12038057_127568334261806_5039685415929520877_n–Pensé que se estaba burlando de mí, nunca quitó esa sonrisa maquiavélica del rostro. Es decir, La Casa está amueblada y tiene todo nuevo. Revisé muy bien los papeles y no hay nada engañoso. ¡Hasta nos pasó el número de un abogado que nos podría ayudar?, un viejo amigo suyo, en caso de haber problemas. Sé que no nos conviene marcarle a un amigo suyo, pero ya había oído hablar de ese señor. Como sea, ni siquiera gasté todo lo que teníamos en el banco. Después de verlo fui a hacer el depósito, él me acompañó, también Gustavo… cuando acabamos y nos despedimos, se veía jovial, como si le hubiéramos quitado un peso de encima.

Comenta Esteban a su esposa, quien se está lavando los dientes en el baño con la puerta abierta para escuchar a su marido.

–Esto me suena a gato encerrado.

–Tuve que hacerlo, ¿entiendes? El barrio no es muy bonito de vista pero es mejor que aquí; además, leí que no hay un gran índice delictivo… tal vez debí haber checado eso antes de comprar La Casa, pero parece que fue una buena decisión.

–Sí pero… ¿cinco mil? Por lo que me dices, creo que hasta el millón. No nos pidió ni la décima parte… qué tal si nos desbancan.

–No creo, si no hubieran estado bien los papeles no hubiera firmado nada. Ya sabes cómo soy de minucioso con esos asuntos…

–Sigue siendo muy fácil.

–Sí pero… mira, lo bueno es que tenemos lo que necesitábamos. Es más, hasta conseguí dos clientes para mañana en ese lugar. Nos irá bien, ya verás, mi vida, parece que nos comienza a cambiar la suerte. Tengo un buen presentimiento de este lugar.

Al día siguiente la mudanza está en proceso. Es sábado, el día perfecto para que todos ayuden a la pesada labor de sacar las cosas, empacar, subirlas al auto o al camión, y luego desempacar. Será un día largo, pero provechoso. Diego recuerda el camino, ese camino maldito que les trajo la mala cara de la vida hacía unos años atrás. Recuerda ese día en que vieron la película “El exorcista”, parecía una buena idea, su hermano y él hicieron la travesura cuando no estaban sus padres. La noche, luces apagadas, una palidez demoniaca que salía del televisor… y la niña. Nunca olvidará lo que sucedió después, porque no pudieron dormir en toda la noche aunque se bajaran a ver “Los increíbles” para ver si se les quitaba el miedo. No les quitó el miedo, porque Violeta, decía Germán, tenía la cara del demonio y esto asustaba aún más a Diego; el otro solo reía, casi a carcajadas. “Eres bien miedoso, hermanito”. Nació cinco segundos después, y eso le daba la suficiente autoridad a Germán de decirle “Hermanito”; aunque Diego mostraba molestia o indiferencia, le encantaba que le dijera así, era una forma de mostrase cariño entre los dos. Germán era abierto y no le costaba decir las cosas; el otro, por el contrario, le decía que no a todo, aunque siempre supo que su hermano sabía que era su forma de mostrar cariño.

Se ve en el espejo retrovisor y observa a su hermano, a su gemelo, quien nunca se irá porque él mismo es su recuerdo y él mismo es su rostro; nunca desaparecerá, siempre estará aunque sea en sueños y reflejos, en voces y risas; incluso en pensamientos. El auto se detiene de repente y Diego sale de su trance, vuelve a la realidad, a su realidad, y la ve: La Casa. Parece más grande a las demás, y más oscura; ha de ser el tono azul con el que la pintaron, o a lo mejor que las otras casas son pastel y esta no… No, no es eso, es otra cosa, como si el sol no quisiera brillar ahí o algo no lo dejara brillar. Baja del auto y se queda petrificado al frente, aún en la banqueta, mientras su padre abre la cajuela y comienza a bajar cosas. Crece, La Casa crece al mismo tiempo que su ansiedad y su temor. Algo muy adentro le dice que no vaya a La Casa, que corran, que huyan, que se vayan a la chingada si es posible; pero no a La Casa, no a La Casa: se los comerá vivos, los hará sufrir porque ahí yacen sus recuerdos y sus dolores, un ser de otro mundo u otra dimensión tiene ese lugar para alimentarse de las malas sensaciones humanas, porque los humanos no saben ver más allá de lo que su ceguera les permite; a la chingada, pero no a La Casa… no a La Casa…

–¡Hola!

Siente que el corazón se le detiene en un estornudo. Jala aire fresco y su cuerpo tiembla, se sobresalta: luego del detenimiento de su corazón llega la aceleración de los latidos joviales. Voltea a la voz, es de un joven, a lo mejor un poco mayor a él.

–¡Lo siento! No quería asustarte.

Y en efecto: es un jovencito vestido con pantalón de mezclilla y una camisa a cuadros, un sombrero para protegerse del sol, de esos de paja; y una palidez efervescente. Ojos cafés, cabello negro, delgado aunque con hombros ligeramente ensanchados, y un mentón proliferante; nariz casi perfecta, labios ni gruesos ni delgados, sus orejas son algo pequeñas. Casi como una perfecta construcción de un perfil jovial que demuestra que es bonito vivir; pero esas pupilas, esa oscuridad es demasiada, es como un pozo que te traga, un agujero oscuro, un deseo incesante, una locura despiadada, celos, la sonrisa que cubre la bestialidad, hipocresía, mala gana, desgano…

–¡Ah! Aquí estás. Diego –su padre lo abraza con un brazo–, te habrás dado cuenta que el jardín es perfecto. Y él es la razón. Te presento a Sergio, el jardinero. Me dijo que le gusta esta casa y que siempre vino a arreglar el jardín. Le dije que podía seguir viniendo y que le daría una paga, no quiere la paga, pero la tendrá que aceptar. ¿O n,o Sergio?

–Sí, señor, como usted diga.

–Muy respetuoso. Bueno, como sea, me voy para que se conozcan. Nuestro jardinero personal… y muy bueno, sin duda.

–Gracias, señor.

–Dime Esteban, esos formalismos me marean.

Sergio sonríe y muestra su dentadura perfecta, aunque impostora.

–Hola –contesta Diego tímidamente, como es su habitual habilidad–, soy Diego, el hijo de… mis padres.

Sergio suelta una sonora risotada.

–Me doy cuenta, eres la mezcla perfecta de ambos. Qué gusto que vengan a vivir aquí, hacía mucho tiempo que esta casa estaba deshabitada.

–¿Ah sí?, ¿y eso?

–Una larga historia, no es momento, tal vez luego. Ven, les ayudaré a desempacar.

–Gracias…

Es amigable, muy amigable, muy raro, una amabilidad de esas que buscan otra finalidad, que buscan algo a parte de la amistad.

–¡Diego! ¡Ven tantito!

Es su madre desde el interior. Él olvida que Sergio va al auto de su padre y de nuevo se ve ante La Casa: imponente y disfuncional. Genera esos sentimientos de depresión que nos atrapan en un hilo de pensamientos babosos que no nos dejan actuar. Camina como hipnotizado, como si La Casa lo llamara con una voz gutural que lo invita a la perdición y la desdicha. Siente como si estuviera destinado a eso, a perderse y vivir en la podredumbre disfrazada de gozo y buena vibra. Entra a La Casa.

Una semana ha pasado de que acabaran la mudanza y Diego ha tenido mucho contacto con el joven jardinero que resulta ser una de esas personas que siempre buscamos para platicar y pasar un buen rato. Justo ahora están en el jardín trasero, igual de fríamente bello que el delantero, aunque en este jardín hay muchas más flores que en el otro, flores que parecen la falda de la gran casa oscura.

–¿Desde cuándo arreglas este jardín de a gratis? Yo no lo haría de esa forma.

Diego sonríe inocentemente a pesar de comenzar esa edad en la que la gran mayoría pierde lo que los hace niños, pierden la inocencia que llevan dentro; él no, él sigue siendo un niño pequeño. Sergio voltea hacia el güero.

–Me gusta, me relaja. No sé. ¿Cuánto tiempo?… Tampoco sé, llevo el suficiente, eso puedo decirte, pero no sabría decirte con exactitud.

–¿Cuántos años tienes?

–¿Cuántos me calculas?

Sergio regresa la mirada a las flores.

–Dieciocho –dice Diego al azar.

–Veintidós.

El otro abre la boca casi hasta el suelo.

–¿En serio! Eres un traga-años.

El jardinero sonríe.

–Me dicen eso muy seguido. Como sea, me siento más joven últimamente… desde que llegaron me siento mejor. Es agradable tener alguien con quien platicar.

–¿No conoces nadie en los alrededores?

–No… no les hablo mucho en realidad, como me enfoco en el jardín no me da tiempo, o a ellos; de platicar.

–¿Cuánto tiempo lleva vacía La Casa?

–Cuanto puedas imaginarte.

–¿Es por lo que sucedió aquí?

– ¡Ajá! Recuerdas lo que te dije.

–Pues recuerdo que me dijiste que algo había pasado, pero no estoy seguro de lo que pasó, ni de si fue algo bueno o malo o lo que sea… Pero me gustaría saberlo.

–Muy bien, muy bien, me agrada la gente curiosa… te contaré, así que pon atención. A mí me la contó una persona que vivió aquí, alguien que, dice, sufrió algunas cosillas en La Casa. Pero dime primero: ¿crees en fantasmas?

–Mi familia nunca ha creído en esas cosas… yo sí credo en Dios y demás pero no en fantasmas. Es muy… relativo, ese asunto.

–Bueno, pues esta es una historia de fantasmas, así que no te vayas a aburrir. Todo comenzó con la primera familia que se mudó a La Casa, la que la construyó: pusieron todo su esmero en la misma, todos sus sueños y corajes, sus ambiciones y venturas. Hasta sus secretos. Una familia pequeña, los padres y el hijo… aproximadamente de tu edad. Al menos en ese tiempo. Se mudaron un ocho de septiembre, no recuerdo bien qué año, pero sí sé que fue ese día; como sea, la familia comenzó a crecer, el esposo a ganar mucho dinero, el hijo a subir sus calificaciones más y más. El único problema era ella, la mujer, la esposa, ella no parecía pasarla tan bien en este lugar: se estaba volviendo algo… cómo decirlo… enajenada, con la limpieza del hogar. Barría a diario, trapeaba a diario, sacudía; todo, lo hacía todo ella sola y no dejaba que nadie la ayudara. Ella lo hacía para asegurarse que el trabajo estaba bien hecho.

Sergio observa una rosa roja, una bella rosa roja casi artificial de color; pero no porque así fuera, sino porque Sergio le quita la vitalidad con la simple mirada, aunque esto no lo sabe Diego.

–La buena vida para ellos era evidente, pero para ella era evidente que el quehacer del hogar era su droga. Comenzó a sobrepasar los límites de una forma ridícula: lavaba los baños a diario, una simple mancha en la mesa era suficiente para limpiarla hasta de las patas, la ropa impecable y bien planchada. En una de esas, cuentan, su hijo tiró un poco de comida en la mesa y ella lo obligó a limpiarla con la boca… toda la mesa.

–¿Toda la mesa?

Diego abre los ojos y deja ver que son completamente contrarios a los de Sergio.

–Toda. El papá no dijo nada porque no estaba y porque nadie nunca le dijo. Como sea. Dicen que la mujer solo dormía seis horas y la demás parte del tiempo era para la limpieza del hogar. Pronto perdió la intimidad con su marido, qué tal si manchaban las sábanas. En esos tiempos, en los que la mujer parecía desquiciada corriendo de un lado para el otro viendo e inventando algo para limpiar, su hijo se salía a arreglar el jardín: lo relajaba, lo tranquilizaba, le permitía estar fuera de esa casa de locos. Sin embargo, el problema también era ese: ya no lo dejaba entrar en La Casa a menos que se quitara la ropa, toda la ropa. Tenía lodo en los zapatos, pasto en el pantalón, suciedad en la camisa… ¡Pecados puros que lo llevarían directo al infierno! Lo interesante era que el esposo seguía ganando más y más dinero, además de que el hijo mejoraba más y más en todos los ámbitos de su vida académica y social. Entonces, sucedió: un día el esposo salió a trabajar y su hijo se quedó viendo la tele, ese día le dio mucha flojera salir al jardín así que un rato de ocio no mataría a nadie. Su madre acababa de cambiar las fundas de los sillones por unas muy hermosas fundas blancas con grabados de algo que parecían pilares griegos. Fue casi repentino, no lo sintió venir hasta que era demasiado tarde: una gota de sangre salió por su fosa nasal. Solía sangrar bastante, más cuando estaba mucho tiempo en el sol. Logró atrapar la gota de sangre con la mano, pues pensaba que sabía de los problemas que le podría acarrear el manchar la funda nueva de su madre; pero no estaba ni cerca de saberlo, ni cerca de nada. Manchó la funda blanca, sí lo hizo, la sangre cayó, viva y roja como esta rosa. El joven estaba en el baño enjuagándose cuando su madre vio la sangre latente en el sillón; lo golpeó contra el lavabo, una y otra vez hasta desfigurarlo por completo; según esto en el baño de abajo. Moribundo, lo obligó a limpiar el sillón, a lavar las fundas, mientras ella trapeaba arriba.

Arranca la rosa que tenía en la mano de forma agresiva

–Cuando llegó el papá el reloj que está abajo comenzó a sonar, vio a su hijo muerto y a su esposa limpiando el reloj de péndulo de la planta alta.

–El que ya no suena.

–El que ya no suena es el de abajo. En fin, subió y la lanzó desde el segundo piso; algunos dicen que desde las escaleras, otros que desde el barandal; la cosa es que la mató. Nadie salió de La Casa durante mucho tiempo, obviamente se dieron cuenta pero no podían hacer contacto con ellos, no contestaban el teléfono. Un día de esos, un amigo del joven decidió pasar por ahí: encontró la puerta entrecerrada y un olor infernal salía desde dentro, un olor nauseabundo que lo hizo tener arcadas. Abrió y vio algo que nunca olvidaría: la mujer con el cuello roto y sangrando de oídos, boca, nariz y ojos; también vio al padre abrazando el cuerpo muerto de su hijo, un hombre desnutrido con los huesos asomándose en la piel, lágrimas de aire, dolor palpable. Vio a su amigo muerto, deformado, con gusanos en la cabeza. Los dos cuerpos ya estaban descomponiéndose. El padre solo decía “No más… no más… por favor, no más”. Desde ese día dicen que la mujer sigue limpiando La Casa y que el jardinero sigue arreglando las flores.

–Diego se queda en silencio, no sabe qué decir. Sergio lo voltea a ver y le sonríe.

–Pero bueno, no es un fantasma el que arregla el jardín, soy yo. Y durante el tiempo que he estado aquí no he visto nada sospechoso en realidad.

–Pero si la historia es cierta, todos los muebles que están dentro llevan mucho tiempo, pues eran de esa familia… y están como nuevos.

–No me dirás que es la madre que los mantiene en excelente estado.

–No, obviamente, yo no creo en fantasmas… ¿y qué pasó con el papá?

–Sergio iba tomar las tijeras pero se detiene en medio del camino. Se queda inmóvil, casi paralizado.

–En el manicomio, sigue vivo.

–¿Es el edificio blanco que queda camino acá?

–Ese mismo.

–¿Y el amigo que vio la escena?

–Ni idea. Te digo, es una simple historia, un rumor que la gente cuenta para hacer más interesante su miserable vida. Malas lenguas, es todo, todo de todo.

–¿Malas lenguas? ¿Qué dicen las malas lenguas?

–Bueno, en realidad otra familia ya había habitado La Casa antes. Lo poco que sé es que era una fiesta y todos estaban afuera, en el jardín; los niños decían que una mujer no los dejaba jugar en La Casa porque la fueran a manchar. Los padres no los escucharon. Dos horas después vieron a sus lindos hijos, con unos fuertes golpes en la cabeza… los mataron. Dicen que los niños siguen jugando en La Casa y quieren que los que habitan jueguen con ellos. Quién sabe, tal vez ayuden en algo.

–¡Órale! Vaya que sabes mucho del lugar, si es que es cierto. Bueno, creo que el vendedor debió decirnos todas estas cosas… no sé, hubiera sido lo más conveniente.

–Como vendedor no creo que le convenga decir que La Casa que está promoviendo esté embrujada. Pero no te preocupes, esa historia se perdió hace tiempo. Ya nadie recuerda eso, nadie queda para contarla de nuevo. Son esas cosas que están destinadas a volverse un simple sueño. Cosas que nadie gusta saber y ni quiere que le cuenten, como la guerra o el sufrimiento en la pobreza: sabemos que están ahí pero no queremos aceptarlo. Esta es una historia así: todos sabemos que es, pero no queremos reconocerla, porque al hacerlo, estamos reconociendo lo que hicimos mal. ¿Por qué hicimos? Porque al momento de conocer la historia, sabemos los riesgos y posibilidades, y así nos volvemos responsables.

–¡Diego, hijo! ¡Ya llegó tu papá!

Diego se levanta del pasto, pues sabe que cuando llega su padre es porque ya van a comer.

–¿No quieres venir a comer con nosotros?

–Uhm… no, creo que mejor que quedo afuera.

–Ándale, vamos, mi mamá siempre hace comida de más. Además sólo somos tres…

Sergio voltea a ver a Diego: no son muy diferentes, solo en la tonalidad de la piel, pues Diego es más claro. Únicamente hay algo que choca entre ellos, pues al mirarse una especie de tensión crece en el ambiente, como si fueran antiguos enemigos, como si fueran el viento gélido y caliente que formarán el tornado en cualquier momento, las corrientes de agua que chocan, la desembocadura del río en el mar, el delfín que lucha con el tiburón, la viuda negra que mata al escorpión; algo así son ellos dos. Sin embargo, Diego no lo sabe, le gusta Sergio porque es una persona abierta y que tiene siempre algo interesante que contar, y es eso mismo lo que enceguece a su verdadero ser para encontrar lo que es el jardinero debajo de ese sombrero de paja.

–Está bien, iré –acepta el jardinero de buena gana.

Entran ambos a La Casa que está más limpia de lo normal, más de a lo que estaban acostumbrados. Valeria los ve entrar.

–Qué bueno que nos acompañes, Sergio, has de estar cansado de estar todo el día afuera.

–Gracias, señora. No cansado, ya estoy acostumbrado, es como mi pasatiempo.

–Está bien. Tomen, lleven los vasos a la mesa.

En ese momento sale Esteban del baño y va a saludar su hijo de un beso. Un rato después están todos ya en la mesa.

–Vaya que La Casa ha estado más limpia de lo que estaba la otra –comenta Esteban a su mujer antes de dar un bocado.

–Bueno, me he dedicado un poco más a eso. Es grande y creo que se ve más bonita limpia. Además, los muebles los encontramos impecables como para dejarlos perder solo por flojera.

–El hombre de la casa desvía su mirada hacia su hijo para cambiar de tema de conversación.

–¿Y ya tienes novia, hijo?

Diego lo observa agresivamente, como si su padre hubiera dicho un secreto que no debía ser contado, no frente a la gente.

–No… –contesta alargando la “o”, como si con eso fuera a dejar en claro que no quiere continuar con la plática.

–¿Por qué?

–Pues porque son solo un gasto… ya habíamos hablado de esto, no quiero repetir lo que ya había dicho.

–Sólo digo que deberías aventurarte prontamente, de lo contrario, con todo lo que sabes y sigues aprendiendo, te será más complicado tener una relación si es que buscas a alguien que esté en tu nivel. Es un consejo, nada más.

–Como sea.

–Hoy vienes muy alegre, Esteban –comenta su mujer.

–Bueno, es que tenía una noticia que contarles, quería esperarme al final pero como veo que Dieguito no quiere hablar, hablaré yo. Es una buena noticia, por cierto: me promovieron, ahora ya no estaré en el “call center”, seré supervisor de esa área en la empresa.

Todos sonríen al recibir la noticia. Sergio sonríe, pero también observa detenidamente al hombre de La Casa como si algún plan macabro que él tuviera en mente estuviera funcionando.

–¿En serio? ¡Eso es maravilloso! Ya eran necesarias buenas noticias –dice Valeria con gran emoción en su voz.

–¡Qué bien! Felicidades, papá.

–Sí, ya era hora, creo que ya era hora de que algo bueno pasara…

Siguen comiendo, se olvidan que Sergio está también en la mesa, como si él no existiera o como si él hubiera querido que se olvidaran de él; a voluntad se hace invisible y ahora nadie repara en su inexistencia momentánea.