12038057_127568334261806_5039685415929520877_n

Un día como todos, rutinario, es formado en la mente del joven que apenas se está acostumbrando a los nuevos caminos que debe tomar para ir y venir del nuevo lugar donde vive. No le molesta tanto la nueva ruta de camión que aborda, lo que le molesta es el edificio blanco por el que tiene que pasar caminando, el manicomio del pueblo: es un lugar frívolo que invita al suicidio. Siempre camina rápido ahí para estar el menor tiempo posible; excepto durante las mañanas, como ahora, pues su padre lo lleva a la escuela, y ya que se duerme en el camino, no hay problema para él.

Nota que ya están Rodrigo, Fernanda y otra chava de nombre Mónica con la que también habla mucho. Ya todos están entrando al salón, por lo que supone que ya llegó la maestra. Entra. Todos están acomodándose y él camina a su lugar, atrás de Rodrigo, a un lado de Fernanda y al frente de Mónica. Se sienta.

–Llegó temprano la gorda –dice en voz baja sin importarle mucho si la maestra lo escucha ya que están a tres lugares de la mesa de ella. Fernanda sonríe y menea negativamente la cabeza.

–Que hoy va a entregar los exámenes y las calificaciones –le informa Mónica, diciéndole al oído.

–No mames, a ver si no me caga con eso de las preguntas de tarea… no las entregué.

–Pero es tarea, ya sabes que con ella no cuenta mucho; no creo que te baje mucho la calificación.

–Uno nunca sabe, Monana, la mujer está loca y sólo ama al idiota ese de Tavo… maldito teto.

Mónica ríe en voz baja. La maestra se levanta con un montón de papeles en las manos.

–A ver, silencio, jóvenes. Voy a entregar los exámenes y la calificación del parcial. Debido a que no tuvimos tanta tarea por preparar el proyecto, si tienen buena calificación en el examen, tengan por asegurado que aprobaron el parcial.

La mujer grasosa del rostro, vestida con una camisa ridículamente rosa y un pantalón pegadísimo a sus estrías; comienza a llamar estudiantes al azar para entregar exámenes. Las expresiones son variadas: desde los estudiosos que se sientan hasta adelante que sienten que su calificación es cuestión de vida o muerte, los que se sientan hasta atrás que lo único que les importa es salirse de la escuela sin importar nada más; hasta Diego y sus amigos, más templados, que se sientan en medio y le dan la debida importancia a ese tipo de cosas. El hijo de Esteban observa las expresiones de todos y se ríe de los estudiosos a los que no les fue bien.

–Rodrigo López.

Observa a su amigo ir y regresar con una sonrisa triunfal en el rostro, casi iluminado divinamente.

–Nueve, ¡tómenla, putos!

Diego sonríe.

–Bájale, loco.

–El Tavo se sacó seis… ha de ser porque ahora no se la arrimó bien a la gorda.

Los demás hacen un gesto de desagrado mezclado con risa ante su comentario.

–Diego Carrasco.

Se levanta y camina hacia la mujer. Por un momento nota los movimientos de ella más lentos, como una especie de ballena encallada en alguna playa de mala muerte: es cacariza del rostro, con piel apergaminada como un papel arrugado y unos ojos hundidos en dos huecos que fueron hechos para hacer del baño, no para ver. Toma su examen al mismo tiempo que la maestra lo felicita, él agradece. Va a su lugar y ve su calificación: diez.

–¡Ay cabrón!, y nada más estabas chillando que no estudiaste y que te iban a reprobar. Tus mamadas.

–Pero que fineza de mujer es usted, señorita Fernanda.

–Sí, ya se cree mucho porque sacó diez.

–Relájate un buen, Rodrogas, da igual lo que saque, de todos modos, esta pinche materia me viene valiendo madres.

Hace una bola de papel de su examen y la mete en su mochila. Observa como los estudiosos y los estúpidos van a revisar sus “errores” con la maestra. El primero en la fila es Tavo, el arrastrado, nerd superior; la cara que tiene es de congoja, como si le estuvieran metiendo algo por el ano, así es su gesto: de dolor por tener un seis en el examen. Los cuatro amigos salen a fumar. Diego saca su cajetilla de cigarros mentolados.

–¿Mentolados? Que joto eres, Diego –le dice su amigo.

–Tu pinche madre.

Ríen.

– ¿Y qué pedo? ¿Cómo te va en tu nueva casa?

–Bien, bien, ya más relajados. Está un poco más lejos pero estamos bien. A mi papá hasta lo promovieron en su trabajo.

Inhala ese grotesco sabor mal mezclado con la frescura de no sabe qué otra sustancia cancerígena-asesina-mortal-destructiva-despreciable-maldita-perra.

–¡Órale, qué chido! ¿Ya le pagan más?

–Mira, la mera verdad no sé, yo supongo que sí porque si no, no estaría tan feliz de trabajar más por lo mismo; ¿no crees, tonto?

–Uno nunca sabe.

–Pues ya, saca la peda en tu casa, hay que estrenarla… y celebrar lo de tu papá –dice Mónica con una amplia sonrisa.

–Nel, ni madres, para qué chingados hago una peda o lo que sea. Además ni van a querer ir porque está muy lejos… nel.

–Ay, eres bien princesa, Diego –bromea Fernanda.

–¡Pues claro! ¿Qué esperabas? Además, mira, mira, la niña fina hablando de princesas –Rodrigo suelta una sonora carcajada. Hay un momento de silencio, le entra la curiosidad por lo que le había dicho el jardinero, sobre una casa embrujada, sobre su casa embrujada–.  ¿Ustedes saben algo de una casa embrujada en este lugar? De una donde la mujer mató a su hijo y luego el esposo la mató a ella y cosas así…

Las dos mujeres niegan, no saben nada de eso; sin embargo, Rodrigo siempre tiene algo que agregar o decir respecto a cualquier tema, casi como un diccionario humano gigante que se actualiza a la misma velocidad que el internet.

–Pues yo había escuchado de un lugar, justo sobre la carretera sobre la que está tu nueva casa, no sé bien qué casa sea pero sí tiene una historia acá medio macabra. Lo que dijiste: ella lo mató porque él, creo, ensució algo dentro y como ella estaba loca pues lo estrelló contra el lavabo. Pero no sé bien qué casa sea, ha crecido tanto este lugar que esa casa ya tal vez hasta la tiraron.

–Pues el jardinero me dijo que es La Casa donde estamos, esa la de la leyenda.

–¿Neta? No creo, ya te habría pasado algo –ríe–, digo, cualquiera que entraba salía pálido como la muerte misma, muchas cosas suceden ahí. Lo que yo supe es que La Casa se perdió con el tiempo, ya nadie sabe qué casa es porque dicen que inventaron la historia y que nada más eran unos maleantes que querían asustar gente.

–Pues no sé, a mí no me ha pasado nada, ni creo que me pase.

–No nos habías dicho que tenías jardinero.

–Se llama Sergio, es buena onda el güey, me cae bien, hablamos un chingo. De hecho, él es el que me contó la historia.

–¡Ay!, acabas de llegar y luego luego de puto –dice Rodrigo.

–Cállate, o qué, ¿celos?

Sonríen.

–Pues ya de perdis, si no sacas la fiesta, mínimo vamos a ver fantasmas a tu casa… ¡no seas aguado, pinche Diego!

–Lo pensaré, Monana, lo pensaré…

Deja atrás el horrido edificio blanco lleno de personas que están desquiciadas para los otros desquiciados que decidieron encerrarlas ahí, y llega a su casa. Su madre siempre deja abierto, incluso cuando no están en su hogar; desde que están ahí se han dado cuenta que nadie va a visitarlos ni nadie se acerca a La Casa, como si esta fuera una especie de repelente de insectos. Ahora no ve a Sergio, seguramente está descansando un rato o arreglando otro jardín. Es muy extraño, al menos eso piensa Diego, que los demás jardines de las casas circundantes sean secos y sin color, y conforme se van alejando de La Casa, se van volviendo verdes y vitales; y aunque el jardín de su casa nueva sea verde y hermoso; no es vital, no respira, es como un jardín de porcelana, una pintura mal hecha, un suspiro sin inspiración. Llega a la puerta y gira la manilla para abrir. Al instante nota el cambio de temperatura: adentro es mucho más frío que fuera. Nota que su madre, o alguien, ha puesto un tapete en la entrada para limpiarse los pies; nunca habían tenido tapete antes. Se limpia lo que se supone que se debe de limpiar y entra al frío penetrante de La Casa. Cierra la puerta y camina hacia el baño que está justo debajo de las escaleras, entre la sala de estar y el estudio. Cuando pasa al lado de la sala su mirada periférica nota algo que lo hace detenerse, aunque ya no lo observe: una mancha en la alfombra, una mancha roja y densa, casi negra; al instante un olor invade sus fosas nasales y se coagula camino a su garganta, un olor ferroso y frío que logra hacer al aire pesado y húmedo. Sangre, un olor a sangre invade todo e incluso humedece el ambiente. Sangre, piensa, eso no puede ser otra cosa sino sangre… voltea a su derecha y acomodadas contra la pared observa las herramientas metálicas que Sergio usa para su actividad, por lo que supone que ya sabe de dónde viene el olor. Voltea a la sala y no ve nada, solo la pequeña alfombra beige debajo de la mesa de centro de que su madre puso en la sala.

Camina hacia el baño para hacer sus necesidades. Justo está lavándose las manos cuando escucha que alguien sube corriendo y luego va por el pasillo derecho. Pasos ágiles y ligeros, no de un adulto, sino de un niño pequeño. Cierra la llave del agua que por un momento resulta ser agua caliente y se asoma al pasillo: vacío, no hay nadie. Sube lentamente las escaleras esperando a escuchar otro ruido, pero lo único que alcanza a diferenciar del silencio y el frío en el que La Casa se hunde, son sus propios pasos. Supone que quien haya corrido llegó a la habitación de sus padres, pues cruzó todo el corredor. Diego camina a la habitación de Esteban y Valeria, lentamente y con las piernas temblorosas, no por el miedo, sino por el frío. Al instante llega a su mente la historia que el jardinero le contó, pero no le toma importancia pues no cree en fantasmas y duda mucho que un muerto ande corriendo por La Casa sólo para hacerse notar. Llega a la habitación y la abre: lo primero que ve, lo primero que llama su atención, es el enorme cuadro que decidieron conservar y dejar sobre la cama: una bella mujer que denota ira y locura de sus ojos pintados. El joven recorre la habitación y siente que alguien lo observa: voltea de nuevo a la pintura y nota que la mirada lo sigue, la mirada de la mujer lo observa; siente un escalofrío pero sabe que hay técnicas para lograr ese efecto en los ojos en las pinturas. Escucha que abren la puerta de abajo.

–¡Diego!, ¿ya llegaste?

Es su madre quien acaba de llegar, seguramente con su esposo, de comprar el mandado o algo por el estilo. El trabajo de supervisor les deja el suficiente dinero como para que Esteban ya no se vea forzado a viajar por todo el estado en busca de aparatos eléctricos qué reparar.

–¡Sí! Ahora bajo.

Primero pasa a su recámara a cambiarse la ropa que se llevó a la escuela por un pants más cómodo, la playera se la deja. Tararea la canción “Armata Strigoi”. Algo que no nota, que ignora, es que la temperatura de La Casa en general regresa a la normalidad, no es tan fría ahora, es como cualquier otra cosa que está bajo el inclemente sol de México. Baja y observa a su madre colocando las bosas del mandado bajo el fregadero: todas están dobladas, como si fueran ropa o prendas para usar que colocamos en el clóset.

–Tú no hacías eso –le dice acercándose para darle un beso en la mejilla.

–¿Qué cosa?

–Eso de doblar las bolsas… sólo las dejabas así, arrumbadas bajo el fregadero.

–Bueno pues… es para tener un poco de orden. Eso no le hace daño a nadie.

–Tienes razón, solo decía, se me hizo extraño.

Anochece. El cielo se colorea de tonos rojizos y naranjas de juego, como si un niño pintara con las manos desnudas y hundidas en enormes botes solo para ver qué otros colores se forman y de qué manera se funden. Se ve el cielo de esa manera, como un juego inocente. Diego se encuentra acostado en el pasto, viendo ese cielo curioso, tiene tarea pero no la va a hacer, le da flojera como a cualquier adolescente: prefiere no hacer nada a hacer algo, aunque haciendo nada logra ver la belleza de la naturaleza, mientras haciendo algo incluso pueda crear belleza. Es un paradigma de la mente. El pasto no le hace cosquillas como lo haría el pasto normal, hasta se siente frío, como una especie de cama suave de hielo. Escucha pasos, luego otra persona se acuesta también, aunque Diego no alcanza a ver quién es.

–Hola, ¿qué andas haciendo?

Es Sergio.

–Hola… nada, sólo viendo el cielo. Debería hacer mi tarea pero me da mucha flojera.

Una ligera brisa tibia recorre el lugar.

–Es bonito… el cielo… más en esta época del año en que apenas comenzarán las lluvias y las nubes se quedan para verse de colores.

–Sí… ¿dónde vives?

–Vivo en… ¿por qué la pregunta? –Su modulación es la de un expositor que ha olvidado su discurso y trata de hacer tiempo redundando en temas sin importancia alguna.

–Sí, es que siempre te veo aquí arreglando y poniendo hermosas flores pero no sé dónde vives, si con tu familia o solo, o lo que sea.

–Vivo solo, cerca de aquí.

–¿Y cómo te mantienes si haces esto de la jardinería gratuitamente? Todo el tiempo, o la mayor parte de este, te la pasas aquí afuera.

–Mi familia me manda dinero

–¡Ah! Eso explica muchas cosas. –Sergio sonríe nerviosamente y luego agrega–: ¿Te puedo preguntar algo sin que te enojes? Es que vi que te malhumoraste una vez que tu padre te lo preguntó…

–Sobre si tengo novia o no, ¿cierto?

–Eso mero.

–No, no tengo novia. Nunca he tenido novia.

–¿Ni alguna pretendiente que haya buscado algo contigo?

–Eso sí, algo por el estilo, pero no sé, nunca sé qué hacer cuando una mujer se me acerca. Es raro, me quedo mudo, es como si mi cerebro se sobrecalentara o simplemente dejara de funcionar, mi mente se queda en blanco y no sé qué decir. Generalmente nuestras pláticas resultan en cuatro o cinco preguntas con respuestas concisas y luego ya no sé qué agregar o cómo preguntar. Me pongo nervioso, no sé, es complicado. Aunque me han dicho que soy lindo y lo que sea, tierno y demás, no me siento con la… las ganas, no sé, con la suficiente seguridad de hacer algo.

–Pero conmigo nunca te callas.

Diego sonríe.

–Bueno, es que es diferente hablar con un amigo a hablar con una mujer, ellas son muy complicadas… no soy tú como para hablarle a todas con gran facilidad. No tengo suerte como tú.

Sergio ríe.

–Eso que sucedió fue casualidad, una vez, nada más. No tengo gran suerte como tú crees.

–¿Qué pasó? ¿Quién era ella?

–Pues yo solo puedo decir que ella… ella tenía experiencia.

–¡Ah! Con prostis no se vale.

Sergio lanza una carcajada, Diego ríe más bajamente.

–No, no era una prostituta, era una mujer un poco más grande que yo, en un bar. Me comenzó a hablar y ese día yo estaba de muy mal humor, estaba bebiendo mucho. Comenzamos a hablar y una cosa llevó a la otra en una escala de emociones muy extraña. Pasó lo que tenía que pasar, ya nunca la he vuelto a ver. Creo que ninguno de los dos pudo contenerse.

–Pues… qué buena onda, ¿no? –Ambos ríen–. Digo, de eso a nada, eso.

–Y créeme que nunca lo voy a olvidar.

La Casa es oscura por los días pues la luz teme a molestar algo que viva ahí, que habite cual ratón mora su madriguera; porque ese algo es todo menos luz. Si veinticuatro horas dura la rotación de la tierra, en La Casa podemos dividirla en tres secciones: día de calor y luz; noche fría; y la noche de la noche, mucho más oscura que fosa séptica o nazi. Esta es una noche de la noche, y hay que admitir que los recién llegados se han acostumbrado ya a esa embalsamante oscuridad, aunque esto no deja de hacerla extraña: es más negra que el color negro, no es como cerrar los ojos y ver negrura: es no ver nada, una oscuridad de nada, ni un simple color se divisa, no pueden ver que no ven.

El gemelo sin gemelo, el castrado, está en su habitación preparándose para dormir. Nunca se había imaginado el lujo de tener una habitación para él mismo, sus propias cosas, sus propias reglas, su propio baño… baño que él no debe lavar porque su madre se molesta. Él está en interiores, como todas las noches calurosas de verano, porque entre menos ropa tenga para dormir, le es mejor. Nada como la libertad del nacimiento. Bueno, en realidad eso pensaba Germán, pero ahora es el vivo quien toma esa actitud liberal a escondidas, porque la libertad es vivir bajo reglas, es aceptar que no existe tal cosa.

Justamente se termina de lavar la boca: se enjuaga una vez y el mentol artificial recorre su esófago en un viento montañoso de anuncio de televisión, casi puede sentir la avalancha sepultándolo. Disminuye la temperatura en un último suspiro de un moribundo, ya cuando el frío recorre desde las extremidades de su reseco cuerpo hacia el corazón, que en lugar de latir lanza lamentos perezosos. Más o menos así es el frío de La Casa. El último sorbo de agua es caliente, espeso y nauseabundo, tiene un sabor asesino de papilas, como cuando fuma. Escupe el agua caliente y apaga la luz, pues no tiene gran importancia esa bocanada sin gusto. Su cerebro zumba como abeja danza alrededor del polen avisando que ahí hay comida para los perros zánganos y la gorda reina. Sus ojos se cierran por el cansancio, sus extremidades se disipan cual humo y siente que deja de pensar, si es que eso puede ser posible pues significaría cesar de existir. Se tumba y no se tapa con la sábana. El clima veraniego transforma a su pueblucho mexicano del bajío en un sauna: nadie se tapa en un sauna.

Hay música de fondo, de esas que te hacen llorar hasta por las hemorroides cuando has tomado unas copas de más. “Contigo aprendí, que existen nuevas y mejores emociones…” ¿La canción habla de drogas o amor? Piensa Diego. A final de cuentas, las sensaciones son parecidas. Abre los ojos: ya no está en su cama, está caminando a un baño, al de hombres. Entra y espera. Una mujer del tercer piso, como mínimo, igual de desesperada que él pues de otra forma no cerraría la puerta impidiendo el paso a alguien más que busque entrar al ahora recinto sagrado del amor. Ella ataca en un impulso que se desborda cual lava de Pompeya, entierra y calcina su lengua en una lucha a muerte por respirar el aliento del otro. Succionan sus vidas en un sabor grotescamente mentolado, ese mentol del cigarro que tiene raticida, lo cual no preocupa en lo más mínimo a Diego, pues él no es una rata. Luchan humeantemente, pelean a muerte, exploran cada parte de sus excitados cuerpos temblorosos dejando a un lado el dolor que José Alfredo Jiménez les había hecho sentir con lo que aprende del amor. Ella, como la leona que ha despertado, guía el sudoroso cuerpo de Diego hacia los lavabos, chocan en una implosión divinalmente sexual porque, si haces las cosas pensando en el bendito salvador, nada es pecado. Sus respiraciones agitadas son más como un río rápido y agitado que choca contra rocas que se deshacen ante el ímpetu de la gracia de Diego y su experimentada pareja. Él separa sus labios en un arranque doloroso y besa el cuello perfumado de la dama, La Dama; quien lanza un efímero sonido que proviene de su sexo, su sexo habla a través de sus labios articulados para hablar. Entre los dos se arrancan las camisas como si estas estuvieran en llamas, los sudores se mezclan como dos corrientes de aire frío y caliente, forman un tornado destructivamente bello que no arrasa por su sublimidad cercana a Dios. Nada es más complicado que escalar los Montes Urales de una mujer, pues cuando alcanzas la cima, caes por los abismos de las leyes naturales darwinianas y newtonianas; si Platón viviera esto, habría comprendido que su maestro no era tan sabio como aparentaba. Diego recorre el bosque negro con sus dedos, temeroso de encontrar al oso que está buscando y que, al encontrarlo bañado y pescando en el caudal, ruge despertando pasiones y alcanzando no un pez, sino una ballena de dulzura y feminidad. Ella arranca la piel del perro para descubrir que en realidad hay un lobo listo para entrar en acción, lobo que aulla al ser encontrado, que quería ser visto y acorralado en la fisura de un agujero negro más infinito que la omnipotencia del salvador. La carga y la sube al lavamanos. Es ahora que la abeja poliniza la flor, que los labios luchan de nuevo, la vida nace, el lobo entra y el oso se atiborra, del bosque nacen flores, entra la lanza en el costado, la copa se llena de vino, el alma entra al cuerpo, Dios renace para morir de nuevo, lloran, lloran, lloran. El terremoto los sacude, nada vive, nada muere, flotan cual astronautas, su cerebro se expande, cada neurona es un multiverso, siete dimensiones se unen en sus cuerpos que explotan y se asesinan. Explosión. Bum, bam, ven. El río corre caudaloso y se pierde en el mar, hay aullidos y rugidos, barnitan en la unión de sus almas acongojadas. Tocan la cima del Monte Olimpo, son un solo cuerpo hermafrodita bien recibido por Zeus. Diego abre los ojos, se mira en el espejo y no es él mismo, no es su reflejo; es el jardinero quien se refleja borrosamente en esta realidad.