Vincent-Van-GoghEmpezaré este artículo con una experiencia que, tal vez, no parezca muy adecuada ni relacionada al tema principal; pero creo que es necesaria para dar una entrada. Una vez estaba en clase y pregunté a los alumnos qué profesiones pensaban ellos que podrían ser realizadas por robots o máquinas, porque la plática era sobre tecnologías y quería que usaran su imaginación; una de las profesiones mencionadas fue la de docente. Sin olvidar que no hay conversación que no tenga este ápice despectivo a la docencia, a menos que sea entre maestros que, de verdad, aman su vocación. Y, al menos en mi experiencia, justo esos que no consideran loable la profesión de la docencia, tienen una opinión parecida en torno al arte.

Tuve hace poco una conversación con un exalumno, que se tornó hacia lo social, lo político y sobre cuestiones del comportamiento humano. Cada uno defendiendo un punto de vista diferente: que necesitamos una revolución violenta para cambiar el destino que parece ya habernos alcanzado o que se puede llevar a cabo dicha revolución pausadamente. Hubo un común acuerdo entre los dos, sin embargo: el detrimento del arte está encabezado por la falta de interés al mismo. Obviamente, no hay cosa de la que se puedan hacer más bromas que de las personas que se quieren dedicar a crear, yo mismo hago las bromas, yo quiero ser escritor. Muertos de hambre, pobres, drogadictos, parias… no hablamos de los problemas de la sociedad: ese es el estereotipo del artista.

¿En la actualidad hay una crisis en torno al arte? Desde mi perspectiva poco informada sí la hay. Estamos en una sociedad, retomando por millonésima vez y no por última a Lipovetsky, en la que lo importante ya no es la producción de calidad, sino la monetaria. Claro que este ámbito no es reductible sólo al arte: solamente las cuestiones de producción tienen un auge impresionante. Es decir, la calidad se mide por qué tanto se pueda vender y por consiguiente, cuánto dinero produce. Es decir que el arte por el arte, como dijo una vez un viejo conocido, ese “filtro último del pensamiento humano” ya no es visto como meta, no es un objetivo a alcanzar. Solamente nos queda reducirnos a producir-nos, hacer-nos, comprar-nos y vender-nos.

Sin demeritar las profesiones, son aquellas las más respetadas las que tienen un efecto directo en la sociedad, uno que conlleve su producción de por medio (en apariencia, al menos). En primera instancia vienen las ingenierías, medicina, administraciones, tecnologías. Dejamos de lado la filosofía, las artes, las humanidades, las investigaciones sociales, psicología. Incluso aquellas que pueden mejorar a las ya dichas que son las más respetadas, por ejemplo socioterrioriales, quedan devaluadas a un simple “estudian eso porque no pueden hacer algo útil”. Resulta que el síndrome de Burnout se vale para aquellos trabajadores de oficina, el cansancio es extremo sólo para los médicos o los ingenieros que no duermen más que cuatro o cinco horas al día; pero un trabajador con depresión, uno forzado a hacer algo que en sí no es de su gusto, un empleado cuya visión del mundo es diferente no es aceptado para una incapacidad laboral. Si te rompes una pierna, bueno, el empleador tiene la responsabilidad de brindar apoyo a través de las instituciones correspondientes; pero si tienes depresión clínicamente diagnosticada, solamente te estás tirando al drama.

Otra cuestión en la que mi exalumno y yo llegamos a común acuerdo es que vivimos en una época de un individualismo exacerbado. El ser humano está perdiendo justamente eso que lo hace hombre, que es la socialización. Es decir que toda esta faramalla de la popularidad, el conocer, el ver, el saber de alguien; ya se ha reducido a interacciones en redes sociales y en qué tan buen emprendedor eres, en qué tanta gente comparte y ve tus videos. Las conversaciones, el intercambio de ideas, se reduce a confirmar que todos estamos bien cuando, en realidad, no podemos expresarnos. Nuestra tolerancia se ha reducido a cero, ya no profundizamos en los problemas ajenos porque estamos sobrepasados por los nuestros propios. Preocuparnos por alguien más resulta en doble ajetreo, en doble cansancio porque, de entrada, sabemos que nadie más se preocupará por nosotros.

No es una solución lo que aquí traigo, pero sí una propuesta de cambio: Hay que impulsar el pensamiento creativo que, en sí, conlleva el crítico entre las patas. El arte es justamente lo que lleva la individualidad dirigida a la comunidad. El arte, a pesar de llevarse a cabo en soledad, no significa aislamiento: es la búsqueda de la comprensión del comportamiento humano para así encontrar su punto de inflexión y elevarlo hacia lo propositivo. Sería ridículo privar, por ejemplo, al futbolista de un balón, al doctor de sus instrumentos de corte, o al dentista de los dientes. La filosofía está en la base de todo: es la piedra angular, y es justamente de la que nos privamos. Hemos perdido la piedra angular, y el arte sería un buen método para reencontrarla. Creemos que la filosofía radica en hablar, hablar y nada hacer; pero si así fuera, nada de lo que conocemos como ciencia, arte, política, sociedad humana; nada de eso existiría per se.

El arte es un camino para la felicidad y la comprensión, necesitamos al arte tanto como comer o tomar agua. El desprecio que se le tiene, que se le guarda, es directamente proporcional al desprecio a nosotros mismos. Ya no hay contemplación de las cosas, la vida se ha reducido a una pantalla, y de terror esto resulta, que hace miles de años un filósofo griego ya lo había planteado. Vivimos en una cueva, todo es oscuro y lo que tenemos al frente, esa pobre impresión de la vida es suficiente para nosotros porque, al estarnos concentrando en ello, no vemos lo que hay atrás. El arte conlleva el cuestionamiento, el arte es el ¿por qué?, ¿para qué?, ¿cómo? Ya somos pasivos, necesitamos todo peladito y a la boca. El arte conlleva trabajo, conlleva esfuerzo, conlleva análisis. Sí, el arte sería una buena guía para poder comenzar a solucionar los problemas a los que nos enfrentamos. Nos da nuestro lugar y nuestra recompensa: ser humanos. Ya no lo somos, somos fuerza de trabajo. Necesitamos retomar lo que nos hace hombres. Obvio es que no necesitamos al arte hoy en día; nadie nos necesita, ni siquiera uno mismo es necesario para sí. No es que la situación vaya a empeorar, es que lo peor ya nos alcanzó, y se llama vida diaria.