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Cual costumbre arraigada en las venas, como esos sacrificios aztecas; Diego tiene su propio y metódico rito cada vez que llega de la escuela: sube a su habitación, se quita la ropa con la que salió a la calle y se pone algo más cómodo, como un short y una playera vieja que no use en público. Las mejores garras las usa para la calle, no es necesario tanto estilo en La Casa. Su estómago, que resulta más como un tubo delgado gracias a su poco peso, ruge cual cachorro de leones que quieren sus gramitos de carne roja, sangrienta y cruda. Baja a su lugar en la mesa. Observa a su madre probando la comida para su amada familia, cerciorándose que la sazón sea la ideal como para denotar el amor que siente hacia su hijo y hacia su esposo. Observa también a Sergio, con su cabello enmarañado, su extraña palidez y su confiabilidad forzada.

Un leve portazo rompe el relativo silencio de La Casa: Esteban Carrasco ha llegado. Saluda a su mujer con un beso en la boca, recibe un beso en la mejilla de su hijo y da un fuerte apretón de manos a Sergio, quien por un momento baja la mirada.

Ya todos en sus respectivos lugares y con la mesa reluciente de limpia:

–¡Vaya!, mujer, no me había dado cuenta de lo limpio que está este lugar; casi podía reflejarme en la taza de baño.

Sonríen los presentes, y los que no, también.

–Gracias, amor. Me doy el tiempo para limpiar –contesta ella escondiendo sus manos que comienzan a verse maltratadas por los químicos que usa, líquidos que abrazan con todo excepto con la verdadera impureza del ser–. Supongo que la vez limpia porque estás contento.

–¿Y tú cómo sabes?

–Conozco lo suficiente a mi esposo como para saberlo.

–Pues acertaste, querida. Familia, les tengo una buena noticia que contarles –todos dejan sus cubiertos en sus respectivos platos para escuchar al hombre de La Casa hablar–: me promovieron, soy gerente de área de comunicación. Más responsabilidades, sí, pero también más paga.

Una oleada de viento cálido invade el lugar.

–¡Qué bien, papá! –contesta el menor.

–¡Felicidades, señor! –contesta el jardinero forzadamente.

–¡Esas son excelente noticias, mi amor! –Dice ella para luego plantarle un beso húmedo y picante en los labios. Siguen charlando hasta que sirven el guisado.

–¿Y cómo te ha ido en la escuela, hijo?

–Pues… bien.

–Para ser un escritor innato, dices muchas cosas. ¿Solamente bien?

–Pues si entras al sistema de una institución deficiente, es obvio que el menos bruto sobresalga un poco.

–Supongo que eso significa que eres el mejor –dice Sergio incluyéndose en la plática. Diego sonríe nerviosamente.

–No el mejor, pero tampoco son muy exigentes.

–Pues aprovecha, porque luego ya no tendrás tiempo para nada.

La sonrisa del más joven se desvanece como el agua se evapora por el calor de la sartén.

–Sí, ya me han dicho eso una innumerable cantidad de veces –contesta a su padre con un tono monótono y sin ningún interés; incluso con algo de malhumor.

–¿Y ya sabes qué quieres ser de grande? –pregunta el jardinero con un gran interés en su mirada casi maquiavélica.

–Pues me gustaría ser escritor, publicar libros y así, pero a como veo las cosas, no sé si sea lo mejor. No te podría decir con exactitud qué es lo que quiero ser.

–¿Y por qué ya no sabes? –pregunta su padre llevándose su vaso a la boca.

–Pues no sé, no creo tener el talento… digo yo. No me siento preparado ni nada por el estilo, le veo más talentos a otras personas antes que a mí mismo.

–¿Cómo a quién? –Pregunta su madre.

–Rodrigo, por ejemplo, mi amigo.

–El que toca piano, guitarra y demás… ¿no? –Supone ella.

–Sí, ese mero.

–Pues yo creo que con la suficiente preparación, cada quien es capaz de triunfar en sus respectivos ámbitos.

–Pues sí, es que mira… no sé. Por ejemplo, todos dicen que para poder ser grande debo conocer a muchos escritores; y eso es más que obvio, debo aprender de ellos para conocer estilos y demás características de lo que es la literatura; pero también creo que si alguien quiere triunfar en algo, lo que sea, debe ser un poquito original, o sea, crear su propio arte. Mas eso de crear tu propio arte, de crear por uno mismo, está realmente infravalorado, nadie lo intenta, todos quieren copiar a los demás como si eso diera la suficiente validez moral, ética y artística. Yo no quiero hacer lo que los demás ya hicieron, quiero hacer las cosas por mi cuenta; incluso, como algunos dicen, tomando en cuenta que la originalidad hoy en día no es más que contar lo que ya fue contado antes pero de manera distinta. Yo quisiera tratar de hacer un poco de la originalidad antigua.

–Eso se vale, la cosa es no quedarse en el camino –dice Sergio acabando de comer.

–Pues nosotros creemos en ti, hijo, sea lo que sea que necesites hacer o decidas hacer. Siempre contarás con nosotros.

“Al menos que seas puñetas, ahí te vas a pudrir solo” le faltó agregar a su padre.

–Gracias. –contesta su hijo observando el universo en su comida sin ninguna clase de emoción.