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Ya acaba el viacrucis: las clases. Justo ahora, el mundo no es el mundo, es más bien una marea provocada por el diluvio universal de pensamientos, sentimientos y emociones confusas e incluso contradictorias que forman remolinos, trombas y tornados en la mente de Diego. Él contra toda lógica, filosofía y ciencia; es una contradicción histórica: él no es él. Es un barquito en la marea que él mismo denomina “de mierda”. ¿Piensa? Nunca antes algo había sido tan complicado de contestar. Enormes muros se levantan como olas salvajes que quieren devorar, brutales azotes contra las paredes craneales de su cerebro; fruto todo esto de la horrible tempestad. Si tuviera un radar, como todos los botes, vería esa horripilante mancha blanca acercándose, pero por ahora está tan hundido en una telaraña de rancios pensamientos apenas perceptibles que no ve al hombre que lo observa desde la cancha de basquetbol, aferrado a la reja una vez más, cual garrapata que trata de chupar sangre del aire que respira. Ese algo que nos obliga a ver la falsa mirada que nos observa, obliga al hijo de Esteban a voltear hacia aquél hombre y empieza la lucha del siglo: el niño contra la niña, blanco y negro, lo que no se puede detener contra lo inmovible, luz contra oscuridad. Todo esto choca en un contacto visual, en unos ojos profundos como un abismo cuyo fin no podemos presenciar, ojos sin vitalidad, aterrorizados por los años de una muerte que es prolongada sobre la inmortalidad del ser que no quiere ser. Una mirada fija pero al mismo tiempo perdida en su propia infinidad. El bienestar de un día que no existe se ve suprimido por una ola de nerviosismo y algo parecido a la desdicha, pues la imagen que Diego tiene ante sus ojos es carente condimentos.

–¡Hey!

Detiene su paso firme y da la media vuelta para encontrarse con una sonrisa lujuriosa de muerte, esa sonrisa del gato de Alicia en el país de las maravillas lo atormenta en un brillo amarillento y agusanado. El joven se siente cual perro pues mete el rabo entre las patas antes de recibir el manotazo de su amo.

–¿Cómo está mi hijo? –Diego lucha contra la ola que rompe frente a él–. ¡Salúdalo de mi parte! –le dice el hombre agarrándose de su sexo putrefacto.

Ya muy cerca de su hogar, hundido en la batería de Fredrik Andersson, nota la presencia de una mujer de muy buen vestir que lo observa llegando. Sin darle mayor importancia y aturdido por el delicioso sol veraniego, una voz que no escucha por sus audífonos y el tono desgarrador de “After a thousand years of opression…”, Diego voltea a la exquisitez de mujer.

–¿Te puedo hacer una pregunta?

En una mirada rápida la examina: falda formal azul claro, mallas oscuras, zapatos negros, camisa blanca y un saco ligero del mismo tono de la falda, cabello castaño y esos ojos que ya ha visto, pero los de ella irradian vida, alegría y cosa buena.

–Creo que sí…

–Vives en esa casa, ¿cierto?

Apunta ella a La Casa.

–Sí –contesta él dejando de lado que ella pudiera pertenecer a una cruel banda de secuestradores destruye familias.

–Te pediré un favor –Saca una tarjeta de trabajo–. Si algo llegase a pasar, algo raro o algún problema, llamen a este teléfono.

Diego recibe casi gustoso el número como si fuera para una cita. Lo guarda…

–¡Oiga! –Esteban, su padre, aparece para salvar el día. La formal mujer se marcha enseguida con la cabeza baja. El joven llega con su padre–. ¿Te dijo algo esa mujer?

–Me dio esto.

Su padre le arrebata el papel de las manos.

–Yo guardo eso… vamos.

Lo rodea con un brazo y caminan al interior fresco de La Casa.

–¿Quién es ella? Tengo la impresión de que la conoces.

–Es la mujer que nos rentaba la otra casa. Desde que le dije que nos mudaríamos para acá, ha estado insistiendo mucho en que quiere mostrarme algo sobre aquí. Dice que estamos en peligro pues está embrujada La Casa.

–¡Ah!… Patrañas.

–Eso creo. Dice tener información verídica que nadie más tiene pero ¡bah! Esas son tonterías, fantasmas –ríe–, yo no creo en eso.

–Sí, lo sé.

Diego saluda a todos como es costumbre: beso a su madre, apretón de manos frío al jardinero y le da el beso que no le dio a su padre en la mejilla. Como siempre, sube a su recámara a cambiarse la ropa, esta vez con la puerta abierta pues no hay nadie arriba. Al quitarse los pantalones y estar a la mitad de camino de ponerse el short, ve en el reflejo de un frasco de perfume la silueta de una mujer de cabello lacio y aplastado que lo observa desde la puerta de su cuarto. Reojo; sin embargo el detalle resulta asombroso en su uniforme inmaculadamente blanco. Tuerce su cuello para no ver algo fuera de lo normal, no hay nada. Asoma la cabeza, no sin antes caminar como pingüino pues la curiosidad es más que la falta de subirse el short. Tirita un poco pues de repente baja la temperatura. Se acaba de vestir y sin darle mayor importancia a una mala jugarreta de la mente, baja a la cocina.

–Muy bien, ya que estamos todos, vamos a comer –dice Valeria en un pensamiento en voz alta. Rápidamente, en un Déjà vu que no es más que la falta de memorias, el más joven nota el atuendo blanco de su madre.

–¿Y eso? ¿Por qué toda de blanco?

–Bueno, un pequeño cambio no hace daño a nadie –contesta como si la hubieran descubierto en medio de la travesura–. Diego, aleja el vaso de la orilla porque se va a caer.

No la obedece, no cree que eso suceda.

–¿Cómo vas con el jardín, Sergio? No has tenido ningún problema, supongo –comenta Esteban antes de llevar bocado a la boca.

–No, de hecho no, señor; sólo una pequeña plaga que estaba atacando los rosales, pero ya para mañana estará exterminada.

–¿Dónde compras los insecticidas y eso?

–Los hago yo.

–¿Neta? –Pregunta el menor.

–Sí, no es difícil, uso elementos naturales… bueno, algunos no, pero trato de hacer el trabajo yo en la mayor medida.

–¡Órale! –dice Diego con verdadera impresión en sus ojos de niño.

–Diego, quita el vaso que vas a tirarlo y mancharás el mantel.

El cual es blanco como las alas de un ángel.

–No se cae, mamá –contesta malhumorándose.

–La Casa no había estado tan limpia, Valeria –traga su bocado el hombre más grande de todos–, antes no solías hacer limpieza tan a fondo.

–Bueno, es que antes trabajaba y no me daba mucho tiempo de nada. Ahora que nos va mejorcito no hay muchas cosas más que hacer –contesta nerviosamente al mismo tiempo que oculta sus manos de anciana maltratada.

–Mi madre era igual, cuando dejó de trabajar se ensimismó en el hogar –comenta Sergio al aire.

–¿Por qué dejó de trabajar? –pregunta Diego.

–Pues en ese tiempo a mi padre lo promovieron en su trabajo. Buenos tiempos, diría la gente. El dinero no hacía falta.

–¿Por qué eran buenos tiempos?, es decir, ¿por qué lo dices en pasado? –Pregunta el hijo de Valeria.

–Bueno, ella falleció y mi padre… digamos que no está en condiciones para convivir en la sociedad.

–¿Qué quieres decir?

–Está en el manicomio del pueblo.

Hay un silencio incómodo en todos los presentes.

–Lo siento… –dice Valeria con congoja en su voz.

–Ya lo superé –Ríe–, digo, tenía que hacerlo: soy mayor de edad y tengo que mantenerme solo. Soy bueno con las plantas, por eso me dedico a la jardinería.

–Sin embargo, antes de que llegáramos a esta casa no había nadie, ¿por qué tenías tan cuidado aquí si no tendrías paga? –Le pregunta la que limpia La Casa.

–Porque nosotros solíamos vivir aquí, en esta casa. Los mejores momentos los pasamos aquí, tengo una conexión especial con el lugar. Además, resulta mucho más agradable cuando hay alguien más.

–Ya veo… –dice Esteban continuaría hablando, mas en un movimiento descuidado, Diego derrama el vaso de agua de sandía sobre el mantel y el suelo.

–¡Diego! ¡Te dije que lo quitaras de la orilla! –Lo regaña ella con un tono de voz tan elevado que la cristalería parece temblar.

–¡Perdón! –Se defiende él.

–¡Te lo dije dos veces! ¡Nada de perdón!

Luce más exasperada de lo normal.

–¡Ya, mamá! Fue un accidente, no lo hice adrede.

–¡No, no lo hiciste adrede, pero ya ensuciaste todo y yo acabo de limpiar!

–¡Bueno, yo limpio, tranquila!

–¡No me voy a tranquilizar!

–¡Entonces no limpio nada!

–¡Ya basta! –Ordena el mayor con voz imponente. Continúa–: Valeria, fue un accidente, Diego no lo quiso hacer a propósito, simplemente dile que sea más cuidadoso para la próxima.

–¡Pues claro, como a ustedes les gusta vivir en la porquería!

–¡Oye! –Protesta Diego.

–¡Dije que ya! –Insiste Esteban con sus ojos azules relucientes. Diego se levanta azotando sus puños cerrados contra la madera de la mesa.

–Si tanto te molesta, mujer, me voy.

Se retira para subir las escaleras ruidosamente, azotando los talones como si quisiera romper algo. Nadie se percata de la sombría sonrisa de Sergio, en cuyos ojos se refleja que el agua de sandía no es más que sangre…

Anochece y, como es costumbre, Esteban va a darle las buenas noches a su hijo, besa a su esposa y se dispone a dormir.

Un eco vacío resuena en La Casa, son pasos, pero los originales nunca se escucharon. En un frío ululante, Esteban abre los ojos y se dejan de escuchar los ruidos; supone que su hijo bajó a tomar agua, así que cierra los ojos una vez más. Escucha pasos en la planta baja. Vuelve a abrir los ojos para volver a verse hundido en un silencio de ultratumba que lo deja escuchar sus propios latidos de su corazón. Se levanta y se queda sentado en la cama, cierra los ojos pues es víctima de su propio cansancio y vuelve a escuchar los pasos que cesan al momento en que él levanta de nuevo sus pesados párpados. Observa a su mujer, quien duerme profundamente, que no escucha el rechinar de la puerta. Al salir, Esteban siente una mirada atrás, pero la ignora, aunque los ojos de la pintura se mueven para seguirlo a su destino. Camina en la alternancia de luz y sombra a la habitación de su hijo: entreabre la puerta y lo observa dormir plácidamente. Cierra. Camina a las escaleras y ahí, arriba, observa hacia la planta baja para tratar de distinguir si hay algo raro. Baja. Al quitar su pie del último escalón alguien mueve una silla del comedor, al menos eso escucha. Camina hundido en sus latidos agitados pero ve que todo está perfectamente acomodado. Parecen explosiones pues el silencio es ensordecedor: pasos veloces pero ligeros hacen que el corazón de Esteban choque contra su cerebro en un brinco olímpico. Voltea con rapidez pero no ve a nadie. Sube con una velocidad moderada, no sabe si por miedo a estar abajo o porque en verdad quiere descubrir quién ha sido. Hay todo menos vida.

–Malditas animañas– se dice de manera científica y lógica pues ¿qué otra cosa pudo haber sido?

Vuelve a caminar alternando luz y oscuridad con vaho saliendo de su boca. Alguien lo sigue, puede sentirlo, casi escucharlo, alguien muy pequeña. Sin embargo, puede ser su imaginación, se acaba de asustar y la mente humana es excelente para crear escenarios peores a los que en realidad estamos. Camina con un escalofrío que recorre su espalda y confirma empíricamente que tiene miedo. Se detiene en un halo de luz justo frente a su puerta, pues se da cuenta que cuando él deja de caminar los pasos se dejan de escuchar. Voltea y parece haber algo en la oscuridad, entre la luz y la luz, hay un bulto que no parece alcanzar el metro de altura, blanco e inocente; a su mente llega la imagen de la pequeña Eva. Cree ver borrosamente a su hija; sin embargo, su rostro parece estar sangrando y con vidrios en los ojos. No, no puede ser. Esteban cierra los ojos y los abre de nuevo. No hay nada. Cuando se calma mentalmente y quiere regresar a su cama, la puerta de su hijo se abre, Diego se asoma y camina automáticamente, lentamente, hacia su padre. Una vez más, la piel del hombre de La Casa se eriza pues cuando su hijo camina por la luz, todo normal, pero en la oscuridad su rostro se torna malformado, adolorido y sangrante. Su cuerpo se tuerce inhumanamente y va hacia él. Luz: paz; oscuridad: sangre que gotea. Camina de espaldas hacia su puerta y ve como el rostro sin ojo y con la boca dislocada de su hijo se torna en la belleza inocente que lo caracteriza; parece estar llorando, pero esta vez no tiene los ojos irritados e inyectados en sangre como generalmente sería.

–Papá… –dice el pequeño con la voz temblorosa. Esteban quiere, pero no quiere abrazarlo.

–¿Qué pasa, hijo?

–Hay alguien en mi clóset, creo que es Diego.

–Pero, amor, tú eres…

–¡Ven por favor!, tengo miedo –lo interrumpe su hijo, lo toma de la mano en un contacto frío y van a su habitación. Caminan. Esteban trata de ignorar que cada vez que camina por la oscuridad siente su mano pegajosa con la de su hijo. Llegan. El clóset está perpendicular a la cama. Su hijo va su cama. Esteban trata de relajarlo.

–No te preocupes, hijo, aunque creo que estás muy grande para estas cosas. Ve, no hay nadie en…

Abre la puerta y se calla pues ahí está Diego tembloroso.

–Hay alguien en mi cama.

Está llorando y tiene los ojos rojos. Todo se trona en un silbido inaudible. Esteban voltea para notar una grotesca oscuridad plantada en la habitación. Hay una silueta igual a la de su hijo en la cama. Camina a la puerta temblorosamente y, en un flashazo al encender la luz, ve a Germán deforme justo frente a él. Se sobresalta. Cuando sus ojos se acostumbran a la luz, no hay nadie. Diego se asoma.

–Co… como te dije, hijo, no hay nadie.

–No me dijiste eso.

–Pues te lo dije ya: no hay nadie.

Esteban acomoda a su hijo y le besa la mejilla. Diego, extrañamente, se llena de seguridad y se queda dormido de inmediato. El padre regresa a su recámara pensando en lo que vio o en lo que no vio