portada-49Leer es la actividad más variada de todas pues depende del libro, el género, el autor y hasta la forma de hacerlo: sentado, acostado, de pie, caminando, con música, sin música, en la casa, en el café; en fin, es una actividad infinita en todas sus variaciones. Y como todo, tiene sus bemoles, como la autoayuda que no hace otra cosa que el más pobre análisis de una realidad meramente imaginada para poder así superar nuestros males. A según. Y entre los géneros que, tal vez, son de los más subestimados, está el de la ciencia ficción.

No nos adentraremos en la definición de la ciencia ficción, que para eso está Wikipedia; no obstante, podemos decir que es aquella rama que se enfoca en una cuestión de superdesarrollo tecnológico. Robots, máquinas, viajes por el espacio, realidades alternas; la ciencia ficción, como la lectura y la literatura, no tiene límites en cuanto al desarrollo de la trama, sus personajes y ambientes narrados. Justamente por su línea de ficción acrecentada, puede llegar a considerarse como meras historias para niños que no tienen un marco fundamentado digamos, por ejemplo, como la psicología de los personajes de Dostoyevsky, las investigaciones y conocimientos profundísimos de Umberto Eco o Jorge Luis Borges, la explicación de la realidad a través de la magia de la cultura como el realismo mágico de Gabriel García Márquez o Salman Rushdie, la filosofía política del Marqués de Sade o la crítica social despiadada de José Saramago, Michel Houellebecq o Chuck Palahniuk.

Sin embargo, que quede claro: decir que la ciencia ficción es un subgénero que no puede tener más finalidad que la de alejarnos de nuestra miserable realidad por un ratito sin la más mínima de las cualidades humanas y artísticas de la literatura, es igual de estúpido que pensar que un hombre no puede ser feminista porque no tiene útero.

La literatura es un arma, y su eficacia está en que es de los medios de comunicación más censurados de todos. El libro es eficaz, como ya se ha dicho, para ampliar el panorama de acción, para replantearnos nuestras condiciones, para volvernos propositivos en nuestro actuar. La ciencia ficción no puede relegarse a un segundo plano solamente porque si son robots y cuestiones futuristas de tecnologías inexistentes, entonces no puede ser allegado a la realidad. Y para muestra un botón:

Veamos superficialmente, por ejemplo, las “Crónicas marcianas” de Ray Bradbury. Estos pequeños escritos sobre la colonización de Marte y de la población indígena que ahí radica hasta la llegada del hombre. En primer lugar está a descubierto el egoísmo casi inherente del hombre que no parece tener otra finalidad más que la de destruir todo lo que tiene a la mano, incluso a él mismo. Esta población marciana tiene una habilidad de telequinesia para leer la mente de los aventurados conquistadores y hacerlos ver lo que ellos quieran, lo que los marcianos deseen, además de una habilidad para cambiar su morfología física y convertirse en aquél ser que los humanos deseen (o tal vez solamente es una extensión de su telequinesia). La situación en la que caemos es esta, y muy por encimita del agua podemos preguntarnos: ¿Llegan los conquistadores ante civilizaciones inferiores o plenamente desarrolladas y superiores en todo sentido que los invasores?, ¿por qué incluso siendo estas culturas magnánimas superiores en todo sentido, caen ante el vicio de aquellos?, ¿podrían los conquistados ser una muestra de humanidad perdida de los conquistadores que, al verla tan vastamente, los invasores deciden destruirla porque ven la debilidad en la que han caído?, ¿por qué incluso siendo algo que queremos, lo aniquilamos en su totalidad?

Un ejemplo más: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” de Philip K. Dick que narra las peripecias de un cazador de androides en una realidad postapocalíptica en la que una gran guerra nuclear ha acabado prácticamente con toda la vida del planeta. Por eso que los animales sean tan valuados y que los que no tienen acceso a uno real tengan una réplica inconfundible en su imagen con los de carne y hueso. Este cazador se dedica a retirar, según sus palabras, androides que quieren algo más que ser meros esclavos de los hombres en otro planeta. Los androides son humanos en todo sentido de la palabra a excepción de una cosa: no tienen empatía. Rick, el cazador, usa una técnica para develar si a quien se enfrenta es un androide con base en situaciones relacionadas con sentimientos humanos, entonces él mide sus respuestas así como ciertas reacciones corporales. Ahora se enfrenta con los Nexus 6 que son prácticamente inseparables con su contraparte humana. No hay forma de diferenciarlos. Aquí viene el cuestionamiento: ¿Qué tanto uno de otro somos diferentes y por qué unos sí están bien en su forma de ser y otros no?, ¿qué es lo que decide en una sociedad el volver parias a un sector específico y qué vuelve aceptables a los demás?, ¿qué nos da la suficiente autoridad moral para decidir qué está bien y qué no lo está respecto a las actitudes de los demás?

De otro grande del género, Douglas Adams, se ha hablado ya (https://lectofilia.com/2018/09/23/la-guia-del-pescado-del-fin-del-mundo/)

No hace falta más que un análisis en extremo básico para darnos cuenta que la ciencia ficción, a pesar de su aparente imposibilidad por las condiciones a las que expone a sus personajes, nos arrastra a un cuestionamiento sobre esas mismas cualidades que nos vuelven humanos. Decir que por su aparente ficción irracional no es posible verle un trasfondo social y hasta filosófico, es un absurdo por completo. No podemos ni debemos reducir al extremo, decir que la literalidad de lo escrito es lo único de una novela o historia de ficción cualquiera: es la metaforización la que nos permite encontrar la belleza intrínseca de un escrito de ficción. No caigamos en la imbecilidad de decir que algo es inútil sólo porque no tenemos conocimiento de lo mismo. La ciencia ficción es un arma, una poderosa como la literatura misma, y nos hace preguntarnos una sola cosa: ¿somos humanos o estamos tan inmersos en una sociedad enajenante que en realidad actuamos como el exterior lo exige de nosotros?, si no tenemos una verdadera libertad de elección, ¿qué es lo que nos separa de un robot sin empatía? Así es: el robot de la ciencia ficción es mucho más humano que nosotros, en realidad.