12038057_127568334261806_5039685415929520877_nHace rato que Esteban se fue. Valeria hace lo que puede, lo que sabe, lo único que parece mantenerla viva y respirando: quehacer. Se encuentra en la sala de estar limpiando los aparatos electrónicos. En cansancio no es ya un impedimento, nunca lo fue en realidad, lo que ahora importa es mantener todo limpio. Pulcro. Blanco. Casto. Virginal. Al pasar el trapo sobre la pantalla una silueta la sobresalta, la figura de un muchacho con sombrero de paja, camisa a cuadros y pantalón de mezclilla: Sergio. En el mismo brinco que da, voltea hacia atrás para no ver a nadie. Soledad. Deja el trapo sobre la mesa de centro y decide ir por un vaso de agua. Escucha algo caer a sus espaldas: el trapo está en el suelo. Explicación lógica: no lo puso bien, resbaló y cayó. Gracias a Dios que existe la ciencia. Regresa y lo coloca en el centro de la mesa. Se dirige de nuevo a la cocina y algo cae atrás de ella, a sus espaldas. El trapo en el suelo de nuevo. No lo acomodé bien, piensa ella, como si lo poco de lucidez que le queda en su cuerpo le dijera que se vaya de ahí lo antes posible. Una mirada de reojo al colocar el trapo de nuevo en el centro de la mesita, hacia el televisor, el reflejo revela a dos niños pequeños sentados, observándola. Da un gritillo y voltea al sillón: no hay nadie.

–Estás cansada, no he comido… ¡es el hambre! Necesito descansar, es todo –se dice con falta de aire, respira agitadamente, siente un hormigueo en el estómago y en las palmas de sus manos. Da dos pasos a la cocina y escucha algo caer al suelo, algo mojado, algo que salpica. Voltea lentamente, temblando. El trapo está en el suelo, pero lo sumergieron en el agua que tiene en un recipiente. Ella lo ve con los ojos más grandes del mundo y de repente el recipiente de agua sale volando violentamente hacia ella. Logra esquivarlo. Pega un grito que escucha incluso San Pedro en el cielo. El terror se trasforma en un agudo silbido mata-neuronas que no la deja pensar, que le nubla la vista, que le impide armar escenarios lógicos en  su mente:

–Tengo que limpiar…

 

–¡BLUE! –Le grita Diego a la mujer para dejar pasar unas fuertes carcajadas que ella expide. Tiene que admitir él, y no sabe si es el alcohol, pero ahora la ve más joven que antes.

–¡No manches, Diego! –Dice ella entre carcajadas. Él también ríe p después de tres horas bebiendo, cualquier tontería parece graciosa.

–Y, bueno, yo ya te dije por qué estoy aquí, sin embargo sólo sé tu nombre, Sofía.

Ella desaparece su propia sonrisa y mira su bebida, así como la distancia que los separa se va reduciendo por arte de magia.

–Pues mi hijo ha cambiado mucho… tiene problemas, no me los dice. Le va bien, van a publicar un libro suyo…

–¿Escribe?

–Sí, novelas de ficción, pero esto… siento que no puede manejarlo; no es que quiera solucionar sus problemas, pero tan siquiera quiero ayudarlo… supongo que tú no tienes hijos.

–No, de hecho no… no creo que sea lo mejor.

–Estás en lo correcto, te vez muy joven aún. Qué bueno que pienses así. Las relaciones son muy complicadas… te lo dice una divorciada.

–¿Cuántos años tiene tu hijo?

–Diecisiete.

–¡Mira! Casi tengo su edad.

– ¿Cuántos años tienes?

–Quince. Casi dieciséis.

–¿Cómo te dejaron entrar?

–Ni idea, pero lo agradezco.

Sonríen…

 

Esteban observa su comida rancia y grasosa porque, cuando la comida no está hecha con amor, sí sabe diferente, todo lo que no se hace con sentimiento es soso, sin sabor siquiera. Mundano. La soledad es amiga de las personas propensas a la locura, como los escritores; pero si a Esteban le juntan comida sin amor y soledad, siente como un vacío en el ser, espíritu y alma; le amarga la existencia. Vibra su celular.

–Buenas noches…

–Esteban, ¡Esteban!

Es Valeria, está hablando en susurros como si no quisiera ser descubierta.

–¿Valeria? ¡Qué pasa!

–¡Ven! ¡Ven! ¡Hay alguien en La Casa! Ven pronto para acá.

Está muy alterada pero susurra. Hay un grito aterrado y se corta la llamada.

–¡Valeria!

Esteban deja dinero y sale corriendo a La Casa…

 

Sofía tiene su cabeza recargada en el hombro del joven. ¿Ilegalidad? Esa cosa no es cierta cuando se está lo suficientemente borracho o cuando eres abogado y tu biblia es la constitución y el estado de derecho tu Dios.

–Dicen que sin problemas, Diego, la vida no es vida –comenta ella en un olvido de sobriedad

–También dicen que Dios nos hizo a su imagen y semejanza, que nos ayuda y protege, que está con nosotros, que nos mira cuales cachorros; pero somos más como gatos malagradecidos y desvergonzados, vagos y perezosos, sin pudor ni piedad; porque a fin de cuentas sí estamos hechos a su imagen y semejanza, porque como Dios, también olvidamos las cosas.

No hay nada que excite más a una mente con título de maestría o en proceso de tenerla que las palabras de un ser pensante. Algo se prende en ella, algo que no sentía desde hace mucho tiempo. Lo toma delicadamente de la pierna como si esta fuera a romperse; él en seguido se ve nublado, apantallado, duro como roca, su aliento se entrecorta al verla a los ojos: no ve nada más que una muchachita de su edad, sonrojada y glamurosa; como si el destino estuviera jugando con ellos. Ambos voltean al mismo tiempo a la puerta del baño de mujeres. Una mirada de cómplices se cruza entre los ojos de ambos. Es esa la mujer que cualquier desea tener consigo mismo. Caminan con la canción: “Dejaré que pase el tiempo, porque es sabio y es perfecto, va y coloca donde quiere cada cosa en su momento…” La puerta que se cierra impide que el sonido atraviese y los deja a ellos dos en respiraciones agitadas, en caricias sudorosas y oscuros ósculos que desafían al creador. Él es inexperto y ella lo ha olvidado todo. Algo quiere hacer explosión entre sus piernas. Ella tiene en mente el delito y el pecado, pero eso lo torna todo más delicioso en un aroma que pica la nariz en un escozor del paraíso. Él, él no sabe ni lo que piensa, pues al cerrar los ojos ve rojo y huesos, escucha gritos de dolor. El pecado. ¿Qué no si el hijo de Dios se sacrificó por nuestros pecados, fue para permitirnos pecar? ¿Qué no si pecas pensando en Dios lo vuelve todo menos pecado? Es ella la que toma la iniciativa, pues él está absorto en sus pensamientos. Sus pantalones se bajan y siente un contacto hirviente con la piel de ella. Los gritos se intensifican, la sangre corre y él se hunde y hunde dos tiernas cabezas la una contra la otra en un infinito sube y baja, mete y saca, dale y regresa. El clímax está al momento de sentir los huesos romperse, no se controla, su cuerpo ahora es víctima de jaloneos y contracciones involuntarias. Los gritos de esos niños se mezclan con gemidos excitados de ella y sus propios gemidos de puta en celo. Respira como si estuviera ahogándose y, al abrir los ojos, vigilante, desde uno de los inodoros, está Sergio desnudo con un enorme agujero negro en el rostro en lugar de nariz, ojo, dientes. Solamente observa con una torcida hendidura en la boca que pareciera imitar una sonrisa.

–¡Mierda! –grita él volteando a los inodoros para no ver nada. Ella aún se recupera. Sale apresurado, deja dinero en el portafolio de ella y sale corriendo de ahí. No comprende aún lo que en realidad pasó, ni siquiera sabe si en realidad pasó. En la parada del camión se siente observado, como si lo vigilaran. Sube al camión, paga, voltea a la ventana y del otro lado de la acera se ve, lo ve, él, alguien que jamás en su vida imaginó ver: Germán, con el rostro más angelical del mundo, y sonriendo. Lo saluda. Diego no devuelve el gesto. Regresa su vista al frente y lagrimea.