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Si esperan un análisis de la realidad desde la perspectiva del guapo Camus, váyanse porque se van a decepcionar. De hecho, hablaremos de dragones, hadas, poderes mágicos, héroes y cosas así: inexistentes. Porque al hablar de literatura fantástica bien sería esto lo que viene a nuestra mente: ¿por qué perder el tiempo con algo que jamás sucedería, que tiene su razón de ser en la intrascendencia, en lo inexistente: en lo imposible? Le pedimos perdón a los dragones por semejantes palabras, pero es que son tan irreales como el hecho de creer que la mujer de nuestros sueños se va a fijar en nosotros.

Diferenciemos un poco antes de comenzar a fantasear irremediablemente: la ciencia ficción y la fantasía como géneros literarios son distintos en que la primera trata cuestiones futuristas y relacionadas a la tecnología y su papel en el entorno de la novela en cuestión; mientras que la segunda trata cuestiones de princesas, dragones, hadas… entonces, no son sinónimos: cada uno de estos géneros se aterrizan a situaciones diametralmente diferentes. A menos que hagamos dragones de hojalata o que las hadas puedan mear aceite para carro, a lo mejor y ahí sí se fundirían en uno.

Sin embargo, lo que aquí nos atañe es la fantasía. Incluso lo primero que nos podría venir a la mente es que la fantasía solamente atañe a niños chiquitos cuya imaginación viaja y regresa con una facilidad inquietante pero maravillosa. Sin embargo, como todo en la literatura, así como hay obras de ciencia ficción orientadas a grandes y a chicos; la fantasía también juega su papel, no solamente como veladora de inquietudes humanas así como la respectiva exploración interna del hombre, sino que también está dirigida a toda audiencia. La cosa es buscarle un poquito.

Obviamente, tampoco se trata de encontrarle diez patas al gato y forzar las interpretaciones de una historia de fantasía, porque eso sería caer en el absurdo. La princesa representa nuestro yo interno que se quiere liberar mientras que el dragón es el ego en nuestro corazón. No, no, no… bueno, a lo mejor y sí, pero incluso la interpretación del texto fantasioso tiene sus pautas a seguir. Y tampoco digo que todos los textos literarios tengan un trasfondo superesotérico que nos va a mostrar las virtudes en todos nosotros y nos hará crecer hasta alcanzar la cristificación. No. Pero también tomemos en cuenta lo que decía Umberto Eco: la literatura nos permite dudar de nuestra realidad, a formarnos un nuevo criterio hacia esta; además de que, según él, lo importante no es lo que quería decir el autor, sino la interpretación que hace el lector, la interpretación individual.

Humilde era el hombre que lo sabía todo, sí que sí.

La cosa es la que sigue: podríamos decir, por ejemplo, que el mundo de Tolkien es uno de nuestros principales representantes de la literatura de fantasía, y lo es, y de ahí vamos a mencionar a Harry Potter, Narnia, Fablehaven y los que usted quiera. Diremos que sí es cierto que la perfección del mundo de Tolkien es trascendental en el sentido de la construcción de una cultura que se formaría a través de cientos de años, pero hecha solamente por un hombre de cultura inigualable; o que Harry Potter muestra valores; o que Fablehaven no es más que un wanna be de otros más grandes tipo Narnia. Que nos entretienen, que nos emocionan; pero no pasa de eso. Se queda en una historia con dragones, magia, peleas chidas y buena cantidad de chistoretes.

Eso, quedarnos con esta superflua opinión de la literatura fantástica es negar la belleza narrativa que J. R. R. Tolkien imprimió tanto en su narrativa novelada como poética. Leer sus textos requiere atención al cien por ciento, porque depende de la lengua, que si es de elfos, de hombres, de enanos; los mismos nombres cambian, y es que pueden hablar del mismo personaje, y uno llega a confundirse porque le llaman diferente. Eso sin entrar a su basto catálogo de personajes, generaciones y épicas batallas. Ahora, más de uno dirá: pues se torna aburrido. O sea, sí es cierto que el árbol genealógico de los Buendía es como un bebé, y las familias del inglés son laberintos; pero también ahí radica su belleza: que lo que sucede no sucede así porque sí, sino que hay hasta miles de años de contexto, de trasfondo, de análisis y de construcción cuasi histórica.

Otro representante bien sería Neil Gaiman. Al menos habremos de conocer Coraline, la película. Pues él hizo el libro. Y no sólo ese: la serie de televisión de Amazon, American Gods, está basada en su novela que es, tal vez, una de sus obras epítomes. Me quedo con mis reservas a la serie, que desde un punto de vista audiovisual no deja nada que desear, pero la historia… bueno, no es el punto de esta fantasiosa palabrería. Incluso las historias dirigidas para un público joven de Neil Gaiman hacen pensar hasta a un adulto, nos deja con un sabor de boca agridulce en el sentido de “Esto no es para niños” justo por la complejidad de los temas, porque la narrativa y las historias nunca dejan de fascinar. Este escritor es excelente en lo que ha hecho, y así como sus historias para jóvenes, las que son para un público más experimentado; no dejan más que una satisfacción incómodamente relajante.

Pruebe a Neil Gaiman con “El puente del troll” o “No le preguntes a Jack” y luego hablamos.

Declarar que la fantasía no es más que un absurdo en el sentido en que no cumple su papel como literatura, es como menospreciar el realismo mágico de Gabriel García Márquez o el de Salman Rushdie, o como decir que los robots de Isaac Asimov no aprenden nada, es como blasfemar diciendo que La Conjura de los Necios de Toole no tiene nada de gracioso o que las historias de Irvine Welsh no causan un estupor nauseabundo. Cada uno de los géneros se ha posicionado no sólo porque sean algo dirigido a un público específico; no, señores, todos los géneros son para todos y tienen lo mismo que ofrecer: las bondades que vuelven a la literatura un arte. De todos modos, el verdadero absurdo de la fantasía no es que hable de cosas irreales o que sólo son posibles para quien no tiene nada mejor que hacer que no sea leer cuentitos sinsentido; no, el absurdo es el que no se atreve a ver que la fantasía tiene tanto para enseñar como la vida misma.