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–Entonces bajé a ver quién era, yo ya estaba bien asustado, no mames; y de repente mi papá sale de atrás y casi me cago, güey, neta, se me andaba asomando el topo. Como sea, eran mis jefes.

Sus amigos de la prepa ríen.

–No mames, güey –dice Rodrigo, su enorme amigo, entre risas.

–Mal pedo. ¿Y no te dio miedo?

–Pues un poco, pero yo estaba más nervioso pensando en que era un ratero o algo por el estilo, ni pensé en fantasmas; mucho menos en mis jefes –contesta sacando un poco de vida mezclada con humo y el sabor grotesco que le recuerda aquél sueño que tuvo.

–Eso te pasa por no invitarnos a festejar tu casa nueva.

–¡Cállate, pinche mono!

Le contesta a Mónica Salgado, para luego imitar los sonidos del mono, la onomatopeya.

– ¡Órale cabrón!

Cuando las risas ceden paso a bocanadas de humo de cigarro y expulsiones de salud, Rodrigo dice:

–Pero hay algo raro en tu historia, hermano. Dices que antes de bajar escuchaste a tus padres subir a su recámara, pero si tus padres no habían subido, porque lo hicieron después de ti; ¿de quién fueron los primeros pasos que escuchaste?…

Valeria está en la cocina preparando comida para su familia. Entra Sergio y le informa:

–Voy a checar los rosales de atrás, señora.

–Ándale, ve, ahorita te llamo para que vengas a comer con nosotros.

El jardinero sale sin contestar. Ella está en los últimos pasos de la preparación de salsa roja, justamente la acaba de licuar. Toma un recipiente circular de cristal y vierte el espeso líquido descuidadamente, pues un efímero chorro cae al suelo. No le da gran importancia. Va al refrigerador por papas, de un estante toma una tabla de madera y corta rebanadas uniformes. El sonido del cuchillo contra la tabla es hueco y repetitivo. Observa por segunda vez la mancha en el suelo, la penetra y estudia: sal, chile, clavo, especias y consomé. La trata de ignorar una vez más y regresa su mirada a la tabla. Termina la papa y ahora siente que la mancha de salsa es la que la observa a ella. La salsa está viva. En un impulso, Valeria toma una servilleta seca y limpia el suelo, y la tira a la bolsa de basura. No satisfecha, toma el trapo para limpiar la mesa y lo pasa tres, cuatro veces. Aún incómoda, va al cuarto de servicio, pone agua con cloro y limpia pisos en una cubeta, toma el trapeador y, cual guerrera en la batalla final, accede a trapear toda la cocina. Ya seco el suelo, por fin puede seguir con su alimento lleno de amor para su familia…

Por fin acaban las clases y llega a su parte favorita de los días de escuela: la hora de salida. Luego de un rato de bochorno en el camión, baja y camina hacia su destino. Desde su lado derecho, casi cual leona acechando, se levanta ese edificio blanco que parece pretender desprender inseguridad y malestar a cualquier ser vivo que transite cerca. Tal vez eso pasa porque al estar cerca de la locura, somos nosotros mismos en verdad, y eso nos hace temer: tememos a nuestro verdadero yo. Aunque, bueno, si Diego sobrepasó la muerte de gran parte de su familia, un simple edificio no debería ser gran problema. La construcción es blanca como la palidez del muerto, tiene, tal vez, una docena de pisos y muchas ventanas oscurecidas por las almas ambulantes de los pocos que lograron conservarlas. El aire se torna frío y seco cuando pasa por ahí, pues el edificio es más como un monstruo que busca más vidas para succionar; es un agujero sin fin un círculo vicioso per se. Por las paredes corren grietas que parecen serpientes constrictoras apretando y sacando el aire para que los que entren se vean mareados y atontados rápidamente. El edificio está aferrado al suelo, clavado en cruz. Hay, a un lado, confrontando al sol que se oculta en las tardes calurosas del centro mexicano; una cancha de básquetbol rodeada de rejas metálicas y a prueba de tontos. Arriba de las rejas hay un alambre de púas que desgarraría, no la piel, sino los huesos de cualquier despistado lo suficientemente imbécil como para tratar de saltar o sobrepasar esa estructura. Hay dos guarias fofos en la entrada y una recepcionista que nació con granos, y en la adolescencia, cuales rasgos secundarios, le salieron cejas fusionadas en una, una nariz de bodega y una boca que parece pico de ave de rapiña.

El gemelo de Germán, lejos de sentirse bien al pasar por ahí, siente casi como le baja la presión y sus calzones también. Caminar junto a ese edificio resulta un desafío personal pues la curiosidad da paso al morbo más bajo del hombre: ¿qué gratificación puede un ser humano obtener al ver a otro ser humano en condiciones precarias y que dudosamente podemos denominar vida? Pero así somos, porque incluso sabiendo que viendo, probando, saboreando a lo que de primera instancia parece negativo; vemos, probamos o saboreamos para luego arrepentirnos, casi disfrutando ese leve sufrimiento provocado, gozando el dolor, masoquistas, sádicamente nos torturamos. Pues bien, Pepito grillo hoy no está en el hombro izquierdo de Diego, más bien está cantando a la pepita de la grilla. Voltea él, el estudiante, casi divinalmente a una ventana, no cualquier ventana, sino la ventana, esa donde hay una silueta sin sombra, ni ojos ni nada: sólo contorno y cabeza. Sus miradas se cruzan y el sudor en el cuerpo del jovencito se vuelve hielo y nieve, el sol casi deja de brillar y un viento gélido sopla desde la puerta de entrada del chocho lugar. Siente la mirada penetrante pero vacía del ser que lo observa. Alguien choca con Diego, y con eso su alma regresa a calentar sus extremidades.

–¡Oh, perdón!… ¿Diego?

–¡Sergio!, perdón, no te vi.

–No te preocupes. ¿Vas llegando de la escuela?

–Sí, ¿y tú?

–Fui a comprar abono para el pasto y las plantas. Vamos a casa.

Retornan su camino.

–¿Qué tal la escuela?

–Bien, bien, creo. Estoy subiendo mis calificaciones pero me sigue siendo poco animoso el conseguir un certificado que vagamente me va a ayudar a tener una mejor chamba. Últimamente me da muchísima flojera ir.

–Sergio lanza una leve risotada.

–Sí, comprendo a qué te refieres, yo también fui a la escuela, ¿sabes?

–¿Fuiste? ¿Qué ya no vas?

–No.

–¿Y eso?

–Pues básicamente por la razón que tú acabas de decir.

–Comprendo… oye, creo que ayer me asustaron en La Casa.

Lanza una pequeña risa nerviosa.

–Escuché pasos y no eran mis papás.

–Bueno, pudo haber sido cualquier cosa, ¿no crees? La Casa no lo parece, pero es muy vieja, sonidos de todo tipo son normales.

–Eso sí.

–No te preocupes, yo llevo años yendo a ese lugar y nada raro he visto.

Eso, en un lugar de reconfortar, suena más a una extraña amenaza. Advertencia: no pasa nada, ¿entendido?

–¿Vas a venir a comer con nosotros?

–Sí, ahora voy.

El gemelo sin gemelo entra a su casa y lo primero que ve, a diferencia de lo que estaba acostumbrado a ver en su otra casa, es a su mamá trapeando y haciendo el quehacer.

–¿Trapeando de nuevo, madre?

–Sí –ríe nerviosamente–, ¿por qué?, ¿tiene algo de malo?

–No, no, para nada, es que últimamente he notado que haces más quehacer de lo normal.

–Bueno, es que es una casa grande y los muebles son antiguos; hay que cuidarlos para que no se desgasten. Además, quiero que todo se vea bonito para ustedes –contesta con una sonrisa sin dejar de hacer la limpieza del hogar.

–¿Te puedo ayudar en algo?

–¿Lo vas  a hacer bien?

Diego siente algo de agresividad en la respuesta-pregunta de su madre.

–Pues…

Es interrumpido.

–No, no me puedes ayudar. Ve a cambiarte porque vamos a comer.