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¿Sabes por qué lloran los bebés? Seguramente los padres de familia mil y una cosas me podrían decir, pero hay un llanto que nadie conoce, es ese llanto que no puede ser aplacado pues no es de hambre, sueño, suciedad. No, el llanto de miedo no puede ser calmado con nada, porque los padres no ven lo que el bebé puede ver. Al nacer, somos noventa y siete por ciento ego y tres por ciento virtud (o, bueno, conciencia). Esta nos permite ver cosas que no están ahí, mejor dicho, que nos son invisibles. Conforme crecemos, las reglas sociales se convierten en ego en nuestro ser. ¿Qué es ego? Es lo que rige nuestra conducta consciente e inconscientemente. Son monstruos. Para hacerlo más claro: los pecados capitales. Todos, dentro, no somos una sola persona. No nos cuesta identificar nuestras virtudes y defectos, no porque no podamos vernos a nosotros mismos, sino porque tenemos tantos de nosotros mismos dentro que nos es imposible saberlo. Cada una de nuestras actitudes es regida por un ego distinto en algún momento de nuestras vidas, de repente nos gana la pereza, la gula, la avaricia, la soberbia, la ira, la envidia y la lujuria… ah, la lujuria; esa es la más fuerte, madre de todos los demás pecados capitales. Entonces, por cada vez que tomamos una decisión, uno de los pecados nos rige. Todos tienen lugar, y todos tienen una personalidad distinta. Tenemos tantos dentro de nosotros que sería imposible, sin el trabajo adecuado, el eliminarlos. Personajes legendarios de distintas religiones lo han hecho, cosa que parece complicada para todos nosotros; sin embargo, es posible. No nos gusta sufrir, y ese es parte del ego. Es más placentero el camino fácil. ¿Quién no prefiere buen sexo a la abstención?

En fin, ahora te preguntarás cómo es que sé todo esto. Un poquito de investigación, obviamente, algunos libros que he leído y, más que nada, experiencia propia. Así es, yo puedo ver los egos. No el mío propio, nunca he podido, aunque sé que ahí está, no sé dónde, pero lo escucho, y siempre me asusta, se comporta como un fantasma; pero los de los demás los puedo ver a la perfección. Los egos son, imagínense ustedes, como el amigo imaginario que está ahí todo el tiempo. No es un amigo imaginario, yo los puedo ver también, fantasmas y hasta ángeles de la guarda. Esos son la cosa más hermosa que puedan pensar. Pero no los egos. Son monstruosos. Dependiendo del grado de consciencia, el ego cambia. Entre más tierno el ego, más despierta la persona. El problema aquí es que no queremos eliminar algo tierno de nosotros mismos, ¿verdad? Nada como la protección y el amor que darle a un niño o niña inocente. Los egos son tan hijos de perra, perdón por la expresión, puritanos; que eso hacen: se vestirían de tu propia madre, aunque esta sería puta, pero no te darías cuenta. ¿Por qué lo hacen? Mutan para que no te des cuenta que te llevan por una mala senda. Esto lo digo no porque quiera que crean en la palabra del Señor, sino porque quiero que sepas que lo que haces sin querer está llevado a cabo por algo muy dentro de ti. Lo que sea. Y ese algo dentro de ti lo vuelve real a través de ti. No hay escapatoria.

Una vida así es difícil hasta que te acostumbras. Yo tuve que aprender a vivir con estos monstruos por todos lados. Entre más feo, más poderoso, pero entre más tierno, más peligroso. Algunos dicen que estos monstruos son hereditarios de vidas pasadas, aunque eso no lo he podido comprobar. No me he muerto, ¿saben?

Recuerdo mucho una ocasión en la que mi madre me llevaba a casa de un hombre, era un tutor. Yo no era inteligente en la escuela, en la secundaria era un verdadero fiasco. Iría con otro niño que también tenía problemas. Clases de regularización. Debí haberme desmayado. Estábamos a punto de entrar a la casa y lo último que vi fue a mi madre hablando con el profesor, y en la puerta, en la entrada, asomándose, la criatura más lovecraftniana y terrible que se puedan imaginar: verde, con branquias a los constados de la cabeza, una frente tan amplia como campo de fútbol, enormes coronas de piel, unos ojos reptilianos de color naranja y unos poros nasales bien abiertos y ovalados, labios delgadísimos y colmillos salientes, vestido justamente como aquél hombre que hablaba con mi madre. Lujuria. No sé cómo sé qué pecado es, pero lo sé. Era un pedófilo. Gracias a mi desmayo, pude escaparme de ahí para siempre. Al menos eso recuerdo, porque desperté, en la noche, en mi casa, cansado, pero bien.

No es grato ver este tipo de cosas, siempre salen de improviso, y aunque ellos nunca me ven a mí, me sacan sustos de vida. Yo los veo, pero ellos a mí no. Si así seguimos, yo no creo tener ningún problema con la vida que tengo.