Este escrito no contiene clase alguna de spoilers.

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Lo único seguro que tenemos en la vida es que vamos a morir, tengámosle miedo o no, queramos que suceda antes o después: cuando a uno le toca, no importa lo que haga, simplemente llega. El miedo a la muerte es, más o menos, el miedo a lo desconocido. Lo desconocido nos reduce a nuestra original posición de perdidos granos de arena en el universo. Todo se reduce a morir al final de todo. Además, en opinión de su servidor, hoy en día nos enfrentamos a una felicidad obligada: el que demuestra alguna clase de sentimiento o emoción negativa, debe ser censurado en seguida. Sin embargo, pobres de nosotros, eso no asegura que seamos felices. Negar una u otra cosa, es negar en automático su contraparte. Negar a la muerte, es también negar la vida. Esta situación no es solamente para estas cuestiones pseudofilosóficas que aquí se están tratando: esta debilidad también se ha ido impregnando en la ficción.

Esto lo vi ahora que fui a ver la última película de Los Vengadores “Endgame”. Ahora, cabe aclarar, y eso es muy conveniente tanto para mí como para el lector: me refiero solamente a las películas, en el mundo del cómic jamás me he metido. Tampoco soy experto cinéfilo. En sí, mi prejuicio hacia estas películas de superhéroes es que todas tienen en tinte optimista y que al final todo sale bien. Sí estoy en contra del optimismo vacío de hoy en día, pero no de que al final las cosas salgan bien; sin embargo, en estas películas de superhéroes, a veces la situación es extrema. Siempre tiene que ganar el bueno y morir el malo. La muerte del bueno se ve como un sacrilegio, una especie de ofensa violenta al consumidor que rayaría en la locura. Claro, no olvidemos a qué tipo de público va dirigido este tipo de producciones; empero, ni el público más joven ni el más experimentado está libre de la muerte.

Claro que, y lo hago explícito: mi prejuicio está formado también por el tipo de historias que yo prefiero son las que tienden al pesimismo, a los finales, al menos, agridulces. Me baso, por ejemplo, en Juego de Tronos, tanto libros como la serie, en las que lo inesperado está en que no sabes cuándo es el fin tanto del bueno como del malo, y que el fin de cualquiera puede ser benevolente o violento.

Sin embargo, insisto, no estoy en contra de los finales felices ni de que se tengan que morir todos para tener una buena historia. Veamos, por ejemplo, El Señor de los Anillos, donde sí hay decesos, pero los personajes principales se mantienen constantes y con vida, hasta Gandalf regresa de la muerte como un ser más elevado (porque eso de los colores de los magos es su grado de conocimiento y poder, por si no lo sabían). Al final ganan los buenos y el malo perece junto con sus hordas de monstruos que gritan como cerdos en matadero. Claro, que si nos vamos al Silmarillion, ahí sí que hay de todo: muertos, incesto, traiciones, política y, bueno; lo que una base de la literatura universal debe tener.

Al punto que quiero llegar es que, al menos eso pareciera ser, la exigencia de las historias de ficción en cualquiera de sus ámbitos rayan en lo miserable. Ya no se pueden exigir tramas medianamente complejas porque no se les entiende, no se puede pedir brutalidad visual porque viene la censura, ni tampoco se puede matar a los principales, porque eso da tristeza. Y sí hay que aclarar, obviamente depende del público al que una u otra historia va dirigida, pero no por eso hay temas que sí son para unos y otros temas que no son para otros. Ya la situación es ridícula, como esa nota que circula de esta universidad de Barcelona que ha prohibido La Caperucita Roja o la Bella Durmiente por sexistas. Se nos olvida que el contexto en que una u otra historia es creada es determinante, y que si bien la situación hoy en día da para otro tipo de interpretación, la censura es el último de los medios aplicables en los medios artísticos. Es más que obvio el análisis superfluo y ridículo al que vamos llegando hoy en día.

Ahora, desde mi perspectiva, cuando un personaje muere, que ahí se quede. O sea, en mis escritos, por ejemplo, uno que se va jamás regresa. O se puede jugar, yo por ejemplo, tengo mis zombis, pero son carcazas, no son el personaje que era antes. Sin embargo, esto de vencer a la muerte está hasta en la biblia. Que uno no concuerde con un punto de vista no quiere decir que si otro lo hace está mal, a fin de cuentas la creación es de uno en particular; pero de eso a que ya no se mate a nadie de los “buenos” porque eso está mal y vamos a lastimar los sentimientos de todos… eso sí es rayar en lo infame.

Recuerdo que lo leí en Schopenhauer, pero miento si digo que estoy seguro; y es que él decía que hay que imaginarse uno en las peores situaciones posibles. Hay que imaginarnos a nosotros mismos confrontando nuestras peores pesadillas, y vivirlas, para que, si el momento llega, o nos vemos inmersos en algo parecido; ya tengamos, no la práctica, pero sí el conocimiento de cómo reaccionaríamos ante una u otra situación. Las historias de ficción también podrían tener ese papel: al confrontarnos a la muerte de un personaje muy querido, no igualaría la situación de la vida real, pero al menos nos daría ciertas pautas de comportamiento. Incluso de fortaleza. Y parece ridículo llorar por un libro, una película, una historia; pero pasa. Decir que la emoción al enfrentarnos a una ficción puede llegar a ser tan abrumadora como la realidad y que aquellos que lloran son pelmazos, es igual de incorrecto que decir que los que lloran porque se les va un ser querido son pelmazos por no aguantarse.

Insisto en el punto: depende del tipo de público al que una ficción va dirigida para dar planteamiento a los temas, pero eso no quiere decir que podamos clasificar temas de la vida real como permitidos para unos y para otros no. Decir que no se puede mostrar el deceso de un personaje a un niño sería negar la maestría de Neil Gaiman para tratar temas complejísimos como la muerte a un público joven, infantil incluso; sería negar la sublimidad metafórica de las ficciones de José Saramago; sería limitar la sátira bien hecha de Palahniuk o de Michel Houellebecq. ¿Están bien los finales felices? Sí, lo están. ¿Están bien los finales tristes? Sí, también. ¿Están bien los finales agridulces? Definitivamente. Estas cuestiones parten de la perspectiva del creador de una u otra ficción; pero no caigamos en la irrisión de no mostrar que los buenos también pierden, que los buenos también mueren. La ficción sirve para mostrar que la vida, en realidad, no siempre ayuda a los virtuosos ni siempre castiga a los que caen en el ego.