12038057_127568334261806_5039685415929520877_nMe siento mal, verá, tengo chorro por las garnachas de ayer y mis gases son tan malos que Hitler los hubiera usado para matar judíos. Eso pero de forma más educada, de otra manera, para poder escaparse de su trabajo. Va que vuela a la dirección ahí escrita. Piensa en la extraña sonrisa de su esposa cuando dijo que todo estaría bien. No haría esto de no ser porque teme por la seguridad de lo queda de su familia. Si aquella que presume tener la verdadera historia, tiene algo que les ayude, no hay nada que perder.

Llega a una casa de dos pisos pintada de blanco con los marcos de las ventanas con un tono amarillo pastel. La puerta es de madera con una reja blanca sobrepuesta. Hay cámaras de seguridad en cada esquina de su casa y un detector de movimientos en la entrada. Tiene un exuberante y hermoso jardín al frente, con pasto tan verde que parece artificial, con flores que nacen para nunca perecer, que viven y respiran el aliento de la risa de la hermosa dama. Todo crece pero nunca fuera de la medida. La casa luce acogedora, incita a pasar y tomar unos tragos. El visitante toca el timbre. Espera unos segundos y hay un zumbido de electricidad, se desactiva el seguro externo y Esteban empuja la puerta para poder caminar por la cantera al mismo tiempo que aquella mujer sale de su casa.

–Bienvenido, señor Esteban; pase, por favor –dice ella muy agradable, pero también seriamente. El visitante entra al acogedor hogar que tiene un aroma indescriptible, pues huele a algo pero no es nada parecido a los aromas que ha captado en su vida. Hay una mezcla extraña de modernismo y barroco en los muebles de metal y los detalles de madera en las paredes de la casa. Hay varios diplomas de periodismo y economía. Plantas igual de vivas que afuera ventilan el aire. Un perrito chihuahua hembra color marrón pasea de un lado para el otro. Lo dirige a la sala, donde tiene preparado un té caliente con terrones de azúcar y un frasco con miel, para que se sirva el invitado dependiendo del gusto personal.

–Tome asiento, por favor –invita ella con el mismo tono con el que lo recibió. Él, al sentarse, siente una comodidad que no había disfrutado desde que llegó a su casa–. ¿Gusta un té? –La taza ya estaba servida, por lo que una negación no es respuesta. Expide un aroma extraño. Definitivamente no es menta–. Y bien, ¿qué ha pasado?

No es yerbabuena.

–Pues… –Da un sorbo. No es manzanilla tampoco–. Desde hace unos días hemos tenido algunos problemitas en La Casa, cosas que no creía ciertas. No soy creyente, mi familia tampoco, pero… pero luego de vivir eso… Siempre pensé en razones lógicas, pero ya mi razón llegó a límites que no puede superar. Hay cosas sin explicación.

–¿Como qué cosas?

–Mi mujer ya no es la misma, desde hace mucho tiempoestá obsesionada con el hogar y la limpieza del mismo, nunca deja el quehacer; está traumada con eso. A mi hijo lo noto malhumorado todo el tiempo, como si la felicidad y alegría fueran sustituidos por odio y angustia.

–Si no mal recuero, su familia sufrió una fuerte pérdida hace unos años.

No es manzanilla.

Esteban siente como sus músculos y mente se relajan como nunca antes.

–Sí, perdimos a la gran parte de la familia: Julia, Julio, Eva y Germán, el gemelo de mi Diego. Al principio yo adjudicaba que nos sentíamos raros en nuestro nuevo hogar porque sólo somos tres y La Casa es enorme. Pensé que aún asimilábamos lo sucedido. Pero hay cosas que, como dije, no logro explicar.

–Pero a usted le ha ido muy bien, laboralmente hablando. Su hijo ha subido sus calificaciones.

–Sí, exacto… ¿Cómo lo sabe?

Esa información no se la había dado en la vida. El té no es verde ni rojo.

–Yo me gradué en comunicación y periodismo, con periodismo de investigación como línea terminal; señor Esteban.

–¿Y qué hace en bienes raíces?

–Tuve que cambiar mi profesión pues llegué a tener problemas con gente de dinero. Tengo la historia de lo que en realidad sucedió en La Casa, y una posible solución a la situación en la que usted vive.

–¿Por qué tuvo problemas?

–Porque este lugar crece más y más, no conviene tener una zona o casa con cruentos asesinatos… menos si estos se repiten.

Se nota muy convencida.

–Soy todo oídos.

Ella sonríe.

–Le advierto que lo que estoy a punto de decirle puede ser realmente perturbador. Por eso el té.

–¿De qué es, por cierto?

–Marihuana.

–¡Marihuana!

–Me lo agradecerá. –Toma unos papeles y unos folders que ya tenía preparados desde antes que Esteban llegara–. La historia de La Casa es interesante y trágica a la vez. Todo comenzó con la llegad de una joven pareja cuando esto apenas era un pueblo. Dicha pareja construyó esa casa para huir de la gran ciudad donde perdieron a sus dos hijos mayores, al gemelo de uno y a la menor.

–¿Qué les pasó? –Pregunta Esteban realmente aturdido por la coincidencia.

–Fueron asesinados una noche que regresaban de una fiesta. Llegaron los que ya mencioné antes que los demás, descubrieron a los malhechores robando su casa y fueron baleados. Regresando a la cuestión, también huían de problemas económicos, así que en un intento desesperado, pidiendo dinero prestado a todo mundo, construyeron su casa. Cuando llegaron aquí, a su casa, el ambiente de malestar se vio sustituido por uno de progreso. Buenas calificaciones, aumentos salariales, deudas pagadas. La mujer, sin embargo, comenzó a enajenarse con la limpieza del hogar; algunos dicen que para sobrellevar la muerte de sus hijos. Ella a veces comía, a veces no. Él, el gemelo sobreviviente, cayó en adicciones y malas amistades, incluso, algunas investigaciones apócrifas aseguran que estaba en una especie de secta espiritual. El único que parecía ir hacia arriba era el hombre de La Casa, descubriendo su potencial que ni él sabía tener. –Esteban suda frío–. Las cosas empeoraron: la madre llegó a extremos de que cuando su hijo llegaba de la escuela no lo dejaba pasar si llevaba ropa. Todos habían experimentado cosas raras: ruidos, miradas, presencias, pasos… hasta que un día ella vio algo aterrador y llamó a su esposo. Él al llegar vio en el comedor a todos sus hijos muertos merendando como si aún vivieran. El hijo de la familia también vio lo mismo al llegar, justo un rato después de su padre. La mujer siguió con su loquera, pero ahora de forma sonriente y educada. Al día siguiente su hijo llegó de la escuela, tocó pero nadie le contestó, la puerta del frente estaba cerrada por lo que fue a la trasera. Atrás estaba abierto y como no estaba su madre, entró, fue a la sala y sangró de la nariz, manchó uno de los sillones. Fue rápidamente al baño cuando escuchó a su madre furibunda. Le estrelló la cabeza contra el lavamanos hasta dejarlo inconsciente, lo desnudó y lo puso a limpiar el reloj de la sala.

–El que no suena.

–Exacto. Otros dicen que lo puso a limpiar el suelo, pero eso no importa. Llegó el padre y vio a su hijo desfigurado, muerto y sin ropa. En un ataque de ira, con cuchillo en mano, fue con su esposa; las versiones varían: unas dicen que le enterró el cuchillo entre los ojos, otros dicen que no hubo cuchillo que la lanzó desde el segundo piso. Luego de esto, él se fue con su retoño y lo abrazó; estuvo sin comer, ni beber ni nada, duró días diciéndole que lo amaba.

Se queda en silencio.

–¿Cómo los encontraron?

–Verá: el hijo de la familia tuvo un amorío con una mujer en un bar, ella fue a verlo pues tenía una noticia que darle. Tocó la puerta y se abrió sola, un repugnante olor la mareó y descubrió la grotesca escena: el desnutrido, moribundo y huesudo hombre, su hijo agusanado y desfigurado mientras que la mujer de la familia llena de moscas. Dio aviso a las autoridades. Mandaron al hombre al manicomio del pueblo pues lo dieron por loco. Pusieron La Casa en venta hasta que otra familia llegó. Les sucedió algo parecido: ruidos, pasos, voces, incluso los niños juraban que había una mujer limpiando La Casa y un joven cuidando el jardín. Un día en una fiesta, sus dos hijos; gemelos, por cierto; aparecieron brutalmente asesinados. Luego llegaron ustedes. Dicen que esos niños ayudan más que molestar; ayudan de aquél espíritu maligno que ronda La Casa.

–¿El espíritu de quién?

–El hijo, todo apunta a él o a su madre. O los dos.

–¿Sabes cómo se llama el hijo de la familia que construyó La Casa?

–Sergio.

Esteban siente mariposas en el estómago. Del folder, ella toma una foto.

–Esta es la familia.

Esteban toma la foto de tres personas frente a La Casa, personas extrañamente sonrientes. En un extremo está el hombre de La Casa: alto, algo barrigón, con barba y lentes; en el lado derecho, la mujer de la pintura.

–La pintura de la recámara… –No acaba su oración.

–Sí, es ella, la mandaron a hacer antes de que se volviera loca.

Al ver al hijo siente un raro dolor en el estómago y el efecto de la planta medicinal se pierde.

–No puede ser… ¿Cuántos años tiene esta foto? –Pregunta espantado.

–Treinta años, aproximadamente.

–Es que ese niño es… es mi jardinero.

En efecto, el joven de la foto es Sergio, el que comía con ellos, el que les ayudaba en La Casa, el amigo de su hijo.

–Lo sé –contesta ella con gran tranquilidad. Esteban comienza a hiperventilarse y a sudar hielo. –¡El té! Tómelo, le ayudará.

Él bebe para relajarse pero se siente muy impresionado, tiembla.

–¿Usted cómo sabe todo esto?

–Pues la mujer con la que Sergio tuvo un amorío en el bar, es mi madre.

–¿Qué le pasó a ella?

–Murió hace años. Me dijo todo lo que sabía de mi padre, de Sergio. Un joven muy inteligente, con gran energía; pero con una personalidad del demonio, enajenado con la muerte y lo paranormal. Dijo que, así como Dios les quitó a su familia, cualquiera que habite en La Casa también sufriría ese dolor.

–¿Entonces?

–El que ustedes estén ahí, ahora, no es una coincidencia, lo tenía él planeado desde siempre. Tus hijos murieron por su culpa, y ese dolor y pena que ustedes sienten es el alimento que necesita. Es ahora fuerte y los atormenta.

–¿Qué podemos hacer?

–El mal espíritu vive ahí, al igual que el espíritu de los demás; las emociones negativas que ahí están impregnadas lo hacen más fuerte. Yo creo que deben destruir La Casa.

–¿Qué?

–Destruyan La Casa, hagan que ese lugar no albergue más a ese desgraciado, pues él provoca todo para alimentarse del dolor de los que ahí habiten.

Esteban se queda pensativo.

–¿Decirnos esto no te traerá problemas?

–Si actúan rápido, mis problemas se acabarán al mismo tiempo que lo suyos. –Esteban la observa fijamente, trata de asimilar todo lo que ella dijo, pensando en la solución–. Yo soy buena investigando y vendiendo, señor Esteban, con las plantas yo soy pésima. Para que lo sepa: yo no tengo jardinero.