12038057_127568334261806_5039685415929520877_nLas luces de La Casa están apagadas. Diego va llegando pensando y arrepentido de lo que acaba de suceder, en lo que lo impulsaba a actuar, a hacerlo, su deseo no era Sofía, era la sangre de los inocentes. Tiene miedo y este se acrecienta conforme se va a cercando a La Casa. Justo cuando está al frente de la misma, un auto se estaciona: es Esteban. Diego respira aliviado.

–¡Papá!

Lo abraza.

–Diego, ¿estás bien?

–No sé.

–¿Qué pasó con tu madre?

–¿Qué pasó con ella? –Pregunta su hijo.

–Me llamó muy alterada, dice que hay alguien en La Casa, pero ahora no parece haber nadie.

Recomienzan su camino al interior.

–Papá… vi a Germán.

El adulto se petrifica cual gárgola vigilante de piedra.

–¿Qué?

–Vi a Germán cuando venía a casa, igual a… era igual a mí.

Se observan fijamente cuando el crujir de la puerta, un sonido que antes no sucedía, los saca de su puente visual. El corazón de ambos late velozmente. Esteban toma la cabeza para proteger a su hijo en caso de ser necesario.

–¿Valeria? –Llama el hombre de La Casa temblorosamente, tímidamente cual niño enfrenta a su maestro el primer día de clases. De repente sus tímpanos truenan con un agudo grito, un poderoso rechinido de llantas y el impacto impresionante de un auto contra el inexistente frente de La Casa. Diego casi se hace del baño en sus pantalones. Esteban suda frío. No hay nada atrás a excepción de un leve aroma a llanta quemada.

–Ese grito fue como la voz de…

–Julia –completa Diego.

–Eso no puede ser.

El olor a llanta quemada se intensifica. Como por arte de magia, el lugar les parece un déjà vu, un recuerdo olvidado.

–Ya habíamos estado aquí… ¿pero cuándo? –Pregunta el mayor.

–Todo esto me parece extrañamente familiar… La Casa, la carretera… hay algo –dice el menor leyendo el pensamiento de Esteban–. ¿Esta no es La Casa donde…

Es interrumpido por un golpecito en la puerta, desde dentro, hecho por los nudillos.

–¿Valeria? –Pregunta Esteban. Les contestan con dos pequeños golpes. Diego toma valor.

–¿Eva? –Un golpe. Sus cerebros se congelan y una lágrima recorre la mejilla de Diego. La puerta se abre invitándolos a pasar. Cuando entran, la puerta se azota y las luces empiezan a parpadear. Las respiraciones agitadas suenan en el silencio oscuro y luminoso del lugar.

–Quieren jugar –dice Diego en voz baja.

–¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué?

–Sergio me dijo que hace tiempo mataron a unos niños. ¿Qué tal si son buenos?, ¿qué tal si nos quieren ayudar?

–¿Cómo? Esto no puede ser, no es lógico; si están muertos no pueden ayudarnos. Además, ¿cómo sabe eso Sergio?, ¿dónde está él?

Un grito de Valeria resuena solamente en la oscuridad titilante.

–¡Valeria! –Llama Esteban fuertemente sin obtener respuesta–. ¿Qué hacemos?

–Jugar –contesta su hijo. Un golpe manifiesta la confirmación, que eso debe ser hecho.

–Eva… –dice Esteban con la voz entrecortada–. ¿Y a qué se supone que debemos jugar?

–Yo cuento, tú escóndete –en contra de su voluntad, con los pies temblorosos y el frío expedido en forma de vaho; Diego se coloca al lado de la puerta y empieza su conteo–. Uno… dos… tres… –Escucha a su padre alejarse, va seguramente, a la cocina–. Cuatro… cinco… seis… –Justo atrás de él, Diego escucha alejarse pies ligeros, rápidamente, a la planta alta. Las luces siguen su guiño continuo– Siete… ocho… –Arriba corren en dos direcciones distintas–. Nueve… diez.

Silencio y luces parpadeantes. Para encontrar a su madre, Diego supone que debe tratar de encontrar a los niños pues su papá sería de poca ayuda. Los otros jugadores serán de mayor ayuda. Se fija en todos lados pero no hay señales de que los niños estén en la planta baja: no hay vida, no hay ruido. En la planta alta una puerta se cierra pues alguien la cierra apuradamente para no ser descubierto. Camina sobre fuego y hielo, en luz intercalada con sombra; Diego comienza a subir. El silencio le retumba en los oídos, pues los apagadores no suenan, no son activados ni desactivados. Camina sin encontrar a nadie aún. El sudor helado lo hace temblar más y su propia inocencia lo invita a ir a cualquier lado. El leve destello de luz al encenderse lo ciega momentáneamente lo cual no le permite enfocarse bien en nada. De las tres habitaciones del corredor derecho, únicamente una tiene la puerta cerrada, por lo que decide ir a buscar ahí esperando ver a su madre. Por una fuerza insistente, Diego abre la puerta y se asegura de que no haya nadie en lo que se puede ver desde donde está. Entra cuidadosamente como si metiera la cabeza a la boca abierta del león. Se asoma debajo de la cama esperando ver al coco, pero no hay nadie. Una leve risita infantil casi logra que se orine: viene del clóset. Una risa ahogada de alguien que sabe que lo están buscando y no lo han encontrado, pero que sí logra ver al buscador. El hijo de Valeria suda de todos lados. Camina al clóset, no puede ver nada a través de las rendijas. Temblando, abre lentamente la puerta del clóset y definitivamente se le escapa algo de ácido úrico que humedece su bóxer. El niño sonriente lo observa, observa a su amigo de juegos. Diego asoma su cabeza para asegurarse. Luz: tierno e inocente niño; oscuridad: el mismo niño pero con el cráneo molido, sangrando y sonriente. Luz: el verdadero ser; oscuridad: lo que la maldad hizo de ese pequeño. Diego se queda mudo, como si  sus cuerdas bucales se transformaran en concreto; quiere gritar pero no es posible científicamente hablando.

–¡A la base! –grita el pequeño con gran emoción. Diego sabe que debe llegar a donde contó antes que él. Sale corriendo al mismo tiempo que el niño se levanta, corre con pies de gelatina lo más rápidamente que puede. Escucha que lo persiguen. En la luz, un niño cualquiera; en la oscuridad, un niño muerto. Por fin puede articular cosas:

–¡No mames! ¡No mames! ¡No mames! –Ya en la planta baja, escucha aún al otro corriendo. –¡No! ¡Ya! ¡Papá! ¡Un dos tres por ti! ¡Un dos tres por Dios!

Toca la pared y se tira al suelo, aterrado. Las luces dejan de parpadear y ya no hay pasos acelerados. Comienza a llorar desesperadamente al mismo tiempo que llega su padre, se hinca y envuelve a su hijo en un escudo protector de amor.

–¡Diego! ¡Hijo, hijo! ¿Qué pasó? ¿Qué viste?

–Un niño… ¡Me seguía! –Contesta con la cabeza hundida en el pecho de su padre, llorando como bebé.

–¿No te dijo nada? ¿No viste a tu madre?

–No… no la vi –contesta sin dejar de llorar.

–Tranquilo… tranquilo… ya pasó –hay un momento de silencio–… ¿Dónde lo encontraste? –le pregunta su padre.

–¿Mande?

–¿Dónde estaba el niño?

–En un clóset de una de las habitaciones vacías de arriba.

Se levantan pesadamente como si estuvieran encadenados. Van a la habitación y abren el clóset: está Valeria con la mirada perdida, con los ojos casi fuera de sus órbitas, con los labios partidos, ida, no está en sí misma.

–¿Valeria?, ¿mi amor? –Habla Esteban suavemente al mismo tiempo que se hinca frente a ella–. Valeria…

No responde, está en alguna especie de trance, está pero no está.

–¿Mamá?

Ella voltea repentinamente hacia ellos pegándoles un susto. Regresa la mirada al frente.

–Todo está bien –les dice con una sonrisa, sin notar su existencia. Ella ve al infinito y a la nada también.

–¿Qué? –Pregunta su esposo sin creer lo que escuchó.

–Ya pasó, nada malo sucederá ahora.

Esa sonrisa parece estar porque le jalan las mejillas con dos ganchos, una mirada de caricatura sin chiste.

–Debemos irnos –dice su hijo con miedo en su voz.

–Sí, a dormir todos.

Y en contra de cualquier voluntad divina y no divina, van a sus habitaciones en una noche cálida, tranquila  y plácida de verano.