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El sol brilla de la misma forma que la luz pasa a través de una lupa y quema hormigas. Es un día caluroso y sudoroso. Después de unas horas de tener que soportar a algunos maestros incompetentes, Diego da gracias a Dios, a pesar de no ser creyente, pues por fin acaba un día de clases. Ahora lo que prosigue es encerrarse en su habitación para perder el tiempo… bueno, a hacer tarea. Eso es lo mejor, pues su madre ha estado actuando muy raro, anda obsesionada con el quehacer del hogar. Una borona de pan sobre la mesa es sinónimo de guerra interracial, intercultural e interpendeja; la ropa de ella es blanca como si quisiera fusionarse con las nubes. Con la única persona con la que se topa es aquella mujer que quería saber dónde vive; fuera de eso, nada. Toca la puerta frontal, su madre lo ve desde la ventana y le dice:

–Ve a la puerta de atrás.

Por favor, de perdida. El joven no comprende, sin embargo decide obedecer para no tener problemas posteriores.

–Mamá, déjame pasar, porfa.

Ella lo observa despectivamente, lo examina y desarma.

–Estás sucio.

Él voltea a su pantalón y ve manchitas que se formaron por sentarse en el suelo de la escuela, pero nada grave.

–Bueno, déjame pasar a cambiarme la ropa… es que también siempre me compras ropa clara y se ensucia muy fácil, ya no me dejas elegir.

–Acabo de limpiar todo y no quiero que ensucies.

–Mamá, no voy a ensuciar, son manchas de polvo… no voy a ensuciar.

–Diego, lo siento, pero no te puedo dejar entrar, estás sucio.

De la misma manera que el vapor comienza a hacer presión en la tetera, el mal humor de su cuerpo le exprime el hígado.

–Mamá, no empieces, déjame pasar, soy tu hijo.

–No.

El corazón late y la bilis se derrama en vómito mental.

–A ver, entonces ¿qué propones para que me dejes pasar?

–Quítate la ropa –contesta ella tranquilamente.

–¿Qué!

–Me escuchaste. Es la única forma. –Punto final. Diego aprieta la mandíbula.

–Quieres que me quite la ropa para que me dejes entrar a mi casa… ¡A La Casa donde también yo vivo! –Reclama con su voz en aumento.

–Si no lo haces, no entrarás. Haz lo que te digo si quieres entrar –insiste ella con una tranquilidad digna de un difunto.

–¡Puta madre! ¡Toma, toma tu pinche ropa! –Grita furibundo quitándose la playera–. ¡Eres una loca! ¡Una loca! –Se desabrocha el pantalón–. No puede ser que me hagas esto, soy tu hijo, ¡tu pinche hijo!

Se quita el pantalón, los tenis, las calcetas y se queda en su guango bóxer luciendo su delgada desnudez. Al instante la mujer abre la puerta y él, echando humos, se va a su habitación. Se viste de nuevo y toma sus ahorros.

–¡Me voy!

–¿A dónde?

Ella solamente escucha un portazo que hace temblar los cimientos de La Casa. Valeria toma la ropa de su hijo, la mete en la lavadora, talla el suelo, trapea todo por donde pasó Diego y se va a bañar.

Ya en el camión, después de alejarse una parada, Sergio sube también y se sienta al lado de Diego.

–¿A dónde vas? –Le pregunta el jardinero.

–Lejos de aquí.

–Bueno… yo voy por fertilizantes… hay plagas que hay que erradicar de La Casa.

–¿Tu madre nunca te hizo algo que te hiciera enojar los suficiente como para creer odiarla?

El otro piensa un momento.

–No… bueno… tenía muchos problemas. Lo peor fue cuando me atacó por ensuciar una de las fundas de sus sillones. Mi padre me defendió, pero por desgracia la hirió gravemente. Ella murió en la misma casa.

No sabe Diego cómo contestarle o reaccionar ante tal confesión.

–Entonces ¿tu padre está en el manicomio por eso? ¿Por qué no fue a la cárcel?

Le pregunta el más joven muy interesadamente.

–Pues, al parecer, por las circunstancias del asesinato. El juez dijo que mi padre tenía una especie de problema psicológico.

–¿Y no te pesa? ¿No te sientes mal por eso?

Lo que menos pasa por la mente del hijo de Esteban es si puede llegar a incomodar o hacer sentir mal a Sergio, solamente quiere saciar su morbo.

–Pues antes, ahora nada de eso me afecta; me da fuerza.

Diego voltea hacia la venta y ve un  barecillo.

–Me bajo aquí, adiós.

Baja sin importarle si suena cortante o descortés. Lo dejan pasar al interior del bar como si nada, o como si Diego aparentara otra edad. Hay una barra, mesas circulares y sillas de metal; no es la gran cosa, pero no está muy mal tampoco. Se sienta en la barra y pide una cerveza, enciende un cigarro y espera a que se le pase el coraje.

Esteban llega a La Casa. Abre la puerta y observa a Valeria haciendo la limpieza, como siempre, nunca deja de hacerlo: ya es como el aire que respira.

–Ya llegué.

–Voy.

Ella economiza en palabras para tener más energías para limpiar.

–Oye, cuando venía para acá, el vecino me dijo algo muy interesante que sucedió apenas hace un rato.

–¿Qué pasó? –Le pregunta sin dejar de limpiar.

–Me dijo que escucharon a Diego gritar porque no lo dejarías entrar si no se quitaba la ropa.

–Pues es cierto.

Al escuchar eso, Esteban se dirige directamente a la cocina donde su esposa está, quien no deja de limpiar.

–¿Cómo?

–Sí, es verdad, no lo dejé pasar a menos que se quitara la ropa sucia. ¡Acababa de limpiar!; además, que no se queje porque le faltó algo de quitarse –comenta ella lamentándose de la ropa interior que su hijo metió, pues en ella venían más gérmenes de los normales, gérmenes que atraerían muerte, sangre y destrucción a La Casa.

–¿O sea que no dejaste pasar a mi hijo porque estaba un poco sucio?

–Así es.

–¿Qué te pasa? ¿Por qué hiciste eso? Es tu hijo, Valeria.

–Yo solamente quiero mantener esta casa limpia para que ustedes tengan un buen lugar donde estar, lo hago por ustedes, para que estén a gusto y sin penas.

–¡Créeme que tener que desnudarte para poder entrar a tu propia casa no es una forma de estar a gusto en ella! –La reprime con fuerza y severidad.

–¡Oye!, cálmate, lo hago por su bien –contesta ella sin dejar de limpiar, sin mirarlo a la cara.

–Eso no es hacer algo por su bien, mujer, te estás pasando de la raya. ¿Qué te pasa últimamente?, has cambiado desde que llegamos a este maldito lugar… ¡Con un carajo, deja de hacer eso y mírame a los ojos! –Le ordena en un impulso colérico, reprimiendo sus ganas de zarandearla salvajemente.

–Se me olvidó hacer comida, tienes que ir por ella.

–¿Por qué no me lo dijiste antes para llegar con la comida? –pregunta desesperadamente.

–Estaba limpiando, se me olvidó, tengo que hacer todo yo ya que ninguno de ustedes dos sabe hacer perfectamente…

–Pues ya deja de limpiar, ¡te estás volviendo loca!

–Los locos son ustedes que les gusta vivir en la bazofia.

–Valeria, ¿tan siquiera has comido algo? ¿Desayunaste?

–No, no tengo tiempo.

–¿Lo ves? ¡Te estás volviendo loca, ya deja de limpiar!

Ella ignora su comentario. Enojado, Esteban decide ir en busca de su hijo. Cuando va subiendo las escaleras, escucha pasos acelerados que se dirigen a la habitación de Diego. El padre de familia piensa que es su hijo. Va a la recámara del joven, abre la puerta y al mismo tiempo ve a alguien entrando al baño. Se encierra. Esteban va y toca con los nudillos.

–Diego, hijo, ¿estás bien? –No recibe respuesta alguna–. Diego, ven, vamos por hamburguesas, vamos a comer tú y yo –siguen sin contestar, no hay nada, Esteban no escucha ruido alguno provenir del interior del baño, ni un simple pedo–. Hijo… ¿Diego?

Gira la perilla pues no tiene seguro y observa el interior: no hay nadie adentro. Escucha pasos que van a la recámara principal. Esteban sale de la habitación de su hijo y camina cautelosamente a la habitación de la pintura: la puerta se cierra tras alguien. La intriga se apodera de su cuerpo. Pega el oído a la puerta y escucha pasos en el interior, como si estuvieran dando vueltas en el interior de la recámara. Se asoma por la orilla de la puerta entrecerrada pero no logra ver a nadie. La puerta se abre sola pues Esteban no la empuja, y por esto le suda el trasero. No siente presencias como otras veces, pero siente raro. Lo primero que ve es la pintura colgada de aquella mujer de gran parecido a su esposa… algo tiene la pintura, algo ha cambiado: respira, parece cansada, su mirada está pervertida, onerosa y moribunda; su cabello está maltratado y su postura está ligeramente agarrotada. Son señales que no se ven a simple vista, hay que poner atención para poder verlas. Un momento, piensa. No es una mujer en la pared, es su esposa, Valeria está casi fotografiada con todo y su locura en una pintura hecha hace tiempo ya. Sus ojos son tan vivos, tan reales, tan vigilantes que Esteban casi puede ver y asegurar que se refleja en esas pupilas contraídas. Se le eriza la piel al sentir la mirada de su esposa que proviene de la pintura. La puerta se azota produciendo un fuerte estruendo. Él se sobresalta y el corazón se le detiene momentáneamente como cuando estornudamos. Corren rápidamente hacia las escaleras y luego a bajan. El hombre de La Casa se apresura, y al momento de abrir la puerta de su habitación los pasos ceden. Baja velozmente con su esposa.

–¡Valeria! ¿Viste a alguien bajando las escaleras? ¡Hay alguien en La Casa!

–No, no hay nadie –suelta una risotada–. Y la loca soy yo.

Hay algo en México, en su música, en su ser; que siempre que se tienen unas copas encima, el espíritu revolotea junto a Dios y luego baja en forma de deshidratación y cruda. La puta cruda. Va por la cuarta cerveza, ya la pidió, mejor arrepentirse y pedir perdón a la cabeza el día siguiente. Hay gente que dice que el alcohol no es la solución, pero al no ser problema tampoco, no hay por qué sentir malestar; a fin de cuentas: bien que mata, pero también provoca vida; piensa el joven enclenque. Si Diego fuera un poco más pesado tal vez tendría más resistencia al alcohol. Además, como él piensa y alguna vez escribió: hay dos formas de arreglar los problemas: afrontándolos y bebiendo; y como en la vida hay que ser prácticos, a veces mejor es el tequila, la cerveza o el whisky a un coraje infundado. Saca su cajetilla que le compró su amigo pues a él no le venden ni madres; cuando llegó eran veinte, ahora son quince. Lo enciende. La muerte transita amorosamente a través de sus órganos vitales, muere en rosas, expulsa algo de esos nueve meses de gestación y disfruta. El cigarro mata pero, ¿qué no mata en esta vida?, ¿qué no produce cáncer, paperas, ceguera, diabetes, loquera, vaginitis, paranoia…? Sin enfermedad y muerte no hay salud ni vida. Respirar mata, caminar mata, correr mata, ser mata, oír mata, saborear, oler, vivir, la amistad… todo mata en el eterno ciclo de la vida y Dios.

Se sienta una mujer al lado, vestida profesionalmente. Por esas pantorrillas, Diego supone que hace ejercicio. Lleva un maletín de cuero. Su rostro no es de alguien que ha tenido un buen día; aunque es difícil el creer que alguien tan atractiva pueda tener un mal día: nariz respingada, carnosos labios que suscitan al pecado, ojos marrones y el cabello más oscuro que haya visto, que cae cual cascada. Busca algo en su maletín y una expresión de carajo rebela su malestar.

–¡Maldición! –dice entre dientes y deja de buscar, hunde su cabeza en sus manos como si quisiera ahogarse.

–¿Olvidaste tu cartera? –pregunta Diego con desgana. Ella lo voltea ver, él a ella no.

–Algo así.

–No es por ser confianzudo ni nada, pero te vez con problemas… ¿Quieres?

Le orece su cerveza. Ella finge una sonrisa y acepta.

–Gracias.