neilHay de mentiras a mentiras: están aquellas que nos contamos a nosotros mismos porque no queremos afrontar la realidad: “Ya estoy bajando de peso”, “No estoy tan feo como pensaba”, “Mañana sí empiezo la dieta”; están aquellas que decimos a los demás para que se sientan bien: “No, de verdad me caes muy bien”, “No estuvo tan mal lo que hiciste”, “De verdad creo que eres muy inteligente”; y están las más estúpidas que rayan el borde de la mediocridad e imbecilidad humanas: “El calentamiento global no es cierto”, “La Tierra es plana”, “El aterrizaje en la luna es un engaño”; pero la peor es: leer no requiere gran esfuerzo… bueno esa y los cursos milagrosos para leer cinco mil palabras por minuto que tanto abundan en redes sociales.

El acto de la lectura no requiere un intelecto superior, no requiere tampoco estudios de doctorado y posgrado en el extranjero, ni mucho menos de habilidades dignas de genio: solamente requiere valor, huevos, como decimos por acá. Leer es una de las formas en las que el hombre vuelve a ser niño, en las que nos volvemos a maravillar de lo que nos rodea. Bien sabemos que la filosofía tiene ese efecto: por medio de la curiosidad, descubrir el mundo en el que estamos y volverlo nuestro. Bueno, pues, la literatura logra algo parecido en nosotros, y es por eso que da tanta hueva.

La hueva a la que me refiero no es la provincia ni la variedad de hachís; es esa de la pereza. Claro que si dijera que leer da pereza, el texto no tendría la misma fuerza que decir que da hueva. Hagamos ahora un muy breve análisis de por qué la lectura nos tiene tan despreocupados, sobre por qué cada vez leemos menos aunque lo necesitamos más, sobre por qué sólo los cobardes deciden excusarse con “leer me da sueño”.

La literatura nos prepara para lo que nunca pensaríamos vivir. Cuando soñamos, el cerebro procesa el sueño como si fuera la realidad, o sea que no hay diferencia entre estar en vigilia que estar inconscientes, porque en ambas situaciones el proceso mental que llevamos a cabo es el mismo. Lo mismo pasa al leer: procesamos la información como si fuera nuestra realidad. Supongamos una situación: Leemos en “Cien años de soledad” la matanza bananera. Nos llenamos de impresión y lágrimas al saber que el poder represor asesinó a sangre fría a los pobres trabajadores junto con otra gente inocente. Nos indignamos. Pero luego descubrimos los movimientos estudiantiles del 68 o que la misma matanza bananera fue real en Sudamérica. O leemos en “El ensayo sobre la ceguera” sobre cómo encierran a los ciegos en edificios y esperan a que se mueran o los matan de plano. Y luego vemos en nuestras clases de historia los gulag rusos o los campos de concentración nazi.

La literatura nos ayuda a ser críticos con lo que nos rodea. El hombre tiende a actuar buscando siempre su felicidad, sin embargo, si no conocemos el desconcierto de la tristeza, no podríamos conocer su opuesto. Esta serie de altibajos en nuestra vida es fundamental para poder reconocer cuando somos felices o no; en otras palabras: si todas las ficciones que consumimos son superficiales amores de personajes elegidos que vienen a cambiar el mundo, y que lo logran, apenas estamos probando la cereza, pero el pastel sigue intacto. Veamos, por ejemplo, “1984” de George Orwell, que no solamente nos da la preciada distopía que hoy en día es tan popularmente burda, sino que nos confronta con que, al final, no siempre gana el bueno; es más: el bueno quiere que el malo gane, porque así gana él mismo. O, por ejemplo, qué tal “€13.99” de Beigbeder donde nos damos cuenta que todo se puede vender. Todo. Absolutamente todo tiene un precio totalmente irrisorio.

La literatura amplía nuestro panorama. Es común que salir y conocer gente nueva nos lleva a una confrontación de ideas que, si es llevada a cabo de manera efectiva, no hace más que generar una nueva comprensión del mundo que nos rodea. Entonces, cómo procesaríamos un libro juvenil como “Luka y el fuego de la vida” de Rushdie que si bien está muy aterrizado a los gustos actuales, tiene esta mentalidad de la cultura india; o qué tal la terrible historia de desamor incestuoso de “Beren y Lúthien” de Tolkien que es una minúscula parte de una religión milenaria creada por un solo hombre; o comparemos estas fantasías con los fondos trascendentales de historias para niños que no parecen para niños de Neil Gaiman como “El puente del troll” donde se narra con una sencillez increíble la pérdida de la inocencia y la muerte.

¿Qué nos da hueva? Nos da hueva el trabajo extenuante que a veces no parece llevarnos a ningún lado, ese cuyo fruto siempre está más alejado de lo que pensábamos. Nos es impensable emprender una misión que no tiene una finalidad clara, que solamente parece un ir y venir sin sentido y que demanda tiempo y vida que no se recupera hasta que es demasiado tarde. No comenzamos ningún trabajo que no tenga una consecuencia inmediata, que no tenga una satisfacción de un momento para otro. Nos volvemos masturbadores crónicos: si el placer no es presto, resulta en una carga.

Nos da hueva leer porque su consecuencia se hace esperar, porque no nos va a satisfacer de un momento a otro y al contrario: nos va arrastrar, nos va a hacer sufrir, nos va a mostrar ese lado oscuro que siempre queremos ignorar de nosotros mismos porque nos incomoda. Pero a la larga, quien se sostiene de pie no es aquel que tiene la vida resuelta, no es aquel al que todo le dieron peladito y a la boca, no es aquel que no tuvo que trabajar para vivir a gusto; el que sostiene a la sociedad y a su gente es el que se ha visto enlodado hasta casi no poder respirar y ha salido galante, solamente aquellos que han vivido la terrible cordura de la tolerancia llevada al límite, son los que mueven al mundo.

El que lee no lo hace para ser feliz, no lo hace para ser mejor, no lo hace para volverse héroe: lo hace porque su valor, su valentía, está mucho más allá de lo que su entorno le solicita. Lo hace porque hay demasiados cobardes que se excusan en la hueva de leer.

Leemos porque nos vuelve humanos.