12038057_127568334261806_5039685415929520877_nLa cama funciona más como una nube que cambia de forma para que, cualquiera que duerma, sienta la mayor comodidad posible. Esteban abre los ojos y lo primero con lo que tiene contacto es con la gran pintura de la mujer. Valeria sigue dormida a su derecha, pasiva, calmada, muy tranquila. Aún es de madrugada por lo que no hay luz que moleste sus pupilas dilatadas. Se sienta y se talla los ojos, somnoliento aún. Sabe que se tiene que levantar temprano para trabajar. Apenas está logrando vivir mejor y tener mejores oportunidades para su familia, por lo que darse el gusto de cinco minutos más, no puede ser. Se levanta y se pone sus chanclas para ir a tomar agua. Toma la manilla de la puerta y el tacto con la misma es áspero. En la oscuridad, su palma se ve mucho más ennegrecida de lo normal. Entra al baño y enciende la luz. Ciego momentáneo. Ve su palma con la que tomó a su hijo apenas unas horas: tiene una enorme costra de sangre, dura como roca. Su corazón empequeñece. Abre la llave y se empieza a enjuagar. El agua se tiñe de rojo vivo, la sangre mezclada con agua recorre el lavabo blanco; pero no deja de salir sangre con agua, sale y sale, no cede, no se detiene, no se vuelve menor la cantidad, su palma no deja de verse roja. Comienza a desesperarse cuando una voz lo asusta.

–Amor, ¿qué haces?

El hombre salta y la ve con ojos del tamaño de platos.

–Nada, nada, amor… vine al baño –contesta hundido en un océano de nervios crispados.

–Son las cinco, regresa a dormir, todavía faltan dos horas para que te levantes para ir a trabajar.

–Voy, cariño.

Regresa su mirada al lavabo y nota que es blanco sin rastros de otro color y el agua es cristalina. Su mano está totalmente limpia.

Si el tiempo fuera infinito, seríamos inmortales; sin embargo, no lo es; cíclico, sería la palabra correcta. Y como todo ciclo, tiene un inicio y su fin. De bebé a anciano, de cachorro a saco de huesos, de huevo a pechuga empanizada; todo inicia, todo termina y vuelve a iniciar. Eso no significa que el tiempo no se pierda, no significa que podamos durar como seres, ciclos eternos; pero tampoco significa que no podamos desear que el ciclo en cuestión se acabe rápidamente. Ese ciclo de las manecillas de su reloj, cada minuto durante los últimos diez de su clase, Diego se asegura que la perra manecilla siga avanzando.

Por fin acaba otro día de clases; sin embargo, su mal humor sigue presente aunque digan que el tiempo lo cura todo. La cuestión es que si el mal humor fuera una enfermedad curable, así serían con toda las demás emociones, y no hay alguien en su sano juicio que diga que la felicidad es una enfermedad. Y mientras camina lentamente, pues lo último que quiere hacer es llegar a casa a soportar a la madre; Diego piensa en esas cosas extrañas que le han sucedido en La Casa. Lo que pasa es que sería mucho más fácil encontrar explicaciones racionales de no ser porque su madre anda limpiando, sacudiendo, trapeando, barriendo, lamiendo; y así, toda ciencia sale de La Casa. Lo mejor es cuando dice “No tengo tiempo de nada”. ¡Pues deja de chachear!, gritaría su hijo si fuera un desconsiderado. Ella, desde que llegó a La Casa, parece haber cambiado: ya no tiene razón, sentido o noción de lo que hace, es más como una máquina programada.

–¡Oye! –La monotonía de sus pensamientos se ve interrumpida de la misma forma que el timbre grosero e insistente del teléfono rompe nuestro plácido sueño. El jovencito apenas se da cuenta que ese es un edificio demasiado grande para un pueblo que parece pequeño–. Ven.

Es el hombre calavera, el de la vista perdida y enfocada, el feo, maloliente, loco, marginal. Aquél que logra causarle un extraño miedo psicológico a Diego. No sabe si ir o no ir, pues sus papás le dijeron que no hablara con extraños. Aunque ya tiene patos en el estanque y pelos en las patas; así que puede tomar decisiones por cuenta propia. ¿Debería ir? ¿Debería no ir? ¿Debería saber si sabe hacer algo? A según, está prohibido hablar con los locos cuando están tomando el sol.

–¡Ven por favor!

Como está del otro lado de la acera, casi tiene que gritar. ¿Quién dijo que la curiosidad es mala? A fin de cuentas, fue el morbo lo que mató al gato, por lo que Diego decide ir sin siquiera fijarse al cruzar la calle. El hablar de aquel hombre no es de alguien loco, su mirada no es de locura tampoco, se ve atormentado, pero no enloquecido.

–¿Sí? –Pregunta Diego una vez que está frente al hombre.

–¿Cómo está mi hijo?

–Bien –le contesta a quien tiembla de los pies. Bajo la premisa de que ese hombre no está en su sano juicio, puede contestarle lo que le dé la regalada gana. Tal vez ni necesita ayuda, a lo mejor es un parásito que está dentro por mantenido cual garrapata necesita subsistir de la sangre de la sociedad, que en este caso es dinero.

–¿Sabes quién soy yo? –Le pregunta al joven. Diego no deja de verlo a los ojos en una hipnosis involuntaria, casi un llamado. El hombre huele a alcohol, no a borracho, sino a ese aroma característico de los hospitales que invita a no estar ahí–. Yo sí sé quién eres.

La curiosidad es tanta que, a pesar de esperar las barbaridades más absurdas de la vida, decide seguirle el juego. No hay mejor charla que la que se tiene con un loco.

–¿Quién soy?

–Diego.

Esa sensación de esperar otro escalón al bajar, pero sin estar; es lo que Diego siente, como si el estómago se le hiciera un nudo bien apretado: alerta, alerta.

–¿Qué? –Le pregunta al loco casi sin voz. Suda, él es el que tiembla ahora.

–Me lo dijo mi hijo. Tienen que salir de ahí antes de que sea demasiado tarde. La Casa. La Casa está maldita. Él está maldito. Huyan o acabará con ustedes. –Diego rompe con el contacto visual y comienza a caminar tan rápido como puede, como sus delgaduchas piernas se lo permiten. Quiere alejarse de la calma e ir a la tormenta. El hombre, sin embargo, no lo sigue, se queda donde está–. ¡Has caso a lo que te digo! ¡Huyan antes de que sea demasiado tarde! ¡Lo conoces, conoces a mi hijo, sabes bien quién es! ¡Tú conoces a mi hijo!

Diego se coloca sus audífonos para tratar de sacarse la voz aguardentosa de ese hombre, para sacárselo de su mente. ¿Cómo supo su nombre?

Llega a su casa casi corriendo, sudando, con los nervios crispados y su bello corporal cual erizo de mar. Está a punto de entrar cuando sale Sergio.

–¡Diego!, ¿qué tal?, ¿cómo te fue en la escuela?

Por alguna extraña razón sobrenatural, lo único que puede hacer el joven escritor es entrar en pánico.

–No… bien… no… no sé… con permiso –contesta tartamudeando, únicamente quiere alejarse de él lo más rápido posible. Su madre no lo voltea a ver pues sigue enojada con él desde hace algunos días: ella estaba trapeando y él tenía un poco de lodo en sus tenis. Decide no ir a saludarla y vuela a su habitación. Ya en su espacio personal, la voz corrompida de aquél hombre lo atormenta cual Dany en un hotel perdido con su padre que lo quiere matar a él y a su madre. Deja caer su mochila en un leve estruendo, pone seguro para que nadie lo moleste, se queda en calzones y se va a dormir. Tal vez lo que necesite es un descanso mental, tal vez eso lo ayude a olvidar lo sucedido.

Un rato después despierta pues hay vocecillas afuera de su habitación, incluso hay música afuera de su casa. ¿Hay fiesta a mitad de la semana?, es el único pensamiento que se puede entender dentro de la mente del joven. Se levanta y camina en círculos dentro de su habitación cual león enjaulado, camina ignorando los deberes que tiene, camina sin tener algo productivo que hacer. No quiere saber nada por el momento. Se escuchan tres niños arriba, niños no mayores a los diez años.

–Ya, dejen a la doña, no nos va a hacer nada.

–¿Quién la invitó?

–No sé…

Pasos acelerados. Algo cae y se rompe, algún objeto de cristal. Al instante Diego sale y ve a tres niños que nunca en su vida había visto rodeando el portarretratos que rompieron. Él se acerca a ellos pero ellos no notan su presencia, no lo ven o lo ignoran. Es un retrato de Valeria.

–¡Rompieron el retrato de mi madre!

Grita a todo pulmón. La expresión angelical de arrepentimiento de los niños pasa a una de terror. Uno se orina encima. Gritan asustados como si el mismo demonio les hablara. Tratan de correr pero el más grande es mucho más hábil y toma a los dos que son iguales, por el cabello. No le interesa el bienestar de los dos, una rara pero creciente ira se apodera de él y le nubla la vista: tiene que desahogarse de alguna manera pues si no eso le hará daño a él. Los levanta en el aire cual muñecos de trapo y los azota con gran violencia contra el suelo. A uno lo comienza a ahorcar con una mano; a pesar de resistirse, el niño llorón no puede establecer contacto con ese ser que le quita la respiración. El otro que lo tenía del cabello logra zafarse momentáneamente, pero Diego es mucho más rápido, lo toma del hombro y lo lleva al suelo de nuevo junto al ahorcado cuya carita está roja cual jitomate y sus ojos son bellos pétalos de rosa lagrimeantes. Azota la cabeza del niño que pudo haber huido contra la cabeza del que tose desesperadamente. Lo usa de martillo. Golpe seco. Los niños gritan cuales locos pues no se pueden liberar, al mismo tiempo que un silbido agudo invade sus pequeños y nacientes cerebros. Golpe. La sangre sale de sus orejas, ojos, nariz y boca a borbotones que auguran la vida que se pierde. Golpe. El sonido es tosco, como golpear el grueso tronco con una roca. Golpe. La sangre salta en todas direcciones. Golpe. Sus cráneos se rompen y se unen en el elemento gelatinoso de sus cerebros. Golpe. Diego siente una erección. Suelta los dos cuerpos inmóviles y observa su obra: enanos con agujeros rojos y húmedos. El niño que trató de ahorcar está boca arriba, tiene casi inexistentes convulsiones y aún respira. Se acerca a él.

–Era el retrato de mi madre…

Un alma tan joven y pura como esa no es capaz de soportar tanto horror, esa alma se va en un suspiro y una lágrima que recorre su cabeza deforme. Los padres de los niños y demás invitados comienzan a llegar pero nadie se percata de la existencia de Diego.

Despierta gracias al desgarrador y horrido grito de una madre que no tiene razón para ser ni vivir, que muere viva. Sobresaltado, con mucho frío y más ligero, se levanta para darse cuenta que está totalmente desnudo. No está su ropa en la cama ni en suelo. Se recuesta nuevamente pensando en el sueño, se pone una mano en la cabeza y trata de despejar su mente, pero esa enfermedad ya se está apoderando de él a nivel que no se siente mal por lo que hizo en su sueño, ni en el efecto que su acción tuvo en su pudor.