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Uno de estos días estaba platicando con una amiga que hace poco publicó un texto en el blog, Puchunga, (es seudónimo, obviamente) sobre la situación actual de nuestra sociedad, ella desde su punto de vista histórico-sociológico y yo desde mi punto de vista literario-pesimista. Tenemos nuestros puntos en común, pero siempre las divergencias son las que nos mantienen al filo de la conversación. Confiamos y nos decimos las cosas como son. Salió a colación mi escritura, y ella dijo algo que no me he quitado de la cabeza desde ese día (y ya van varias semanas de que pasó); parafraseando, fue algo como “Tú no vas a vender. Eres demasiado incómodo, dices las cosas crudamente, y la gente no quiere eso, la gente quiere felicidad, estamos en la era de la falsa felicidad. Tus libros no tienen lugar aquí, triste, pero cierto”.

Entonces, como siempre, estoy en la disyuntiva de escribir o mejor dedicarme a algo de provecho. Es terrible esto de ser proclive al arte literario, cualquier arte creo yo, y algún artista podría venir a debatirme o a apoyar mi punto: nuestras ideas no es que sean diferentes, pero por nuestra forma de ser, nos pesan mucho más. La creación artística es una válvula de escape al mismo tiempo que una agotadora tarea de autodescubrimiento y de alumbrar la oscuridad que nos rodea. Anteriormente he dicho que el arte convierte lo monstruoso del ser humano en gloria. Mantengo mi punto. ¿Pero qué puede hacer alguien que parece incomodar más que perpetuar lo ya establecido?

Y antes de que se me tache de ser único y diferente (divergente y detergente), hago una pausa: el autor, el creador, conoce lo que hace, por qué lo hace y para qué lo hace. No me autonombro un nuevo revolucionario del arte, pero sí me considero marginal al camino que se sigue en la actual escritura (porque no toda es literatura, y ese nombre, “literatura” hay que respetarse). En mi caso, autores que han sido revolucionarios en mi forma de escribir han sido Houellebecq y Saramago. Mis otros dos ídolos, Umberto Eco y Juanito Rulfo no es que no hayan cambiado mis paradigmas, pero su forma de escribir es diferente a la mía, y por eso, como tal, en la parte de escribir, no me han cambiado.

Lo que el portugués y el francés causaron en mí fue un cataclismo: la realidad es vista como tal. Saramago la lleva a extremos ficticios tan fuera de lugar que resultan una cruel e idéntica copia de lo que vivimos día a día, mientras que Michel Houellebecq plasma la miseria del ser humano individualista de forma tan insensiblemente que el llanto se ve suplantado por risas, esas que damos cuando sabemos que de otra forma no puede ser y mejor nos indignamos. En otras palabras: son verdaderos transgresores.

Hace poco, en redes sociales, me apareció la publicación una muchacha que, al igual que yo, subió su libro en Amazon y lo promocionaba gratis. Lo descargué. Y me disculpo por la crítica: pero no podemos reducir al acto de escribir a un mero desahogo de nuestros sueños y de nuestras perspectivas de forma tan pobre que parezca más un diario que un siquiera efímero intento de literatura. Sostengo, sobre todo lo demás, que la literatura debe romper paradigmas, debe ser incómoda y transgresora. No podemos reducir, sin menoscabar el esfuerzo de escribir 200 páginas, el acto de escribir a desahogarnos. Me parecen esos títulos a esa gente que se queja pero que no propone. En todo caso más nos valdría no abrir la boca, o en este caso: no molestar la dignidad de las palabras.

Sin embargo, lo que mi amiga dijo fue muy cierto: a la gente no le interesa sentirse mal. Lo que queremos, al parecer, son historias sencillas que cumplan con nuestras más mínimas expectativas: facilidad lectora, planteamientos obscenamente sentimentales y finales felices. Porque todo ser humano aspira a la felicidad, pero no nos damos cuenta que cuando aspiramos a ella es cuando más infelices somos, tal y como Adam Soboczynski sostiene: al reflexionar sobre ella, se destruye la felicidad. La felicidad se siente sin que nos demos cuenta al momento, justamente porque es tan poderosa que nos deja fuera de todo lo demás. Queremos ser felices de la forma más contradictoria: a través de ser su opuesto, a través de la infelicidad.

A esto llego ahora: las letras más difíciles de la literatura no son aquellas como las de Borges o Eco, hechas por maestros que lo sabían todo y entonces nos llevan por tramas enajenantes, idiomas desconocidos o metáforas filosóficas cuasi incomprensibles; no, las letras más difíciles son aquellas que con un lenguaje sencillo nos muestran justamente esa otra cara de la moneda que por cobardía no queremos ver. Michel Houellebecq, José Saramago, Boris Vian, Adam Soboczynski, el Marqués de Sade, Frédéric Beigbeder, Chuck Palahniuk; son esas lecturas las que nos muestran el reflejo de la suciedad humana, y son esos los más difíciles.

No soy utópico, y de hecho ando en la recta final de una serie de novelas distópicas que seguramente no publicaré más que gratis en Amazon o en mi blog, soy totalmente pesimista; y por eso mismo creo que debemos, primero, embarrarnos de la porquería que somos para poder salir a relucir. Miremos por ejemplo a Bruce Lee. Incluso Jesús de Nazaret era bastante cruel en su infancia; pero ambos se volvieron maestros, en sus áreas, del conocimiento, autoconocimiento, de los valores y virtudes; y, sobre todo, de la felicidad. No digo, obviamente, que todos tengamos que ser unos malhechores hijos de perra para poder ser buenos en consecuencia, no; pero sí debemos conocer esa cara incómoda de la moneda antes de atrevernos siquiera a decirle a los demás que la felicidad depende de una u otra cosa sólo porque nuestra burbuja, nuestra área de confort, así nos hace creer que es.

Me parece que mi amiga tiene razón: mi carrera como “literato” murió desde antes de nacer. Justamente mi última novela que acabé, que leyó Estef, una muy estimada amiga también, una distopía sexual, fue descrita como “Desnúdame es irreverente. Le falta el respeto a los valores establecidos por la sociedad, juega con los tiempos y la realidad, juega con los personajes y los sentimientos del lector. Desnúdame no respeta nada. Es rebelde y cuestionadora”. Al menos tengo eso para mí: hacer sentir incómodo a alguien más los hace cuestionar su realidad, que es justamente lo que Umberto Eco decía que la literatura puede hacer. Al menos sé que quien se atreve a sentirse incómodo, puede dilucidar un poco más la luz al final del depresivo camino de la vida.