ECO UMBERTO

Supongamos por un momento, uno solo, que la lectura, el hecho de sentarse en la temida soledad, en el artilugio del escucharse a sí mismo, de descubrir los más recónditos pensamientos agazapados en los más abisales rincones de nuestro ser; supongamos que esto nos trae una utilidad práctica. Supongamos que el hecho de descifrar los signos aleatorios planteados en una cabeza particular que, tal vez, jamás tendremos la oportunidad de conocer físicamente; nos lleva a replantearnos totalmente lo que nos rodea, a dudar de nuestra existencia, de nuestro ser, de nosotros mismos. ¿Para qué hacer eso si podríamos ser un factor activo de la sociedad que genere el verdadero cambio? Y no, aunque duela: un libro no genera el cambio.

Un libro no es capaz de generar todas las bondades que nos podamos plantear a nosotros mismos o que alguien más tenga la oportunidad de plantearnos. Los libros, por sí mismos, no hacen nada. Un libro cerrado es como un auto sin llantas o un globo aerostático sin aire caliente que lo eleve. La funcionalidad de libro radica en cuanto es leído, en cuanto genera un intercambio de ideas con el lector. Esto porque el simple hecho de leer conlleva un debate tácito: el autor se comunica con nosotros por medio de las letras, y las letras son asimiladas para cambiar ideas, generar unas nuevas, o para contradecir las ya existentes. Es un proceso que lleva a cabo tanto el escritor al escribir, como el lector al leer. Como Márquez dijo: la de escribir, es la profesión más difícil, porque conforme más se practica, más compleja es; asimismo el acto de leer: entre más se lee, uno se da cuenta de que sabe menos.

Umberto Eco sostenía que la literatura no es capaz de generar verdad, tomando en cuenta el concepto ideal de verdad; pero es capaz de modificarla. Y en modificarla radica el debate de la lectura. Es interno, y por eso, más provechoso, pero más difícil. Un libro literario enseña, aunque no sea su finalidad. En palabras del hombre que lo sabe todo: “Esta presencia simultánea de un sentido literal y de un sentido moral está presente en toda la narrativa, incluso en la menos preocupada por la educación de los lectores.” Se me disculpará sonar como si Eco viviera, pues se nos ha ido; pero mentiría el que, al tomar uno de sus libros, no sintiera el basto peso de conocimiento en sus letras.

Es justo por esto que yo sostengo, y sigo haciéndolo, que los libros literarios no nos hacen mejores personas ni nos vuelven más inteligentes (tal y como Bloom lo señala); porque podremos leer, pero si no hay un intercambio interno, si no hay una revolución de pensamiento en nosotros; no es que el libro no lleve a cabo, por decir así, su función ideal, sino que el lector no es el ideal para ese libro. Todos los libros tienen un lector ideal, y por eso no debemos sentirnos mal al abandonar una lectura que no está siendo provechosa ni gozosa para uno: simplemente no es una lectura que estuviera dirigida a nosotros. Y está bien que busquemos nuestro ideal de literatura, está bien que rechacemos ciertos libros; lo que no es ideal es que rechacemos la lectura por la falsa imagen que tenemos de ella de ser un acto elitista, aburrido, problemático, y lo que usted haya escuchado alguna vez.

En mi búsqueda de mejora de lo que escribo, creo que he llegado a un punto culminante; claro que eso parece con cada texto último, porque conforme uno avanza va teniendo más experiencia y conocimiento literario; sin embargo, ha habido una constante en este último texto: es algo que se debe leer aunque no se quiera. Y van más de un par de personas que me plantean lo siguiente: ¿estamos preparados para eso?

Si yo tuviera que decir una de las principales características de la literatura sería la de la incomodidad. La literatura, los libros, no son cómodos, no deben de serlo: los libros vienen a contradecirnos, a golpearnos, a mostrarnos nuestro error, a plantearnos, como quien dice, sin pelos en la lengua, el error que cometemos, a embarrarnos nuestra equivocación, a hacernos sentir mal con nosotros mismos. Una lectura cómoda es de inicio, para adentrarse en la costumbre y hacer un hábito; una vez que alguien ha logrado leer sin interrupciones por horas, una vez que llegas a ese punto en que no ves letras sino vivencias, literalmente lo vives: es en ese momento cuando la lectura debe ser llevada al siguiente nivel, es cuando el replanteamiento interno debe darse lugar voluntariamente.

Este proceso de vivencia, en el que un arte es sentido, no es extraño per se. El hecho de llorar por una pintura o una pieza musical, el hecho de enojarse por una buena película o una buena obra de teatro es normal, humano, y es lo que nos vuelve personas. Jorge Volpi nos lo explica en “Leer la mente”, que a través de las neuronas espejo, nosotros vemos la ficción como una vivencia más, porque para nuestro cerebro no hay diferencia en sí. Como cuando soñamos: no sabemos que lo hacemos hasta que despertamos “Porque los mecanismos cerebrales por medio de los cuales nos acercamos a la realidad son básicamente idénticos a los que empleamos a la hora de crear o apreciar una ficción.”

Abusando de una falta de modestia, me cito: “No quieres, no te gusta, y todavía así dijiste que sí, porque eso es lo que hacen todos. En eso consiste, al parecer, la felicidad. Y todos queremos ser felices como los demás lucen serlo.”. Nadie encontraría conveniente llevar a cabo un acto que, por sí, nos lleve a la contradicción, a la incomodidad de ver la realidad como tal a través de la ficción. Así es siempre: el italiano Eco decía que una metáfora, interpretada literalmente, serían palabras vanas, sin sentido, vacías; pero me gustaría encontrar a alguien que no confronte lo que vive, literalmente, con una metáfora bien planteada, que no dude de su realidad, de su existencia, incluso de sí mismo. Si los demás no leen, nosotros tampoco, porque así somos felices, porque así no estamos en la incómoda posición de confrontar las cosas en su dolorosa realidad.

Así pues, leer es una pérdida de tiempo cuando los demás lucen felices en su distópica existencia, porque bajo ese mundo ellos son felices, y todos deberíamos serlo. La felicidad no consiste en un eterno estado de la vida, sino en un fugaz descubrimiento que, en sí, acarrea más complicaciones que dichas. Leer es una pérdida de tiempo cuando debemos abandonarnos al hedonismo irreal que conlleva falaces satisfacciones de toda índole. El principal objetivo de nosotros es el de encajar, y sólo encajamos aceptando, mas nunca preguntando, nunca sopesando, nunca imaginando algo diferente. Leer es una pérdida de tiempo cuando el ser humano debe perder su razón de ser en la razón aparente de ser de los demás. Leer es una pérdida de tiempo cuando descubrimos que las cosas pueden ser distintas pero que no lo serán, porque el cambio acarrea un sacrificio, y nadie quiere perder lo que tiene aunque sea el inicio de algo… ¿ficticio?