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Diego se despierta en una caída que no es, húmedo y tiritando de frío, constipado, orgasmeado, esperando un hijo. Tiene aún el sabor mentolado en su boca y el aroma de esa dama, La Dama. Ya no escucha la melancolía de José Alfredo Jiménez, ni la de José José; hay ruido, sí, el de la voz rasposa de su madre proveniente de la planta baja. Se levanta temblando, abre la puerta lentamente y escucha:

–No estoy mintiendo, Esteban, te juro que escuché algo.

–Jurar es pecado, mujer, lávate la boca con jabón en polvo.

–¡No juegues conmigo, no es momento!

Esteban Carrasco, al igual que Julio, su hijo mayor, y Germán; es (y eran) expertos en meter la pata con comentarios fuera de lugar. “¿Quién es la gorda?” “¡La maestra!” Recuerda Diego en su primer día de clases en tercero de primaria recriminando a su hermano mayor pues la ballenato podría escucharlo. “No te preocupes, hermanito, yo te protejo si te quiere comer.” El gemelo vivo sonríe.

–¡Perdón!, perdón, mi amor.

–Sucedió, ¡pasó!, te lo juro, tienes que creerme, dime que no estoy loca, dime que escuchaste.

–No escuché para serte sincero, pero ve, está apagada la computadora.

–Había luz, resplandecía la sombra de Julia, escribía a su misma velocidad.

–Mira, estamos exasperados, no vayamos a despertar a Diego, es muy temprano… vamos a dormir, será lo mejor.

–No creo poder dormir después de esto, no podré.

–Estás cansada, hiciste quehacer todo el día, el cansancio te hizo imaginar cosas.

¿Qué pasó? El frío rápidamente borra de la cabeza esa pregunta del gemelo sin gemelo, quien regresa a su cama pues mañana hay clases y hay que dormir para aprender. Escucha los pasos de sus padres, silenciosos y rimbombantes cuales tamborazos de guerra. Las puertas de su recámara se cierran. Silencio. Frío. Un crujido activa sus sentidos que se perdían al conciliar el sueño. Ha de ser el cambio brusco de temperatura. Silencio. Se quita la sábana, prefiere una cobija. Enciende la luz y va al clóset para tomar algo que caliente sus huesillos. Avanza hacia el clóset, busca una cobija y un ruido vuelve a interrumpir el silencio de ultratumba que reina en La Casa. Esto ahora no es causado por el frío, pues son pasos de alguien en la planta baja. Es inconfundible la madera, ese sonido hueco. Ni un sordo dudaría de que hay alguien abajo. Deja de buscar y camina cautelosamente hacia la puerta de su recámara como si esta fuera a comerlo. No se lo come. La abre y se asoma. Pasos, ahora de la cocina al estudio; eso cree el hijo de Esteban, ahora hijo único. Observa el corredor intermitente en rayas de cebra: luz y oscuridad, luz y oscuridad; gracias a los enormes ventanales que ahora son claros y dejan lucir una luna casi traslúcida. Luna de azúcar glas, luna de rostro de adolescente: llena de imperfecciones. Aguarda cual pez que sabe que afuera hay una anguila recorriendo el coral en busca de víctimas huesudas como él mismo. Sale de su habitación al no notar la presencia del cazador. Camina sin hacer ruido con sus pies descalzos. El frío le cala hasta el tuétano. Llega a las escaleras y expectante al espectáculo, espera. Su  piel se eriza y algo lo obliga a voltear, ese instinto que nos dice cuando alguien nos observa sin que sepamos. Observa hacia su habitación casi esperando encontrar una figura inhumanamente humanoide, pero no hay nadie, sólo esa oscuridad lasciva. Regresa su mirada a la planta baja, al menos lo que alcanza a ver. Al no suceder nada, cual niño decepcionado, se dispone a regresar cuando un rechinido que crece por la oscuridad lo sobresalta y vacía su mente de cualquier posible pensamiento. Ese ruido es como si arrastraran las sillas de madera sobre el azulejo de la cocina, el único lugar de La Casa con azulejo en lugar de madera. ¿A caso Esteban y Valeria no habían subido ya a dormir? Como buen investigador, se dispone a bajar, cuando un ruido uniforme, constante y seco casi logra que sus cabellos se desprendan y salgan corriendo aterrorizados. Teclean, hay alguien en el estudio. Esa formalidad, velocidad y fuerza es propia de quien fuera su hermana, quien odiaba cuando la interrumpían. “Si ves que estoy escribiendo y no quieres que las teclas se te metan por los ojos, no me molestes”. Dijo alguna vez a Germán. No hay mejor cosa que sorprender a quien busca sorprender; si algún visitante quiere presentarse sin invitación, Diego también lo hará sin la suya. Baja cautelosamente. Del estudio sale luz que se proyecta en la pare: la silueta es la de una mujer delgada y de cabello lacio. Cual perro regañado, con el rabo entre las patas, Diego busca asomarse cuando…

–Diego, ¿qué haces aquí?

Succiona una bocanada de aire frío, pierde el control de sus esfínteres pero por suerte para él, su estómago está vacío. Siente que, por el salto que da, bien podría llegar a la atmósfera. Su voz se ahoga en una burbuja de jabón líquido.

– ¡Papá! –por fin logra articular sobresaltado, tratando de ignorar su piel de gallina calva. Su madre se levanta de la computadora con su cabello ondulado en una pobre imitación de plumero viejo. Esteban toma a su hijo por los hombros desnudos y lo trata de calmar.

–Hijo, Diego, ¡tranquilo!, no pasa anda, aquí estamos, somos nosotros.

–Es… escuché pasos y… pensé que ustedes estaban durmiendo, por eso bajé.

Recupera su aliento.

–No, es que bajamos porque tu madre escuchó ruidos también y ya no subimos después.

–¿Qué escuchó?

–Nada, La Casa es vieja, es normal que haya ruidos extraños.

–Bueno, me voy a dormir.

–Descansa –le dice a su hijo dando una palmadilla en la cabeza.

Regresa a su habitación tranquilamente pues eran sus papis. Toma el cobertor que estaba buscando antes y regresa a su cama. Escucha que sus padres suben las escaleras charlando de lo sucedido. Se cierran las puertas de su habitación. Recuerda el sueño y de repente un nauseabundo sabor lo obliga a levantarse una vez más: no es el mentol del raticida que fuma, es un sabor ferroso. Va a su baño y se alarma al ver sangre en el lavamanos, sangre seca. Se observa en el espejo y abre la boca: sus dientes están manchados de sangre que ya tiene un tono marrón, como si se hubiera enjuagado la boca con la misma. Se enjuaga velozmente, limpia todo y regresa a su cama como si así asegurara que no sucedió nada.