12038057_127568334261806_5039685415929520877_nDiego ve desde la distancia a La Casa. No quiere estar ahí con su madre pues le tiene miedo. Lleva ya algunos días sin ver a Sergio, lo cual lo tranquiliza un poco, pero sigue sin querer estar ahí dentro. Pasa por donde estaba el poste donde chocaron sus hermanos. Otra razón para no querer estar ahí: recuerdos, pesados recuerdos. Observa como el sol parece temer a La Casa, no brilla como antes brillaba; ahora se ve más fría y oscura. Camina hacia ella pensando en lo que ayer sucedió y en la extraña sonrisa de su madre en esta mañana de viernes. Espera que no tenga que enfrentarla porque ni siquiera, por extraño que parezca, quiere verla. Trata de abrir pero la puerta del frente está cerrada. Una melodía suave proviene de la sala: supone que su madre dejó encendida la televisión. Va a la puerta de atrás y entra, pues está abierta. No ve a nadie en la planta baja, parece un desierto. Va a la sala y deja su mochila en el suelo. Se sobresalta al ver a Valeria de pie en la entrada de la cocina, quieta, con una pesada respiración y una mirada penetrante. Sus ojos no parecen ser sus ojos. Lo observa cual abogada defiende al diablo, esa mirada que exprime la verdad del acusado. Su rostro refleja rabia, se muestra furibunda y al mismo tiempo cansada, agotada y sin vitalidad en el ser. Hay algo visible en su mirada, algo que no brilla ni refleja: hay limpieza.

–¿Mamá? –Pregunta el recién llegado con la voz temblorosa.

–¿Qué haces aquí? –Pregunta ella con la voz desgarrada, vieja, cansada y potente.

–¿Mamá?, soy yo, Diego, tu hijo, vivo aquí contigo y con papá.

–¡Estás ensuciando mi casa!

Cada palabra va subiendo de tono, de intensidad. Su voz se escucha mezclada con la de otra persona, la de un hombre; la segunda voz es casi imperceptible, pero ahí está.

–¡Soy Diego, tu hijo!

Ella grita con fuerza sobrehumana, corre contra su hijo. Él, confundido, la esquiva; ella no logra detenerse y se golpea violentamente contra el suelo. Diego va a la sala, busca salir por la puerta delantera pero no se puede abrir. Llega Valeria velozmente pues el golpe no parce haberle dolido o afectado, lo azota contra el suelo en un arranque de fuerza digno de Hércules; lo levanta y lo pone contra la pared, lo toma del cuello y lo empieza a levantar. El aire en el cuerpo del delgaducho se ve limitado, sus articulaciones se enfrían y su cabeza se torna roja, sus ojos se inyectan en sangre y una sobrepasada desesperación lo hace lagrimear y golpear a todos lados, incluso a su madre. No puede, la fuerza de ella es incomparable. Los trastes de la cocina tiemblan de miedo, las manecillas del reloj giran muy rápido y se escuchan pasos acelerados bajar las escaleras.

Esteban rechina las llantas pues aceleró lo más que pudo para llegar lo antes posible a La Casa. Nota como la luz pareciera huir de la misma, pues se ve más lúgubre de lo normal. Diego comienza a perder el conocimiento. Esteban corre y choca contra el muro de concreto que es la puerta de entrada.

–¡Valeria! –No recibe respuesta–, ¡Diego!

Nadie contesta pero alcanza a escuchar los trastes de porcelana. Comienza a patear la puerta desesperadamente.

Diego ve la luz desaparecer ante sus ojos y su madre, esa mujer que lo amamantó, besó, arropó, cambió de pañales, ayudó y lloró; lo está matando, y eso es lo que más le duele.

La puerta se abre de golpe. Ve Esteban a la mujer de sus sueños matando a su hijo.

–¡NOOOO! –Grita al mismo tiempo que la golpea en el riñón, ella cede y Diego cae al suelo tosiendo y rojo como jitomate. El ayudante toma a su hijo y se alejan de la loca. Valeria clava su mirada de locura a Esteban también; ella parece rugir con su grito. Trata de embestirlo pero él planta un derechazo que lanza sangre volando y le rompe la nariz. Ella jadea y sangra en un enojo digno de Luzbel. Se levanta sin recargarse en sus brazos, flota en el aire cual tabla firme, como si alguien más la levantara. Esteban toma un jarrón de vidrio en caso de que ella decida atacar. Algo le arrebata el jarrón y lo lanza volando contra la pared. Valeria, al ver los pedazos de vidrio, pierde el instinto asesino y se concentra en lo mejor que sabe hacer.

–Debo limpiar.

Esteban y Diego no pueden creer lo que pasa, observan anonadados como ella recoge los pedazos afilados sin importarle que sus manos sangren. Suenan sirenas de policías y un auto grande y blanco rechina sus llantas también frente a La Casa. Entran hombres enormes uniformados de blanco en algo que parece más una película gringa, una visión surreal. Varios policías rodean La Casa y apuntan con sus armas. Los de blanco amarran y se llevan a Valeria.