houellebecq lo conozco desde el año pasado, y apenas leí a Frédéric Beigbeder, en el cual, me quiero profundizar más para tomar una postura bien definida (que, sin embargo, su libro “€13.99” es una cosa genial). La única diferencia entre esos dos últimos y Douglas, es que Adams no es obsesivamente directo, no es frío ni, como diríamos acá “ojete” (muy mala onda, grosero, que no se anda con juegos y no le importa ofender); sin embargo, eso no resulta en detrimento de Douglas Adams: con todo y todo, me atrevo a decir que tiene la misma línea crítica que los dos mencionados junto con Chuck Palahniuk. Cada uno con su estilo.

Tuve conocimiento de la primera parte porque la leí en algún número de “Algarabía”, y no se me hizo muy atractiva, para ser sincero. El nombre “Guía del autopista galáctico” me parecía demasiado descabellado, me imaginaba una historia sin ton ni son en la que lo único bueno era el papel impreso. En la misma revista, también leí un pequeño resumen sobre las bondades, según el libro, de las toallas. Sólo lo compré porque lo vi de reojo; y hasta en contra de mi voluntad, pues ni la portada me llamaba la atención. Pensaba que era un libro para niños que no valía la pena. Pero si le di oportunidad (de lo que me arrepiento) a teoría queer (que no acabé de leer, ni pasé de la décima página); ¿por qué no a uno considerado de los grandes de la ciencia ficción.

Estaba sumamente equivocado y me alegro, y en seguida conseguí las otras cuatro partes casi enajenadamente.

Es una cosa totalmente burlesca que te hace reír a carcajadas con las infamias, es una trilogía de cinco libros llena de disparates que no parecen hechas para un adulto, la narrativa está empapada de irreverencia y por todos lados hay un chiste, una broma, algo tan sacado de la manga que Douglas adopta el papel de un mago para niños: los colores pasan frente a tus ojos, los pañuelos salen y salen de su boca hasta el infinito, no hay cuartel en la agudeza cómica del señor. Es una lectura, a pesar de sus pocas groserías, apta tanto para niños como para los más grandes, me atrevo a decir, y sobre todo: ideal para adentrarse en la lectura, si es que quien se quiere sumergir un poco, quiere encontrar algo de calidad y muy bien construido.

Sin embargo, no es un libro de chistes, no es un manual jocoso en el que uno nada más tiene una lectura superficial para matar el rato: el señor autor logra hacer una muy aguda crítica social tan certera que dan escalofríos risueños al leerlo. Mi sensación fue que conforme avanzas, la lectura se entorpece un poco, sin embargo no creo que sea porque se pierda la chispa inicial del libro, sino porque uno también se va acostumbrando a las irreverencias narradas, además de que conforme más se acerca uno al final se adopta un papel más humano, más reflexivo; pero nunca se dejan de lado estas cuestiones totalmente cómicas.

Para botón una muestra, y sin hacer spoiler de lo que, definitivamente usted, mi querido Lectófilo, debe leer: empieza con Arthur Dent, un solterón al que le anuncian que deben derrumbar su casa para construir una carretera. Después de hacer una burla corta, pero muy acertada sobre los procesos burocráticos que uno siempre se encuentra de por medio cuando se trata ya sea de defenderse del gobierno, o de hacer algo a través de este; resulta que no es su casa la única por ser destruida. Ford Prefect, un amigo de Dent, lo convence de irse a un bar (personaje, Prefect, entrañable por sus argucias para romper las reglas legalmente y su necesidad de beber cuando se trata de hacer algo serio, con el que me identificado en demasía respecto a ese punto en especial) pues, de todos modos, la Tierra sería destruida en cuestión de minutos para la construcción de una vía intergaláctica.

De ahí siguen viajes en el tiempo, un curioso alienígena de dos cabezas, delfines que agradecen su pescado y así salvan el planeta, ratones con los que se experimentan pero en realidad son superinteligentes y ellos se dejan ser víctimas de experimentación para así analizarnos a nosotros, los humanos; el estúpido ciclo sin fin de autodestrucción de las civilizaciones inteligentes, máquinas que hablan y agradecen al ser maltratadas, la habilidad de volar que se adquiere solamente no queriéndolo hacer, Marvin, mi personaje favorito, un robot exageradamente pesimista; y una escena, por decir así, que me encantó en la segunda parte, la del restaurante del fin del mundo: una vaca, como las nuestras, las de la Tierra, que habla, y cuyo único fin es ser comida, y que se ofrece a los comensales como tal, para ser comida, pues si no sucede así, no cumplirá con su meta de vida y no será feliz.

La crítica a toda cuestión humana es aguda, tan acertada, y tan completa; que bien podría ser una biblia disparatada sobre el comportamiento y mejoramiento del hombre que bien debería figurar en todas religiones y ser tomada por constitución. No se me malinterprete, así es el mundo de Douglas Adams en la saga: todo tiene patas en lugar de cabeza y la cabeza puede ser desatornillada, embonada en otro cuerpo, y ser al mismo tiempo que no es.

La guía del autopista galáctico, aparte de ser extensa en su descripción sobre la utilidad de las toallas (sí, toallas de baño, son los instrumentos más útiles en el viaje a través de la galaxia; y si son de cuerpo completo, mejor) es un detallado manual tecnológico sobre todo lo que se requiera saber, sea necesario o no y que, generalmente, resulta innecesario en nuestra opinión, pero fundamental para cualquier cosa que sea en esta maravillosa trilogía de cinco partes.

¿Trilogía de cinco partes? Sí, ¿suena descabellado? Sí, pero estos cinco libros son una ventana abierta en donde debería haber un inodoro en la casa, a un mundo que es tan extravagante que lo mágico resulta un simple juego de… diría de niños pero más bien me inclinaría a decir que es un juego de mantarrayas asesinas de civilizaciones milenarias asentadas en granos de arena en un jardín de niños. Lea usted a Douglas Adams, pierda la cabeza un rato, déjese llevar a través de universos paralelos y de lelos parados; pero no olvide su guía, su tarjeta de crédito (que tiene validez en cualquier sucursal de lo que sea en cualquier lado) y su toalla, sobre todo, llévese su toalla.