12038057_127568334261806_5039685415929520877_nEn un viernes bochornoso y de clases, para acabarla de fregar; Diego no tiene ni humor de vivir. ¿Cómo durmió una noche anterior? Pues muy sencillo, mi querido Adso de Melk: No lo hizo. Dos cosas rondaron en su mente cuales perros protegen la casa de un clasemediero pobre: fantasmas y un malestar físico-mental por haber alcanzado un orgasmo en imágenes imaginarias de niños muertos, cerebros y sangre. Además de estar seguro de haber visto a Sergio en el baño. En camino a casa, en la tarde, verá cómo del manicomio sacan el cadáver envuelto en plástico negro; podría jurar que es aquél hombre que le advirtió que se fuera de La Casa hace tiempo ya; pero el rostro lo tendrá tan desfigurado que no estará seguro en su vida. Verá en las noticias, en la escuela, una nota sobre como otro paciente lo amarró y masticó su rostro hasta que murió desangrado. Como sea, eso no tiene importancia; lo que sí es de tomar en cuenta es que Diego está en su recamara con un cobertor pues no sabe cuándo la temperatura se escurrirá a los menos miles de grados centígrados. Se apresura a apagar ese sonido chirriante que mata sueños.

Esteban está solo, acostado sobre su cama ya que Valeria es la que madruga pues Dios le ayuda. Con la limpieza. Así vemos que la divinidad solamente ayuda a aquellos esclavizados a seguir trabajando. Ahora ella despertó con una sonrisa de espanto. Esteban no sabe qué es sonreír por el momento, pues todo en lo que pensaba creer ahora no es más que una cortina de humo ocultando algo más. Su pensamiento se ve abruptamente interrumpido por la alarma matasueños.

Después de desarrollar sus respectivas rutinas en silencio, sin decir nada a Valeria, quien lava el baño de la recámara principal por quinta vez consecutiva en la semana; los dos hombres desayunan. Se van aceleradamente de La Casa para dejar a Valeria con lo que parece hacerla humana: la limpieza. Esteban sí trató de convencerla de que no durmieran ahí esa noche, pero ella parece atada del cuello a La Casa y si se aleja, se ahorca.

En la escuela, cansado, pero sin el mal humor habitual de su vida durante las últimas semanas; Diego se dispone a dormir, hasta que esa voz aparece, esa que parece venir desde el interior del planeta:

–¿Qué pedo, Diego?

–Güey… no grites –le contesta a su amigo sin quitar la cabeza de entre sus brazos.

–¡Ora!, pues qué tienes, ¿te pasó algo malo?

–Necesito un cigarro… ¿tienes uno para este humilde malparido? –Rodrigo ríe estruendosamente. Se salen primero y ya afuera y recargados, le da uno–. ¿Y ahora porqué escondes tu cajetilla?

–Es que desapareció un cigarrillo… creo que me están robando. ¿Qué te pasó? –Pregunta su mejor amigo comenzando a preocuparse.

–Ayer… ayer nos sucedió algo en La Casa, algo que nunca imaginé posible –aquél guarda silencio cual niño escucha la historia esperando al monstruo que se comerá al protagonista–… Aunque, bueno, desde hace tiempo nos suceden cosas raras; las de ayer no se comparan y nos sucedió a todos juntos.

–¿Qué quieres decir?

–La Casa… La Casa está embrujada –contesta Diego luego de una gran bocanada de humo.

–¿Qué pasó ayer?

¿Cómo supo que fue ayer? Por esos ojos cansados, mi pequeño Adso; no creas que fue por una conexión mágica-espiritual de mejores amigos. Eso no existe.

–Los niños que se supone murieron misteriosamente estaban ayer jugando con nosotros. Mi mamá estaba desaparecida y ellos nos dijeron dónde estaba. Ella estaba muy extraña, como perdida en ella misma, sonriente como muñeca de porcelana pero… pero terrorífica.

–Bueno, las muñecas de porcelana son terroríficas en sí… ¿Los niños muertos te dijeron dónde estaba tu mamá?

–Sí, jugando a las escondidas.

–Pensé que tú no creías en esas cosas, mi buen amigo.

–No creía, pero ahora parece más que obvio, que sí es verdad, que hay otro mundo aparte del nuestro, aparte del que nuestros ojos ven. No me importa eso, yo solamente quiero irme de La Casa –dice antes de darle otra calada a su cigarro mentolado para poder morir frescamente…

Esteban está en su trabajo revisando y seleccionando el currículum vitae de la gente que quiere superarse y hacer algo productivo de su vida; siente que sería mucho mejor que alguien le dé un balazo en la sien; no porque no le guste su trabajo, sino por lo que le ha venido aconteciendo. Siente como si alguien más estuviera con él, en su oficina, desde que llegó ahí a trabajar lo siente, trata de ignorarlo y de concentrarse en su trabajo; pero no puede. Coloca el rostro entre sus manos y escucha algo ligero caer al suelo. Es un papelito con huellas dactilares rojas, como si alguien con sus dedos pequeños y llenos de sangre lo hubiera tomado y tirado. Toma el papel. La sangre está seca. Es el número de teléfono que aquella mujer le había dado hace tiempo a su hijo, que dijo que en caso de problemas en La Casa, la llamaran a ella. Marca y espera tres tonos.

–Buenas tardes.

–Hola, buenas tardes, mi nombre es Esteban Carrasco –dice con el ánimo en el suelo.

–¡Oh!, señor Esteban, me sorprende su llamada. ¿En qué puedo ayudarlo?

–Pues tengo que hablar con usted.

–¿Sobre qué?

–La Casa.

Hay un momento de silencio auspiciado por el horror y patrocinado por Belcebú. Ella ahora habla en un tono mucho más serio.

–¿Cuándo puede venir?

– Cuando usted diga.

–¿Puede ahora mismo?

–Voy en camino.