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“Y la puta crisis a nadie pegó tanto como a nosotros, siempre tenemos esta puta suerte.” Así piensan los malhablados, y Diego, quien va junto con su padre rumbo a la escuela. Ya está en la preparatoria, años han pasado para volver a retomar el rumbo normal de las cosas. Fácil de decir, normal, cuando llevarla a la acción resulta imposible luego de algo como lo que les pasó. Silencio, siempre en silencio, con la música a todo volumen y la mirada perdida en la gente y en los autos que pasan de la misma forma que aquella procesión. Ya no recuerda nada más que aquella luna, “la puta noche”. Baja del auto y muestra la credencial para entrar a la escuela, a la que bien podría llegar en camión, pero prefiere aprovechar cuando su padre puede dejarlo aunque sea cerca. Camina por las aulas preparatorianas hasta llegar a su salón, que es el del fondo en el piso de arriba. Entra y deja sus cosas en su lugar. Como por arte de magia, llega su amigo con quien ha establecido una relación sobrenatural, casi como si a falta de un hermano llegara otro. Sale y lo espera, se saludan con un apretón de manos y, como todas las mañanas, él saca un cigarro, cala el humo y suelta lo bueno de él para dejar dentro el daño del vicio.

–¿Quieres? –Diego acepta sin hablar, sólo toma el cigarro y siente ese sabor que mata la lengua y raspa la garganta de la misma forma que rasparía el cristal pulverizado–, ¿cómo estás?

–Bien. –Respuestas cortas, digna de un superexponente de la introversión.

–Siempre estás bien.

–Soy un fregón, qué esperabas.

Rodrigo López sonríe.

–Bájale… ¡Aguas!, ahí viene la “Chuvis”.

Diego voltea hacia la Chuvis: una mujer que es dos en una; tan grande es. El gemelo sin gemelo sonríe y voltea a su amigo, que es más alto que él.

–No seas payaso, déjala en paz.

–Si ella dejara de venir a mí me dejaría en paz, entonces yo la dejaría en paz.

Ambos ríen, una sonrisa de compromiso, pero en realidad genuina.

–No ya, en serio, ¿cómo van las cosas en tu casa?

Diego suelta el humo en medio de una mueca agarrotada y le regresa el cigarro a su amigo.

–Pues con problemas, los de siempre. Mi papá tomó la decisión de irnos de ahí, de la casa de Las Lauras… para ahorrarnos lo de la renta, ¿sabes? Creo que sería lo mejor, el pedo aquí es a dónde nos vamos a ir. No tengo ni idea aún, y no sé si en verdad lograremos ahorrar lo que él quiere; pero equis, por mí no hay problema.

–Oh, okey… ¿y tú?, ¿qué onda?

–Bien, lo de siempre… sin problemas.

–Mamón.

Ambos sonríen. Llega Fernanda Salazar, una joven que se junta con ellos. Guapa, pero no del tipo de ninguno; y en realidad, ella tampoco cree que alguno de ellos sea su tipo.

–Hola. –Saluda de beso a los dos–. ¿Hicieron la tarea?

– ¡Ash, Fernanda! Acabas de llegar y luego luego de nerda.

– ¡Cállate, loco!

Diego sonríe, pero duda.

–¿Qué tarea?

–¡Pinche Diego! –Dice su amigo riendo.

–Las preguntas que dejó la obesa… las de biología.

–¡Ah!… No las hice.

–Ay, Diego…

–Calmada venada, ahorita las hago.

Pero hay alguien que no puede relajar la raja, en palabras de su hijo, pues las notificaciones han sido tantas que ya sólo conoce los números rojos, los negativos; los negros ya ni los quiere ver porque son como una fantasía mal planeada. Esteban llega a su casa y ve las citas que tiene para hoy: un horno de microondas, un refrigerador y una lavadora; no tiene citas con esos objetos, los irá a reparar. Valeria está en la cocina haciendo algo de comer. Él camina silenciosamente observando el leve desarreglo general de su hogar, suciedad que no es lo suficiente para denotar a una familia inmoral; solamente un poco desorganizada. Ella está preparando el almuerzo a su marido, porque sabe que regresará a comer en la tarde, y que luego irá a la oficina. Él observa su cabello ondulado, castaño como el roble maduro y muy delgado. Su cuerpo de madre se nota, pero no es gorda, se ha mantenido casi por obra divina. Ella se percata de su esposo y lo voltea a ver: canoso, con barba recortada y ojos profundos y azules como el mar que nunca ha visto en su vida.

–¡Esteban!… cuando llegues dímelo, me asustas si me observas así.

–Perdón.

–Ya preparé tu comida.

–Okey…

Hay un momento de silencio entre ambos, un hilo tenso que se romperá en cualquier momento con una simple palabra de alguno de ellos.

–¿Has tenido suerte en tu búsqueda?

–Hasta ahora la única suerte que he tenido ha sido la de no tener suerte, si es posible algo como eso.

–Ya no podemos seguir así, van a ser dos años desde que no comemos otra cosa que no sea arroz y tortillas… digo, no es malo, tenemos qué comer pero… pero tu hijo entrará a la universidad y ahí los gastos serán mayores.

–Ya sé –se acerca a ella lentamente hasta tomarla de las manos–, me dijo Gustavo que me iba a dar una oferta, conseguir… conoce a alguien, al parecer, que está desesperado por vender una casa. Igual de desesperado que nosotros por encontrar una.

Valeria sonríe.

–Sí, pero recuerda que no vamos a darnos lujos, vamos a vivir ahí para tener un poco más de dinero.

–Ya sé. Gus me dijo que sería algo barato, más de lo que yo espero… no desesperes, mi vida, que esto es temporal.

–Ya sé… siempre es temporal.

El hilo de tensión vuelve a aparecer entre ellos dos. Ella dice a continuación:

–La ropa de tu hijo otra vez olía a cigarro. Debes decirle algo, eres el padre.

Esteban hace una mueca de descomprensión.

–Está aprendiendo, no podemos controlarlo toda la vida.

–Apenas tiene quince años.

Ambos se miran a los ojos en una lucha por ver quién ganará la lucha hablada sin hablar. Todos sabemos la respuesta a esa duda.

–Está bien, hablaré con él, aunque no prometo nada, ni resultados ni nada… Es muy independiente, ya lo sabes.

–Independiente no, solitario tal vez.

–Independiente –insiste él.

–Ya sabes lo que pienso.

–Ya sé, pero ahorita no puedo hacer nada. Si dejo ir trabajos nos quedaremos sin comer, y eso es lo fundamental ahora. Llegarán nuevos tiempos, tiempos mejores, podremos pasar más tiempo en familia… lo prometo.

–No prometas algo que no está en tus manos –Esteban desvía la mirada hacia la salida–, lo siento… es que creo que esto es una llamada de atención, nada más… me siento sola aquí.

–Yo también.

Un piano imaginario toca en la mente del lector, pues esa es la melodía que más cabe en esta situación: melancolía.

–Pero no podemos detenernos por estar solos, al niño le irá bien, ya verás, es solo cuestión de tiempo –finaliza él. Valeria sonríe desganadamente porque siempre es cuestión de tiempo, el tiempo salva todo, el tiempo corrige caminos desviados y desvía los que ya tienen un rumbo fijo, cura heridas y abre otras, desgracia a la gente y engrandece a otras, te muestra cositas y te quita montones; el tiempo a veces actúa como un mero malhechor. Aunque ella también sabe que es bueno, porque sin esa cicatriz, ¿cómo puede ser que alguien progrese? Aunque duela, aunque no se quiera, aunque la situación sea forzada por otra persona, aunque nos tomemos las cosas tan enserio; y con el pasar del tiempo sonreímos, aunque estemos más jodidos que ayer.

En su auto, con la voz mexicana a un nivel considerado, Esteban maneja hacia su oficina. Fue un día de trabajo arduo, pero eso no quiere decir que ya se haya terminado: ahora viene la parte tediosa. Trabaja en un “call center” de productos milagro, donde recibe llamadas estúpidas de “¿cómo enciendo esto?” “¡La pulsera milagrosa no me ha hecho perder veinte kilos de grasa y palomitas!” “Me siguen doliendo las rodillas” y otras más. Sin embargo, ahí ha podido conocer gente maravillosa, incluso muy inteligente, a pesar de que, como dice él mismo, los productos maravilla en realidad te secan el cerebro al primer infomercial que ves.

–¡Esteban! ¿Cómo andamos?

–Cansado, pero bien, mi buen; ¿qué pasó?

–Ya se te olvidó…

Esteban se quita la diadema que tiene el micrófono con el que atiende las llamadas y voltea a su amigo. Sí, ya se le olvidó. Su amigo dice:

–Hoy quedé con el sujeto este, el de La Casa… recuerdas que íbamos a ir a ver La Casa, ¿verdad? Hasta Rosy nos dio permiso.

Rosy es la jefa de ambos, se llama Rocío, pero es buena mujer y deja que le digan así de cariño; sin perder nunca el respeto, claro está. A Esteban le cae el veinte: dos horas después de la comida para ir a ver ese detalle, nada más le tienen que avisar a ella que ya se van.

Y se van.

–¿Por qué a fuerza entre semana? ¿No pudo esperar al finde? –le pregunta Carrasco al gordinflón de su amigo.

–Porque el hombre trabaja fuera y no quería venir los findes… no entiendo por qué si él también perderá horas de trabajo, pero qué más da, el chiste es que quedamos hoy.

–¿Y qué tan barata la da?

–No te puedo decir con toda seguridad, pero sí te digo que la da barata, en serio, por eso no te preocupes. Digo, no sé si tengas la posibilidad de pagar eso, pero creo que sí podrás. Si no, ya sabes, puedes pedirme ayuda, no te la negaré ni mucho menos.

–No quiero endeudarme por ahora, tengo unos ahorritos, pero no sé si sean suficientes.

–No demos importancia a las cosas que aún no han sucedido, vamos a verla. Nada pierdes, nada pierdo. Todos salimos ganando.

Tiene razón. Luego de pasar por un enorme edificio blanco con ventanas polarizadas, muros agrietados, con un jardín para basquetbol y un montón de gente sin rumbo y en bata blanca. El rumbo le resulta familiar. No logra reconocerlo porque las cosas han cambiado mucho: hay casas, muchas casas de diferentes colores y tamaños, con jardines mal regados, plantas moribundas, helechos amarillentos, espinas escabrosas y uno que otro perro callejero. No se ve tan mal, pero no es lo que nos imaginaríamos como un barrio de ensueño.

–Ha crecido mucho la ciudad.

–Demasiado, pero no está lejos, no te preocupes por eso. Ya llegamos.

Y por fin ven La Casa. No es muy diferente a todas las demás que hay en el mundo: es de dos pisos, de material de construcción normal, pintada con cosas normales, en un lugar normal, en un pueblo normal. La Casa. Aunque, si te fijas más en los detalles, te darás cuenta que no es muy parecida a las demás casas; luce más grande, no porque fuera construida más grande a las demás, sino porque parece que las demás se achican ante una especie de miedo infundado que afecta hasta a los seres no vivos. El jardín es sumamente verde, con flores que brillan más que el mismo sol, insectos que hasta son bonitos a la vista, el pasto respira, el aire se vuelve puro; aunque hay una crueldad extraña en ese jardín, algo que lo hace malévolo a la vista, demasiada perfección en un simple arreglo.

–Es el único jardín que está cuidado… muy verde, los demás lucen casi abandonados.

–A lo mejor mandan a alguien a que haga el jardín… uno nunca sabe.

Ambos se quedan casi petrificados al frente de La Casa, como si ninguno quisiera avanzar. Ninguno quiere, pues algo los expulsa, algo los empuja fuera, lejos, algo muy interno, esa voz que todos pensamos escuchar pero que ignoramos de la misma manera que la bella popular ignora al nerd amoroso. La Casa parece crecer de tamaño, la sombra que proyecta es insidiosa, fría, casi sepulcral. La Casa. Es el único pensamiento que llega a la mente de Esteban, un pensamiento que quiere salir como el que, bajo el agua, no aguanta y llega a la superficie para llenar sus pulmones con el aire más puro y rejuvenecedor. Casi pueden escuchar una voz que viene por debajo de la tierra, de esas que salen en las caricaturas para niños y que son propias de los enemigos: gutural, casi asesina.

–¿Y bien? ¿Entramos? –Pregunta Gustavo un tanto nervioso. Ambos lo están. Se les ha erizado cada pelo de su cuerpo, tanto que bien podrían romper la ropa que tienen puesta; pero no, es para el trabajo.

–Sí, a eso venimos… –No se puede mover, Esteban quiere pero su cuerpo se lo impide–. Aunque, pensándolo bien, ¿no esperaremos al sujeto? El dueño de La Casa, pues.

–Dijo que deja La Casa abierta, no cree que nadie entre… dijo que entráramos antes a verla por dentro.

–¿Por qué dejaría su casa abierta? –Le pregunta a Gustavo desviando la mirada de La Casa.

–Dice que no cree que alguien se meta…

Voltea a su amigo. Ambos adivinan el pensamiento del otro: “como nosotros”.

–Bueno, ya vinimos, ni modo de no hacerlo…

Esteban, contra su cuerpo paralizado y congelado dentro de un bloque de hielo, logra mover el pie; sin embargo, no acaba ahí, pues ahora siente como el suelo se mueve sin hacerlo, como si Dios tratara de todas formas físico-mentales de decirle que no entre. Los bloques de piedra, puestos para que la gente camine a La Casa, se mueven, se hunden y regresan a su lugar. Esteban no se marea, tampoco se tambalea, porque sabe que no está pasando eso: aunque La Casa aumente de tamaño, se engrose y oscurezca. Las ventanas parecen ojos oscuros y profundos como cavernas, la puerta sea una boca llena de colmillos llenos de grasa y sangre; aunque eso y más suceda, camina junto con su amigo. Llegan hasta la puerta y… nada. La Casa. El padre de Diego da un suspiro y luego toma la manilla: un frío profundo le cala en los huesos. Gira la manilla dorada de la puerta café y observa La Casa en venta. Por dentro parece mucho más amplia, está llena de muebles que lucen nuevos, hay un gran reloj de péndulo, de esos que suenan al cambiar de hora. Hay un pequeño pasillo que lleva a la cocina del lado izquierdo, del derecho no hay muro y se abre en un gran comedor con una mesa de madera y sillas también de color negro. Es lo que se alcanza a ver desde donde están. Esteban camina y escucha sus pasos contra el piso de madera brillante y reluciente. Más allá del comedor, separados por un muro, hay una sala con sillones nuevos y una enorme pantalla de televisión. Al lado de la cocina, del lado izquierdo de Esteban, está lo que parece un cuarto de servicio. Más allá, cosa que no ve el visitante, es que en el fondo del lado izquierdo, hay un estudio y del derecho una sala de estar, con sillas y una mesa de centro. Las escaleras están en medio de ese pasillo que interconecta todas las habitaciones, de madera también, al igual que los barandales y las molduras; hasta arriba se abren en dos caminos opuestos con forma de “Y”. Sube las escaleras escuchando el único sonido de sus pasos. Se va por la derecha: dos pasillos paralelos conducen a cuatro habitaciones, dos de cada lado y una al fondo, la principal, que da hacia la calle. Hay pinturas, muy buenas réplicas, de varias obras que pueden ser desde Van Gogh, Picaso, Da Vinci, incluso Rembrant y otros que Esteban no reconoce. El aire es denso arriba, como si se ahogara: se establece ahí y nunca sale. Las puertas que van a las recámaras están cerradas, aunque supone que están amuebladas como el resto de La Casa. En el techo, colgando desde la parte más alta, un hermoso candelabro de cristal que ha de poder iluminar todo el lugar. Hasta arriba hay enormes paneles que se esclarecen con la sombra y se opacan con el sol, lo cual permite una excelente circulación de luz. Hasta el fondo está la habitación principal que tiene una enorme puerta doble. Camina hasta ahí y abre ambas puertas de par en par como si entrara a una cantina en los tiempos antiguos del lejano oeste gringo: hay una gran cama en el centro con dos mueblecillos a los lados; a la derecha está el baño y a la izquierda un gran mueble. Arriba de la cama hay dos cosas: una ventana hasta arriba que ilumina muy bien y, justo debajo de la ventana, una gran y maravillosa pintura: una mujer delgada, de cabello lacio y negro, pálida como la muerte, maquillada y chapeada, con unos ojos tan reales que Esteban siente que lo miran, una nariz chata… su esposa, la mujer de la pintura tiene un parecido increíble con Valeria, su Valeria. Es hipnotizante, casi como si le hablara, como si lo invitara a entrar y nunca salir; así es la pintura, así es esa mujer, esbelta pero sufrida, digna pero perdida, decidida, linda… una dama que esconde algo detrás de la mirada que carga, una mirada penetrante como el taladro que traspasa la pared y luego la varilla, una mirada tan fugaz pero al mismo tiempo permanente que atonta los sentidos de cualquiera. Escucha que alguien baja las escaleras. La mujer luce feliz, una mujer felizmente pintada. Muy buen gusto. De un momento a otro el frío se hace repentino. Esteban decide salir ya que su amigo también bajó.

Gustavo lo espera afuera, se está restregando las manos en los brazos como si tuviera frío.

–¡Vaya!, es muy bonita La Casa pero… me imagino que a eso la ha de vender.

–Yo tampoco pensé que fuera así… hasta luce más chica por fuera.

Ambos observan de nuevo La Casa.

–¿Te gustó la planta alta?

–Yo no subí.

–¿Qué?

–No subí, el frío me estaba matando… ha de ser porque lleva mucho tiempo sola. Yo ya no aguanté… ¿Por qué preguntas?

Esteban observa un rato ese enorme lugar.

–No, por nada. Aunque La Casa no luce abandonada… es muy buena oferta, aunque no sé si sacará todo lo que tiene dentro. Como las pinturas, son muy bonitas. Pero sin pinturas o con ellas, dudo mucho que tengamos el suficiente presupuesto para obtenerla.

–Ya veremos cuando llegue el sujeto… no ha de tardar mucho.

–¿Cómo se llama el vendedor?

–Gerardo, Gerardo Nájera, me parece… Buen tipo, aunque no sé por qué le urge tanto deshacerse de La Casa… cuando le dije que había alguien interesado sonó hasta feliz.

–¿Feliz?

–Esa voz, el tono, es inconfundible.

Al momento llega un auto, austero pero limpio; casi derrapa al frenar. Sale un hombre vestido con una camisa blanca rota del hombro derecho, un pantalón de mezclilla pintado y unas chanclas. Al parecer, eso imagina Esteban, salió lo más rápidamente que pudo de su hogar para llegar a su cita con el comprador.

–¡Gustavo! Qué gusto me da verte. Él debe ser el comprador, el valiente comprador.

Ambos, los que esperan, se voltean a ver uno al otro como pensando “qué le pasa a este loco”.

–Gerardo… parece que… bueno, te arreglaste.

–Vine tan pronto como me llamaste.

–¿Desde el Distrito? Si te molestaba pudimos haber quedado otro día, digo, algo conveniente a todos.

–¡No! Hoy me levanté de buenas, sabía que algo bueno pasaría… ¡Y mira! ¡Por fin tengo un comprador lo suficientemente audaz!

Esteban lo observa sospechosamente.

–¿Audaz?

Gerardo lo voltea a ver atónito.

–¿No sabe lo que sucedió en La Casa? ¡No sabe lo que sucedió en La Casa! –Una sonrisa de oreja a oreja invade el rostro del hombre, pero no una sonrisa sana, más bien enfermiza, como la de un violador que observa a su víctima en una calle solitaria y oscura. Una sonrisa que en lugar de reflejar dientes blancos como los tiene en realidad, lucen son putrefactos y tirándole a colmillos, como el gruñido de un perro.