mil carasEs muy interesante. Siempre que salgo a la calle todo luce más como un zoológico, pues cada persona que pasa, tiene algo siguiéndola. Es un zoológico de los horrores. Para mí, la vida es como un eterno jardín de las delicias, así de colorido el asunto es. Hay algunos que vuelan, otros que se arrastran, los que brincan o los que flotan. Hay aves, cuadrúpedos, bípedos, reptiles, mamíferos, insectos. Los hay grandes, pequeños, gordos, flacos, musculosos. Sus colores son todos los que puedes imaginarte. Rumian, braman, barritan, zumban, ladran, mugen, chillan, aúllan, maúllan. Es un espectáculo al que me he tenido que acostumbrar, y siempre que estoy con alguien, somos más que lo aparentamos, pues nuestros egos siempre están también.

El inconveniente es ese, que aparecen de la nada. Lo conveniente es que puedes lograr muchas cosas conociendo los egos de los demás. Te diré un ejemplo: mi novia, por ejemplo, una hermosa mujer de ojos verdes y rechoncha, pero no obesa; es muy posesiva, su ego es el del egoísmo, por lo que siempre procuro hacerla sentir que yo soy solamente para ella, y ella se comporta muy bien conmigo. Antes de volverme el escritor actual que soy, para mi trabajo anterior, sabía que el entrevistador era muy ególatra, por lo que una que otra frase para ponerlo en las nubes fue suficiente para caerle bien y que me contrataran. Dependiendo del ánimo de mis amigos, y del ego que tengan al momento, los puedo convencer de que vayamos a alguno u otro lugar.

A la única persona que le he contado esto es a mi novia, porque es a quien más confianza le tengo, incluso más que a mi mejor amigo, supongo. Ella me cree, lo sé porque su ego no es mentiroso. Ella me ha apoyado mucho e incluso me ha incitado a ayudar a la gente, a funcionar como una especie de psicólogo para ayudarles a superar cierto trauma de la infancia. Pero no es mi papel, en realidad, solamente puedo ver los egos, pero no puedo manejarlos. El destruirlos es cosa solamente de la persona en cuestión.

Eso es interesante porque, por más que quiera, nunca he podido ver el mío. He usado espejos y cámaras, pero no lo he podido captar, ni siquiera sabiendo que seguramente está ahí. Me encantaría verlo para saber de qué es sobre lo que yo peco, pero no creo poder lograrlo. Por alguna razón, me es imposible verlo.

Justamente ahorita voy de camino a casa de mi novia porque vamos regresando de una presentación de un libro. Escribí una novela sobre un sujeto como yo, que pasa a través de un espejo y puede hacer lo que quiera, porque ese mundo es su inconsciente; y al conocerse, se autodestruye. La idea gustó, y se ha vuelto uno de esos libros que la gente se recomienda entre sí. Digamos que tiene un éxito moderado. A pesar de ello, mi novia quiere que vuelva a trabajar, y de eso vamos hablando. De verdad ella cree que es muy importante el trabajo, porque la literatura no es un camino seguro, pero a mí me parece que por el momento puedo relajarme. Yo voy manejando mi auto, y por el retrovisor puedo verlo, su ego. Es una mujer pálida como la luna, va con la cabeza inclinada hacia delante y va vestida, siempre, con un velo muy negro. Sus manos son alargadas y esqueléticas. El rostro es lo que da más miedo: es blanco y escuálido, los pómulos los tiene hundidos y la cabeza tiene forma de diamante. Su mentón es muy poco pronunciado, la nariz diminuta, y esos ojos ocupan casi la mitad de lo que debería ser su rostro. Es como la versión caricaturizada de mi novia. Sus ojos son totalmente negros, un negro profundo que bien te podría volver loco si te le quedas viendo por mucho tiempo. Hay vacío ahí que quiere ser llenado con atención. Egoísmo. Esa es mi novia. Yo he aprendido a vivir con ello. Yo la sigo escuchando mientras su ego se queda atrás, viendo hacia la nada.

Ella, mi novia, ya me ha preguntado que cuál es su ego, pero le he dicho que no puedo ver los de la gente que es muy allegada a mí, porque no quiero decirle cómo es ella. No sé qué tal se lo tome. Generalmente, cuando alguien nos dice algo considerado negativo respecto a nuestra personalidad, nos lo tomamos a mal, en lugar de tomarlo como un área de oportunidad. Yo le dije a ella que ni su ego, ni el de mis mejores amigos, ni de mi familia. Creo que por protección divina o algo así. Siempre le doy las largas.

Yo le digo que no quiero regresar a trabajar porque los niños tienen un montón de egos sueltos, parece una bacanal el salón de clases, más que un lugar de aprendizaje. Al menos para mí. Y si bien, algunas veces les he podido ayudar con ciertas cosas de su personalidad, siempre he tenido la impresión de que les causo miedo. Les caigo bien en general, pero algo parece decirles que no se junten conmigo, que soy peligroso. Algunas veces lo he visto. Son los ángeles de la guarda. Eso es lo que no comprendo, creo que se ocultan de mi ego, lo ven atrás de mí, puedo ver sus ojos de terror al yo hablar con sus humanos.

Recuerdo una vez que platicaba con una niña muy tierna pero muy desastrosa, ella tenía mucha inseguridad en sí, y yo la ayudé a pensar más positivamente de sí misma. Atrás de ella, con sus manitas rechonchas y su aureola, estaba su angelito de la guarda. Era una hermosísima niña, muy pequeña, con dos alas que brillaban como mil soles, su cabello enmarañado y rizado, su piel era de un tono verdoso, y sus facción simplemente perfectas. Era la ternura andando. Esa niña, ese ángel, no me estaba viendo a mí, estaba viendo algo atrás de mí. Traté de captarlo un par de veces pero desistí, no puedo ver mi ego.

No es la primera vez que me pasa. Yo tengo muchas reservas hacia mi novia que quiere formar una familia conmigo. El problema es que, cuando me acerco a un bebé, éste se aterroriza. Llora descontroladamente. Y lo entiendo, mi ego me sigue a todos lados. Aterroriza a esos seres de luz. Por eso no puedo ser maestro de niños pequeños, que están despiertos, sino desde que son adolescentes, que es cuando la lujuria se apodera de nosotros y el ego crece hasta cegarnos. Nos cegamos, literalmente, y no es un chiste sobre chaquetas. Sí he dicho ese chiste, pero la única que entiende es mi novia. En fin, yo no me puedo acercar a seres conscientes, me temen. Por eso tampoco quiero regresar a trabajar, pero mi novia tiene razón: tendría mucho tiempo libre, y eso vuelve idiotas a los hombres. Será con adolescentes, no son tan difíciles en el ámbito de los egos.

Decidido está, hoy la dejo ganar: regresaré a trabajar. Lo bueno es que no me tengo que esforzar mucho en realidad, cuando quiero conseguir algo, a veces siento que con pensarlo o desearlo se vuelve realidad. Siento que soy un sujeto con mucha suerte, porque todos luchan demasiado por sus sueños, y se pierden al tratar de alcanzarlos; pero yo no, me es tan sencillo que hasta me da miedo a veces. Siento que mi realidad está creada por mí, que yo soy el Dios de mi mundo. Yo soy Dios, comparado con los demás que no pueden ver sus feas realidades. Tal vez sí debería ser algo más altruista, pero si tengo casi el poder de conseguir lo que quiero con sólo pensarlo, ¿por qué habría de desperdiciarlo en los demás? A fin de cuentas, primero soy yo, y luego los demás. Eso es lo que me enseñó mi madre al separarse de mi padre: no hay nada más importante que yo.

Siempre que regresamos de algo relacionado a mis libros, mi novia se vuelve fogosa, y eso a mí me encanta. Tal vez ese es mi ego. Cuando llegamos a la habitación, ella se vuelve otra, y su ego cambia también: se vuelve una amazona perfecta. A veces me siento mal, porque me concentro más en su ego sensual que en ella, con esa piel perfecta, senos turgentes y bien formados, así como su perfecto sexo. A veces es un hombre, a veces es una mujer, pero a mí no me importa; cuando es hombre, es por atrás, cuando es mujer, por el frente. Es aquí donde yo veo que no tengo problemas entre sexos, ambos me parecen perfectos a su forma de ser, de ambos sé ver la belleza. No se lo he comentado a mi novia aún, ni quiero, soy feliz con ella y sólo si llegáramos a romper yo trataría algo con un hombre. Hoy es hombre, así que hoy le toca por atrás, y como todas las demás veces, él me vuelve loco al dejarme entrar y acabar.