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Hoy es un buen día… para darse un tiro y matarse a la verga. Al menos eso es lo que piensa el jovencito Diego sentado en la sala. Se siente de mal humor, no tiene idea de por qué, pero las cosas son así. Solo espera a la siguiente persona para mentarle la madre y así liberar un poco de su extraño coraje.

Ahí está sentado, con su camisa a cuadros rojos y azules, su pantalón de mezclilla y sus botas negras. Su cabello está sudado pues acaba de quitarse su sombrero y, por ahora, trata de relajarse viendo la televisión. Nada más hace eso: ve la caja idiotizadora sin hacerle daño a nadie. Extraño color el de la sala el día de hoy, las fundas de los sillones, ¿a qué clase de loco malnacido se le ocurre revestir de ese color elementos de uso común? Blancas como la pureza de nuestro señor salvador; eso dicen, aunque Diego no se siente muy creyente por el momento. No lo siente venir, la tranquilidad se mancha de rojo: algo recorre con velocidad de la gravedad por su fosa nasal. Con reflejos de gato, que resultan los de uno muerto, trata de atrapar la gota con su mano, pero el sillón sí se mancha de su propia viveza. Corre al baño a enjuagarse y escucha pasos dirigirse a la sala, seguramente su madre.

–¿Qué pasó aquí? –pregunta en una tormenta de gritos exasperados, más loca de lo normal. Es un accidente, pero ella no lo comprenderá, desde hace tiempo la limpieza es su adicción, no es capaz de comprender razones.

–¡Maldita sea, Diego!

Los pasos ahora se dirigen al baño. El enojo se huele en el aire, el agua con la que se enjuaga ahora es espesa y tiene un sabor ferroso, grotescamente pesado. Es sangre. Ella lo toma del cabello, por la nuca, lo levanta y él se puede reflejar al espejo: no es él mismo, es Sergio. Su rostro está manchado de con sangre y ella no es ella, es otra mujer con gran parecido a Valeria.

–¡Te he dicho!

Azota con fuerza sobrehumana su rostro contra el grifo en un sonido campaneante y ensordecedor. Una oleada de presión y dolor recorre cada neurona de su cerebro.

–¡Ten cuidado, cabrón!

Lo jala hacia arriba de nuevo y lo azota en una lluvia de sangre, una sinfonía de huesos rotos y notas que no son. Le punza la cabeza y sus ojos casi explotan. Lo levanta una tercera vez:

–¡No ensucies mi casa!

Pero esta vez Diego sí se ve a sí mismo en su reflejo, y la mujer resulta ser Valeria, su propia madre lo ataca. Lo rompe contra el grifo una tercera vez en una oda a la locura.

Diego despierta sobresaltado y sudando como puerco. El frío parece penetrar por cada folículo piloso de su cuerpo y hacer que el bello y cabello crezca hacia dentro en pequeñas agujas de hielo. Su rostro está pegajoso. Corre al baño y enciende la luz y en el espejo puede ver: sangre coagulada y cual costra aferrada a su tersa piel. Con el corazón latiéndole en la garganta se enjuaga. No está sangrando, pero tampoco parece imaginaria. Comienza a crecer un extraño coraje en su interior hacia su madre, como si ella en realidad hubiera tratado de matarlo. El hígado de Diego se hace de papel y él lo vuelve bolita para lanzarlo a la basura en un enceste de basquetbol de la fregada. Se siente tan enojado como podría sentirse un adolescente castrado por la vida. ¿Y cuál es la razón? La Puta Casa. ¿Por qué? Porque sí. ¿Son necesarias las razones cuando estamos enojados? Para qué, si nuestra mente maquina para encontrar razones ciertas e inciertas sobre la bilis que producimos. El enojo se alimenta del mismo enojo, no necesitamos una razón por la cual cagarnos en la vida, es algo que es, simplemente es, en contra de cualquier filosofía de la razón. ¿Por qué está enojado Dieguito? Porque sí, chingao, qué más razón quieres. Se seca con la toalla de mierda y regresa a dormir.

Su alarma suena y, como es costumbre, debe levantarse a realizar su rutina odiosa antes de ir a la escuela. Al ver a su madre su estómago se contrae, no en un pujido de descargar, sino en un montón de cucarachas cosquilleantes pues, si al enamorarnos sentimos mariposas, y bajo el supuesto de que el odio es el contrario al amor; ¿por qué no sentir algún animal rastrero y desagradable? Cucarachas, ratas, una viscosa y verde oruga. Usted ponga el animal o insecto que quiera sentir al odiar. Pero no es odio, él no puede odiar a su madre, a lo mejor siente coraje, y en vez de ser cucarachas las que siente, son pequeñas arañas voladoras.

La monotonía de su rutina es causada por su mente, por una serie de pensamientos repetitivos e imposibles de evitar. Después de desayunar y peinarse, lavarse la boca y la cara; sale a la parada del camión pues esta vez su padre no podrá llevarlo ya que tiene una junta de trabajo muy temprano. ¿Que no me puedes llevar? Pues al carajo. La travesía del transporte público comienza: saca la credencial para pagar menos y el conductor le regresa el cambio groseramente. Vaya insecto, si no quería conducir camiones hubiera estudiado. Aunque claro, no siempre es así. Baja entre empujones y manoseos sin intención de serlo. En la entrada de la escuela le piden su credencial y él la muestra sin detener su paso o saludar cortésmente al guardia como generalmente lo haría. “Espacio libre de humo de tabaco”, pero de humo de marihuana, tachas, alcohol, de meter la lengua en boca ajena, de faltar a clases, de no jalar la palanca del escusado y muchas otras cosas más; no somos libres.

Como siempre, es de los primeros en llegar a su salón, aunque los maestros nunca llegan temprano. Deja caer su mochila ruidosamente, lo cual llama la atención de algunos de sus compañeros que estaban hablando sobre series de animé y sobre quién es más virgen. Un rato después, con la cabeza entre los brazos y tratando de dormir, siente unas palmadas en la espalda, así como una voz que resuena en todo el salón y lo hace vibrar cual juguete sexual.

–¿Qué pedo, Diego?

Es su amigo-hermano mayor. Algo así. Se levanta, ve borroso por unos instantes.

–¿Qué pedo? –contesta desanimadamente.

–Vamos afuera, locochón.

Salen del salón a un día nublado y algo frío, con un extraño ánimo de lluvia.

–Perfecto para un cigarrito, ¿quieres uno?

–Hoy es lo mejor.

Lo toma de la cajetilla ajena, su amigo acerca el encendedor con fuego y Diego jala aire, mama de ese pezón sin leche; el mal sabor lo invade, su piel se eriza y una relajación automática invade su muerte y cerebro.

–Hoy no te vez muy bien, mi buen, ¿sucede algo? –Pregunta su amigo. Diego duda en si debería contarle sobre sus sueños o las cosas que ha visto y sentido en La Casa.

–No sé, güey, es que son cosas bien locas.

El alto ríe estruendosamente.

–Estás hablando conmigo, ¿qué puede haber más loco que yo? Nada, ¡Nada! –dice con una sonrisa en el rostro; se nota más animado de lo normal.

–Bueno, está bien, te contaré. ¿Recuerdas que te había platicado de Sergio, el jardinero?

–Sí, me acuerdo, tu novio –bromea Rodrigo. Ambos ríen.

–Bueno pues… soñé que era él.

–¿Qué soñaste? –Le pregunta al hijo de Valeria, cambiando el gesto de su rostro burlón a uno de seriedad e incomprensión.

–Primero que… pero si te burlas ya no te sigo contando; primero soñé que estaba con una mujer mayor que yo y yo no era yo, era Sergio, ¿sabes? E íbamos a hacer… hicimos… ¡Puta madre! Cogimos, güey, hicimos el amor, ¡ya!, sin rodeos. Eso soñé hace una semana, más o menos. Ayer soñé que una mujer rara me atacaba, no la conozco, y al principio no era yo, era Sergio, pero luego yo ya era yo mismo y quien me atacaba era mi madre.

–O sea que al principio eras tu jardinero, pero luego eras tú y te atacaba tu mamá.

–Simón.

–¿Cómo es tu relación con él?

Piensa, jala aire, frunce el ceño; sus mejillas se adormecen, hay una extraña debilidad en brazos y piernas, el mundo se mueve como si estuviera ligeramente tomado.

–Podría decir que de amigos, nada más, aunque casi no lo conozco y no quisiera llamarlo amigo… es que hay algo, siento que hay algo.

–¿Como una conexión?

–Algo así.

–Mira, yo no sé gran cosa, pero dijiste que La Casa estaba amueblada ya cuando llegaron ustedes y que decidieron quedarse con todo pues ya venía incluido. A lo que voy es que la gente impregna, por así decirlo, de energía los elementos materiales con los que vive, les da su esencia, es por eso que las casas huelen diferente una a la otra, por eso que todos olemos diferente. De alguna forma nosotros, como seres humanos, sentimos esas energías y demás situaciones; tú, por ejemplo, lo haces a través de los sueños.

–Pero son cosas raras, o sea, tener relaciones siendo otra persona y que te mate tu madre… ¡Qué pedo! –Insiste Diego luego de expulsar humo por la nariz.

–O sea, sí, a lo mejor lo que habría de hacerse es ver lo que en esa casa sucedió antes… dime, desde que estás ahí, ¿algo ha cambiado en tu vida?

–Pues sí… mis calificaciones han subido, me siento con mucha más energía, escribo de nuevo… hago todo con mayor facilidad; pero eso sí: siempre estoy de malas, todo el tiempo malhumorado, molesto.

Su amigo se queda en silencio un momento.

–Pues ni qué decirte, amigo, tal vez eres más susceptible a las energías que puedan estar ahí. Supongo yo que algo malo sucedió en La Casa, sea lo que sea. A lo mejor es cuestión de que te acostumbres, a fin de cuentas, te acabas de cambiar. Además, son sueños, no hay que enajenarnos por eso.

–Pues espero que sea algo pasajero, carnal –contesta. Rodrigo expulsa una gran bocanada de cánceres, minutos de vida, gases de judíos y demás venenos cruentos.