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Despierta. Otra vez se siente pegajoso y frío. Húmedo. Tiene remanencias del sueño. Ni siquiera sabe si lo que soñó lo hizo con una mujer o un hombre, y es eso lo que más le aqueja, lo que más le molesta. Resulta ahora que ni su propia sexualidad conoce. Sin embargo, se levanta pues no hay tiempo que perder. Primero va al gimnasio a trabajar pectoral. Se le ocurrió la magnífica idea de hacer una rutina en pirámide, y ahora no ve fin a su dolor y sudor, pero al ver cambios en su cuerpo, se anima más a hacerlo. Al regresar se baña y luego desayuna antes de irse a su trabajo.

–Hola, hijo, ¿ya regresaste del gimnasio? –Le pregunta su madre quien, a pesar de no tener una dieta muy balanceada, no hacer mucho ejercicio, trabajar a deshoras y dormir muy mal; siempre ha tenido un físico y silueta envidiables. Siempre parece tener mucha energía, su cabello negro ébano nunca está maltratado, sus cejas siempre están bien recortadas, sus profundos ojos cafés son siempre limpios, su nariz inhala dióxido de carbono y exhala oxígeno, sus labios son de esos que a cualquiera invitarían al placer, excepto a Damián, pues es su madre de quien estamos hablando. En fin, una de esas mujeres perfectas que salen en la televisión.

–Sí, ma, ya llegué.

–¿Hoy llegarás tarde?

–No, se vienen los exámenes y tengo que calificar. ¿Por qué?

–Solamente preguntaba. Yo ando en un caso muy complicado, quería ver si me ayudabas, pero si tienes exámenes creo que mejor no.

–Pues si acabo antes, sí, podría no escribir para ayudarte.

–¿Ahora qué estás escribiendo?

–Una novela sobre un sujeto que puede ver egos, pecados capitales de la gente. Es una onda medio espiritual.

–¿Ah, sí? ¿Y ya sabes cómo acabará?

–Pues no sé si se muere o no, algo acá, sádico y enfermizo.

–No seas negativo, no todo es así.

–Ya me conoces, ni me digas, que no voy a cambiar.

–Por cierto, ¿no has pensado, no sé… en probar cosas nuevas?

Damián ya sabe a qué se refiere su comentario y desvía la mirada momentáneamente sin querer contestar eso, pero contesta aun así.

–¿De qué o qué?

–Ya sabes, has estado mucho tiempo en la escuela. Creo que deberías aprovechar lo que estudiaste para ganar un poco más de dinero. Recuerda que no siempre estaré aquí contigo.

–¿Ahora a qué vas con esto? Ya te dije que me gusta mi trabajo y no voy a cambiarlo por nada, ni por un buen empleo si es que no me gusta. El salario no lo es todo.

–Pero sí es necesario para vivir a gusto.

–No tengo planes de renunciar a mediano plazo.

–Tus libros no creo que sean la salida económica que estás buscando.

–¿Y por qué crees que es así?

–Así actúas, hijo.

–Bueno, a la próxima que nazca, hazme ser abogado como tú para no tener problemas.

–No te enojes, solamente quiero que lo pienses un poco.

–Ok, deja lo pienso… no.

–Damián, Damián…

Damián va y se encierra en su cuarto ya malhumorado. Azota sus cosas y se sienta en la cama. No era lo que necesitaba. Primero su sueño que lo hace dudar de sí mismo, y luego esto. No será un buen día, y apenas es mitad de semana. Sin embargo, se sabe controlar, y no se desahogará con sus alumnos, porque eso no es justo para nadie. Pero sabe que se tiene que apresurar, por lo que se lava los dientes y decide seguir su rutina.

Llega a la escuela y sus clases imparte entre habladurías, leves retos y quejas por el trabajo. La educación es un castigo, muy propio de un país tercermundista destinado al fracaso.

A la hora del recreo va a la sala de maestros y ve a Gaby; Gabriela, en realidad. Ella es maestra de español de terceros y tiene una maestría en literatura lationamericana. Cuando se conocieron, Damián le tenía un poco de miedo, pues como maestra, ella tiene un gran conocimiento de un área que él ama; y el conocimiento es poder, por el momento.

–Vaya, vaya, miren, es Damián bajando de su pedestal.

–Hola, Gaby, ¿cómo estás?

–Bien, bien, ¿y tú?

Se saludan de beso y se abrazan.

–Bien. Ya a mitad de semana.

–Ni me digas. ¿Qué vas a hacer este fin? Podríamos ir a bailar o algo –dice ella.

–Me parece muy bien. La cosa es que te dignes, porque a veces pareciera que no soy suficiente para merecerme tu compañía.

–¡Ay, que exagerado!, ja, ja, ja. Debemos aprovechar que es quincena, Damián. Podemos gastar un poco más –le guiña el ojo. Ella, a pesar de tener esas complicaciones respecto a la sabiduría que él siente que ella tiene, se volvieron amigos, muy amigos. Por un momento le llegó a gustar, incluso teniendo esa diferencia de edad: ella tiene diez años más. Damián comprendió que no podía pretender nada más con ella desde que le platicó de su novio, a quien él le hace burla y lo llama Imothep. Ella solamente ríe.

–¿Vas a llevar a tu novio momia, o qué pedo?

Ella ríe estruendosamente mostrando sus dientes blancos. Ella es güera, su cabello dorado y sus ojos café claro. Su voz parece ser un fugaz canto infantil, pero educado, nada mal en ella, y su actitud es jovial. Muy enérgica y firme. Feminista de hueso colorado.

–Ay, tonto. Ven, acompáñame a la tienda.

Se les une Juan Carlos, otro profesor del área de preparatoria, de historia y filosofía.

–Jóvenes ilustres, ¿qué andan haciendo?

–Vamos a la cafetería, Juansón.

–Vamos, pues.

–¿Y qué libro estás leyendo, Damián?

–Estoy traumadísimo con “Baudolino” de Umberto Eco, Gaby. Es la cosa más impresionante, graciosa y perfecta, a mi parecer. Debió haberse muerto el brasileño en lugar de Eco. Eco, al menos, sí sabía escribir.

Los dos profesores sonríen.

–Ay, tú y tus autores extranjeros –dice Gaby.

–Pues oye, tú deberías leerlos también, con eso de que solamente lees latinos.

–Se fresea –contesta Juan.

–Ay, claro que no, solamente no son mi estilo.

–Pero son buenos. Todos tienen algo que decir, algo que aportar.

–Algún día te haré caso. Tú deberías leer más a Mastreta y menos a George.

–Me disculpas, pero a Martin me lo respetas. Con los cien años de soledad y la chingada de Fuentes tengo suficiente. Oye, te quería preguntar, ¿ya leíste Rayuela? –Pregunta Damián.

–Fíjate que sí, ¿por qué?

–Pues estaba pensando en comprármelo. ¿Qué piensas?

–Pues no sé, no creo que sea tu estilo. Es demasiado abstracto.

–¿O sea que crees que no puedo leer algo abstracto? –pregunta Damián con una falsa ofensa.

–Uy, ya te dijo tonto –dice el maestro Juan en son de burla.

–No, no, es que no sé… necesitas tener una forma diferente de capacidad mental.

Los dos profesores ríen.

–¡Ja, ja, ja, ahora resulta que no tienes capacidad mental!

Damián, mientras camina, se lleva la mano a la frente en un falso dramatismo.

–¡No soy lo suficientemente abstracto para Gaby, qué desgracia!

–No es cierto, no quise decir eso. ¡Cállense ya, ay, tontos! –Dice riendo.

Ya formados, rodeados de niños, llega la profesora de educación física, Ángeles, quien saluda a todos de beso y se forma con ellos.

–Qué onda, chavos, ¿cómo les pinta hoy?

–Pues nada, acabo de descubrir de mí mismo que no tengo la suficiente capacidad de abstracción para leer. Eso dijo Gaby.

–No dije eso, Damián –dice ella sonriendo y sonrojándose.

–Sí, sí lo dijo, me consta, hasta lo grabé –remata Juan.

–Ay, ya cállense, ja, ja, ja.

Compran lo que tenían que comprar y van de camino de regreso a la cafetería.

–Seguramente no tengo capacidad para dar clases tampoco. Ya mejor que me recoja diosito.

–Ay, qué exagerados ja, ja, ja.

–Digamos que Gaby está con nosotros y nos ilumina con su sabiduría para conocernos a nosotros mismos un poco más. No sé qué haríamos sin su inteligencia –se burla Juan.

––A ver, a ver, yo tengo una pregunta para nuestra alteza serenísima: ¿el santo grial es la virgen María o es una copa?
–¿Cómo que la virgen María?
–Pues su vagina –dice Damián.
–¡Cállate, tonto, ja, ja, ja, no seas grosero!
–¡Es verdad! Tienen la misma forma. ¿A poco no puede ser? ¿Si la sangre del hijo de Dios es la que se recogió en la copa, ¿no sería lo mismo afirmar que es la sangre del hijo de Dios en gestación? ¡Vamos, dime, mi habilidad de abstracción no me permite comprenderlo!

–Ay, Damián, estás loco –dice Ángeles entre risas.

–Nada más que no te escuche la directora, no te vayan a correr por hereje.

–Educación laica. Ay, no puedo creer que tu habilidad de abstracción no te permita pensar en eso, Gaby –le dice Juan picándola en las costillas.

–Ay, sí, Gaby, o sea, es obvio –dice Damián haciendo lo mismo.

–¡Ay, no, ya, Ángeles, ayúdame!

–Ya déjenla. Íjole, cuando ustedes se juntan son peores que nada.

–Es que, si te fijas, cuando Juan no está, Damián es super lindo y calmado. Juan pervierte al niño.

–Ay, ahora resulta –dice Juan con una falsa indignación.

–Sí, sí es cierto, estoy de acuerdo con Gaby.

–¿Qué? Ahora resulta. No las escuches, Damián, solamente dividen para vencer. Son como un Tzu pero remasterizado en feminismo.

Ellas ríen, más Gaby.

–Ay, tonto.

–Sí, no te preocupes, Juansón, sé de sus tácticas guerreras. No, espera, en realidad no sé porque no tengo esa habilidad para pensar tan en abstracto.

–Ay, perdón, si es cierto. Oye, Gaby, ¿por qué no le enseñas con manzanas al niño?

–Ja, ja, ja, ay, tontos.

Y así siguen durante el recreo, hasta que tocan el fin del mismo. Regresan a sus salones a tratar de iluminarse con las mentes jóvenes de aquellos, mientras tratan de cambiar algo que no puede ser cambiado.