fcc0ba00732cadf86f04971ed064d382Despierta. Ese sueño lo estuvo molestando de nuevo. Es extraño, no es propio ni siquiera, parece prestado. ¿Cómo que cómo es un sueño prestado? Pues sólo puedes saberlo si lo tienes. Bueno, pues: un sueño ajeno es aquél que no quieres tener pero que aún así sueñas. O sea, es ajeno porque no es lo que generalmente pensarías de ti, pero es tuyo porque tú lo tuviste. Ese es un sueño prestado. Damián se levanta de su cama y se talla los ojos, no se quiere levantar, el entrenamiento de ayer le fue brutal. Entrenamiento de pierna en el gimnasio. Su cabeza aún le da vueltas. Trata de palpar el frío suelo, ve a través de la oscuridad lo que puede ver de su habitación. Se quita el cinturón que sostiene su pants para dormir. Sí, Damián duerme con un cinturón sosteniendo su ropa para dormir, entre más apriete su cintura, mejor. ¿Por qué? Se masturba dormido, y a él no le gusta. Lo sabe porque despierta justo al momento del clímax. Todo lo anterior es desconocido para él. ¿Cómo puede ser que haga un acto de onanismo sin siquiera saberlo? Le cuelgan los pies, cierra los ojos, cansado, y a su mente llegan unas manos llenas de callos que resultan lastimeras a su piel, lo raspan, ahí, donde más blando está. Vuelve a abrir los ojos, sobresaltado. Decide levantarse. Tambaleante enciende la luz y se pone una playera para recorrer esa rutina que es casi exasperante, pero necesaria.

Desayuna, se baña, trabaja, regresa a casa, come, se va al gimnasio, regresa a casa de nuevo, traga proteína, califica y se prepara para irse. Es hora de hacer historia. Le anda del baño antes de salir. Va al baño, que está justo al lado. Sus necesidades realiza y se ve al espejo sobre el lavamanos. Se observa. Es un físico cualquiera, es más, se da cuenta que cambiando ciertos rasgos, sería una mujer. Un hombre. Podría ser lo que quisiera. Se contempla: su cabello negro enmarañado con un gallo atrás, sus ojos negros un poco rojos, su nariz respingada y delgada, su boca de labios finos; su rostro tiene forma circular, sus pómulos sobresalen un poco pues hace ejercicio y está delgado; piel morena y un poco quemada por el sol de la primavera, cuello delgado a pesar del gimnasio al que va. Sus hombros limpios de impurezas visibles a simple vista; un poco manchada pues cuando tenía más o menos dieciséis años, tuvo mucho acné en el pecho y espalda. Ya no, a sus veintitrés años, ya no. Tiene la piel lisa de todo el cuerpo, es delgado pero está marcado; no mucho, pues nunca fue un gran deportista, pero atlético sí se ve. De hecho ni siquiera se ve mayor de edad, al contrario, se ve menor; su cabello lacio lo hace ver, hasta cierto punto, tierno. Es lo que siempre le dicen en la escuela sus amigos, incluso algunas maestras: sus ojotes y sus pestañotas, muy lindo. Su cabello lacio y suavecito, qué bonito. Su forma de ser y de actuar, qué buena onda.

Pero eso no lo ve él. Se enferma solo. Su gesto cambia a uno de repulsión, se da asco, siente una sensación contractiva en el pubis y se ve forzado a voltear la mirada, a ver a otro lado, casi como si ese que ve fuera otra incómoda persona. Apaga la luz y regresa a su habitación. Ahora sí, a hacer historia: sale de su casa después de avisar a su madre que ya se va, enciende su auto y comienza a manejar en la tarde que se oscurece. Se verá con su mejor amiga, una linda mujer que se llama Valeria. Valeria tiene los ojos verdes más hermosos de todos, un cuerpo rechoncho pero no obeso, y unos labios antojables. Pero son amigos, nada más, porque ella tiene novio, un hombre perfecto: alto, rubio, ojos verdes como los de ella, de complexión robusta, parece europeo, tiene su propio negocio y es casi filósofo. Aunque modernista. Aquél no tiene problemas con que Damián vaya con Valeria. Conforme ve pasar los semáforos, piensa en el sueño.

Llega al café, se baja de su auto, compra dos bebidas y se dispone a esperar. Saca su celular y no tiene notificaciones. Entra a las redes sociales y checa las noticias. Llega ella y sonríe.

–Hola, Valeria.

–¡Damián!

Se abrazan.

–Te compré esto.

–Ya sabes que yo llegando me lo compro.

–Se me olvidó.

–Claro, claro… dime, ¿cómo has estado? ¿Cómo te fue en la semana?

–Bien, bien, cansado como siempre, pero bien. ¿Y tú?

–Pues salí con Alejandro, fuimos a un concierto. Debiste haber ido, siempre te digo y nunca jalas.

–No voy a ir a hacer el mal tercio.

–¡No lo eres! Le caes muy bien a Alejandro, dice que tienes buenos temas para hablar.

–Aun así sería mal tercio. No se ve siempre una pareja de tres, ¿cierto?

Ella lanza una fugaz risotada.

–¿Qué tal tus alumnos?

–Bien, muy tranquilos. El problema fue mi maestría.

–¿Qué pasó? –pregunta ella intrigada.

–Me pidieron un texto para entrar a la maestría, y les enseñé uno, un ensayo sobre la pseudoconcreción. Pensaron que era plagiado. Me iban a mandar a las autoridades correspondientes.

–¡No manches! ¿Pero cómo? ¿Por qué?

–No sé, creo que estaba demasiado bien escrito, cosa que no es común en mí.

–Ay, no digas eso, si tú escribes muy padre.

–Sí, sí, claro. En fin, les dije que me dijeran qué autor o autores había plagiado, así como sus textos, a ver si tan salsas. Hijos de puta, no supieron decirme. El que peor me cayó fue un pendejo que era europeo, no sé, su acento era raro. Pronunciaba las erres como ges. Lo odié al rastudo asqueroso. Maldito apestoso. Como sea, no entraré a la maestría.

–¡Qué mal, Damián! Tú de verdad querías entrar a ella.

–No vale la pena, me dedicaré un poco más a escribir, aunque no creo que salga algo bueno de ello.

–No digas eso, no seas pesimista.

–No pesimista, realista.

–Payaso.

Se sonríen.

La velada sigue, ella hablando y él observándola, riendo con ella, hablando con ella, contestando sus preguntas y presunciones. En fin, dándose cuenta que no hay nadie como ella. Valeria es única.

–He estado teniendo ese sueño –dice Damián acongojado.

–¿Qué sueñas?

–Estoy hablando con alguien, pero ese alguien soy yo. O sea, soy yo mismo, pero no soy yo hay algo… no sé cómo describirlo. O sea, físicamente es exactamente igual a mí, pero al verlo te causa un no sé qué que te hace saber que no soy yo. Es malo. Me da miedo. El problema es que al mismo tiempo que es yo, no es yo al mismo tiempo.

–No te entiendo.

–O sea, es un ser monstruoso al mismo tiempo. Me da mucho miedo. No sé qué sea, no lo puedo ver con claridad, pero sé que es horrendo.

–¿Y cómo es que despiertas?

No le puede decir la verdad, masturbarse dormido es algo desagradable de saber y reconocer.

–Solamente despierto –bebe de su café–, pero es muy raro. Me hace sentir muy incómodo este sueño.

–Para serte sincera, Damián, te ves algo cansado.

–Estoy cansado. No he podido dormir bien. Me despierto demasiado temprano y ya no puedo dormir. Es una pesadilla…

–¿No tienes problemas de algo?

–Pues no tengo novia, si es a lo que te refieres. Ha de ser eso, me falta sexo.

Ella ríe.

–Yo me refiero a que si no hay algo que te moleste en la realidad, pues, no en tu sueño.

–No sé, no sé… no puedo pensar en nada por el momento. Lo único es que ya está durando demasiado. No me había pasado esto desde hace mucho tiempo.

–¿Sentirte así?

–Sí, desde que iba en la secu.

Siente un ligero escalofrío al decirlo.

–Uhm… ¿pues qué te pasó en la secundaria?

–Nada, no recuerdo nada.

–Y tu mamá… ¿sigue hermética con lo de tu padre?

–Él se fue, no hay nada más que hacerle.

–Bueno, a lo mejor esa es la situación, ¿no crees? Que tú quieres hacer algo. Nunca está de más ir a pedir ayuda profesional.

–No voy a ir con un loquero. Una persona no se puede meter en tu mente ni analizarte cuando sus propios pensamientos turban su pensamiento objetivo. Es imposible.

–Es una buena opción, al menos podrías tratar. Nada pierdes.

–Dinero, eso pierdo. Y tiempo que podría usar para escribir.

–Ay, Damián, pues yo creo que eso es parte del problema.

–Pues yo creo que no.

–Tal vez te ayudaría a conocerte un poco más, a solucionar el problema.

–¿Crees que conocerse a uno mismo solucione problemas? Yo creo más bien que somos una caja de Pandora, y que si nos conocemos, vemos cosas que no esperábamos, y eso nos llevaría a nuestra total autodestrucción.

–No seas fatalista.

–Pesimista, fatalista… creo que la impresión que doy a los demás no es la más conveniente. A lo mejor por eso no tengo novia ni amigos.

–Tienes amigos, y me tienes a mí… ¿Entonces qué? ¿Irás por ayuda profesional?

–Voy a pensarlo, y es más de lo que puedo ofrecer.

–Bueno, algo es algo, Damián.