12038057_127568334261806_5039685415929520877_nDeclaración, primeras impresiones de los doctores, el daño irreversible que se había hecho al corazón, encías y dientes dañados pues, al parecer, rechinaba a menudo las muelas. Los pasos en algún futuro serían terapias de electroshock y de ganar peso. Pero será imposible recuperarla, ella está perdida.

Ese día todo es tan rápido y en cámara lenta al mismo tiempo que no quieren hacer otra cosa más que dormir, sin importar el lugar. Ya que Valeria no está, piensan que nada malo sucederá. Ambos están en la habitación principal preparándose para lo que esperan sea una noche de sueño reparador.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? –Le pregunta Diego a su padre, quien le ha contado todo lo que aquella mujer dijo durante su visita.

–Vender la propiedad o destruirla. Resulta que él justamente ataca al dueño. La verdad no creo que destruirla sirva de mucho.

–¿Cómo supiste que estaba en problemas?

–Por lo que la mujer me dijo.

–¿Y si el fantasma nos escucha y nos hace daño ahora que planeamos irnos?

–Mira, mejor será que durmamos. Ya mañana pensaremos en eso, ¿sí? Veremos cómo le va a tu madre y nos vamos.

–Espero que este bien, independientemente de todo lo que pasó… es mi mamá.

–También yo, hijo. –Un silencio de tristeza envuelve todo y los abraza con sus manos esqueléticas–. Por cierto, bien pensado en llamar a la policía.

–Yo no llamé, pensé que tú lo habías hecho –contesta a su padre. Ambos se quedan pensativos un rato.

–Bueno, un golpe de suerte. –Esteban mismo piensa que eso es lo más ridículo de toda la vida, pero qué más da. –Buenas noches, hijo.

–Hasta mañana.

La noche es fría y silenciosa. La luz de la luna parece oscurecer aún más La Casa. No hay viento ni autos, no hay luces encendidas, pajaritos o borrachines incautos. Una rara neblina comienza a formarse afuera. De un momento a otro, ese silencio digno de interior de sepulcro, se rompe por un poderoso estruendo que sacude a Esteban y le pone la piel chinita: alguien ha chocado afuera. Lo raro es que su hijo no se inmuta, al contrario, parece dormir mejor que nunca. Esteban toma un suéter y camina hacia la puerta sin encender las luces. A pesar de ser una noche de luna llena, no hay franjas de luz y oscuridad. Baja las escaleras con una increíble sensación de soledad en La Casa. Abre la puerta esperando ver movimiento, luces encendidas, gente ayudando y a los accidentados; pero lo único que hay es esa neblina densa y familiar. El aroma a llanta quemada. Al cerrar la puerta el aroma cambia a uno de sangre. La manilla de la puerta se mueve y alguien entra. Esteban siente un escalofrío, camina rápidamente al baño y se encierra. La sensación de soledad se ha ido…

Diego escucha a alguien en el baño. Una leve luz lo alumbra, esa que sale de entre la puerta y el suelo. Un poco adormilado, ve que hay una sombra dentro. Derraman agua, tallan porcelana, luego el suelo con la escoba. La luz se apaga pero el sonido sigue constante.

–¿Papá? –Llama Diego en voz baja. La luz se enciende de nuevo y ningún ruido sale ya, giran la perilla y la puerta se abre al mismo tiempo que un gélido aliento invade todo. Diego se esconde al lado de la cama. La luz proyecta a la perfección la sombra de una mujer delgada, cabello ondulado y se logra escuchar su respiración profunda y agitada. Se apaga la luz y comienza a subir a la cama, se escuchan los resortes, las cobijas se mueven. Forzando sus músculos petrificados como si cada fibra se hubiera vuelto cemento que ya está seco; Diego gatea a la puerta de salida que está entrecerrada.

–¿Diego? –Es la voz de su madre–. ¿Qué haces en el suelo, mi amor?

No puede respirar y comienza a sudar, tiembla con desesperación y no logra emitir sonido alguno. Voltea a la cama al mismo tiempo que se levanta y logra divisar un bulto en la cama. Hay alguien acostado. Cual marioneta de hilos, levantan a la persona y se pega a la pared desafiando cualquier regla de la física o de la gravedad. A esta mujer no le afectan las cuarenta y ocho leyes de nuestra dimensión. Ella voltea a él: es Valeria.

–Hola, hijo.

Su voz está entremezclada con la de un hombre. Camina él lentamente dando la espalda a la puerta, derramando lágrimas por el miedo. Enciende la luz y ya no hay nadie…

Esteban mira la puerta pensando en que dejó afuera a cualquiera que lo busque. Siente que alguien está en el baño. Siente que lo observan. Se enjuaga el rostro en el lavamanos y no logra ver que Sergio, lleno de sangre, está justo detrás de él observándolo a sus espaldas.

–No hay nada, no pasa nada.

Toma la blanca toalla y se seca el rostro. Al verla nota sangre, como si se hubiera enjuagado la cara con la misma. Tocan la puerta, alguien quiere hacer del baño. Él se apresura y pone seguro. Mueven la manilla suavemente y de repente se torna algo rudo y violento, con desesperación por entrar. Escucha un golpe metálico y seco a su lado. Ve como el lavamanos está lleno de sangre. Se escucha un segundo golpe y de la nada aparece sangre como si a alguien lo estrellaran violentamente contra el grifo. Otro golpe, más sangre.

–Sergio… –dice Esteban suavemente. Siente una respiración en su cuello. Voltea atrás para asegurarse de que no hay nadie. Regresa su mirada al lavamanos y ve que ya no tiene sangre. En el reflejo del espejo ve a Germán con el rostro lleno de sangre, deforme, un gran vidrio en el ojo, no tiene dientes, la boca la tiene abierta y la mandíbula dislocada. Observa a Esteban.

–Te amo –le trata de decir en un tierno balbuceo. Esteban cierra los ojos en un sollozo. Los abre de nuevo y ve una simple mancha de sangre donde estaba su hijo. Ya no parece haber nadie afuera. Abre la puerta lentamente y solamente hay oscuridad.

–¿Papá?

–¿Diego?

–¿Dónde estás?

Está llorando, lo sabe por su voz.

–Voy para allá, no te muevas de donde estás.

Comienza a caminar a las escaleras cuando nace un sollozo en la oscuridad, el sollozo de una mujer que trata de ahogar su propio llanto en las palmas de sus manos. Llora en un susurro. La luz de la sala se enciende. Esteban voltea lentamente para ver a su mujer, de pie, vestida de blanco, sin tocar el suelo con los pies; está llorando.

–Tú no estás aquí –le dice Esteban. La mujer voltea hacia su esposo, gira su cabeza ciento ochenta grados con la mirada densa y el sonido de lo que parecieran ser huesos rompiéndose. Ella avanza hacia él en una mirada absorta, de cejas negras y enojo en su expresión. Esteban corre hacia arriba con el corazón en la garganta, llega con su hijo y lo abraza–. ¿Estás bien?

Diego confirma con la cabeza. Cuando Valeria llega a la base de las escaleras, los observa y ahora ella tiene un enorme orificio entre los ojos, lleno de sangre coagulada. Se encierran en la habitación principal.

–Papá, ¿qué hacemos? –Pregunta Diego desesperadamente a su padre asustado. Las luces se apagan. Esteban toma de su mueble un encendedor y gira la rondana produciendo un leve resplandor momentáneo. Parece que el frío ha congelado el líquido que se supone, debe arder. En uno de esos leves resplandores amarillo, alumbra el rostro sangrante de Sergio justo atrás de él.

–¿Papá? –dice Diego alejándose poco a poco. La oscuridad es tal que parecieran que están cerrando los ojos fuertemente–. ¿Papá? –Insiste el menor para que su padre se apresure a dar luz. Lo logra. Esteban voltea a la pintura, que tiene la mirada fija al frente, cuando de repente voltea hacia Esteban y un vientecillo apaga el encendedor.

–¡Dios! –Grita el menor.

–¡Qué pasa, Diego? –Pregunta su padre alarmado al mismo tiempo de reencontrar el encendedor.

–¡Algo me agarró de los hombros! –Grita con desesperación. Esteban se arrastra hasta que encuentra su encendedor, lo enciende y se levanta. Diego llora por el terror. La puerta del baño se abre lentamente–. Me jalaron para acá –dice el joven en un hilo de voz temblorosa y chillona, de niño pequeño.

–Diego, ven conmigo por favor –le pide de la forma más calmada, pero no puede evitar el temblor de su voz.

–¿Por…

No puede acabar. Unas manos se asoman desde el baño y lo jalan violentamente al interior del mismo.

–¡Dios! ¡No! –Grita Esteban con desesperación mientras corre a ayudarlo.

–¡Ayúdame! ¡Ayúdame, papá! ¡Papá! –Grita Diego a todo pulmón tratando de luchar contra algo que no puede ver.

–¡Hijo! ¡Diego! ¡Déjalo, maldito hijo de perra! –Se escuchan los golpes. Es un forcejeo en la total oscuridad, nadie puede ver nada. Esteban toma a su hijo y lo saca de ahí. La puerta del baño se cierra de un portazo–. ¡Hijo, mi amor! –El menor no suelta a su padre, quien lo abraza lo más fuerte que puede. Hay un aroma extraño y penetrante: gasolina. Se levantan ambos y van a la puerta. Al llegar a las escaleras ven una sombra, oscuridad total salir de la recámara principal y seguirlos. Al pasar, las puertas comienzan a abrirse y acerrarse violentamente. Cuando llegan a la puerta de entrada, seguidos por la sombra, Diego se separa y se queda en la entrada, ve un cigarro encendido en el suelo; mejor dicho: un cigarro de su amigo. Diego sonríe y lo toma del suelo, da una profunda calada de aire y lanza el cigarro hacia atrás al mismo tiempo que se aleja de ahí. Esteban trata de encender el auto pero ve que no tiene gasolina a pesar de haber llenado el tanque esa misma mañana.

–No entiendo…

Ve como su hijo lanza un cigarro desde el tren el mame y La Casa arde cual estopa al viento. Los cristales se rompen con el fuego que toma viveza, todo explota, todo vive, todo se libera. Los cimientos se debilitan, la madera arde y cruje, la pintura se deshace, los niños juegan, la oscuridad desaparece, la luna brilla más, la luz se apodera de todos; La Casa cae cual castillo de naipes. Los vecinos llaman a emergencias, la gente sale de sus casas. Esteban rodea a su hijo con un brazo y calientan su mente y espíritu con la fogata de La Casa que cae.

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza de forma tan perfecta que el hombre mismo creó un Dios a su imagen y semejanza. Creemos, en la imagen y semejanza de Dios, que se olvida y nos abandona por completo, pues vivimos en carreteras con poca o nula luz, luz que no vemos pues cerramos los ojos y perdemos la base de la fe: la inocencia. La inocencia es luz pura, por lo que si no perdemos la fe fundada en la inocencia, nunca perderemos la luz. Dios nunca se olvida de nada, nosotros nos olvidamos de Dios; pero esa es otra historia. Mas ¿qué significa olvidarse de Dios? Dejar de temer.