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Es un tema recurrente ya, sin embargo nunca deja de tener actualidad: hacemos lo que hacemos porque creemos que es lo correcto. El hombre es un ser que le gusta contar historias. Un muy querido maestro nos dijo que usamos más el tiempo pasado al hablar, que el presente o el futuro; y que en las escuelas debería enseñarse primero el pasado, luego los otros dos. Justo por eso de contar historias. Son estas las que nos conforman y nos vuelven quienes somos. Eso de “olvida tu pasado y vive el ahora” no quiere decir que borres el disco duro de tu memoria. Somos el resultado del pasado, eso nos conforma en el presente; y son justo nuestras vivencias las que nos llevan a creer que nuestro juicio es el que todos los demás, el que los demás deberían tomar.

No entremos en cuestiones de relatividad absoluta porque nunca acabaríamos: que si en un lugar está visto como bueno pues qué se le va a hacer, así son las cosas; que si algo me parece bello y a ti no, pues es mi opinión y la tuya me la paso por donde no me da el sol; que si a mí me funciona algo y a ti no, es porque te faltan neuronas. Tomemos el ejemplo de lo bello, por ejemplo. Una compañera me contó que un conocido suyo, pintor, dijo que el impresionismo no era bello y no podía ser tomado como arte en sí porque sólo funcionaba en su contexto; que por eso la inmejorable obra de Vincent Van Gogh no era digna de admiración porque no funcionaba como las obras de Da Vinci o Miguel Ángel. Obviamente, le habría soltado un madrazo a este despreciable zoquete. Lo bello, como todo lo demás en la vida del hombre, sí puede ser medido con parámetros generales. Lo que es bello no lo es solamente porque en mi opinión así lo es. No. Sí hay parámetros, y el contexto de desarrollo de una u otra corriente, es sólo una característica más; toda la obra en su conjunto puede ser medida con parámetros universales de belleza.

Ahora entremos en tema, a lo que nos trae hoy aquí: ¿podría el comportamiento humano también ser medido de alguna u otra forma con teorías universales? Bueno, no entremos en cuestiones de sociología, porque menos que experto soy en ello, pero sí creo una cosa: el hecho de que en la individualidad algo nos haya funcionado, no nos da el derecho de exigirles a los demás cómo hacer las cosas, cómo comportarse, ni mucho menos reducirlos intransigentemente sólo porque no nuestras formas de vivir no son ni parecidas ni mucho menos iguales.

Para muestra, un botón. Digamos que como escritor y docente he logrado llevar mi vida profesional de alguna u otra manera con una constante de efectividad que, por más mínima que sea, me ha logrado mantener en mi empleo ya en este mi quinto año seguido ahí, en mi escuela donde trabajo. ¿Me dará eso alguna autoridad sobre los maestros nuevos para decirles qué y cómo hacer su trabajo? La situación es que todos deberíamos estar abiertos a la crítica, a las sugerencias que nos lleven a hacer bien nuestro trabajo (porque sí: escribir es un trabajo tan digno como ser doctor o abogado; y a quien no le parezca puede decirme para partirnos las madres a la salida); pero no siempre es así. A mí me encanta cuando alguien lee alguna de mis novelas y me dicen “la verdad es que al final le faltó”, “Me gustó pero podrías ser más descriptivo, dale más atención al detalle” o “Definitivamente me quedé sin palabras”. Sean críticas literarias o no, cuando alguien te da su tiempo para leerte, lo de menos es invitarle unas chelas por apoyarte tanto. Pero que yo llegue con mis compañeros docentes y les diga: “Eso que haces está mal porque yo no lo hago así”; ahí, justamente ahí no se está haciendo nada constructivo ni mucho menos efectivo: Se está violando el derecho (y la individualidad, de paso) de la otra persona.

Esto lo menciono porque se le ocurrió a un familiar mío la idea de decirme cómo escribir sin haber leído nada mío. Y no es la primera vez que me sucede. Ahora, cuando uno se siente atacado, lo más normal es que reaccione a la defensiva: cerrarse uno a su área de confort y dejar que pase la marea. Sin embargo, el ataque, la crítica, la sugerencia luego se volvió hacia lo personal. Ahí fue cuando dije: no voy a hacer lo que tú me dices solamente porque no sabes lo que dices.

¿Está uno en su derecho de defenderse cuando la otra persona lo critica? Sí, claro que lo está. Es justo y hasta necesario. Es que nada más habríamos de imaginarme a mí tratando de explicarle a un físico cuántico cuál es la mejor forma para comprender algo tan complejo como las partículas.

Ahorita que no tengo carro y un muy querido amigo me está apoyando a darme aventón a la escuela y de la escuela a mi casa; su papá, el de mi amigo, es abogado, y me estuvo explicando unas cuestiones sobre su trabajo en las que yo no tengo conocimiento suficiente para entablar un debate como tal. Yo planteé una cuestión y él, amablemente, me ofreció una explicación desde su perspectiva, que es en la que se especializa. Hablamos sobre cuestiones de transporte público y si debería el Estado hacerse cargo en lugar de empresas privadas por medio de concesiones. El señor me convenció de que eran mejores las empresas privadas que el mismo Estado, eso a pesar de que el transporte público aquí en Querétaro es poco más que basura.

Yo hice lo que mejor hago, a pesar de tener la mitad de orejas que la gente normal: escuchar. La base del conocimiento, su nacimiento, está en escuchar al que sabe. No podemos actuar sin saber, sin lo mínimo de teoría previa. Un escritor no puede ser escritor si no lee, y es por eso que sigo sosteniendo: leer para el escritor es trabajar, y como nos gusta leer, pues nos es placentero trabajar. Ahora resulta que porque es ocio usado para establecer nuestras bases, las de nuestra profesión; no vale la pena porque no estamos produciendo. Yo no me puedo denominar escritor si no he leído a docenas de ellos, variadísimos en sus corrientes y en sus formas narrativas, para yo poder tener la mía propia. En mi caso: mi fortaleza no está en la descripción del ambiente, está en el diálogo de mis personajes. Y yo podría decirle a alguien que le guste leer lo que yo hago y cómo creo que pudiera esta persona mejorar sus procesos; pero jamás podría obligarlo, porque ahí caería en la ignorancia. Lo que a mí me funciona, no por fuerza debe funcionarle a los demás. Yo escribo con una idea general, vaga, y que salga lo que tenga que salir; otros esquematizan; otros necesitan tener toda la historia, de inicio a fin, para poder escribir. Está bien: mientras realcemos el nombre de la literatura, todo es válido.

Yo solamente tengo una oreja, pero me jacto orgullosamente de ser mejor escuchando que la gran mayoría de la gente que conozco. Aparte de mis amados padres, solamente dos personas que frecuento saben escuchar tal vez hasta mejor que yo. Necesitamos aprender a escuchar, es mucho más productivo, nos lleva a conocer más, nos vuelve abiertos de mente y nos confronta con las ideas que teníamos preestablecidas. Llega a ser incómodo, porque a nadie le gusta cambiar paradigmas mentales, resulta hasta doloroso; pero el resultado consecuente es el del conocimiento, el de ser mejor, y el de formar amistades por las que vale la pena vivir. Escuchar es infinitamente mejor que hablar como imbécil, que es igual a hablar sin saber. A lo mejor así nos damos cuenta que no es cierto eso de que yo soy listo y tú tonta; no, debemos cambiarlo: Tú eres listo, y yo quiero escucharte.