1516505181_giphy

De una cosa me he dado cuenta gracias a mi poca experiencia docente: los alumnos quieren tener el poder de decidir. Claro es que todo cambia cuando vienen las cuestiones de verdad serias de la vida, y es justo esa etapa en la que debemos decidir qué hacer de nuestra vida lo que marca una pauta, al menos momentánea, en cada uno de nosotros.

Hace apenas unos días, un exalumno a quien yo tengo en gran estima me preguntó cuándo me había dado cuenta yo de lo que quería estudiar, de cómo habíame llegado esa iluminación. Cuando me lo externó obviamente tuve que reflexionar. Ese tipo de cosas son justamente las que más nos pesan, porque no estamos hablando de la simple libertad que buscábamos cuando niños o la que yo veo en mis pequeños alumnos; es algo que podría bien definir nuestro futuro.

Yo, en lo personal, me di cuenta por eso de cuando tenía trece o catorce años. Estaba en el cine viendo la última película del “Señor de los Anillos”. Yo no me vi tan afectado por la “Pottermanía”; lo mío, lo mío, fueron las películas soberbias del señor Peter Jackson. En especial esa escena donde los Rohirrim llegan liderados por Théoden para tratar de salvar Minas Tirith del ejército de Sauron. Esos eternos minutos del discurso envalentonador de Théoden, el aplastar a los orcos, la lucha contra los olifantes… me fue, simplemente, una revelación de vida. En ese momento me di cuenta que tenía que hacer algo así.

Obviamente, por mis posibilidades, me metí a la escritura. Ya había comenzado con patéticos intentos de cuentos y novelas. Más o menos a esa edad comencé mi saga, que aún sigo escribiendo.

En sí yo quería estudiar literatura, pero no lo hice porque sólo acabaría de maestro (sí, irónico) así que me incliné por comunicación y periodismo por su campo de trabajo más amplio. A mitad de la carrera, quería dinero, y un amigo me dijo “pues da clases de inglés, güey”; así que hice el diplomado y ahí mismo me ofrecieron empleo. De ahí, mi desarrollo profesional ha sido meramente docente.

No estoy cien por ciento satisfecho. Por desgracia, creo que lo mío de verdad es la escritura, y no he tenido suerte alguna en eso, sin embargo, la lucha sigue, y por lo que veo: seguirá. La cuestión aquí es la que sigue: es obvio que mis padres no estaban contentos por mi decisión (imagínense: escritor y maestro, la dupla explosiva) pero, a fin de cuentas, como quien dice, la vida es de cada uno.

Mi exalumno obviamente quería respuestas, así que luego de decirle lo que había sido mi experiencia, traté de orientarlo para que él tomara su propia decisión. Para que él tuviera su experiencia personal. Y quien sabe, tal vez lo que le dije sirva a alguien más.

Yo recuerdo que mis clases de orientación vocacional me sirvieron sólo para una cosa: no sirvo para nada. En realidad, nadie lo hace, todos crecemos y aprendemos por medio de la experiencia. Si el chamaco quiere ser futbolista, el único modo de lograrlo es jugando futbol, y si la muchacha quiere hacer videojuegos, el único modo de lograrlo es aprendiendo a programar y quién sabe qué más hagan esos magos de la tecnología. Si yo quería ser escritor, debía escribir y leer. A mi parecer, leer sobretodo. Nuestra decisión sobre lo que queremos hacer de nuestra vida debe ser justamente aquella actividad que nos haga plenamente nosotros mismos.

Aquí me puse algo soñador con mi exalumno, cosa que repruebo en mí, pero que tal vez le ayude. Prácticamente, en mi opinión, debemos irnos a lo más simple, pensar en eso que hacemos que nos hace olvidarnos de todo: nuestro rededor, que nos hace olvidarnos del tiempo, del espacio, de quién está con nosotros e incluso de nosotros mismos. Justo cuando no somos nosotros mismos al hacer algo estamos plenamente desarrollados al cien por ciento en todas nuestras habilidades y capacidades. Somos justamente aquello que hacemos.

No hay que olvidar que podemos ser buenos en algo y no gustarnos, así que ese no sería el camino, no nos haríamos a nosotros mismos felices. Tampoco hay que ignorar el hecho de que puede que no seamos buenos en algo, pero la práctica nos puede llevar a ser el mejor. Independientemente de si tenemos alguna habilidad desarrollada o no; si nos gusta, no debe haber impedimento. En mi caso es claro que las letras y la docencia no son apreciadas, al menos donde vivo, como deberían; sin embargo, sigo luchando, simplemente porque si no, moriría. Morimos cuando no hacemos aquello a lo nosotros mismos nos destinamos a ser.

No soy optimista, y eso siempre me lo he aplaudido. El pesimismo me ha llevado a dos cosas: continuamente ver el lado negativo de la vida y por eso a no disfrutarla, pero al mismo tiempo a ver qué es eso y cómo cambiarlo. Creo que con las letras yo lo he podido hacer de alguna u otra manera (algunos de mis alumnos, el único libro que han leído, es el mío que les he regalado, y parece ridículo pero a mi parecer es un pequeño paso dado al menos). Básicamente debemos agarrar el toro por los cuernos, ensuciarnos y ver si vale la pena hacer lo que hacemos. Si lloramos, está bien, yo sigo esperando, pero dicen que el resultado viene con el tiempo.

Mi caso personal: mi hermana mayor es doctora. ¡Qué orgullo! Y lo digo en serio, la admiro y respeto por eso. Y el comentario constante “Tú lees mucho, no creo que te hubiese costado tanto medicina”. Obviamente, la gente espera algo de nosotros. La presión social está ahí. Ninguno de nosotros se salva. Tenemos dos opciones: sucumbir ante la presión social o hacerla sucumbir. Recordemos que de todos modos no tendremos felices a todos, y siempre habrá cola que nos pisen, incluso si no es real, incluso si es algo inventado por los demás. ¿Qué hacer ante la insistencia de nuestros padres, de nuestros amigos? La respuesta la plantearía de la siguiente forma: imagínate como un extraterrestre, una raza que cuenta con una sola mano; ahora, imagínate que te vienes a vivir aquí, en la Tierra, donde todos tenemos dos, y las cosas funcionan idealmente para gente de dos manos. Tú logras adaptarte pero no es suficiente. Tu vida se ve menguada, se ve afectada por estar rodeado de gente con dos brazos que hacen todo a la perfección. Tú no, tienes una sola. ¿Ridículo mi ejemplo? Sí. Pero así de ridículos seríamos tratando de adaptarnos a cosas a las que no estamos destinados. Si yo soy escritor y trabajara de jugador de futbol, lo seguro es que no me meterían al campo de futbol. No brillaría jamás, y de hecho, no lo querría hacer: sé que sería un fracaso en el campo. El temor real a decidir no es, en sí, a hacer el ridículo. Todos debemos hacerlo de vez en cuando. El pesar viene cuando nos tratamos de adaptar a cuestiones para las que no nacimos, para las que, sabemos, no son lo nuestro. Al tratar de adaptarnos a las exigencias de los que nos rodean, el problema no serían ellos, sino nosotros. Quienes se equivocan al querer hacer felices a los demás somos nosotros mismos, no ellos. Quienes viven infelices somos nosotros al hacer algo que no queremos, no ellos. ¿Para qué cumplir el deseo o las expectativas de alguien que no es uno mismo? Si vas a hacer algo, que sea porque así lo quieres, sin importar qué pasa alrededor. Recuerda: el rededor se funde al momento de hacer lo que de verdad amas.

No es fácil tomar decisiones, y continuamente la libertad es más un peso que un goce. Creo que debemos centrarnos, hacer una mezcla de sentimiento y pensamiento, ver qué nos gusta hacer, y hacerlo. Topes siempre va a haber, calamidades son las únicas infinitas en la vida del hombre; pero si no hubiera infelicidad, jamás saborearíamos la felicidad.

Sam, te recomiendo que uses la madurez que tienes de sobra, pienses en lo que quieres hacer y lo hagas. Así porque sí. Si el apoyo no viene de fuera, sé tú mismo tu propio apoyo. Conmigo cuentas para lo que necesites, pero el que debe dar el primer paso eres tú. Como coloquialmente decimos aquí, hay que partirnos la madre, pero verás luego que, incluso chimuelos, seremos reconocidos en lo que hacemos. Y espero verte exitoso en lo que decidas hacer, porque sé que así lo harás.