8307e-1522153310-800

De pocas cosas yo me enorgullezco, a veces ni de mis propias novelas; sin embargo, sí de gusto en común que comparto con Eduardo Galeano: yo también quería jugar futbol como los grandes. Mi problema es que así como no tengo oreja, cuando juego futbol, parece que mis dos piernas se unen en la izquierda y esa no es mi fuerte. Abandoné a tiempo ese sueño, que también era el de mi respetable padre, de querer jugar futbol, aunque lo reemplacé por otro igual de imposible: escribir como los grandes. Claro que, me gustaría pensar, al igual que Galeano: lo que no pueda hacer en la cancha, lo haré en las letras.

Me decidí por este texto porque hace poco mi mejor amigo, que juega en un equipo de tercera división, me invitó a verlo a un partido de reservas. Y él sí que juega muy bien. Yo antes sí era fanático del futbol, me encantaba ver al Real Madrid y al Bayern Múnich, me tocó ver a Gerard, Lampard, Ronaldinho, Kaká, Schwansteiger, Mario Gómez, Rooney; a ellos en sus mejores momentos. Me hubiera encantado, cuando jugaban porque los videos ahí están, pero no es lo mismo; ver a Zico, Pelé, Maradona o Beckenbauer. Pero nadie me gustaba más que el francés Zinedine Zidane. Y ese sigue siendo mi favorito, aunque he perdido un poco el ritmo al juego: no sé muy bien quién juega en qué equipo, quién brilla más que quién, cuál es la siguiente fecha o competencia. Veo el mundial y a veces la Champions. Del futbol mexicano sé nada, ni quiero enterarme, para ser sincero.

No soy intelectual, y continuamente se me malinterpreta y se me dice que es porque leo mucho, que me creo no sé qué, que me siento no sé quién. Insisto: si de escritores hablamos, mi opinión hacia este deporte es más hacia Camus que hacia Borges. Obvio que como todo negocio, este no se encuentra libre de sus claroscuros; sin embargo, cuando mi amigo me invitó, me lancé a verlo, y me regresó un poco de esa emoción que sentía cuando era más joven.

Sin entrar en detalles, y es el recuerdo del futbol que nunca se me olvidará: cuando era niño y en la televisión, cuando la gente no se ofendía por cualquier estupidez; hacían el tan famoso grito “EEEHHHH PUUUT*” y yo no entendía qué decían, así que yo le pregunté a mi papá “Pá, ¿qué dicen cuando saca el portero?” Y él para proteger a su entonces retoño, me dijo “Le gritan burro, hijo”.

Creo que tiene que ver que cuando uno ve un partido en la tele no se da cuenta de los detalles. Ver un juego en vivo y en directo es toda una odisea, y lo recuerdo muy bien, esa vez que mi padre me llevó a ver a sus Águilas del América contra los Gallos Blancos de Querétaro. Perdieron sus Águilas un gol por cero y yo descubrí el goce de los partidos en el estadio.

En fin, que siempre están los gritos a garganta destrozada que incluso el mismísimo Johan Hegg envidiaría: ¡Urquiza! ¡Cabrera! ¡Chino! y mi amigo ¡Eh, chiqui! El partido fue en pasto sintético, ese que te quema si te barres, ese que no tiene piedad y no da respiros. Y quien tampoco da respiro es el equipo contrario, que aparte de tener que correr, patear, burlar, cuidarse del contrario y gritar a grito potente y pelado; también deben acatar las reglas del árbitro y aguantar los golpes del contrario. El verdadero esfuerzo se ve a ras de la cancha, se suda con los jugadores, la pasión en la tribuna se vive con la misma intensidad aunque con sus matices, y es que no pasa nada si le pegan al contrario y ¡Aguántese, a jugar”; pero que no toquen al que uno fue a ver porque ¡Eh, árbitro, esto no es futbol americano! Aunque de a ratos parezca rugby. Hay que recordar: a mi jugador no lo toques, al contrario mátalo… a goles.

El sonido es más envolvente que en el cine, y cada vez que patean el balón es una especie de implosión, una granada lanzada con mala leche, las barridas parecen el barritar de un elefante enfurecido, y no se diga de las respiraciones: hasta uno se cansa. Los rostros de los jugadores bien podrían pasar por estrategas definiendo su siguiente paso antes de lanzarse a la carga con carabina en mano, porque este puede ser un juego tanto de contacto como de distancia. Y ninguno es más o menos honorable que el otro. No se me meten las manos como antes, no; pero cuando mueven el balón bien pareciera que éste es parte de su cuerpo que enamoran y dominan a voluntad.

Y de eso tampoco nos olvidemos: ¿Al árbitro quién lo cuida? Que, al menos, los jugadores tienen quién los apoye, pero sobre los uniformados todos nos vamos. Que si no tocó esa falta, que si nos marcó algo que no era. Gracias, señor árbitro, usted parece dios, porque eso era un clarísimo fuera de lugar… ¡Pero qué idiota es usted señor árbitro, claro que ese no era, porque ese iba a ser gol nuestro! Señor de amarillo, usted debe estar loco para usar ese color y, sobre todo: por meterse a la boca del diablo tan voluntariamente y, a parte: demostrarlo con ese silbato. A usted todos lo odian, señor ángel caído en desgracia, usted tiene hasta más culpa que el portero, porque nos desquitamos con usted primero, y luego con nuestro compañero de juego, porque a él no le hubieran metido gol de no haber sido porque usted no marcó esa falta tan obvia hasta para un ciego.

¿Cómo carajos hacen los pases estratégicos? ¿Cómo carajos ponen la pelota justo ahí donde quieren? ¿Por qué sufrimos de la misma manera cuando nos acercamos a su portería como cuando se acercan a la nuestra? ¿Será que, muy dentro de nosotros, gozaremos con la infamia del contrario, y por eso también sufrimos cuando vamos a meter gol porque ellos van a cantar de dolor y nosotros de gozo?

Aquí gana el que mete goles, no el que juega más bonito, no el que posee el balón ni mucho menos el que todos creían que iba a ganar. No. ¿Qué serán? ¿Cuarenta, cuarenta y cinco metros? Dos jugadores a la barrera, no necesitamos más. Mi exalumno, que juega en el mismo equipo que mi amigo, se prepara. La portería está lejos, vámonos al área para el centro, para el rebote, para que el airecito divino, ese que exhala nuestra madre al apapacharnos; empuje la pelotita a la portería y así demos a luz a un gol. ¿Pase? No, hoy me luzco, compañeros. Tiro directo desde aquí, sí, desde aquí, de tan lejos.

Qué bello gol.

Y para terminar, ya aparte del partido al que fui; no olvidemos, además: hay quienes se imaginan cosas “chingonas”. ¿Han visto al equipo sub 17 femenil de México? Ellas, esas señoritas, no se imaginan las cosas más bonitas del futbol: Las llevan a cabo.