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La monotonía no se define por una serie de actos que se repiten en el tiempo de forma indefinida, sino en el pensamiento que se tiene al momento de llevar a cabo un acto. Tal vez si alguien le dijera eso al escritor frustrado, los días de la semana no serían tan aburridos. Aunque vale la pena mencionar que, como todo ser vivo, agradece cuando algo le cambia la monotonía de la vida que es mucho más peligrosa que cualquier otra cosa, pues esta causa la muerte de la imaginación. Claro que hay veces que preferiríamos morir de aburrimiento antes de que una acción casi premeditada nos cambie el paradigma de lo creemos conocer.

No lo ve venir, como la gota de sangre que cae sorpresiva, o cuando la saliva quiere ser parte de la plática también y solamente causa la burla de los compinches: el manicomio se burla, el edificio se burla en una sonrisa retorcidamente demoníaca y macabra, la palidez se acentúa con cada paso de acercamiento. Hace unos días, Diego recuerda la figura que proyectaba una mirada soez y ridiculizante. Instintivamente, morbosamente, el joven voltea a la misma ventana en busca de algo que lo forzará a arrepentirse: no hay nada. Recorre con los ojos el lugar hasta llegar al patio y en la reja que está a unos escasos metros de él, está un hombre tomado de la misma como si tratara de evitar una caída al abismo. Detiene su paso y observa al hombre, quien también lo observa a él. Ojeada morbosa una vez más, nos gusta sufrir, ver como llora, su cuerpo desnudo inimaginable, fumar y ver el humo salir, voyeristas de mierda. Aquél hombre es un voyerista de mierda porque Diego en realidad es alguien agradable de ver. Y así somos todos, alguien nos es bonito y no separamos los ojos cuales abejas sobre el invasor; sin embargo, el hombre no es para nada dulce: con su bata que es más como el vestido de la novia abandonada en el altar, su piel pulverizada por la falta de sol, pues ese hombre no ha salido al en años hasta que vio al hijo de Esteban y Valeria; su cabello seboso que se une a su barba mal recortada y canosa, su cuerpo tiembla por su propio peso, sus orejas han de estar llenas de cerilla, su nariz de moco; en su boca no hay saliva, solo gases lacrimógenos; y su mirada… su mirada: ojos grandes y apagados como la luna nueva, perforadores como el tractor que taladra la corteza cerebral del gemelo sin gemelo para leer todo lo que hay en su basta mente, ojos vacíos y poco coloridos como los de un ciego; ojos que le indican de alguna u otra manera que sabe qué le sucede, que sabe por lo que pasa. Con trabajos, el joven desvía su mirada y continúa su camino a casa…

Como ya es costumbre, Valeria se encuentra limpiando la vitrina que está en la sala de estar, al lado de la puerta. El cristal que ella limpia refleja directamente la entrada. Pasa el trapo húmedo una y otra vez como si el aire, al tener contacto con la superficie lisa, generara suciedad que le carcomerá el cerebro y a ella misma, a su familia, los violará la suciedad, comenzará la tercera guerra mundial. Eso y mucho más. La suciedad es mala, maldita, malviviente, malosa, malparida, malcriada, malévola, maleante… Por eso el trapo le ayuda, limpia a esa desgraciada. El trapeador la elimina del suelo. La escoba la hecha fuera de La Casa. El recogedor la lleva a su tumba. El jabón rompe sus filas. Un portazo interrumpe la tranquilidad de la limpieza. Por el reflejo ve a un niño escuálido, sangrando del rostro, desfigurado, llorando; asustada, ella voltea y dice:

–¡Dios mío! ¡Diego, me asustaste!… Ve a cambiarte, ahorita que llegue tu padre comemos.

Por momentos, el nombre de Germán raya su mente, y casi dice ese nombre, pero sería como escupir para arriba. Su hijo, sin ninguna clase de emoción o sentimiento, obedece cual autómata es ordenado a matar.

Valeria va entonces a la cocina por unos platos para comer, los toma de alguna de las repisas de madera barnizada y los coloca al lado de la estufa al mismo tiempo que escucha un segundo portazo. Va a la entrada y observa a Diego, quien está cerrando la puerta; se dirige a su madre y la besa en la mejilla. La nota extrañada y le pregunta:

–¿Estás bien?

–¿Qué no habías llegado hace rato?

–No… supongo…

Le contesta sonriendo.

–Bueno, ya, ve a cambiarte que vamos a comer. –Él obedece. Tratando de ignorar la situación, ella regresa a la cocina y los platos ya no están donde los había dejado. –¡Diego! ¿Tú quitaste los platos que dejé en la cocina?

–¡No, mamá!

Piensa ella que simplemente está distraída y que simplemente no puso los platos ahí. Revisa de nuevo en la repisa pero tampoco están en su lugar. Entrecierra los ojos, extrañada. Hay un tercer portazo.

–¡Amor, ya llegué! –Avisa Esteban dirigiéndose a la cocina. Observa a su esposa contemplando la repisa como si esta fuera un espejo en el cual no logra reflejarse. Le propina un beso en la boca para sacarla de su trance. La abraza y le susurra al oído–: Amor de mis amores, amor mío qué me hiciste, sabes que cuando yo llego de trabajar soy el que pone la mesa para comer.

Valeria se libra de Esteban como si fuera una camisa de fuerza que la aplasta para encerrarla para siempre, y corre al comedor que está conectado a la cocina por un marco sin puerta. Ahí está todo: mantel blanco reluciente, manteles individuales de colores bajo los platos, un vaso de cristal acompañando cada plato; cuchara, tenedor y cuchillo alineados como solo lo haría un perfeccionista empedernido, la servilleta debajo de los utensilios y una simetría definitivamente inhumana.

–¿Estás bien? –Le pregunta su esposo una vez más.

–Sí… sí, no sé por qué lo hice, a lo mejor estoy distraída por el cansancio, es todo –le contesta sin siquiera verlo a los ojos.