mil carasMi novia siempre me dice que ha de ser horrible vivir en un eterno jardín de las delicias, que horrible ha de ser ver monstruos terribles, pues me encanta describirle con lujo de detalle lo que pasa. Pero no siempre es malo. Me ha salvado la vida. Si bien, los egos no me ven, muy pocas veces me han advertido de gran peligro, haciéndome sentir en peligro. Una vez, por ejemplo, era de noche y yo había ido a escribir una novela en un café, y dejé mi auto en un estacionamiento subterráneo. Esos lugares causan escalofríos hasta al más valiente porque generan el mejor escenario para una película de terror, o bueno, al menos una escena. Estaba yo saliendo, e inserté el boleto para que la barra eléctrica se abriera. Justo cuando quité mi mano, por el espejo retrovisor, vi a un perro negro del tamaño de un león corriendo hacia mí, tenía la nariz rosada y dos hileras de dientes afilados como cuchillas en sus mandíbulas, corría como caballo, sus orejas llegaban al suelo y babeaba sangre, sus ojos estaban clavados al frente, no a mí, pero definitivamente venía a mí. Sentí un súbito terror, un escalofrío y sentí venir el peligro. La barra se levantó totalmente, y vi al costado de mi auto, un hombre acercarse con la mano en el bolsillo, seguramente traía un arma. Chirriaron las llantas y salí disparado de ahí, seguramente algo malo me hubiera hecho. No quise averiguarlo, y fue mi extraña habilidad la que me salvó de un momento desagradable.

Cambiando de tema, como dije ya, y no es por ser repetitivo, pero es cierto que tengo una suerte inigualable, al poder yo casi controlar mi destino; así como lograr que la gente haga lo que yo diga gracias a su ego y a que yo lo puedo ver. Eso es lo que siento que puedo hacer. A veces mi novia tiene otro ego, o virtud, y me permite salir muy seguido con compañeras y compañeros que ella desconoce. En especial me gusta mucho salir con una compañera del trabajo, ella es maestra de literatura latinoamericana, y es una verdadera joya de mujer. No me gusta hablar así de ellas, pero se pasa de lanza. Además es mayor que yo, y eso le da experiencia, ya saben, de cosas que yo desconozco y ella siempre se ofrece a enseñarme. Obvio, hablando de literatura y pasiones más humanas.

El ego de ella es la tristeza encarnizada. Es un viejecillo disminuido que apenas puede caminar, lleva un bastón de huesos, la piel la tiene tan arrugada que sus párpados caídos no dejan a sus ojos ver, no tiene cabello, su nariz es ganchuda, va vestido de arriero y siempre tiene un ratón siguiéndolo y rodeando sus pies. Complejo de inferioridad. No he hablado lo suficiente con ella a ese respecto para saber el por qué es así. Es jovial, me encanta su energía. Siempre que salgo con ella, me lleno de felicidad. Nunca le he presentado a mi novia, siento que se pondría celosa y, casualmente, cuando estoy con mi compañera de trabajo, nunca me he topado con mi novia que también sale con amigos. A veces siento que ella no tiene la misma pasión que yo tengo por el trabajo, a pesar de las condiciones que anteriormente comenté; siento que es maestra pero está atrapada ahí, a pesar de ser una de las mejores maestras que yo he conocido jamás. Tiene maravillosas ideas para adaptar en su clase. Yo, a ella, le tengo un poco de celos en el ámbito laboral.

Le cuento a mi compañera de trabajo que he estado teniendo algunos problemas para mantener en paz a mis alumnos, y ella me dice algunas de sus estrategias para control de grupos. Ella sabe, y yo sé también, que mi joven edad es un buen impedimento. No se debería mezclar la docencia con la amistad, pero para ser sincero, al ver a mis alumnos, veo o siento algo que yo de alguna forma he perdido con mi vida, y ni siquiera sé cómo es eso. Es una extraña sensación de desahogo, muy raro, una nostalgia de algo pasado que sé no regresará, sin embargo, no consigo ver qué es ese algo. Se lo cuento a ella porque, tal vez, le pasó lo mismo en algún punto de su vida, pero creo que no, me dice que es solamente cosa de mantener la disciplina. Yo solamente quiero jugar. He sido hijo único todo el tiempo. Creo que eso también me afecta, creo que eso condiciona mi actitud hacia mis alumnos.

Me dice ella que va al baño y yo saco mi celular para ver mis notificaciones de redes sociales. Me olvido de donde estoy mientras veo cuántos “me gusta” ha ganado mi novela. Al parecer está obteniendo un renombre casi de ensueño, lo cual me llena de orgullo y muchas energías para seguir viviendo y seguir adelante. A mi madre le parecerá maravilloso. No hay mayor lujo que el de tener una madre. Me percato que alguien se sienta justo al frente, y por un momento, mi corazón se detiene. Siento que podría vomitar, pero controlo mis impulsos fisiológicos, mi cabello y vello corporal se erizan, y tiemblo de los pies, seguramente también empalidecí, pero no sé bien, no me puedo ver a mí mismo. Sentado donde debería estar mi compañera de trabajo, está su ego, el anciano, y el ratón sobre su mano. Me observa, o al menos eso parece, pues sus párpados están tan caídos que no puedo ver sus ojos, que seguramente son del color de los de ella: café claro. No respira, solamente me contempla, así como el ratón. Siento un silbido en mi cabeza, cuando por fin se mueve, se levanta y regresa su mirada al frente, a la nada, y se sienta mi compañera de trabajo. Se me queda viendo, curiosa, y me pregunta que qué me pasó. Yo, algo aturdido, le digo que nada, que pensé ver algo que no. Observo a mi rededor y veo que no hay egos mirándome, solamente era el anciano.

Ya la velada no fue reconfortante como yo quería, y ella se dio cuenta, pero yo no lo pude evitar. Me sentí muy nervioso y estuve atisbando velozmente a todos los egos para asegurarme que no me observaran. Me dio mucho miedo y no sé por qué. A lo mejor por eso no puedo ver el mío: tendría miedo a mi ego. La paso a dejar a su casa y no se baja de mi auto, se queda ahí, como expectante. Ella me dice que ya no sabe qué siente por su novio, y que cree que empieza a sentir cosas por mí. Yo le digo que a lo mejor es una etapa o alguna confusión, que le dé tiempo al tiempo y ya veremos. En realidad no me siento muy bien como para dar consejos, y ella se da cuenta, pues baja algo molesta.

Me dirijo a mi casa, con un leve temblor aún en las piernas, y con el corazón latiendo en mis sienes. ¿De verdad ese ego me estaba viendo? Bien leí por ahí que el comienzo nunca es fácil, la primera vez de algo siempre es dolorosa. Eso fue terror puro.