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Cada vez que inicia un Nuevo ciclo escolar, cuando me enfrento a los nuevos alumnos, esos que se esperan lo peor de mí por la primera impresión que les causo a propósito; siempre hay algo en común en todos ellos: una especie de fascinación ligeramente morbosa. Para quien no ha tenido la desdicha de conocerme en persona: no tengo una oreja, es un defecto congénito. Esto quiere decir que las miradas de mis niños se clavan en el lado derecho de mi cabeza de vez en cuando. Entonces, llega el valiente que pregunta “Teacher, ¿qué le pasó en la oreja?” Y yo, como buen profesional, tengo dos respuestas: En pocas palabras, les cuento una historia de cómo la perdí violentamente por un ataque de un perro al tratar de yo defender a mi mascotita, y otra historia no menos inhumana de cómo perdí mi oreja por culpa de los fuegos pirotécnicos. Todos con lujo de detalle en la parte de la sangre y los pedazos de piel sueltos. Y luego de ver sus caritas asustadas, les digo que no es cierto y que así nací. Hay una versión para adultos (véase lo que pasa con las mantis religiosas al aparearse).

Así, pues, se me criticará de insolente y poco profesional, que padezco esa enfermedad de hoy en día: lo políticamente correcto. A esto, si gozan de un buen nivel de inglés, les recomiendo mucho el video de uno de los excolaboradores de Conan: Triumph, the insult comic dog cuando fue a hablar con votantes jóvenes y les dio una buena lección sobre lo que es correcto o no. Les dejo el link https://www.youtube.com/watch?v=j556MWGVVqI.

Que sirva de introducción: ¿qué es lo políticamente correcto? Mi respuesta: un montón de bazofia, por no decir palabras más incómodas. Y es que, todos tenemos noción alguna de lo que es ofensivo y lo que no es. Y a esto, recuerdo una clase de la universidad donde la maestra estaba ofendida por una caricatura política de la expresidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner, pues la ridiculizaron con un gesto de placer efusivamente sexual y mi maestra sostenía que la ponían así sólo por ser mujer. De ahí pasamos a un debate de por qué no se valía y una compañera, que siempre superó mi inteligencia, dijo algo como “pues es que debe ser ofensivo, si no, no tendría sentido la caricatura: es una crítica, sarcasmo. Independientemente de si es mujer o no: debe caber la incomodidad”.

Tenemos esa palabra que mis alumnos aman, esa de nigga, pues tiene una connotación negativa. Siempre las palabras que van en detrimento de los demás nos son más atractivas. Ha de ser la parte animal del hombre, esa de “las reglas están hechas para romperse”. Y ellos la dicen sin importar más que su significado “negro”, pero claro, si fueran a EUA, estarían cometiendo una fuerte ofensa. Si vas por la calle y te encuentras a alguien de piel color cacao, puedes decir ofensivamente “prieto”, pero así me dice mi papá desde que soy pequeño, “prietito”, entonces no es ofensivo para mí. O, para enardecer a una mujer, la puedes confundir con una lavadora; entonces te matan. ¿Dónde radica lo ofensivo y lo permitido? En qué tanto aguantes vara, como decimos en mi amado México.

Esta es la cuestión: para burlarnos es necesario encontrar un defecto o una debilidad. La burla consiste en enfatizar justamente eso que sale de la “normalidad” y causar risa con ello. Entonces los chaparritos son más enojones porque están más cerca del infierno, los altos medio estúpidos porque les falta oxígeno tan arriba, y si te gusta el chile pues qué joto nos saliste. Es más: tenemos el grito “homofóbico” del futbol mexicano, el tremendo “eeehhhh, puto”. Porque, según esta campaña de concientización y del fair play, nada más estamos enfatizando la evidente debilidad de un hombre cuyos gustos son los de las mujeres; estamos rebajando al otro por medio de una ofensa. Y eso no se vale. Solamente es un reflejo de una sociedad podrida, machista, retrógrada y salvaje.

El problema es que, cualquier palabra, con el tono correcto sirve para ofender. Por ejemplo: “Ah, este perro”. Si voy manejando y un sujeto hace una maniobra indebida en mi contra, “perro” es ofensivo, pero si estoy con mi amigo que me dijo que vio un animal cuadrúpedo muy bonito, y por fin lo veo, “perro” significa animal cuadrúpedo de agrado a mi amigo; y si hablamos de políticos… bueno, todos son perros. ¡Qué ofensa para los cuadrúpedos acabo de cometer!

Ojo aquí: no busco justificar que ir ofendiendo a la gente está bien, pero sí busco decir que cada uno se puede burlar de lo que quiera de acuerdo a su contexto. En el caso muy personal mío, la burla va en sentido de defensa personal, muy a la Chandler de Friends. Pero no me burlo de nadie más sin burlarme de mí mismo. Claro que hay gente que no le parece que me burle de mi propio defecto congénito, pero yo no habría podido superar ese hecho, el de no tener oreja, hasta no burlarme, porque eso significa aceptación. Cada vez que hago un chiste (que son muy abundantes) a ese respecto, los hay de dos: los que se ríen y los que se asustan. En todo caso yo podría argüir que me ofende que no se rían porque si algo es gracioso, es de mala educación no reírse de un chiste contado, porque lo correcto sería reírse. Sí nos podemos burlar de todo, mucho más el mexicano que hace chistes de cualquier cosa, nada se salva de nosotros; pero primero debemos reírnos de nuestros defectos. Si no eres capaz de caricaturizarte a ti mismo, mejor no digas nada de los demás. Eso sí lo sostengo a capa y espada.

No deja de ser un tema muy subjetivo, pero la clave está en qué tanto conoces a los demás, y que el chiste dicho sea acorde a la personalidad y el momento adecuados. No voy a hacer chistes de mi oreja en un funeral, pero me tomo la libertad de hacerlo en mis clases; el ambiente se relaja, yo me relajo, y todo jala bonito. La burla, el chiste, no busca ofender: busca aceptar. El problema de lo políticamente correcto es que queremos establecer nuestros parámetros personales a los demás, y cada uno es un mundo, y eso definitivamente no se puede. Cuando escucho a un alumno decir una mala palabra, una grosería; no regaño ni grito ni mando reporte (a menos que haya sido dicha a otro compañero con afán de ofender o lastimar) porque, yo les digo: las groserías son parte de la vida, pero hay que saber cuándo sí y cuándo no decirlas. La escuela no es lugar, la calle con tus amigos, sí. Porque si quisiéramos establecer lo políticamente correcto a todo, tendría que decir “Este aparato diseñado para una función específica no está llevando a cabo su tarea de manera eficiente ni de la forma que yo quiero, por lo que me parece una pérdida de tiempo dedicarle más esfuerzo” cuando simplemente puedo decir “Esta madre no sirve, ya, al carajo”.

Sin embargo, cada cabeza es un mundo, y si no están de acuerdo conmigo pues me da igual; no es que quiera convencerlos. Todos ustedes son normales, lo que escuchan les entra por un oído y les sale por el otro; no es mi caso, a mí me entra por un oído y no me puede salir por el otro. A lo mejor por eso me han dicho que soy muy bueno escuchando.