Esta es una amable colaboración de Marco Gutiérrez. Espero sea de tan de su agrado como lo fue para mí. Sigamos haciendo literatura.

Con gente venida de varios rumbos, el pueblo se formó desde hace varios años; se asentaron en un hondo, pero pronto fueron apareciendo en la pequeña ladera, sin orden, casas y muchas veredas cortas que llevan para todos lados. Un tiempo todo fue normal, si acaso, las mujeres superaban en dos o tres al número de hombres. Un día murió el primero, luego, fueron cayendo uno tras otro; no tenían modo de evitarlo. La región estaba cundida de víboras. Hasta que Francisca empezó a curar con el reptil, que fue cuando empezaron a capturarlas y a vivir de comerciarlas, es que pararon las muertes por mordedura, cuando quedaban muy pocos varones. En un principio era un pueblo sin nombre, pues no se ponían de acuerdo, pero luego, pensando en honrar la laguna que tienen tierras abajo, acordaron por unanimidad que se llamara, “el Bergantín”.

Cuando llegó ya había muerto, hasta ya lo habían enterrado. En el patio, Francisca lo ve venir, está segura que es él; deja la mazorca que está desgranando, cierra las piernas y abandona la butaca. Antes de salir, con una vasija pasa a recoger agua de la palangana, y se lava los pies. Al verla, “la República” que dormita va tras ella. Todavía ajustándose el mandil, sale a la puerta, justo cuando el tipo joven parece confundido buscando algo. A su lado la perra agita el rabo.

–Es su vivo retrato, hasta la barba.

Al verla, el tipo baja el bolsón y saluda; ella lo llama con señas; que se acerque. Alerta, la perra para las orejas, luego, al ver el humo del cohete que explota lejos, a buena distancia, sale corriendo a buen paso buscando el lugar. Pensando que el fuereño quiere saber, le dice, alargando el brazo.

–Es el casorio de Pepe Luis, se va los tres días que dura la fiesta.

Los dos voltean a ver que “la República” ya va remontando la veredita todo hacia arriba. Luego dispuesta a averiguar, intenta hablarle, pero no puede porque un hombre ya viejo, con paso lento y gritándole, pasa por ahí con una ensarta de tilapias

–¡Paquita, allá abajo viene Francisco José, trai una!

El viejo se detiene. Con esfuerzo trata de identificar al extraño; lo mira de arriba abajo, pero ya no habla; siguiendo su camino otra vez. Antes de volver nuevamente con el forastero, Francisca se fija en el asno que viene por la pendiente, viene bajando con un tercio de leña a cada lado, azuzado por Paco Lucero, “el mil amores”. Arriba, sobre el camino que se mete hasta el último poblado de la región, la camioneta de pasaje hace sonar la sirena para que sepan que ahí va, solo que ahora no hay nadie esperándola. Confiada en que no habrá otra distracción, quiere asegurarse si es, quien ella cree que es.

–Manu dejó dicho que vendrías…

Iba a seguir hablando, pero por la parte de atrás, en el corral, Francisco José le grita alzando una morraleta, que está asegurada con bejuco por la boca

–¡Paquita, traigo una!

Olvidándose del recién llegado, de Manu el hijo del finado, de repente, ya está cerca del tal Francisco; lo primero que hace es arrebatarle el morral, como si tratara de que no se le fueran adelantar, porque luego se le ve tranquila. Aprovecha el momento para decir a Francisco José.

–Ya llegó.

Este, sin saber de qué se trata, la queda viendo, sin contestarle, con señas de estar confundido. Por lo que ella insiste.

–El hijo de Manu.

Francisco se despoja del sombrero raído y espía a su alrededor, tratando de localizar al hombre. Atenta, viéndolo que desde donde se encuentran no podrá observarlo, Paquita le dice.

–Allá, del otro lado, en la puerta; digo que es él, porque trae la barba resurada igual que él.

–¿Estás segura?

Responde Francisco.

–No váyamos a entregar todo a otro que no es, hay que precaver.

Paquita insiste diciéndole.

–¿Recuerdas cómo le quedaba la cara a Manu después de resurarse?, igualito la lleva este.

–¿Sí?, no vaya a ser que la historia se repita, porque también la María Mar sacó bastante de la María.

Responde nuevamente Francisco.

Ni cuenta se dieron que José María ya estaba cerca, si no es porque dice.

–A lo lejos pensé que era el sevillano, el fachoso que está pegado a la puerta.

Estira los labios enseñando el sitio del que habla.

–Que hasta un entumecimiento de las canillas me dio.

En un principio se asustaron, pero viendo que era él, inmediatamente recobraron la tranquilidad. José se voltea para mostrarles la parte baja de la espalda, luego, quejándose, se quiebra hacia atrás y entre quejumbros les dice.

–Tengo un dolor en la rabadilla, que por ratos siento que se me sube por todo el espinazo.

La mujer le pide que regrese y entre por la puerta que da a la calle, porque es claro que llegó buscando cura. Por su parte Francisco José, se retira; hostigado por el calor, camino a su casa va desabrochando su chaqueta de trabajo. Cuando ella entró a la casa, ellos, José María y el hijo de Manu, sin hablarse, ya estaban sentados frente a frente. Inmediatamente, ordena al paciente.

–¡Pepe, afloja la faja y te pones boca abajo!

Mientras ella unta en sus manos crema de un frasco, pregunta al recién llegado.

–¿Entonces, muchacho?, no has dicho tu apelativo.

Entretanto en el planchón, atento, José espera las manos que habrán de aliviarlo.

–¿Qué te trae por acá?

Dice Francisca, interrogándolo otra vez.

José se mueve tratando de lograr la mejor posición para oír, en el momento en que el muchacho responde.

–Manuel Rodríguez, así me llamo; me llegó la noticia de mi padre enfermo, por eso estoy aquí para auxiliarlo.

A lo lejos, las explosiones por el casorio siguen.

–Si eres quien creo que eres, llegaste tarde.

Dice la curandera, aplicando toda su fuerza sobre el cuerpo de José, a quien le informa:

–Es enfriamiento de hueso lo que tienes.

Y va siguiendo toda la columna hasta abajo. Estilando sudor por la nariz y acezando, aprieta con ahínco el entramado de huesos; al mismo tiempo que aprieta, le habla al hijo del finado Manu.

–Ya hasta lo enterramos. Esperamos los tres días.

El muchacho no dio señales de aflicción, más bien se le notaba aburrimiento, como que estaba urgido por irse. Ante su silencio, Francisca suspende un momento la trallada al enfermo y antes de volver, voltea a verlo, a Manu, y le dice.

–Cualquier hijo de dios puede ponerse Manuel Rodríguez, pero no cualquiera se parece a Manu.

Y vuelve a colocar las palmas de las manos en el entramado de huesos; luego deja ir el cuerpo, aumentado la presión; José María deja escapar un quejido, como si le hubieran metido un puñal en el hígado, por lo que ella le dice.

–Parieras un hijo Joseíto, ahí si vieras lo que es dolor; soflamero eres.

Pero el hombre sigue quejándose sin hacerle el mínimo caso

–Si es que quieres saber, tendrás que esperar a que termine con este gañán.

Le dice al huérfano, hablando de José, que está tendido en el planchón boca abajo.

–De una vez te adelanto que feneció de tristeza.

Sin atenderla sentado en la butaca, sin ninguna emoción, Manuel Rodríguez decide cerrar los ojos. Pero pronto vuelve abrirlos, cuando María Mar, entra hablando asustada.

–¡Me acaban de informar que lo vieron. Seguro es su espíritu que todavía no se va, que ronda!

Llega hasta donde Francisca insiste en sacar la frialdad de los huesos; que para lograrlo, ha puesto en la rabadilla del paciente, la palma de la mano untada de una crema, luego extiende el otro brazo, abriendo y cerrando la mano, según porque así saldrá el frío; ordena a José que diga con toda su fe, “vas a salir”, después de lo que ella hable.

–¡Por la fuerza del calor, vas a salir!

Dice ella.

–¡Vas a salir!

Contesta José.

Atrás, en la butaca, el hijo del difunto, se ha interesado en la muchacha; de pronto, al verla, siente que una sangre nueva empieza a regarse por todo su cuerpo, desplazando a la otra, vieja y sucia

–¡Por la fuerza del calor, vas a salir!

Vuelve a decir la sobandera.

–¡Vas a salir!

Contesta otra vez José.

María Mar, con respeto, camina hacia atrás, para no entorpecer la labor, pero entonces decide, mejor ir hacia el rincón en penumbras, al voltearse para dar el primer paso, la silueta borrascosa del fondo la inmoviliza; incapaz de cualquier cosa, solo siente miedo y soledad; cuando ve que la silueta se pone de pie, quiere gritar pero no puede; finalmente suelta un grito que aterra.

–¡El alma!

El grito es aterrador pero al mismo tiempo compasivo. Manuel sale a la claridad; mientras José María termina de ajustarse el pantalón, Francisca llega a donde María parece haber pasado del miedo a la sorpresa

–Este es Manuel Rodríguez, sucesor de Manu.

Le dice Francisca.

Progresivamente mirándolos a todos la muchacha responde.

–¡Es que es el mismísimo Manu!

Y después, se acerca un poco más a Manuel; por un costado. Desde ahí, mira con minuciosidad la cara ensombrecida por la huella de la barba cortada recientemente.

Repentinamente, sin decir nada, Francisca los deja y se va. Va saliendo al patio. Desde el planchón de pino blanco curado con aceite quemado, José María la sigue. Camina hablando y, cerrando y abriendo las manos. María Mar parece dudar entre que va o quedarse donde está; y se queda. El otro, talvez como se sabe venido de otro lado, no se mueve; solo la ve irse. Detrás de Francisca, José María se detiene a un paso de la palangana; coloca una mano en su cintura y con cuidado, con quejidos de dolor, va doblándose tratando de recoger la morraleta. En eso ve que Francisca ya viene otra vez para adentro. Cuando ella pasa, él le pregunta.

–¿La dejo lista o nomas muerta?

Sin contestarle, como si no lo hubiera escuchado, Francisca pasa sin verlo. Solo cuando la distancia es suficiente entre ella y él, es que, de espaldas le responde.

–¡Solo mátala. Me la traes!

Francisca sigue caminando y pasa de la claridad del patio a las sombras de la casa. Al pasar cerca de Manuel, dentro de la vivienda, arrastra una silla hasta el centro, donde está parada María Mar. Sin sentarse todavía, dice:

–Bueno muchacho, acércate.

María hace el intento de irse, pero es detenida en el acto por Francisca, que le ordena.

–Tráete la butaca.

Con la vista puesta en María Mar que va por la silla, Francisca le dice a Manuel.

–Aunque tu padre dijo que vendrías, a mí no me convence tu apariencia de indiferencia.

–Mi madre falleció hace años, y apenas conocí a mi papá, se fue siendo yo un niño.

Dice Manuel. De pie.

Un grito venido de fuera, de la calle, pone en alerta a María, que sale corriendo. Inmediatamente Francisca empuja con una mano, metiéndose el vestido entre las piernas; a modo de que mas allá, no se le vea nada, al atravesar después una pierna sobre la butaca. De pie frente a ella, Manuel sigue escuchándola.

–Aquí llegó siguiendo a María, la mamá de ella.

Señalando a María Mar, que va vertiginosa en busca de su hijo Diego. Y sigue contándole a Manuel la historia de Manu.

–Y por más que hubo confianza, nunca contó de su pasado.

Mira hacia el patio. Toma una mecha del pelo que cuelga sobre su mejilla y la sube por encima de su oreja. Coloca entre sus labios el collar conformado de pelotillas de plástico duro. Y luego su boca se cierra y los labios se aprietan sobre las pelotillas. Reaccionando, luego deja caer el collar sobre su pecho y a continuación dice.

–Aunque la abandonó, María nunca dejo de querer al papá de María Mar; Manu se conformó con verla.

Con una víbora colgándole de la mano, José se ha hecho presente; con prudencia espera un poco antes de intervenir, diciéndole.

–Paquita aquí la tienes.

Luego sale a desgranar las mazorcas, arrastrando el costal hacia un sitio que le permite escuchar lo que se diga; en la entrada del patio. El día está nublado, tal vez haya lluvia.

Francisca vuelve a meter el vestido entre sus piernas, y baja la que tiene atravesada en la butaca; luego empuja el filo del cuchillo por todo el vientre del animal, sin tocar la cabeza; al abrirse la carne, empieza a desollarla, jalando la piel con el cuchillo adentro, entre el cuero y la carne. En lo que maniobra sobre el cuerpo alargado de la culebra, jalando y metiendo el filo, dice.

–Pobre el José, no agarra juicio; no tiene descanso, siempre husmeando el chisme. Siquiera que le redituara en plata.

En la entrada del patio, casi en la puerta, con el costal de mazorcas a un lado, José aparenta que tiene fijo el pensamiento en lo que hace. Pero un grito, el de Francisca, lo obliga a presentarse delante de ella. Camina como si uno de los dos cojones se le hubiera metido hacia arriba, quedando solo uno en el escroto. Llegando, dice, con mansedumbre.

–Paquita, aquí estoy. Algo jodido pero aquí estoy.

Desde su asiento, sin verlo, Francisca le da la piel; vuelve sus manos para recoger la carne y al ver el cuchillo, también lo recoge y se los entrega. Y después le ordena:

–¡Cuélgala en el patio, dentro de una bolsa de plástico, que se oree!

Así como llegó, como si solo un cojón llevara en el escroto y un dolor que no sabe si empieza en la vejiga o ahí termina, así se va; rumiando. Sin la pierna sobre la butaca y sin nada en las manos, Francisca sigue contándole a Manuel, de la vida de Manu en el Bergantín.

–Así vivió tu papa te decía, hasta aquel día; María empezó con un mal desconocido, cada día peor hasta que falleció; nunca sintió dolor-

Pidiendo algo, un niño aparece en la puerta de la calle, atrás de él, María Mar pasa a despedirse de Francisca; ahora el niño, cuando se van, queda detrás, insistiendo en lo suyo.

–Es Diego, hijo de María Mar y Pepe Luis, el del casorio.

Le dice al muchacho, y sigue contándole con una especie de cariño.

–Se volvió solitario, sin alegría; fue cuando dijo al aire, que extrañaba Sevilla.

Manuel la escucha interesado, pero también siente curiosidad por la víbora

–Yo hubiera deseado que mi difunto marido, me quisiera así, ¡ni un hijo me pudo hacer el mantenido!

De pronto se escucha por el lado del corral, la batalla entre perros que ladran embravecidos por la hembra; cumpliendo la orden, José logra alejar la manada con chorros de agua enjabonada.

–Hay hombres que valen la pena, poquitos pero hay, solo que, somos tantas que no alcanzan.

Después se queda callada, como si los recuerdos fueran buenos y le dieran paz. Ahora que ella no habla, Manuel se da cuenta del silencio que abarca toda la casa; al quedarse inmóvil, no escucha ningún sonido que venga de más allá; todo el Bergantín está en silencio; procurando no interrumpir el vacío, mira que una hoja solitaria colgada de una rama, se debate al recibir el impacto del viento. Como si de pronto recordara que está con él, Francisca reacciona, tiene movimiento. Cuando voltea para seguir contando la historia, se encuentra con los ojos de Manuel y se nota que algo sintió, porque cuando habla, esconde la mirada.

–Después que dijo eso, ya no fue el mismo, casi no comía, andaba errante en todas esas vereditas que viste cuando llegaste, sin hablar.

Un hombre aparece de pronto en la puerta. Cuando la señora se da cuenta, sale a atenderlo. El vestido no muy largo de Francisca, deja ver, que tiene las piernas largas y delgadas, de pantorrillas tenues, pero macizas; las piernas además de bonitas, se ven sanas.

–Es Paco Lucero que vino por su caldo, acompáñame vamos al fogón.

A los diecisiete años, Manu preñó a la madre de Manuel, por lo que Francisca cuando mucho, le llevará catorce años; al pasar junto a José María, ella se detiene para ver dentro del costal.

–Con eso es más que suficiente, te espero entrando la noche para la segunda sesión.

Al pasar Manuel, sus miradas se encuentran; el hombre es mayor que Francisca pero se le ve brioso, sin el dolor de antes. Manuel sigue adelante, atrás de la mujer que ya va entrando a la cocina; siguiendo un impulso voltea, solo para encontrarse con la ira contenida del hombre, que amarra el costal para irse. Llega en el momento en que Francisca aviva el fuego a punta de soplidos.

–Vi como mirabas a María Mar, pero ella vive y muere por Pepe Luis, aunque se esté matrimoniando con otra.

Una vez que ve que es suficiente, coloca la olla. Recargado en el trastero, Manuel la observa tantear el caldo.

–Es caldo de víbora, muy bueno para el azúcar y el enfriamiento de hueso.

Le pide que esté atento, mientras ella va por granos de maíz; regresa llamando con pequeños sonidos a las aves, que se alborotan en el gallinero.

Atento al cocimiento, introduce el cucharon de madera. Al girar la cuchara el impacto de los trozos de carne le provoca escalofríos y una especie de erizamiento; el vapor impregnado de grasa que se desplaza hacia él, a través del aire, le produce náuseas y un dolor en la nuca; un sudor frío lo empapa, sintiendo que se le va el color. Ante la evidencia de vaguedo, a punto de caer, como de milagro, llega Francisca que lo toma por detrás. Sin importar su estado, Manuel siente en la espalda las curvas de su cuerpo y un halo húmedo en el oído.

–Voy a llevarte a mi cama, sirve que ahí platicamos, luego que el caldo llegue a su punto.

Quita llave, porque su cuarto siempre se halla cerrado.

A las dos de la tarde sale de su dormitorio; de inmediato entra a la cocina, donde el caldo mantiene su calor, gracias al fuego que después, al retirar los leños ha ido perdiendo intensidad; hasta quedar convertido en un puñado de carbón, entre un cumulo de ceniza.

Al hombre que ha entrado, de golpe se le nota que trata de llamar la atención; lleva los botines muy bien lustrados; ya gastados pero atendidos con esmero, brillosos. Debajo de la nariz que baja culebreando hasta terminar en forma de pico de loro, delineado el bigotillo se mueve a ras del labio de arriba, cada que, calculador mastica el chicle. Antes de sentarse se asegura del lugar, lo hace, mirando a través de los lentes; volteando para todos lados. Aparentando seguridad en sí mismo, llama con fuerza.

–¡Francisca!

Se quita los lentes oscuros; al quitárselos deja al descubierto sus ojos, que son de un color entre verde y amarillo; un amarillo chincuya. Deja los lentes sobre la mesa y procede luego a limpiarse los ojos con un pañuelo perfumado; el movimiento hace que se escuche el sonido metálico de los enormes aros de la esclava, que continuamente golpea sobre la mesa. Es sorprendido por los gritos de Francisca que llega buscándolo.

–¡Paco Lucero, galán de galanes!

Al escuchar a Francisca, el sujeto respira hondo y calado, asumiendo una posición de actor principal de novelas; como si se sintiera más que cualquiera, insuperable. Cuando Francisca llega con el caldo de serpiente, él le pregunta, dando la sensación de que tiene derecho de saber y ella de informarle.

–¿Que ha llegado un tipo con toda la pinta del difunto de Sevilla?

–Sí, es el hijo de Manu.

Conociéndolo como lo conoce, ella trata de cambiar el rumbo de la plática, metiéndose en el asunto de su enfermedad.

–Ya estoy haciendo el preparado, para que de una vez quedes bien.

Pero Lucero insiste.

–¿Se fue o sigue aquí?

–Aquí en mi casa, en mi cuarto.

–Dicen que es el vivo retrato del Sevillano, tú siempre quisiste tener al papá. Conozco tu secreto.

Ese hombre siempre ha querido vivir con ella; ha ido, venido, acechado traspuesto en cualquier recodo, de noche y de día. Ha hecho de todo pero no ha podido dormir en su cama. Dispuesta a terminar con años de asedio, toma asiento; quedando de frente le dice.

–Ah, Paquito, no sé qué te ha dado por creer que dormiré contigo.

El caldo colocado enfrente de Lucero, corre el riesgo de transformarse en sebo, si no se consume ya. Entretenido, parece no darse cuenta que tiene agarrada la cuchara, que está metida dentro del caldo, en el tazón.

–Si bien las del Bergantín somos, en razón de cinco a uno, más que ustedes, no significa que estoy urgida por llevarte a mi cama, mal haya.

Como si nada, sin mostrar preocupación, comienza a tomarse el caldo a cucharadas, pero, se detiene al escucharla otra vez.

–¡Tengo el poder para echarte, tú decides!

Sin esperarlo, una súplica los obliga a volver la vista.

–Auxílieme por favor doña Francisca, siento mareos.

Ella se apura para ir a encontrarlo, pero Paco Lucero parado, se queda tiritando, viéndolo, convencido de que Manuel es Manu, a pesar de que le ha dicho que es el hijo; en ese momento, pudiera ser que se da cuenta que no puede competir por Francisca y regresa a seguir comiendo.

Van caminando a la casa en que Manu habitó siempre; junto a la de Francisca. Al llegar, de repente la puerta se abre como si una mano la hubiera jalado; Manuel duda, pero enseguida entra después de ella, que va decidida, con aplomo.

–Es voluntad de tu padre que recibas lo que dejó.

Le dice apenas entrando.

–La casa es tuya, pero no puedes venderla.

Sigue diciéndole.

–Lo verdaderamente importante según sus palabras, es el cofre.

Entonces el muchacho busca con la mirada; observando cada lugar de la casa, busca el cofre. Al ver un enorme baúl, junto a la cama, se va directo, en lo que Francisca sin quitarle la vista camina hacia la hamaca. Una mano empuja la tapa del baúl. Los dos dedos metidos en la aldaba la empujan hacia arriba, abriéndose hacia un costado. Manuel se agacha y mete las manos; hace a un lado el sombrero y captura el cofre con una mano, y con la otra pone a su vista la foto de su padre joven; talvez, como él. Después acomoda la fotografía dentro del baúl y ya enderezado, Francisca viendo su intención de abrir el cofre, le dice.

–No, Manuel, también es su voluntad que antes, escuches lo que voy a decirte.

Manuel va hacia ella; con la cajita de madera en la mano la alcanza en la hamaca y espalda con espalda, Francisca empieza diciendo.

–Cuando María Mar, la mamá, murió; Manu perdió la alegría, era como si no viviera; atrás de la casa está la piedra, ahí se sentaba por horas, sin hablar, solo de repente decía que Sevilla estaba al norte.

Parece ser que el recuerdo le trae tristeza; se queda un largo rato sin hablar, quieta, luego reacciona. Señalando un rumbo dice.

–Ya después supimos que no, que Sevilla queda rumbo al sur; pero yo siempre creí su dicho ese, de que era Sevillano.

Ahora parece divertida. Sonríe.

–Como no, si se terminaba seis navajitas en una sola “resurada”.

Recostada, mueve la cabeza. Volviendo a sonreír.

–Se paraba estirándose todo hacia arriba, luego, con una mano en la cadera y la otra extendida hacia el frente, girando la muñeca, levantaba el mentón.

Continúa comentando.

–Se iba dando pasitos para adelante, luego se detenía, taconeaba rapidito a la vez que golpeaba las palmas de las manos, una contra la otra, daba un giro y gritaba ¡olé!

 

Escuchándola, Manuel comienza a pensar en sí mismo y siente miedo de perder la racionalidad, de dejarse llevar por los impulsos, pero siente por dentro una fuerza que no puede controlar; inconscientemente, sin control, en la línea de la demencia, manifiesta.

–¡Es la sangre!

Al escucharlo, Francisca siente que un fuego atroz recorre sus venas y voltea dispuesta a todo, pero se detiene, cuando como apoderado por algún espíritu, Manuel abre la tapa con firmeza. Todavía excitado, saca la hoja que tiene letras escritas a mano, las mira, y las expresa de una manera que supera la razón.

–¡Sevilla!

El muchacho con facha de español, se maravilla con las luces de colores que salen de la caja; y deja de sentir, inmediatamente después de que siente que algo lo abandona, como si su cuerpo flotara sin peso, introduciéndose en el pequeño baúl; al alcanzar el fondo, ya no es el cofre, este se ha convertido en un puente en el que camina encima de un río muy ancho; al salir, pronto, un letrero le avisa que camina sobre la avenida Juan Pablo Segundo; la gente parece no verlo a pesar de que les habla y se pregunta: porque, él tampoco los escucha. A pesar de estar angustiado se queda inmóvil, mirando a uno y otro, hasta que lo ve venir; deja que llegue y se va a su lado, caminan unos pasos y le dice.

–¿Puede decirme dónde estoy?

El silencio es absoluto, como si no hubiera vida.

Desesperado, intenta tomarlo del brazo para obligarlo a contestar, solo que, su mano traspasa la carne del hombre; entonces la soledad lo invade. Sabe que debe caminar, buscando especialmente un lugar que no conoce; como si fuera un robot, llega a ese lugar y siente despertar sus instintos; con avidez trata de abarcar todo con la vista, talvez presintiendo algo, porque ve venir a un policía abriéndose paso entre la gente; ahora es que nota, que sus oídos ya empiezan a funcionar, cuando el policía ha apretado el paso y está casi encima de él. Y viene gritándole.

–¡No debéis estar aquí, volveos, que la Plaza de la Alfalfa os digo, no es para vos!

Puesto que no es su deseo vivir un enfrentamiento, echa a correr de vuelta, huyendo del guardián. Después de correr un buen tramo se detiene; doblado hacia el frente, jala aire desesperadamente y sin reponerse aún, siente en el pecho una opresión, y todavía escucha que entre sollozos alguien dice.

–¡No, otra vez no!–

Es tan real lo que oye, que el gendarme ha desaparecido, apareciendo en su lugar la cara afligida de Francisca, que rozándole el rostro le dice.

–¡Benditas las santas escrituras, no estás muerto!

Tirado en la hamaca, siente entre sus dedos la textura suave de la hoja extraída del cofre, que fluye vehemente en una sola palabra…

-¡Sevilla!-

Fin

Marco Gutiérrez